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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Día 5: Certezas de Cachemira

Llueve con insistencia cuando aterrizo en Srinagar, capital de Cachemira. Casi a ras de suelo, cuando las nubes ya daban tregua de su monótono gris, los campos aparecían escalonados en su verdor y las cordilleras de montañas se cruzaban entre sí como un esqueleto de clase de anatomía molido a palos. Recordando el aterrizaje en Ahmedabad de un año atrás, con sus campos yermos y su polvo ocre en suspensión, esta latitud era como alcanzar otro país muy lejano. Hasta que se abre la compuerta y el clásico olor dulzón atenaza los alveolos. Cachemira, entonces sí, es India. 

Vuelve a ráfagas la sensación de novedad tras caminar parapetado por los bajos de balcones, a salvo de la humedad, sin poder quitar ojo de los edificios que me rodean. Son construcciones de ladrillo desgastado y madera, trabajada bajo machones decorativos en las fachadas o en forma de ventanas donde los cristales ya se quebraron. Todo igual por la zona de la ciudad vieja, mires donde mires. Recuerda a Katmandú con toques de la Inglaterra rural. Está todo dilapidado y semiderruido porque nadie se ha molestado en cuidarlo y, como gran parte de este país, ahora palidece a la espera de que cualquier envite natural lo derribe. 

Otro tanto semejante se da en las mezquitas y cenotafios que perlan la ciudad con paredes níveas, algunas con múltiples tejados superpuestos de chapa que, según el ángulo, parecen iglesias de madera centroeuropeas o pagodas birmanas. Se mezclan allí musulmanes de toga gris y barbas pobladas. En realidad se mezcla todo Srinagar, incluidos niños y mujeres de saris coloridos, las más, o riguroso velo negro, tocadas con burka, porque aquí la inmensa mayoría es musulmana. A todos ellos los encuentras después por los rincones y negocios, orgullosos de su herencia centroasiática (muchos tienen ojos claros, de color almendrado) y razón de ser musulmana. Trabajan y comercian, caminan ensoñadores. Se confunden junto a policías o militares de tono parduzco y kalashnikov en ristre, entre pintadas que recuerdan a la Euskadi de los años de plomo: libertad para Cachemira, amor por Gaza, ISIS o, la que imagino más reciente por prioritaria, salvad a los Rohingya. Honran a sus difuntos pero, especialmente, a sus mártires. El último se llamaba Burhan Wani y barrunto, tras observar su foto repetida en rincones desde los que me observa con astutos ojos adolescentes, que poca duda me queda de que esto es lo más cerca que voy estar de Pakistán en muchos años. 

De Burhan Wani se sabe que nació en 1994, y aunque no parezca demasiado importante saber el día y mes exactos, sí que se han encargado los militares indios de destacar el día y mes exactos de su muerte cuando apenas tenía veintiuno o veintidós años. Ellos lo cazaron. Ellos se palmearon la espalda unos a otros por el peso político de la presa. El tipo se hizo un nombre entre la militancia y resistencia cachemir no solo por sus acciones de insurgencia contra intereses indios, sino que ganó importancia por el uso que hacía de las redes sociales e internet para difundirlos. Con quince años ya era comandante de la Hizbulá Muyahidín, uno de los principales grupos armados que reivindican la pertenencia de Cachemira a Pakistán, y unos pocos años después, en 2016, su cuerpo se llenó de plomo junto al de dos compinches. Debía haber sido otra tarde cualquiera en la anónima aldea de Bumdoora, pero acabó siendo ésa en que se ejecutó una emboscada preparada días atrás por fuerzas indias, ésa que acabó en balacera mortal. Burhan Wani cayó, y el último guiño al pueblo cachemir lo hizo transformado en otro difunto envuelto en bandera paquistaní que unos días después era inhumado en su localidad natal de Tral. El héroe y la leyenda acaban de nacer. Y con ellos un levantamiento civil que paralizó Cachemira durante varios meses. Se multiplicaron los actos de protesta a lo largo del valle de Cachemira tan pronto la noticia de su muerte se expandió, y esto generó un cierre de la región por parte del gobierno indio que inmediatamente suspendió los servicios de internet y cerró carreteras más estaciones de tren. Sin ser eso suficiente, justo una semana después de su muerte fue impuesto un toque de queda en toda Cachemira y se apagó cualquier servicio de telefonía. Cerca de noventa personas fallecieron a raíz de las revueltas generadas y el asunto incluso llegó a mayores cuando el Primer Ministro paquistaní expresó su dolor por la muerte de Burhan Wani, a quien calificó como mártir, lo que enfureció al gobierno indio. Sin embargo, poco a poco las aguas volvieron a su cauce gracias a las reiteradas llamadas al orden de numerosos clérigos cachemires. A día de hoy es una clara certeza que Cachemira es una “zona explosiva” que en cualquier momento volverá a estallar. El próximo cadáver no se llamará Burhan Wani, pero su motivación será idéntica porque el suyo es el sentimiento compartido por la mayor parte de la población cachemir: sentirse paquistaníes, vivir en una nación musulmana. 

