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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

viernes, 28 de abril de 2017

El cementerio menos triste del mundo

Arrecia la lluvia. La tormenta se desata y engulle un bus desde donde ya se divisa Poprad, flanqueada por los soberbios Tatra sobre los que se enroscan las nubes con decenas de cortinas de lluvia que se adivinan a sus pies. Las gotas estallan sobre la tierra quemada, se funden en un calambrazo y forman finas gasas de vaho que se disipan en llamativas espirales al paso del vehículo. El olor a geosmina inunda los alvéolos y llega casi a provocar náuseas. Pero es adorable, tiene ecos de tormentas de verano en Mecerreyes hace tantos años, llama a volver a la niñez, a sentirse vivo, y sirve para barrer la congestionada bruma cocida en este bus a reventar de personas. El citado olor a geosmina, el olor a hierba recién cortada, el olor de los tilos en la plaza central de Kosice, el olor a madera reseca en retablos impecables, los campos plagados de árnica y amapola, los helechos arrebujados a la vera de cualquier reguero… son sensaciones, estampas que ya pertenecen a la memoria de nuestro viaje por Eslovaquia. Cuando vuelvan a surgir, por cualquier latitud, siempre habrá un reclinarse en el asiento y una mueca de sonrisa porque Eslovaquia de nuevo será vívida por unos fugaces instantes de ojos cerrados y paladeo armonioso. 

Una vez en Poprad, aún más. Hay fragantes pensamientos morados, turquesas, gualdas… que adornan las macetas encaramadas sobre las farolas a un par de metros sobre el suelo. También muchos pares de ojos, destellos fugaces, de colores imposibles en iris radiantes por claros, propios de espectros. Por la noche, en la cama, cuando caen los párpados, esos ojos vuelven a desfilar y son como fogonazos de un soldador quemando varillas. Se amplifican o atenúan, saltan entre rostros de eslavos nacarados o gitanos, tez de hollín. Y siempre pasa un buen rato antes de que se pierdan en la oscuridad, hasta la siguiente noche en que regresan renovados por los nuevos cruces de miradas centelleantes de hace apenas unas horas. Ojos que no son de este mundo. Día tras día, noche tras noche en tierras eslovacas. 

Además cohabita el negro de los cuervos que campan a sus anchas en Poprad. De noche se acercan en bandadas gigantes al parque colindante de la pensión, duermen posados sobre las ramas de exuberantes tilos no después de graznar incesantemente como ahora que escribo estas líneas. Son seres tenebrosos, forrados de un mal augurio, preñados de leyendas macabras. Luces y sombras en Poprad… 

Sombras y luces también en el caminar turístico. Ayer la vieja bruja a cargo de la iglesia de madera de Kezmarok pretendía robarnos cuarenta euros por sacar unas imágenes del interior. Amablemente le tendí las entradas recién adquiridas y le pedí que nos devolviera los seis euros de los tickets. Las extorsiones no tienen cabida en mi concepto de viaje. Allí se quedó farfullando al tiempo que yo me acordaba de la puta que parió a los gestores de dicho templo, ella incluida por su soberbia e intolerancia, encaminándome a la oficina de información a poner una queja. La luz, el envés de la moneda, la anciana del soberbio santuario de Svaty Kriz, sin problemas para grabar y encima nos ha regalado un par de postales a cambio del euro por barba que cuesta la entrada. Fotito entrañable con ella de recuerdo. 

Se calman los carroñeros enlutados, duermen con seguridad, se apagan con ellos las resonancias a Poe o Lovecraft y a nosotros nos llega la hora de acompañarlos en la calma y el silencio. Mañana Poprad habrá quedado en el recuerdo. Las montañas, las iglesias y, seguramente, las miradas de ojos turbadores tendrán su análogo a ochenta kilómetros de aquí. En Polonia, en Zakopane, ecuador de la ruta. Seguramente. 

Escrito en Poprad, el 19 de junio de 2013 

A veces parece que no ha dejado de llover en Zakopane durante los casi cuatro años transcurridos desde la última visita. Su localización, asentado a los pies de los Tatra donde las nubes estallan en mil aguaceros, da lugar a ello, y lo crecido de los riachuelos junto con la inclinación vertiginosa de los tejados, a dos aguas, suscribe que la nieve aquí es una constante. Pero Zakopane es, paradójicamente, cálido hasta el extremo con sus casas de madera que se multiplican entre moles de hormigón, de factura más reciente, construidas para dar cobijo a la multitud de polacos que han encontrado aquí su parada y fonda definitiva en contacto con la naturaleza. 

