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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Sandamani, solo Sandamani

Tin, tin. Con la mínima brisa las campanillas de las centenas de estupas se agitan y chocan con suavidad. El templo Sandamani, y el millón de recuerdos asociados a él, han sido una razón lo suficientemente poderosa como para regresar a este Mandalay al fin domesticado por el tiempo y el turismo. Contemplar y escuchar el metálico sonido del entrechocar de las campanillas que cuelgan de los htis, los parasoles que coronan las estupas, tiene tal capacidad de evocación, susurra una calma tan inmensa, que podría regresar mañana mismo a Tailandia plenamente satisfecho de lo vivido en Myanmar, saciado de él. 

Sin embargo, no hacía ni media hora que me hallaba atónito mientras recorría las calles de la vieja capital, asumiendo cómo las decrépitas fachadas y las calles de tierra y lodo han dado paso a relucientes edificios y brea más o menos uniforme. Hay cajeros en cada esquina, los coches son de última generación, motos por miles y ni rastro de aquellas bicicletas con sidecar adosado con que se movía todo el mundo. También wi-fi, cobertura en el móvil y hasta tarjetas SIM para estar conectado a todas horas. Son buenos tiempos para la gente Bamar… al menos no tan malos como el medio siglo dejado atrás, aunque sigan mandando los de charreras doradas. Han bastado media docena de años para subirse y asirse con firmeza al carro del desarrollo. Y, en consecuencia, han domesticado Mandalay de un modo que ni imaginaba, de tal forma que ahora parece una ciudad de verdad y todo, nada que ver con aquel lodazal al que se asomaban las fachadas decrépitas de coloración oscura por efecto de los corros de humedad. Al viejo y deslavado Mandalay se lo llevó un tiempo que aquí corre acelerado, y con el cambio han arreciado turistas a puñados que dejan sus cuartos en una población que aprovecha el tirón de la novedad para elevar sus precios de un modo casi desvergonzado. Se mueve dinero en este país que se regenera de la noche a la mañana, pero las campanillas de Sandamani siguen ahí, ajenas a todo… igual que mis recuerdos. Circundo la estupa central, ensoñador, descalzo sobre unas losetas ya templadas por la tenue luz crepuscular, buscando nuevas motivaciones para un futuro que siempre llega demasiado rápido, sin preaviso de cargo. Hace casi diez años el mundo era un abismo, ahora es un caramelo barato de los que se venden a peso. Pasaron por la retina mil maravillas y no menos tipos con demasiado que contar, pero el recuerdo de Sandamani nunca se mitigó ni un ápice, de ahí mi felicidad repentina. Puede que sabedoras de ello, las campanillas me siguen en mi ensimismamiento, ajenas a mis pensamientos, mientras recitan con tesón su mantra de fe para un tipo que nunca olvidó sus salmos, hoy arrastrados por el viento cálido de la tarde otoñal birmana. Tin, tin.

*Imágenes de Sandamani y la cercana pagoda de Kuthodaw 

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