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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 7 de enero de 2019

Petra trails

Debo hacerme mayor. Sin remisión. De modo anónimo, incluso para mí, e inexorable. Lo digo por lo acontecido, porque no lo habría sabido de no ser por el lugar donde vendían los shwarmas (llámalo durum o pan de pita enrollado) más deliciosos de todo Wadi Musa. Llegué a la población puerta de Petra, otra vez hice el check-in a toda hostia justo antes de patear la maleta al fondo de la habitación, y me piré al recinto arqueológico. En el camino pasé frente a un puesto de comida. “Se parece”, pensé. Después Petra me devoró hasta confiarme que, diez años después, los ojos ancianos tienden a observar con mayor calma, con menos miedo. Y que, necedad o prisa, algo había pasado por alto. Nada como regresar para disfrutar todavía más un destino, ¿verdad, madre? 

Al cabo de unas horas desandé el camino, fatigado porque siempre acaban rotos cuerpo y alma en tierra nabatea, y decidí entrar en ese lugar que olía a gloria, aun mejor sabía. Era el mismo. En el umbral lo supe. Y si lo era, ¿dónde quedaba el viejo hostal? ¿Sería posible? No, no podía ser el mismo. ¿Cómo se llamaba? Subí las escaleras del hotel, encendí el portátil y rescaté una reserva con diez años de menos. Cleopetra. Justo donde tecleo esto. El mismo hostal que sigue sin impresionar un ápice aunque hoy quiera presumir de hotel. Tan cambiado, tan idéntico. ¿Cómo no pude olisquear mi recuerdo? 

Extrañado, sacudo la ropa mientras mascullo. Será porque los shwarmas de hoy ya no son tan deliciosos. Ahora los preparan a batalla y un montón de locales, mezclados con turistas, se apiñan en sus mesas. Y en el hotel, antiguo hostal, nadie volverá a invitarme a una boda mientras suenan disparos nómadas, robados en ráfagas de felicidad. Eso será. Me despertaré en el mismo lugar que ya no regresará jamás. Sin llanto ni olvido, pluma ni papel, en la misma medida. Los pasos taparon el camino, es el axioma de todo viajero, y haberlo reconocido, habernos reencontrado, acaso la mayor maldición. 

Las arenas de Petra, ayer como hoy o mañana, se pierden con el agua y se acumulan al borde del desagüe. Aquel cuchitril hoy presenta acaso la misma bañera pero paredes pintadas y plafones impolutos. Mientras resbalan por mi piel, desde mi cabello y hasta el borde de las uñas, sé que tampoco reconoceré mañana el tugurio aquel de Kompong Thom donde me despojé de trescientos kilómetros de polvo bermejo de Camboya, arrastrados hacia y desde el remoto templo de Preah Khan, el de Kompong Svay. Y brota, me crece, me invade la desesperación. Eso ha de ser. 

Al albur del sacramento del ayer, teclear por puro derroche para matasellar una nueva épica íntima (al menos para mis casi cien kilos), me noto exhausto tras todo el día pateando por las crestas de Petra. Parece que dos senderos son los imprescindibles, el del Monasterio, la icónica fachada que tanto se asemeja a la del Tesoro, y el de Wadi Farasah, también llamado sendero del Alto Lugar del Sacrificio. En ambos has de subir escalones, centenas de ellos, y en ambos se redescubre una Petra ajena a masas, más privada y cercana, especialmente en el segundo sendero. Se abre un desierto infinito, de rocas multicolores que te sorprenden tras cada esquina. La fatiga, créeme, en pocos lugares puede resultar tan placentera como en éste donde ni se imagina el mar. 

Mañana queda otro sendero, el que recorre las Tumbas Reales hasta alcanzar una visión casi cenital del Tesoro. Me seco y acaricio a las teclas. Después de la paliza de hoy será seguro un pasatiempo pero, ya no tengo duda, en un instante poco sospechado volverá a acalambrarme un chispazo fugaz. Volverá a suceder. Una nueva descarga que me recuerde un tiempo en que Petra e invernal sudor perlado, teñido al ocre de la arena, se hicieron uno con mi sombra mientras navegué con rabia por sus océanos de arena y roca. Y me soñaré buscándolo quién sabe cuándo, exactamente como hago ahora, devanando la memoria, estrujándola para encontrar a mi hermano Iñaki y a ti, madre, en esta sobria habitación del hotel Cleopetra. Yo, en mi mapa, preso del destino, escarbando el veneno de la arena que se acumula en mis bolsillos poco a poco, sin antojo de futuro, querencioso del ayer. Como Petra, en idéntica medida.

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