No hay aniversarios cuando regreso al viejo cementerio de Zakopane. Incólumes, pero con años de verdín, las esculturas de madera siguen rumiando su desdicha. En el cementerio menos triste del mundo los fantasmas se vanaglorian de su pasado y profesión cuando carnales, brindan con Slivovice (clásico aguardiente de ciruela en países eslavos) y triunfan las historias que se sueñan a su rebufo. De poetas y músicos, lo obvio ayer; de carpinteros de lápiz como regla, cepillo y pino maleable, de alpinistas jóvenes con cuerdas y mosquetones, lo más reciente porque pocos himalayistas tan osados como los polacos conocerás. Algunos de ellos recuerdan aquí, con su cruz y corta edad tallada en ella, el precio pagado. 

Sin embargo, los dos mil metros de la cima Kasprowy Wierch siguen vetados, ocultos tras un telón gris de nubes que apenas deja ver los regueros de nieve sobre la parte inferior de la falda de la montaña. Todo el mundo parece suspirar decepción esta mañana, y en ésas solo resta subir la cremallera hasta el hocico y caminar bajo la llovizna porque Zakopane algo más debe poseer. La distribución en núcleos dispersos es típica de pueblos de montaña, así que son cuatro kilómetros caminados hasta Harenda, una barriada en la que luce una soberbia iglesia de madera junto a la vieja casa del poeta Jan Kasprowicz. Reconocido asimismo por su trabajo de traducción de grandes clásicos de la literatura al idioma polaco, Kasprowicz, pese a no ser originario de Zakopane, sentía tal pasión por los Tatra que aquí acabó viviendo sus últimos años. Junto al museo se halla el mausoleo que guarda sus restos y los de su esposa, obra extraña de hormigón que contrasta con la belleza humilde que otorga la madera a su casa, ejemplo obvio del estilo Zakopane. 

De Harenda a la capilla del Sagrado Corazón de Jesús, en Cyrhla, hay unos cuatro kilómetros cuesta arriba, pero pueden llegar a ser ocho si coges el camino equivocado. Por experiencia lo cuento. El viento dobla el paraguas más de una vez y casi me hace un favor porque lleva ecos de bendición notar cómo el agua fresca se mezcla y templa un sudor que me trae hiperventilando. La cuesta cada vez se empina más, las viviendas se espacian paulatinamente y a los jodidos perros no les debe gusta aquello que no recuerda a polaco. En la parte más alta de la zona de Cyrhla solo hay un hotel de aspecto apagado y unas fabulosas vistas al valle donde Zakopane se halla hundido. Violentos chubascos descargan sobre sus esquinas y las nubes cobran una velocidad endiablada allí arriba, en derredor. Lo mejor es que no tengo ni la más mínima idea de dónde me hallo y si paro me congelo por el sudor que me cubre hasta la rabadilla. La única opción lógica, tras tantear nubes agitadas a la diestra, más nubes a la siniestra, es pillar calor en el hotel de enfrente, ubicarme y echar una cerveza, que además va a dar la una y, como dicen los mexicanos, a partir de las doce ya se puede tomar. Cosas del azar que siempre me sonrió, aparece de improviso, tras la puerta de la cocina, un tipo que me tantea con la mirada. Desconozco si el atuendo habitual de cocineros en Zakopane y hasta Polonia es un pijama negro de corazoncitos bermellones y zuecos que cloquean a cada paso porque, de lo contrario, me enfrento al tipo más extraño que hubiera podido imaginar. Sornaban por allí un puñado de vecinos con miradas fijas en la nada, pura melancolía, y vaso de cerveza a no más de un palmo. Es ese gesto característico de los polacos que se repite tan a menudo porque lo llevan impreso en su rostro cuando visitan la iglesia, el cincuenta por ciento de su vida, y cuando visitan el bar, el resto del tiempo. En un momento dado del día sustituyen el crucifijo por una jarra de líquido rubio y espumoso, pero te aseguro que su gesto no varía ni un ápice. Ensimismados en lo suyo, igual que maniquís de saldo, ninguno ha reparado en el recién llegado cuyo paraguas va creando un reguero camino de la barra. Al del pijama le encargo una cerveza, le pregunto si habla inglés (asiente dubitativo) y le explico a dónde voy. Ríe tan abiertamente que hasta la concurrencia vuelve de sus ensoñaciones para prestarme atención. Luego me mira con cara de lástima por lo descarriado de mi camino y remata señalando un Opel Corsa. Repite que espere un segundo. Parece que me convida a llevarme en coche. Pero él no, algo le dice a un tipo que se desentumece junto a la barra. Éste apura de un trago el vaso, parece pedir otro para luego, me regala una muesca que creo de sonrisa y me dice que le siga. Trago largo el mío, suerte que pedí la caña pequeña, y dejo el importe en la barra no sea que el otro se impaciente. De veras que los polacos suelen asemejar hoscos y hasta antipáticos en primera impresión, pero muchos de ellos son gente amable y honesta (a menos que empiecen a trabajar en oficinas de información turística, ya que allí se les olvidan las virtudes). 

