LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Día 22: Templo de Bhimakali

Otra pequeña odisea llegar a Sarahan para ver el templo de Bhimakali con excursión monte a través (la carretera está cortada) y negociar con un particular que me acercara el último tramo hasta allí. Luego otro lío en Shimla porque están de celebración del Dussehra y los hoteles están a tope. Las he pasado putas, una vez más, para encontrar dónde dormir. Y mañana a ver en qué nuevo universo aterrizo.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Kinnaur

Con franqueza, después del frenesí visual por el Tibet indio estaba claro que el listón quedaba muy alto y ha sido un pelín decepcionante el paso por Kinnaur. Reckong Peo es gris, y tanto Kalpa como Chitkul no pasan de poblaciones pirenaicas al estilo de las nuestras. También resta el hecho de que estuvieran petadas de turistas nacionales. Incluso así guardan vistas sobrecogedoras, sin llegar al nivel de las de la ruta desde Spiti hasta Kinnaur, las primeras fotos que siguen a este texto, y unos templos eclécticos donde se fusionan elementos hinduistas con budistas vajrayana, clara muestra del límite que ejerce esta región entre ambas culturas. Luego me he liado la manta la cabeza, culo inquieto que es uno, y me ha dado por emprender la marcha hacia Sarahan ya muy de tarde. Como resultado, acabo casi de madrugada y extenuado en un hotel muy potable de Jeori tras casi cuatro horas aprisionado de pie en un bus que iba hasta las trancas de gente. Mañana toca el templo de Bhimakali, principal reclamo que me trae por aquí (eso si consigo llegar porque la carretera debe estar cortada por desprendimientos), y ruta hasta Shimla, parada y fonda para cuidar mis maltrechos pies, hacer una colada porque huelo a perro callejero y, básicamente, recuperar fuelle, que ya llevo tres semanas fiel a mi estilo: a todo trapo. Vietnam y Camboya aguardan a la vuelta de la esquina.

P.S. Algunas fotos no se han subido bien, se ven pixeladas, y es que la conexión a Internet aquí da de sí lo que da. Sirven para hacerse una idea del lugar, que es de lo que se trata.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Días 17, 18 y 19: Valle de Spiti

Finalmente en la zona de Kinnaur, otra increíble ruta desde Spiti, y unas vistas bien hermosas en Kalpa que, con el valle de Sangla que visitaré mañana, harán la nueva entrada. Ya dispongo de acceso a Internet y llevo mucho, mucho tute. No tardaré en arribar a Shimla para reponer fuerzas durante tres o cuatro días. Me lo pide el cuerpo, un poco magullado.

Hay unos tipos polacos aquí al lado que no dejan de rular el vodka. Entre ellos, eso sí. Y tras unas semanas sin probar casi gota de alcohol (tres cervezas y un benjamín de vodka con cola no cuentan), este pobre y lacerado viajero les mira con indisimulada envidia. Cargan las albardas de cojones, hasta tener que poner las cartolas. En realidad es el mejor pasatiempo en Kaza, una polvorienta localidad tibetana que ejerce de capital administrativa de este inmenso valle de Spiti. Por paisajes no tiene nada que envidiar al valle de Nubra, cerca de Leh, al otro lado del Khardung La, pero además encierra unos monasterios recogidos y breves que son sublimes muestras de cultura tibetana centenaria. 

A Kaza llegué en otra batidora de huesos. Una vez más, eso era lo de menos porque los paisajes me traían embobado. Risueño, descontaba panorámicas de vértigo hasta que, en una de ésas y al ir a sacar una foto fuera de la ventanilla, el móvil se me escurrió. Resultado, la pantalla hecha añicos y la batería no tardó mucho más de un par de horas en dejar de funcionar. Los accidentes ocurren y no tiene mucho recorrido lamentarse. Parecía que había regresado a Ladakh por lo magnífico del paisaje que me rodeaba. Picos de cinco mil metros rematados con los primeros copos de nieve, valles abismales y unas carreteras desnudas de brea y planicie, más bien sucesión de cantos rodados y rocas arrastradas desde las cumbres por viento y hielos. 

Kaza aparecía, como los pueblos de Diskit y Hunder en Nubra, anclado en la vega del río Spiti, única zona fértil entre tanta desolación desértica. Y su gran magia radicaba en que, aparte de esos polacos, no había más extranjeros que dedos en una mano. No había tiendas de artesanía, ni puestos de tatuajes o trenzas, ni agencias de viaje. Solo hoteles habilitados para turismo nacional y para de contar. Está a un universo de distancia de Leh. 

A una veintena de kilómetros de distancia está Kibber, otro pueblo suspendido sobre un acantilado en el que se aterrazan las clásicas casas tibetanas de planta baja y revocadas de cal. Tienen las boñigas a secar en las puertas de las casas, como se hacía en la vieja Castilla de postguerra para hacer fuego con el que calentarse y cocinar. Es inevitable no recordar a mi padre ante esta estampa. Así lo hacían en su tiempo, cuando crío, aunque el tufo fuera demencial. Salen un par de ancianas de su casa, sonrientes, acribilladas de arrugas y con un pañuelo que cubre su cabeza. Es la típica estampa de los pueblos que se mueren es España, y aquí no es distinto. Kaza, la capital, apenas cuenta con mil vecinos, y el resto de villas de la comarca podrían ser calcadas de un rincón de Burgos o Soria. Al sol uno se asa, y cuando éste se esconde te entra la tiritona si no te abrigas rápido. Al mediodía es el único rato apetecible del verano tibetano, eso si sabes pillar la sombra adecuada. 

