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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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miércoles, 3 de mayo de 2017

Claroscuros de Brno

En mi regreso a Chequia muchos de los campos de colza ya estaban florecidos. Ondas de espuma amarilla se abrían paso al traquetear del tren, como un Mar de Barents surcado por un rompehielos en estos mismos finales de abril. Asimismo se aprecian vagones cubiertos de óxido, abiertos hasta tal punto que el carbón triturado sobresale entre las cartolas. Contrasta su estampa parduzca en una Moravia en la que reinan los lagos jaspeados de diamante y más y más colza gualda. Esperan en estaciones como Studenka o Hranice, acaso sabedores de un tiempo en que perdieron la prioridad porque su carga vale menos ante el empuje de otros recursos energéticos como el petróleo. El sol se abre un hueco entre nubes pasajeras y entonces el oro de éste se desparrama para hacer de la colza un destello cuyo fulgor obliga a pestañear y desviar la mirada. Poco a poco se olvidan las colinas, se multiplican las moles prefabricadas y chimeneas de ladrillo propias de polígonos industriales, se me acerca un tipo que huele a alcohol a la legua pidiendo limosna y las estaciones, al final, son segundos de raíles que se dividen en mil hijos antes de volver a cerrarse en un único par de filamentos, devorados por una máquina al límite que por momentos amenaza con perder las bielas. Europa avanza a ritmo de ferrocarril y apenas se distinguen traviesas de madera. Obras por doquier que traen nuevas catenarias, nuevos aceros de china, nuevos hormigones transversales que, sin embargo, hacen que la máquina baile más porque son menos flexibles que los de madera, aunque no se pudran. Se alcanza un punto donde lo que no es gualda de colza es solo verde cereal imberbe de trigo o cebada. Bosques, aldeas dormidas,… solo el humo de no más de un puñado de chimeneas confiere vida, y tintes teñidos de malva en el disco solar, ya completamente nítido en su derrumbe. Hasta que se toca el punto en que la oscuridad cubre Moravia y no se pueden distinguir en lontananza conejos o corzos que observen temerosos este artefacto incomprensible. Luego ni siquiera puentes, sonido estridente, o pasos a nivel, rumor apagado. A la altura de Kojetín, cuando falta medio trayecto para Brno, es sencillo distinguir que si las luces de Bohemia que decía Valle-Inclán son tan lúgubres como la España que reflejaban, tan idéntica a la de hoy, éstas de Moravia resultan serlo mucho más en sentido literal. Sin claridad, la verdad que cuesta horrores teclear en un portátil que vuelve a apoyarse sobre la maleta y queda a merced de los bandazos del vagón. Aún peor no distinguir qué tecla se toca. 

Brno, después, es una falsa ilusión. Se han esforzado desde la oficina de turismo checo en llenar esta ciudad con viajeros de los de a gramo, no quilate porque a ésos no se les engatusa tan fácil, y la apertura a aerolíneas de bajo coste ha hecho el resto. Ciudadanos de buena parte de los países de Unión Europea se pasean tratando de arrancar una décima de eternidad a una ciudad que no lo merece, de desempolvar con color una fotografía gris ya que aquí ningún rincón se ha desprendido de su marcada ausencia de belleza, acentuada en periodos bélicos. Además está repleta de los checos más antipáticos de Moravia. Probablemente. ¿Por qué? Se podría decir que los checos, una vez integrados en Europa, hinchado sus carteras, se relacionan con los visitantes en base al pasotismo más macarra, al miedo o hasta a la ira. Surgen la primera y la tercera actitud como respuestas obvias de la ciudadanía local cuando el turismo se empieza a desbocar, preguntad en Barcelona, pero es verdad que también hay tipos enrollados, por supuesto. Son los menos. Y muchos trabajan en las oficinas de turismo, oasis de calma y educación en comparación con los polacos del vecino septentrional. Sin embargo, los checos en esta zona de Brno siempre muestran una indiferencia que, sin ser negativa, generalmente raya en el desprecio. Te grita la charcutera del supermercado exigiéndote que pagues en coronas cuando aún solo has dicho “hola” en inglés, puro mecanismo mental. Respondes “dobri den”, hola en checo, y sacas un billete de doscientas coronas con la misma cara de mala hostia que te ha regalado ella. Te escupe fuego la mirada de la vendedora de la pastelería cuando una moneda se te cae al otro lado de la barra. De primeras, pese a tu “perdón”, pasa de agacharse y te empieza a gritar, pero se agacha, al final, cuando tú gritas más y la pones de maleducada para arriba. Y para sacar un billete de tren lo mismo, y para pedir una cerveza qué decir. Ya ni pregunto por cerveza negra, en Brno me han dedicado tantas miradas de asco que, directamente, señalo el cañero, susurro “pivo”, cerveza, y que sea lo que Dios quiera. ¡Y no imagines ni por asomo una mueca de sonrisa cuando me han acercado el vaso y he pagado! De resultas, mejor escaparse a los alrededores. 