En una hora la capilla es historia. Vuelvo a echarme a la llovizna bien abrigado, deshago cuesta abajo otro puñado de kilómetros hasta Zakopane y regreso al cementerio bajando por una calle Kupowki que se anima en avalanchas de paraguas. Recorro la vereda central y sigo adivinando qué historia se esconde detrás de nuevas cruces, una nueva motivación para el día siguiente. Busco y rebusco. ¿Qué queda para mañana cuando la cima más alta me niega su secreto? Justo antes de entrar al cementerio paré en la iglesia de San Clemente y alguien me robó el paraguas. Lo dejé en la puerta por no formar otro charco y alguien se lo llevó. ¿Acaso escribir de ladrones? No se llevó uno cualquiera por equivocado porque solo estaba el mío. Será que en Zakopane, con todo lo turístico que es, cabe de todo, como en casa. 

Se va a echar la noche, sombras, y aún queda una historia en Zakopane. La huella de ayer sigue latiendo con fuerza y, anatema de viajero en regreso permanente, no es de cristal la memoria de cuatro años atrás que es mi saber. Se desata un temporal en lo emocional y en un segundo vuelvo a aquella mi casa con pasos que las aceras devuelven en chapoteos. Idéntica silla sobre mesa nacarada, idéntico murmullo de caudal que no cesa, idénticas macetas con coloridas petunias, lilas y claveles chinos en que comencé aquel texto. ¿Cómo era? Coincidía el decimocuarto aniversario del fallecimiento de mi tía Rosa Mari y mi madre no tardó en recordarlo. Sí, aquel Zakopane… 

De nuevo la tromba de agua es monumental en Zakopane, al otro lado de los altos Tatra. El agua rumia sin cesar por tejados de chapa, canalones y un riachuelo que amenaza con desbordarse, sobrepasado por los litros que golpean o se suman al cauce. Suerte que decidimos parar a comer y echar un trago. A buen recaudo, viendo las hojas de los árboles titilar bajo el golpeteo constante de las gotas, la lluvia hace de bello telón en un Zakopane que luce plagado de tiendas de recuerdos para turistas, hostales y restaurantes. No es mi taza de té que digamos, ni tan siquiera cuando la tormenta se disipa para alumbrar, de nuevo, a un sol que castiga sin piedad. Pero la vieja baila feliz de puesto en puesto, y yo sumo tragos de cerveza de trigo mientras tecleo y chequeo el horizonte, allá por enero, allá por India… Levanto la vista a ratos y pierdo la mirada en las riadas de personas que transitan por la calle Kupowki, la más famosa de Zakopane, plena de garitos, mimos, buscavidas y tiendas que dan un sentido extremadamente comercial a la, por otra parte, horrorosa avenida. El típico sitio que los viajeros y turistas aman odiándolo u odian amándolo. Todo tipo de sensaciones caben en estos lugares infectos. 

