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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

lunes, 24 de abril de 2017

Bóvedas cerúleas

Igual me faltaba hablar de Budapest, de su atmósfera tóxica. Y no necesito describir a fondo lo diurno, aunque podría. Es entonces una ciudad sucia y melancólica, especialmente por el área de Keleti, de la estación central de tren. Abarrotada de jóvenes yanquis, turistas chinos o europeos y carcomida por una fama que no luce por ningún rincón. Otro esqueje más del sinsentido de rutas turísticas. La ruta del biberón me atrevería a decir en contraposición a la ruta del pancake asiática: todo a reventar de jóvenes yanquis, europeos, japoneses, chinos… imberbes deseosos de chupar, de tomar tragos hasta perder el control. En todo caso esta Budapest nunca llegará al nivel de Bucarest, porque aquella es adorable en su decrepitud, en su nostalgia, hasta en la herrumbre de lo que fue y ya nunca jamás será, en sus fachadas crujidas que alumbran bajo cascotes una intensidad que desarbola la imaginación. Budapest, bajo un manto plomizo agitando lluvia esporádica a finales de Junio, se forra de transeúntes deseosos de algo que aquí se cuenta por cuentagotas, de hitos históricos pobres y solo encalados por esa otra madre llamada Danubio. Si borras eso, un simple plumazo, te queda un juguete roto que sirve de, como decía, biberón para infantes de teta desterrados por capricho o necedad. 

Pero yo en la primera frase me refería a la noche, atmósfera tenebrosa plagada de putas… podría ser deliciosa aunque apesta a barrio bajo. No putas, mejor chulos que asoman por doquier. Aquí mismo, en esta barra de taberna tabernaria sin ir más lejos. Llegué hace cinco minutos de comprar tabaco y una chica me ofreció sexo. Ni para Dios, me hice el guiri y seguí mi camino ante su indiferencia. El chulo de dicha meretriz asoma aquí, en realidad lleva aquí una hora con un colega, justo enfrente de donde yo tecleo y sorbo tragos. Tantea el teléfono para ver si hay pesca y a ratos abandona su solitario de cartas marcadas, menea el trasero hasta la puerta y con un ademán disimulado indica a la chica por dónde moverse. 

Y aún hay más. Dos pitillos suman otras dos ofertas a la puerta misma de la pensión. ¿Qué sucede, qué bulle en Budapest al caerse el sol? Hastiado y cariacontecido, quiero creer que algo mucho más amable y cautivador se amontona al breve trecho de dos manzanas, lástima que entre las venas de la zona Keleti se me haya podrido la querencia a descubrir un pedazo más allá… 

Escrito en la noche de Budapest. Junio de 2013 

Se suele dar, aunque no se perciba de primeras, un fino nexo de unión entre Budapest y Cracovia. Son esporádicos chispazos, tanto o más memorables que los ratos de lluvia, viento o nieve que viví en el tren desde Olomouc y me tenían resguardado de una ventanilla que ardía, o bien próximo a ella para distinguir algo entre torrenteras de agua, entre copos de algodón que ventiscas fugaces alzaban en remolinos; tanto como los ladridos de perros al paso del caballo de hierro, dispersos y olvidables, de lenta cadencia que denota en ello más monotonía que fiereza; tanto como tratar de enumerar los campos de colza que se suceden y tiñen de prusia hasta donde arrancan suaves ondulaciones tachonadas por abetos o torreones de algún castillo, seguramente decadente y refugio de hiedras y alimañas. Son chispazos casuales, presunciones de paramnesia propias de un tiempo y lugar que, hasta entonces, solo había vivido en la vieja capital húngara mientras viajaba por Europa oriental. Y son descargas eléctricas instantáneas que arrancan, por ejemplo, cuando aún no llevo ni un minuto en Cracovia, entre la multitud de jóvenes turistas occidentales, mochilas inmensas a la espalda, mapa en la diestra, que se apiñan en la estación Glowny. Siguen las semejanzas al abrigo de un río Vístula que aquí corre tan poderoso como el Danubio y finalizan, aunque para ello hayan de multiplicarse, en el momento en que se alcanza la vieja plaza, epicentro, donde la Lonja de los Paños se ve flanqueada por decenas de reclamos para turistas. Tiendas de cambio, agencias con escapadas a minas de sal o recuerdos funestos de campos de concentración, cafeterías y puestos de comida rápida con acento de multinacional, calesas, trenecitos y un largo etcétera de productos estériles. Faltan tirolinas, vuelos en globo, machacarse el rabo entre dos piedras como los indios x o degustaciones de vísceras de murciélago como la etnia amazónica z, pero llegarán más temprano que tarde porque al turista del veintiuno ya no le sirve la belleza estática, solo experimentar algo que le haga sentir importante y distinto. Y además él puede justificarlo sosteniendo que no tiene tiempo ni ganas en viajar a donde aquellos sucios indios de x, y aún menos de perderse entre marañas de lianas y calor sofocante, allá donde la tribu amazónica z. Tiempo al tiempo. ¡¡¡Qué depresivo!!! Le doy vueltas al tema camino de regreso al apartamento, para acabar hundido en un sótano del número quince de la calle Arianska. Preparo una infusión y sigo rumiando mis ideas. Hay una corriente que afirma que se muere la literatura de viajes. Y es cierto. Se muere en la misma medida en que muere el viajero, más que nada porque esto de viajar ha pasado a ser un producto precocinado listo para el consumo. Una mera suma de experiencias a cada cual más pintoresca. En todo esto, por triste que parezca, darse una vuelta por el centro de Budapest o de Cracovia y enumerar semejanzas ya es una suma de cociente depresivo. 