Para alejarse de este jaleo que se susurra por doquier, con afirmaciones veladas de todos con los que he hablado acerca de que ésta es una tierra colonizada por los hindúes, es necesario tomar Boulevard Road hasta las laderas de las montañas, allí donde el clima templado de esta región ha creado sus mejores regalos: los jardines cachemires. 

Desde Shalimar hasta Chasmeshahi, pasando por Nishat, uno se halla en el paraíso coránico. Es otra certeza compartida con los cachemires tras un primer vistazo. Se abren grandes explanadas repletas de verdor y flores multicolores, fuentes y estanques ornamentales recorren senderos centrales y una sucesión de terrazas se eleva hasta regalar fabulosas vistas de las cordilleras de Zabarwan o del precioso lago Dal, éstas desde el jardín de Parimahal. Las familias y los turistas se acodan en sombras mientras los críos juegan chapoteando en las fuentes, ajenos a los letreros que impiden su uso recreativo. ¿Qué más da? A lo lejos, un único turista occidental halla acomodo en una cafetería en la terraza superior del jardín Chasmeshahi porque prefiere disfrutar con calma de una sociedad cachemir que, como todas las musulmanas, necesitó de apenas unos minutos para mostrarse tremendamente hospitalaria. La cotidianidad de viajes anteriores le lleva a pedir té masala, con ese punto picante que le da el clavo, pero pronto recuerda que esto es otra India distinta, y en un segundo saborea un vaso de delicioso kahwah, la infusión tradicional de Cachemira que consta de té verde, endulzado con miel y con un toque de azafrán picado. Delicioso. 

Y luego, por supuesto, está el lago Dal que citaba antes, la joya de corona cachemir. A Srinagar se viene por un lago como a Venecia se llega por unos canales. Allí se abre un nuevo universo ajeno a pitidos, rickshaws, perro lastimosos y bullicio que empuja y agita. Los nenúfares se hacen población y los lotos salpican el horizonte junto a barcazas donde habitan cachemires y miles de turistas indios atraídos por este enclave de paz y silencio. La lástima, obvio, es que junto a ellos se ha desarrollado un mercado turístico en el que los comerciantes se te aproximan en sus barcas para ofrecerte desde suvenires hasta azafrán, acaso el producto más característico de esta región junto a alfombras y pasminas. Atrás quedaron hasta las resonancias a conflicto político que envuelven la vida en tierra firme, y solo un breve paseo por sus aguas te enmarca en un mundo de paz donde las montañas como telón de fondo recuerdan a gritos que las alturas del tibetano Leh, próxima estación, están al caer. 

La última certeza de Cachemira se da, precisamente, en su azafrán, el mejor del mundo. Me pilla la noche cerrada del último día en Srinagar cuando entro a comprar unos gramos en una tienda anónima. Al de cinco minutos acabo degustando una taza de kahwah con su dueño. No es que los indios no sean amables con el extranjero ni mucho menos, es solo que los cachemires son un punto más allá. Trato cerrado en el primer sorbo. Mientras atiende a otro cliente, dejo volar la imaginación a los campos del valle de cachemira donde crece la rosa del azafrán. De esta rosa salen seis estigmas, tres amarillos y tres rojos, pero solo estos últimos son útiles. Aquellas hebras con las que ahora jugueteo, agitando con interés la cajita de plástico en que se encierran, tienen muchísimas horas de trabajo, demasiado sudor en la frente de sus recolectores. La rosa del azafrán tiene una floración muy corta en tiempo, y la recolección de sus estigmas ha de hacerse a mano, bien a primera hora o bien a última del día. Se recolecta cada flor independiente, una a una y en proceso manual, nunca mecanizado. De cada flor solo tres filamentos, una flor tras otra flor. Es una labor verdaderamente agotadora ya que se necesitan setenta mil flores de rosa del azafrán para conseguir algo menos de medio kilo de azafrán seco. Con estos datos resulta sencillo entender por qué el azafrán es, con diferencia, la especia más cara del mundo. Vuelve Basher conmigo y me ofrece otro vaso de kahwah que rechazo con firmeza. Entorno la puerta y me despido en árabe llevándome la mano al corazón, como aprendí en Egipto y Jordania, antes de echarme a la luz tenue de las farolas que visualiza el polvo en suspensión y mosquitos que brillan igual que si fueran granos de sal espolvoreados al azar. Es inevitable no recordar a mi madre cada vez que compro algo en India, recordar cuánto le gustaban estos bazares y tiendas, recordar cuánto le gustaba viajar por India. Acaso con su recuerdo, jugueteando con las hebras, he vuelto a revivir esa sensación del lago, he comprendido que mi tiempo aquí ha llegado a su fin y que Leh, las alturas tibetanas, prometen idéntica felicidad a la vivida entre mezquitas, jardines y un precioso lago cachemir. Volvemos a necesitar movernos, ¿verdad, madre?

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