Visitamos luego las montañas, mantos de césped impolutos envueltos en frondosos bosques de abetos, alerces y pinos; más al fondo surgen infranqueables murallas de granito, teñidas del blanco hielo de nieves todavía no fundidas, en un desnivel brutal hasta confundirse con pequeños grupos de nubes que parecen querer juguetear con los picos. Todos los parajes rezuman alpino, mires donde mires, almuerces donde almuerces o duermas donde duermas. Los tipos en ellos son igual de afables que en Eslovaquia. Adoran las montañas, pasear y perderse por cualquier vereda. De regreso de una larga jornada de travesía todos lucen una frente sudorosa, una sonrisa tan radiante como el brillo en sus ojos y unos bastones de mango desgastado. De madera, por supuesto. 

Y más allá está el cementerio, exactamente catorce años después, uno coqueto abrigado por decenas de árboles y cobijado junto a una notable iglesia. De madera, claro. Las cruces en el camposanto, en su gran mayoría, lucen unos cristos sedentes, con la barbilla apoyada sobre la palma de la mano, con aspecto entre melancólico y meditabundo. Son preciosas. Hay detalles infinitos en cada redentor y al ser, como no, de madera, los ángulos en que se observan hacen que cambie diametralmente la percepción: unas veces parece ensoñador, otras circunspecto, en otras arranca la hilaridad, en otras navega entre algo tosco y burlón... Es cálida y moldeable la madera, femenina, se deja acariciar mejor que los vastos, gélidos y grises metales o granitos. Todos los cementerios son tenebrosos, provocan angustia desmedida y uno generalmente suele hacer rápido el pasavolante para cambiar de tercio. A mí, al menos, me suele dar por ahí. Pero el de Zakopane es distinto, en un día especial catorce años después, plagado de crisantemos coloridos y con todos esos detalles de calidez que envuelven, reconfortando al viajero. Hoy precisamente, ¿cómo sentir prisa por dejarlo a la espalda? Es lúgubre y acogedor a la vez, quizás abrumador haría de mejor definición. La iconografía no produce desazón ante lo inevitable, más bien al contrario; llama a pasear y prestar atención al más mínimo milímetro, porque allí algo turbador, sin ser peyorativo, se esconde. Tampoco aquí se suman esas clásicas fotos de difuntos que te observan desde las lápidas, invitándote al ultramundo, tétricas; apenas existen y, cuando lo hacen, son solo rostros con ojos inertes, aforismos desnudos de un poeta, un músico, otro poeta… todos encajan como los acordes de un violonchelo o las estrofas de un soneto para hacer de este lugar algo memorable… ¿Será posible que haya merecido la pena acercarse a Zakopane por un cementerio, en un aniversario? 

Más tarde la montaña Kasprowy Wierch se nos hace añicos. El teleférico está de mantenimiento y quizá mañana vuelva a operar. Nos íbamos mañana, ¿no? ¿Y si hacemos un día más en Zakopane? ¿Qué día es? ¿Jueves, viernes? Aún veintiuno, hay tiempo. ¿Por qué no? Vayamos a brindar a la salud de los sacrosantos, inquilinos a los que nos hemos de sumar, y a la de las horas que quedan por compartir, más de un año después, con los humildes polacos. En el recuerdo aquéllos seguirán vivos con nosotros, igual que éstos. En un garito cualquiera, al sombrío, solo la brisa cálida y el constante rumor de un riachuelo nos hacen compañía. Petunias multicolor, malvas lilas y anaranjados claveles chinos lucen allá donde se pose la vista. 

Escrito en Zakopane, el 21 de junio de 2013

miércoles, 26 de abril de 2017

Donde la humanidad tocó fondo

Supón que existe un lugar donde la muerte lo cubre todo, donde ni el paso de los años ha conseguido ventilar el olor a cadáver quemado. Supón que en viejos barracones de ladrillo y ventanas enrejadas lo único equiparable a sueños de libertad se pierde tras una doble alambrada electrificada, y los bosques que se dibujan al otro lado son manchas acuosas borradas por las lágrimas. Imagina un olor a excrementos humanos que se mezcla con la muerte, que aspira a ser tu único recordatorio de que aún sigues vivo. El frío, la nieve, la piel desnuda, el barro escarchado, hambre que retuerce de dolor, el silencio de llantos ahogados y unos temibles uniformes de color caqui para los que nada más eres un número, el próximo en caer. No es cuestión de azar, solo de tiempo. 

