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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 26 de abril de 2017

Donde la humanidad tocó fondo

Supón que existe un lugar donde la muerte lo cubre todo, donde ni el paso de los años ha conseguido ventilar el olor a cadáver quemado. Supón que en viejos barracones de ladrillo y ventanas enrejadas lo único equiparable a sueños de libertad se pierde tras una doble alambrada electrificada, y los bosques que se dibujan al otro lado son manchas acuosas borradas por las lágrimas. Imagina un olor a excrementos humanos que se mezcla con la muerte, que aspira a ser tu único recordatorio de que aún sigues vivo. El frío, la nieve, la piel desnuda, el barro escarchado, hambre que retuerce de dolor, el silencio de llantos ahogados y unos temibles uniformes de color caqui para los que nada más eres un número, el próximo en caer. No es cuestión de azar, solo de tiempo. 

Imagina una madre que te habla de todo eso y te lo cuenta con tristeza y rabia. Mamá, tú has estado en Auschwitz, ¿verdad? Asiente, y te habla del pelo humano del que eran desposeídos los cadáveres para fabricar colchones o forrar telas con él. Incredulidad. Te habla de los rostros de miedo, inertes, que te observan desde las paredes en poco blanco y mucho negro. Escalofríos. De que ningún cuerpo se libraba de ser robado, hasta sus dientes de oro arrancados. Ira. De que las mujeres eran esterilizadas y se jugueteaba con órganos humanos en busca de no sabe qué nueva maldad. Rabia. De que si alguien osaba escaparse, otros muchos de su pabellón eran ahorcados por puro placer. Delirio. De pesadillas forjadas por el pesticida Zyklon B, con forma de gafas amontonadas, de maletas vacías, de botes de betún,… Te habla, en definitiva, de toda la inimaginable miseria humana que cabe en un lugar como Auschwitz-Birkenau, donde hasta un millón trescientos mil seres humanos fueron aniquilados, tiroteados, gaseados o, sencillamente, presas fáciles de inanición, enfermedades y tristeza insondable. Y te susurra, con ojos empañados, que luego ardían en crematorios aún visibles. Que, si prestas atención, se cuentan varios vagones en los que se trasladaban los cuerpos hasta el horno, herrumbrosos y testigos mudos de esa locura que todos llevamos dentro. Te asegura que Auschwitz-Birkenau es único en su miseria, que la humanidad tocó fondo entres sus espinas de acero. Y ya con más calma que, algún día, tú también lo verás, y que entonces tomarás ejemplo por la dimensión de lo podrido que allí se esconde, y hasta que entenderás por qué muchos visitantes salen sollozando. Como ahora mismo ella, fustigada por el recuerdo. 

Olvídalo. Mejor olvídalo. Me lo digo a menudo en el viaje de regreso desde Auschwitz a Cracovia. No lo hagas porque esa madre ya no existe, caída con coraje en busca de un nuevo sueño mundano, hazlo mejor porque las emociones en Auschwitz-Birkenau han echado a volar llevándose lo impagable de su mensaje. Me mueve la sorna comprobando cómo todavía asoma en un barracón la famosa cita de Santayana: aquellos que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo. La realidad de Auschwitz, por todo lo descrito con anterioridad, debía convertirse en espejo sobre el que iniciar la tarea de desbrozar los pecados que todos llevamos dentro, que homo homini lupus, que lo que se vivió allí es lo que cada uno hemos recibido en herencia y va cargado en nuestro ADN de verdugos o reos. Mas la realidad se vuelve tozuda cuando la caja de caudales se ha hecho tabernáculo hasta tal punto que todo gira sobre ella. Decenas, centenas, miles de personas nos agolpamos en los barracones. Me muevo en oleadas, magreado, confuso, nervioso. Eso, nervioso, exactamente todo lo contrario a lo que incitan estas paredes. Sin tiempo para leer los carteles, para entender qué lugar es ése en que nos hallamos. Abrumado, aguardando la cola para entrar al próximo barracón sobre el barro, bajo la llovizna, ajeno a los enigmas que se gritan tras cada esquina, escuchando en los auriculares las palabras sombrías de un guía neutro, desafectado en su mensaje por la cotidianidad. Sin tiempo para entender siquiera un ápice de nada, con la absurda certeza de haber puesto otra cruz en la lista de “lugares visitados”, de haberme zampado otro producto estéril y precocinado. Gracias a Dios, madre, aún me queda tu sensibilidad, el recuerdo de tus palabras y la pasión feroz por el mensaje de este sitio ahora dilapidado, aunque me duela la pena por lo perdido desde hace apenas veinte años, cuando seguro que Auschwitz-Birkenau era todo lo que se cuenta de él. Ahora, ¿qué emociones trasladar a papel?, ¿cómo vivir y contar algo más intenso o revelador que lo absurdo de décimas de segundo captadas en un teléfono móvil?...


P.S. Añado también, antes de que se me pase, unas fotos de la ruta de ayer por Dobcyze, con un skansen y un castillito bien chulos, y por Wieliczka, donde visité la iglesia de madera de San Sebastián antes de hundirme en la famosa y espectacular mina de sal que tanta fama ha dado a la localidad desde hace centurias. 

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