Y hasta ahí. Porque a la mañana siguiente hace un frío tan glacial que no puedes dudar que el grajo levanta justo un dedo del suelo, y entonces a uno le da por entrar a iglesias, animado por su calor, acaso escocido de tanta pose artificial. Cracovia, de pronto, gira bruscamente para empezar a brillar de un modo especial, en oro y azul. Todas las bóvedas de sus principales santuarios se hallan engalanadas de un color que oscila del cobalto al celeste, y en las mismas aparecen graciosas estrellas que perlan de dorado el firmamento. La sucesión de esculturas, oratorios, púlpitos, retablos, y qué sé yo… el abrumador peso del barroco de los interiores, casi rococó, que contrasta con lo escueto de los exteriores, siempre ladrillo ocre tras ladrillo ocre, crea una atmósfera pura, alimentada por ecos como de miserere. Aguzo el oído para no entender nada, aunque no es difícil interpretar los salmos de los curas ya que en casi todas ellas se oficia misa, da lo mismo qué hora es. 

Hilvanadas por fachadas perfectas, las iglesias de bóvedas cerúleas de Cracovia van sumando placer visual y hasta calor en las entrañas en el camino que me lleva a Wawel, la colina donde asoma un viejo castillo y la catedral que servía a los reyes de Polonia. Allí, sin embargo, todo es una decepción porque el chispazo de Budapest se ha hecho cortocircuito. Hordas de turistas han tomado el lugar, incluso es imposible moverse dentro de la catedral si no es empujando a alguien. Sorry, sorry. El viejo castillo de Wawel, tan baqueteado como bendecido por la historia, una viva metáfora del transcurrir de los años en Polonia, parece que no tendrá que volver a lamentar su infortunio jamás ya que el maná en forma de turismo le augura un espléndido porvenir. Azota el frío una vez fuera de la catedral, tengo hambre y medito si el barrio judío puede esperar o no. 

Camino sin rumbo ni dirección por la zona de Kazimierz, la otrora barriada judía. Trinan los pájaros cuando la muerte no anda en caza despiadada como en época nazi. Recitan salmos de la Torá junto a un cementerio cuyas estelas escupen pecados de la humanidad. Es la sinagoga de Remuh, un santón a quien atribuyen milagros y cuyo cenotafio atrae a multitud de judíos. Junto a ella me siento sobre el césped, observando la legión de historia muda que se esparce a mis pies. Chirrían en la memoria reciente las placas conmemorativas que brillan junto a la puerta de acceso: una pareja de hermanos que perdió a ochenta y ocho miembros de su familia, un hijo a sus padres y tres hermanos, y un largo etcétera de lágrimas con sello de Holocausto y ahorro de billete en ida y vuelta a Auschwitz. ¿Para qué buscar más tristeza si se basta la imagen de mis padres como casaca para el ritual, para que suden ojos que van a ser tañidos por la ausencia? 

En un par de horas he llenado la tripa de pierogi, esas riquísimas empanadas que conocí en mi primer viaje a Polonia, he hecho la colada de calcetines y calzoncillos en la fregadera de la cocina del apartamento, siempre más manejable que el lavabo, y hasta me ha dado tiempo a escribir estas notas. Con un poco de suerte, con las nubes abriéndose y el calor apretando, podré ver desde el sofá a ese virus de sombras que es el ocaso. Entre tanto lo imagino correteando por las esquinas de este sótano alimentado de luz solo por dos minúsculas ventanas, a ras del suelo de la calle, para las que he decidido nunca bajar los estores. Llevabas razón, madre, una vez más diste en el clavo susurrándome sobre la magnificencia de Cracovia. Es solo que tu recuerdo me ha rondado toda la jornada y, aunque no lo deseara, hasta he perdido la mirada en una sacudida cada vez que brillos ambarinos pretendían atrapar mi atención desde cualquier escaparate. Ahora, sin ti, ya no tienen razón de ser las perlas amarillas del Báltico. De súbito los primeros rayos empiezan a resbalar por la pared, a acariciarme el rostro hasta cegar mi mirada, y el ámbar de tu recuerdo, abracadabra, se hace luz que mañana volverá a brillar en nueva alborada, desafiando por igual a viento gélido y tristeza.

2 comentarios:

Anabel dijo...

Tan bonitas las fotos como tus palabras. Ambas agridulces. Bastará un copia y pega de este diario para un próximo libro o así lo entiendo.
Disfruta mucho del​ viaje.
Yo lo seguiré por aquí a través de tus ojos y tus pensamientos.
Besotes

Botitas dijo...

Gracias, Ana, se agradece que te pases por aquí ;-)