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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 3 de junio de 2019

Capítulo seis. Leh o los muertos conmigo (India)

En Leh los perros podrían llamarse Tarzán por lo tupido de sus melenas. Ni uno ralo. Y otro tanto sucede con las escasas vacas que pululan por las calles al abrigo de las sombras en horas diurnas. Las casas son de adobe revocado de barro o cal, de planta baja como si esto fuera un lugar azotado por los terremotos con frecuencia. Se apiñan en escasos núcleos poblaciones alebrados a la vega del río Indo, único terreno fértil entre tanto solar y desolación de montañas peladas que lo rodean. Asemeja a Atacama por aquello de ser un desierto de altura, desnudo de vegetación. En resumen, se hizo un páramo ocre cuando el avión desde Srinagar descendió, cuero estéril rodeado de montañas donde el único tono discordante lo daba el monasterio de Spituk. Eso es Leh, Ladakh por extensión. 

Es la tercera vez que se cuela una vaca dentro del jardín de la pensión donde me alojo, y apenas llevo unas horas aquí. Allí rumia lo que puede antes de que el tibetano que regenta el lugar la saque con suavidad, con tímidos silbidos y ligeros aspavientos de brazos. El forraje aquí es oro y hay que sacarlo de donde sea. La madre del tipo, abuela septuagenaria, asoma a ratos con el clásico vestido-falda de las tibetanas y un mala de ciento ocho cuentas que sus dedos van recorriendo con calma y firmeza, al tiempo que musita lo que supongo son plegarias. Todas las tibetanas tienen la piel tersa, pulida por el aire gélido de su perenne invierno, y unos mofletes hinchados, rosados tal si hubieran sido maquillados con purpurina a manos de un niño travieso. A veces trenzan sus canas, casi siempre las recogen en una cola de caballo. También la sonrisa debe venir de serie. 

Aparte de por esa poderosa naturaleza que asombra en panorámicas de impresión, los gompas (monasterios) budistas son la principal atracción. Se sitúan en la cresta de montañas, siempre en equilibrios imposibles. Dentro, los monjes charlan quedamente y las coloridas estatuas del panteón budista Vajrayana sorprenden por dimensiones y expresividad. Sus ojos son profundos e intensos, de monjes o dioses, pero también curiosos y cálidos. Los temibles guardianes de los santuarios se muestran pintados por doquier, con sus fauces abiertas, sedientas de sangre, y contrastan con delicadas figuras de la diosa Tara, blanca o verde, que trasladan sosiego con su presencia etérea. 

Sin embargo, las licorerías de este estado, de regreso al pecado, son una reunión de sospechosos con antecedentes. En Srinagar me acerqué la primera tarde a por una cerveza. Allí aguardé cola junto a militares desahuciados y hombres alcoholizados hasta la médula. Compraban licor de tres pelas, matarratas a granel. Y aquí no deja de ser igual, aunque cambiando urdus por tibetanos. Independientemente de la raza, el alcohol castiga por igual. En Leh los tipos huesudos parecen ser más ordenados a la hora de esperar su ración, pero su constitución y lo duro de vivir en este clima, a esta altura, provoca que los estragos de su dependencia sean más visibles y agresivos. Rostros cadavéricos, torsos doblados, dientes picados, hablar entrecortado, temblores,… 

Tres días he estado purgando penas en Leh por la tensión acumulada, retorcido de dolor en la tripa, hasta que ayer, camino de Lamayuru, empecé a llorar recordando a mi padre. Bálsamo inmediato. En silencio, sintiendo cómo las lágrimas resbalaban mientras escudriñaba la ventanilla a mi izquierda, haciéndome el despistado. Tan cerca del cielo a través del paso de Fotu La, con el mundo sometido en el abismo ante mis pies, puro reflejo de las entrañas. India te lleva al extremo de mil maneras y en el momento más insospechado te recuerda que eres su presa, la fatiga tu tasa a pagar y las lágrimas por el recuerdo de lo perdido, de la ausencia, la más preciada enseñanza. Los muertos siempre acompañan, da igual que no salgas de tu entorno o que te escapes hasta el otro extremo del planeta, pero en India, de algún modo, es más fácil llorar y lamentar su añoranza. De súbito veía a mi padre regando en la huerta, cogiendo manzanilla conmigo en el Bardal, limpiando garbanzos o subiendo la cuesta del repetidor con su Farias, meditativo. Y luego a mi madre caída en la calle Luis Cordero de Cuenca una tarde de noviembre, ya fallecida, dejando definitivamente atrás a Machu Pichu, Iguazú, Angkor o esta India que tanto adoraba. A su marido e hijos. Venían a recordarme que yo soy su herencia y su recuerdo, y su recorrido vital mi más preciado viaje. Que esto de viajar no deja de ser un pasatiempo porque lo verdaderamente importante se lo llevaron ellos y ahora, en espíritu, me lo devuelven a cuenta gotas, lágrimas saladas que no dejan de manar. Vienen conmigo sus espíritus tanto como mi llanto les honra en recuerdo, y Lamayuru, allí al fondo, será nueva estación donde brillen otro par de mechas sobre manteca de yak. De repente, ya no importa si bello o feo, si inmenso o humilde, el viaje, antítesis del destino, es otra nueva excusa para calmar y alimentar al espíritu de los que me sostienen desde la otra orilla. 

Incluso hoy, mientras trataba de escribir estas líneas, les veía vívidamente porque en Leh los muertos vienen conmigo. Acaso el único antídoto al dolor de su ausencia ha sido subir al templo, poner una vela y agradecerles el esfuerzo de haberme criado. Por haberme permitido rascar las nubes y maravillarme otro día más frente a este planeta, idéntico a mi mañana en el valle de Nubra, pasado en el lago Pangong, después solo Dios sabe dónde. 

Sumido en ese ocaso perturbador del caer la noche sobre la aridez a cuatro mil metros de altitud, me voy reconociendo cuando los ecos de la plegaria han dejado de resonar y la multitud se arrodilla ante el lama que reparte su bendición, posando con levedad el reverso de la mano diestra en su cabeza. Mientras otros fieles no dejan de girar las ruedas de oración en el sentido de las agujas del reloj, los últimos rayos de sol arrancan brillos diamantinos al dorado del tejado del cenobio, las lágrimas se secan al calor irradiado y un nuevo viajero, un nuevo hijo, vuelve a nacer en Leh.

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