Imagina una madre que te habla de todo eso y te lo cuenta con tristeza y rabia. Mamá, tú has estado en Auschwitz, ¿verdad? Asiente, y te habla del pelo humano del que eran desposeídos los cadáveres para fabricar colchones o forrar telas con él. Incredulidad. Te habla de los rostros de miedo, inertes, que te observan desde las paredes en poco blanco y mucho negro. Escalofríos. De que ningún cuerpo se libraba de ser robado, hasta sus dientes de oro arrancados. Ira. De que las mujeres eran esterilizadas y se jugueteaba con órganos humanos en busca de no sabe qué nueva maldad. Rabia. De que si alguien osaba escaparse, otros muchos de su pabellón eran ahorcados por puro placer. Delirio. De pesadillas forjadas por el pesticida Zyklon B, con forma de gafas amontonadas, de maletas vacías, de botes de betún,… Te habla, en definitiva, de toda la inimaginable miseria humana que cabe en un lugar como Auschwitz-Birkenau, donde hasta un millón trescientos mil seres humanos fueron aniquilados, tiroteados, gaseados o, sencillamente, presas fáciles de inanición, enfermedades y tristeza insondable. Y te susurra, con ojos empañados, que luego ardían en crematorios aún visibles. Que, si prestas atención, se cuentan varios vagones en los que se trasladaban los cuerpos hasta el horno, herrumbrosos y testigos mudos de esa locura que todos llevamos dentro. Te asegura que Auschwitz-Birkenau es único en su miseria, que la humanidad tocó fondo entres sus espinas de acero. Y ya con más calma que, algún día, tú también lo verás, y que entonces tomarás ejemplo por la dimensión de lo podrido que allí se esconde, y hasta que entenderás por qué muchos visitantes salen sollozando. Como ahora mismo ella, fustigada por el recuerdo. 

Olvídalo. Mejor olvídalo. Me lo digo a menudo en el viaje de regreso desde Auschwitz a Cracovia. No lo hagas porque esa madre ya no existe, caída con coraje en busca de un nuevo sueño mundano, hazlo mejor porque las emociones en Auschwitz-Birkenau han echado a volar llevándose lo impagable de su mensaje. Me mueve la sorna comprobando cómo todavía asoma en un barracón la famosa cita de Santayana: aquellos que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo. La realidad de Auschwitz, por todo lo descrito con anterioridad, debía convertirse en espejo sobre el que iniciar la tarea de desbrozar los pecados que todos llevamos dentro, que homo homini lupus, que lo que se vivió allí es lo que cada uno hemos recibido en herencia y va cargado en nuestro ADN de verdugos o reos. Mas la realidad se vuelve tozuda cuando la caja de caudales se ha hecho tabernáculo hasta tal punto que todo gira sobre ella. Decenas, centenas, miles de personas nos agolpamos en los barracones. Me muevo en oleadas, magreado, confuso, nervioso. Eso, nervioso, exactamente todo lo contrario a lo que incitan estas paredes. Sin tiempo para leer los carteles, para entender qué lugar es ése en que nos hallamos. Abrumado, aguardando la cola para entrar al próximo barracón sobre el barro, bajo la llovizna, ajeno a los enigmas que se gritan tras cada esquina, escuchando en los auriculares las palabras sombrías de un guía neutro, desafectado en su mensaje por la cotidianidad. Sin tiempo para entender siquiera un ápice de nada, con la absurda certeza de haber puesto otra cruz en la lista de “lugares visitados”, de haberme zampado otro producto estéril y precocinado. Gracias a Dios, madre, aún me queda tu sensibilidad, el recuerdo de tus palabras y la pasión feroz por el mensaje de este sitio ahora dilapidado, aunque me duela la pena por lo perdido desde hace apenas veinte años, cuando seguro que Auschwitz-Birkenau era todo lo que se cuenta de él. Ahora, ¿qué emociones trasladar a papel?, ¿cómo vivir y contar algo más intenso o revelador que lo absurdo de décimas de segundo captadas en un teléfono móvil?...


P.S. Añado también, antes de que se me pase, unas fotos de la ruta de ayer por Dobcyze, con un skansen y un castillito bien chulos, y por Wieliczka, donde visité la iglesia de madera de San Sebastián antes de hundirme en la famosa y espectacular mina de sal que tanta fama ha dado a la localidad desde hace centurias.