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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

viernes, 31 de mayo de 2019

A horcajadas del olvido, Amy

Las trazas de la noche en Hué, tienen cojones sus costuras quemadas años atrás a dieciséis mil kilómetros, en El Salvador, a mí tampoco me dejan dormir. Una vuelta y otra vuelta de algodón, grado arriba y grado abajo el chisme que escupe hielo. Su nombre era Amy, sus bragas de color gualda y el Suchitoto centroamericano, angustia a rabiar, otra pira incendiada. Con su recuerdo he charlado a ratos esta noche, y de ella se han despedido mis ojeras esta mañana, abandonándola al olvido de una habitación patas arriba, aunque ni recordara su voz pero sí a quién me evocaba. Como un latigazo en la polla, así me ha rondado. 

Quiero creer que, en esa tesitura de desvelo y fuego en la calle, tampoco resultaba fácil centrarse en lo que esconde el Hué céntrico, con aroma a derrota (bombardeado en la guerra contra los yanquis y reconstruido después) por más que ésta no sea tan rotunda como las tumbas de ayer. En la pagoda Thien Mu aguarda el viejo Austin azul de aquel monje que se quemó a lo bonzo, cenizas. En la Ciudadela vuelven los andamios a un Palacio Real que arrasaron las bombas pero añora volver a su ser, cenizas. En la pagoda Tu Dam hay un buda precioso junto a un ficus, uno que susurra que ciento noventa y cinco días es un suspiro cuando alguien ha decidido que tres años sean cenizas mudas hasta inundarme. Y en otra pagoda, allá en un bosque, resguardado del sueño y calor infernal con que batallo, el canto de los monjes y monjas me reconforta. Luz al final del camino pese a que los párpados sean de hormigón tras una noche desquiciada. Aquí oran juntos ambos sexos. ¿También habitan juntos?, le preguntaré después al conductor que me ha traído en la grupa de su motocicleta. Responderá que no, que solo hombres, pero es una escena que he vivido antes, en Hoi An. Y puesto que me parece tan maravillosa, prefiero callar y asentir. 

¿Y si ahora solo tengo un ratito para estar contigo? ¡Pero si hemos dormido juntos hace dos semanas!… Va y viene. Viene y va. ¿Cuándo aprenderé a perder? A quien no le contenta lo pequeño… busca algo que le dé mil vueltas. Y a seguir tragando, como día a día, mes tras mes, año tras año desde ni recuerdo cuándo. ¿No te sientes envejecido?, me dispara la conciencia, balanceada en un columpio colgado de otra cola lunera. Para qué demonios vas a buscar dónde habita la razón precisa si cabalgas tu corazón desde hace años. ¡Tan manchado de honestidad, hostia! ¿A quién coño has engañado tú? La soledad y arrugas del alma, acaso, serán su alimento aunque me desborde el temblor al tantear, en la oscuridad del templo, el perfil de su silueta desnuda. Y me pudre de humedad lo pequeño antes de caer rendido bajo el hipnótico salmo coral. Ellos de azafrán, ellas de marrón. Todos al unísono, ajenos a mi diatriba material. Derrotado hasta que me sople un nuevo siroco que tantee, inquisitorial: ¿te vas a olvidar de volar? Entonces guiño un ojo a la nada, la alumbro en su perfección juvenil y sentencio: hasta aquí, Amy. ¿Quién podría tratarme de monstruo maltratador y acosador ante su familia o compañeros de trabajo, sin querer ni poder mirarme a la cara, solo por justificar el daño más absoluto? Los monjes guardan silencio y se eleva el tintineo de una campanilla, como aquella de Chiang Mai. Me recuerda que ésta es mi lección y camino. Lo ha sido decenas, centenas de veces antes. Y las que hagan falta hasta que ya no lo olvide. De mi mortaja largamente zurcida alguien está haciendo su parasol y, por primera vez en todo el puto día, esbozo una sonrisa que no se borrará hasta poner este punto final. Será a eso de la media tarde, justo antes de acostarme para echar una siesta necesitada. Saigón, próxima estación para mi espíritu ajado, chamuscado cuerpo. ¿Crees que tus carantoñas me dejarán dormir hoy, Amy? “¡Conoces el destino: lo descubriréis, de nuevo, cuando me intentes amar!”, responde furiosa, quebrantando mi leve paz. Agita, en su bramar, las gotas de glicerina que resbalan del vaso donde se mece una botellita de vodka, heredada del gitanito encendido de rabia que nunca dejo de alumbrar en mis entrañas.

jueves, 30 de mayo de 2019

Loto

El apellido Nguyen, identificativo de casi un cuarenta por ciento de vietnamitas y casi tan habitual como el apellido Li en China o Kim en cualquiera de las dos coreas, es también el que acompañó a la última dinastía real. Hoy día quedan las tumbas de sus gobernantes, desparramadas por los alrededores de Hué, y especialmente estas seis que he visitado para desempolvar viejos recuerdos. Y tan viejos porque, doce años después, dos de las tres más importantes (Minh Mang y Tu Duc) están renovadas de arriba abajo luciendo impecables. La foto queda perfecta, eso sí, pero algunos nos rascamos la barbilla, inquisidores, en la duda de que este adorno, aquel detalle y esas tejas parecen recién sacadas de un congreso de vanguardia arquitectónica. 