Entre Kibber y Kaza se halla el mayor monasterio de la región, el de Ki. Tiene varias centurias y una colección de estatuas notable, pero su mayor encanto se da en su localización. Encaramado a una cresta, domina todo el valle por el que discurre el río Spiti. Es una putada ascender la ladera para conseguir las mejores vistas aunque, una vez arriba, se borra todo rastro de sudor ante la panorámica. 

Rumbo sur se me va acabando el valle, una vez llegado a Tabo será hora de empalmar el bus a Kinnaur, y en esas estoy cuando leo acerca de un pueblo que tiene buena pinta. Se llama Lhalung. Alquilo un taxi porque ni de coña alcanzo hasta allí en bus público y me quedo de una pieza cuando se presenta ante mí. Es uno de los pueblos más hermosos que haya visto jamás, y deja a Kibber o al resto de poblaciones de Ladakh a la altura del barro. Y no es solo eso. Justo en la parte superior aparece algo que asemeja a un monasterio. Es muy pequeño, apenas dos capillas que difícilmente pueden esconder algo de valor. Hasta que entras y te das de bruces con una retahíla de figuras del panteón budista que, entre todas, deben sumar varios milenios de vida. El buda Maitreya, Padmashambava, Manushri,… todos ellos escoltados por figuras decoloradas por el polvo que acumulan, tanto o más que los murales que cubren las estancias hasta el último milímetro. El tejado es una tejavana minúscula por la que se filtra la luz que se esparce creando claroscuros mágicos. Alucinante. Es uno de los gompas fundados por Rinchen Zangpo allá por el siglo décimo, y es tal su poder de evocación que pareciera que el mismo gurú podría encarnarse tras cualquier rincón. Inolvidable. Hablan de Alchi, en Ladakh, con pasión, acaso por su carácter tremendamente turístico, pero solo un metro cúbico de éste de Lhalung barre en encanto a todo aquel. 

Unos kilómetros más allá esta Dhankar, cuyo viejo monasterio se vuelve a fundir con la roca de un farallón inmenso, allá en lo más alto. El equilibrio de funámbulo debieron inventarlo aquí porque cada vez que rematas una escalera o te asomas a una ventana el corazón te da un vuelco. La caída es inmensa hacia el río Spiti, y las vistas, en consecuencia, sublimes. Apenas quedan un par de monjes que hacen de vigías (no fotografíe en el interior, señor) y los indios que aparecen a cuentagotas clavan su mirada en la panorámica, embelesados y ajenos por completo al complejo religioso. Un nuevo monasterio en Spiti y un nuevo subidón de adrenalina. 

Desde allí solo queda una bajada demencial y volver a tomar el curso del Spiti, esta vez dirección oeste, para alcanzar Tabo tras una veintena de kilómetros. La vega del río se ha ido ensanchando regalando más tierra fértil, y los cultivos aparecen mezclados con campos de árboles frutales donde los manzanos copan casi todo. Tienen unos frutos enormes, como dos puños, y de un rosado muy apetecible. Los manzanos se han multiplicado una vez en Tabo, incluso en medio de las calles los encuentras, con ramas vencidas por el peso del fruto. A primera hora de la tarde el lugar dormita y recorro las calles vacías antes de topar con un hotel decente pegado al famoso monasterio. La fama la tiene bien ganada, para eso no hay más que pisar una de las seis o siete criptas que se apiñan en el clúster central del viejo monasterio, adyacente a uno más moderno pero menos interesante. Todos los santuarios están forrados de adobe, y por momentos pareciera que estés en Djenné, Malí, recorriendo la famosa mezquita Dogon. Pero dentro es un espectáculo de murales y figuras de terso dorado. No hay apenas luz, ni siquiera la que se filtra de claraboyas improvisadas permite distinguir algo más a un metro de distancia. Y son todo ojos allá dentro. Refulge el blanco de los ojos de divinidades que se clavan en ti. No es circunstancial, es un efecto que se logra con la penumbra. Cruje la madera bajo los pies y no es necesario tantear la pared porque ese blanco te permite calcular la distancia, sin miedo a tropezarte. El gompa de Tabo es, con diferencia, el más sobresaliente de todos los vistos en este periplo por el Tibet indio. Siempre hallas un lugar que justifique tu viaje a un país o región, Iguazú en Brasil, Tikal en Guatemala, Angkor en Camboya,… Tabo, con su sobrecogedor monasterio y su mezcla de divinidades en madera o tenues frescos, ya ha justificado la artificialidad de Leh, el frío y nieve nocturna rumbo a Manali y hasta el rompehuesos tramo a Kaza. Solo un santuario me ha bastado, y he podido visitar cinco no menos soberbios. Dilapidados, al borde del derrumbe, con desconchados preocupantes,… Herencia pura y dura tibetana por encima de eso. Tabo, Spiti por extensión, es un lugar que se clava al corazón y que promete nuevos regresos. Así lo pienso justo antes de echarme a dormir, a las cinco y media de la mañana sale mi bus para Kinnaur. La sonrisa de felicidad me va a durar muchas lunas.