Nadie te lo va a decir, pero como intentes adentrarte en la Chequia menos turística y pretendas enterarte de algo en inglés estás bien jodido. Si lo pretendes en español, la cosa va de coña. En Europa oriental suele ser así, y el castillo de Pernjstein, sus carteles identificativos, no son una excepción. Pero, pese a los paneles explicativos en perfecto checo, sus alrededores son bocanadas de aire fresco ante lo febril y tóxico que se concentra en Brno. El castillo se halla en una loma forrada de pinos y por las cercanías han habilitado una red de senderos que, sin ser buenos observatorios hacia la mole de piedra, sí que se bastan para darte una vuelta entre verde, respirar naturaleza y dejar caer la mente en nuevas metas mientras las broncas con charcutera, pastelera, ferroviario y taberneros son cada vez menos irritantes. Pelillos a la mar y tal. 

Lednice y Valtice, nueva oportunidad para esas cercanías de Brno que tanto agradaron en el castillo de Pernjstein, forman un conjunto comparable con el Aranjuez de los Austrias en las cercanías de Madrid. El palacete en el primero, especialmente, es evocador de ese tiempo de desmesura que aquí los Liechtenstein forjaron bajo el sello de la ilustración. Se abren salones donde los detalles en madera confrontan un estilo renacentista que luego, a su vez, choca con el barroco, casi rococó, del castillo de Valtice. Más y más detalles de poderío económico que acabó abruptamente con la Segunda Guerra Mundial. Es una letanía repetida hasta el aburrimiento en el este de Europa pero que no deja de ser una cruel certeza: lo que no robaron los nazis se lo llevaron los soviéticos. A los países del lado oriental les sentó francamente mal el siglo XX, desde el principio hasta el final. Fueron robados y su población, inmersa en tiempos de entreguerras, forjó un espíritu de miedo y desconfianza que incluso hoy parece sobrevivir en la psique colectiva, en el trato con el foráneo. Quién sabe si no quedará un rescoldo de eso cuando rememoro lo vivido con la gente local en Brno. No obstante, lo poco que queda se presenta de modo tan inmaculado que pasear admirando cuadros, puertas taraceadas y mobiliario de época sirve para evocar gloria añeja. 