La de Khai Dinh, por su parte, está intacta ya que este emperador era un apasionado de las técnicas de construcción europeas y armó su última morada en cemento y estuco, con lo que ha soportado mucho mejor el paso del tiempo que la volátil madera. Suerte que tiene porque sus compatriotas contemporáneos, pese al repudio que sienten por lo chino, han calcado sus técnicas de restauración basadas primero en demolición y luego, si no los tenemos claro, ya veremos cómo organizamos eso de la reconstrucción. 

Otras tres he visitado, entre andamios, solo para convencerme de que Hué aspira a patio de recreo de chinos. Duc Duc, la tumba del efímero gobernador que solo aguantó tres días, está recién sacada del horno y aún no le han retirado el andamiaje, Thieu Tri impacta por sus dimensiones y Dong Khanh, por fortuna, sigue luciendo bien hermosa y desgastada… pero dudo que aguante mucho porque al adyacente templo (todas las tumbas tienen un templo aparejado) ya le han colgado el cartel de “work in progress”. 

Historias aparte y puesto que hoy, como diría mi amiga Tere, no tengo el chichi para muchos ruidos (léase que no tengo mucho ánimo de teclear), me quedo con los lotos que se multiplican en los estanques junto a los cenotafios. Enormes. Rosados o inmaculados. No, hace unos años, en el solar decrépito que eran muchas tumbas, no asomaban. Pero hoy se debe bendecir a la naturaleza por regalarnos este espectáculo sin igual. Precisamente en Thieu Tri el estanque estaba abarrotado de ellos. Una panorámica soberbia. El loto, aunque abroche sus raíces al fango (metáfora de sufrimiento), se yergue sobre el tallo para brotar por encima de éste y, además, tiene la capacidad de hacer resbalar el agua sobre sus pétalos igual a esas circunstancias perturbadoras de la vida que el espíritu budista ha de asumir y dejar marchar. ¿Pero Vietnam no es comunista y, por añadido, ateo, como promulgaba Lenin? No, Vietnam es comunista, sí, pero también budista, confucianista y taoísta. Eso que han dado en llamar Tam Giao, o triple religión. Idéntico a lo que sucede en tronco de fondo, aunque un poco desparejado en ramaje, con el vecino rojo septentrional. 

Como un idiota embobado me he sentado al borde del estanque admirando el titilar de los lotos. Añorando las veces que lo hice acompañado por mi madre en tantos y tantos lugares de esta Asia que devoramos con frenesí. Y en eso andaba cuando he recordado algo: el puente viejo de Thienh Toan, una pedanía cercana a Hué por donde pasé ayer. 

En Thienh Toan trabaja sus lacados un jovencito imberbe, de no más de quince años. Tímido a rabiar. Y mucho más humilde. Ayer le pedí precio por un par de lacados de lotos cuando el tour desde Danang me aparcó a su lado. Son lacas toscas y muy finas en su espesor, que acaso nunca llamarían la atención. Pero tienen una virtud magnética en mi alma. Sacó una tiza y escribió en el suelo la cifra de uno, luego el otro y finalmente lo sumó no sin dudar de cuánto da tres más tres. Era enternecedor. Y encima tenía esa invaluable virtud de mirar profundamente a los ojos que solo merece la gente pura, artistas ajenos a mercaderes de vellón. 

Hace un rato he vuelto a él, aburrido de tumbas pero no de lotos. No le convencía mi precio, pero a mí sí su trabajo. Y hoy, ¿cuánto? Ha vuelto a coger la tiza y repetido la operación. Dame ese otro también, le he pedido. ¿Cuánto ahora? Tanto. Yo llego a esto. Y yo bajo a esto. Pues yo subo. De acuerdo. Nunca una sonrisa ajena me había llenado tanto… Miento. Sí, las de un niño adorable de Rentería, su madre y su prima en un museo de ciencia. Como todas las anteriores durante años o las últimas que aún me guardo de aquel cine con arañas y dibujos.