El breve camino de Valtice a Mikulov se acompaña de hectáreas de cepas jóvenes porque el vino aquí ha pasado a ser sustento de muchas familias. Siendo éste un producto en apogeo y Chequia un país donde el poder adquisitivo ha aumentado exponencialmente a los años transcurridos desde su anexión al Mercado Común, no es de extrañar que las botellas de vino blanco se amontonen en la mesa de los restaurantes. Y con ellas las risas. Y con éstas hasta la percepción clara, una vez más, de que el mundo rural siempre suele ser más amistoso para el viajero que las grandes urbes. Las laderas calizas de las colinas Pálava resultan ideales para, con un clima templado, dar una uva perfecta para el caldo de Dionisio. Los romanos fueron los primeros en percatarse de ello, y desde entonces la región ha explotado esta virtud, con especial acento en los últimos años. “Ensalza las virtudes del agua, pero bebe vino”, que dice el famoso proverbio checo. Con vino o sin él, lo cierto es que Mikulov es precioso con su plaza a la sombra del inmenso castillo que perteneció a la familia Dietrichstein, su judería y sus iglesias. Se va la tarde paseando mientras me entretengo con el retozar por allí de multitud de turistas checos de todas las edades y, sumado a la corriente, pese a que el vino blanco no sea mi favorito, con un trago lo malo de Brno se vuelve borroso. Con dos voy convencido de que resulta entrañable regresar a sus calles. Al tercer vaso hasta me siento culpable por haberle levantado la voz a la pastelera. Vinos de Mikulov. 

La última estación en mi caminar por Chequia estaba reservada para las cuevas del Karst Moravo. Llego a primera hora a Blansko, puerta de partida hacia las cuevas, solo para comprobar que no hay bus hasta dentro de hora y cuarto. Lo primero que hizo la señora aquella, cuando toqué con los nudillos en la ventanilla de información de la estación, fue chequear el reloj para ver si acababan de dar las nueve y debía atenderme o no. Nueve y un minuto. Malhumorada, remató que caminara los siete kilómetros si me apetecía, de lo contrario a esperar. “No hay más buses. Has venido fuera de temporada”, dijo dos veces a modo de reproche. Y volvió a recostar la cabeza sobre los brazos cerrando los ojos. ¿Sería de Brno? 

Las cuevas siempre están llenas de personajes mitológicos, históricos o incluso elementos cotidianos. Se suele dar esa ley no escrita en el mundo del turismo bajo la que la realidad se transforma a ojos de turistas, y las estalactitas o estalagmitas pasan a ser Darth Vader o Sancho Panza, una bruja o los cuatro mosqueteros. Debe ser un efecto idéntico al otro por el que los turistas encuentran un placer especial en tirar una moneda cada vez que se topan con una fuente o hasta una charca. Visita un lugar turístico y mira bajo la superficie, comprobarás lo que te digo. Aquí, en el Karst Moravo, no puede ser de otro modo, y con un frío del demonio y una humedad que no baja del cien por cien uno se ve jurándose por lo más sagrado y por lo bajini que hay que venir muy pasado de cerveza para que formas amorfas, efecto de la precipitación de carbonato de calcio, se vuelvan algo presumible, mucho menos identificable. Pero si ellos lo dicen… Indudablemente son hermosas, caprichos naturales, y la gruta de Punkva colecciona un puñado de las mejores junto a una dolina inmensa y un prescindible paseo por un río subterráneo. 

Con el punto y final a esta ruta checa confieso, sobre un teclado que se ha llenado de granos de polen que anuncian una primavera tardía, que voy a echar de menos la cerveza checa, sus pueblos y hasta la mezcla de caracteres con los que me ha tocado lidiar. Seguro Telc, Trebon y pueblos del norte de Moravia, dudo mucho que Brno. Puede que muchas cosas más y es por ello que me asaltan pensamientos fugaces imaginando un nuevo destino en el mapa checo, que recuerdan que hasta el día trece no hay que volver a casa, que Rumanía está a un paso, que puede esperar. Pero me he hecho perro viejo, sé lidiar con ello, y el mejor antídoto es saber que hoy duermo pegado a la estación de tren. Elegí la pensión a posta para no recrearme con ideas de nuevos destinos aquí cerca. En realidad, honestamente, lo hice porque a todos los viajeros nos gusta saber que cerca queda un nuevo destino, un vehículo para huir, y adoramos ese traqueteo repentino de un tren con rumbo desconocido como el que esta noche volverá a despertarme de madrugada, justo un instante antes de desear estar montado en él.

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