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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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viernes, 18 de noviembre de 2016

Reencuentro con Mehmet

“Una especie de brumosa, como cremosa neblina, se apodera y difumina mi recuerdo de Mandalay. Mehmet sonreía con la ilusión de un crío cuando le regalé los dos longyis, presente de mi madre. Entonces, cuando escribía estas líneas, habitaba en una beer station donde la gente Bamar escupía betel con ritmo casi acompasado. Y no echo nada ni a nadie en falta, solo el puesto ambulante de roti en la esquina del hotel Thamada se ha esfumado. Las mismas gentes, las mismas caras, las mismas sonrisas... eso que ni las balas pueden matar o robar a esta sociedad sobria y ejemplar como ninguna. Apoyo mi frente sobre mi brazo encima de la mesa y cierro los ojos: Mandalay todavía más en la distancia. Abro los ojos y todo sigue ahí. Dos años y medio o solo un suspiro. Porque la sangre de la vida corre por las venas de la sociedad birmana con una cadencia pausada, como conservada en almíbar por una cruel junta militar que ahoga la sed de desarrollo de una gente generosa y humilde como no hay otra. Jamás ansiarán tus bienes, su riqueza no es de este mundo, no se reduce a papeles con dígitos. No puedes desear lo que no puedes tener. Y ésa es la riqueza de Myanmar. Entender eso lleva muchas vidas, como pueden decir ellos enroscándose en su fe, o muchos "volver" a su tierra para que quien sea, que eso es lo de menos, te recuerde qué es importante y qué solo ilusión. En Myanmar la gente con esa verdad grabada en la pupila a sangre y fuego es la norma, y todo porque siempre vale más lo que tienes que lo que deseas. Y el hombre blanco suele olvidarlo con facilidad. Mea culpa.” 

Escrito en diciembre de 2009 

En diciembre de dos mil nueve, cuando hablaba de Mehmet en una entrada dedicada a Krabi pero en retrospectiva hacia Myanmar, poco podía imaginar que, siete años después, el destino volvería a cruzarnos en el camino. Otra de esas sorpresas que depara este país y que no dejan de sucederse en la ruta. Si alguna vez imaginé un reencuentro con él, desde luego nunca lo hubiera hecho en los términos en que ha sucedido. He de confesar que nunca tuve tanta fe en él y su prodigiosa memoria; tampoco en la mía. 

El caso es que hoy, tras visitar el monasterio Schwenandaw y darme un garbeo por el mercado de jade, atiborrado de birmanos en compra-venta, chinos en caza y captura y apenas un turista remilgado con retales del ayer, me ha dado por ir al monasterio de Schwe In Bin. Distante a un kilómetro de distancia, se ha ofrecido un birmano amable a llevarme en su camioneta. Muxutruk-por el morro, y ya van mil veces. Allí caminaba hacia el interior del santuario cuando alguien me ha sujetado por la espalda y me ha obligado a girarme. ¿Te acuerdas de mí? Era Mehmet, como para olvidarlo. Claro que sí. Le estrecho la mano y charlamos. Te llamas David. Y tú Mehmet. Sonrisas tan complacientes como cómplices. Una pregunta, otra,… la familia, su disgusto por el fallecimiento de mi madre, su hermano que está soltero y ya no tiene tanta necesidad de trabajar,… Alucino con su recuerdo de mí, y algo similar debe sucederle a él. ¿Si sigo trabajando en la universidad? Claro, ahí sigo. ¿Si sigo viviendo cerca de Bilbao? Ahí sigo. “¿Y cómo es que no estás en el Emerald Inn?”, le pregunto por curiosidad. “Ahora es exclusivo para grupos de holandeses, y ellos no necesitan transporte porque lo tienen incluido. Ya no admiten a viajeros que no estén en grupo de tour-operador. Y solo holandeses. Llevo cinco años buscándome la vida cerca del palacio, pero hoy me ha dado por venir aquí. Me tenía que haber ido a casa hace un rato, pero no sé por qué me ha dado por esperar un poco de tiempo más…”, responde entristecido al comienzo, risueño al final. Impresionante. Una decena de frases intercambiadas y no doy crédito. 

Y no lo hago porque Mehmet es una muestra clara de qué era este país antes de dos mil diez, cuando todo cambió a mejor para ellos mientras otros empezábamos a lamentar un mundo que dejaba de latir. Mehmet, su memoria, recuerdan un tiempo en que aquí no hacías negocios, sino amigos. O al menos gente que te tenía presente, que sabía escucharte con atención. 

De seguido he estado comiendo con Mehmet porque el gran Buda de Mahamuni ya no tenía tanta importancia. Justo le he dado un vistazo fugaz, lo suficiente para comprobar que el pan de oro que le adhieren los fieles ya forma una costra en su cuerpo de dimensiones bíblicas. A esas alturas ya eran las esquirlas del ayer las que me habían vuelto a tajar hasta la médula. Y él, generoso, memoria prodigiosa, me relataba cuando mi madre se olvidó las gafas y tuvimos que regresar a por ellas o cuando, un par de años después, mi hermano y yo tomamos la ruta a Paleik por aquel camino que era polvo y al bajarnos parecíamos espectros bajo nívea sábana. Risas de felicidad en ambos casos. “¿Por qué dejaste el rickshaw?”, le pregunto en ésas. “Porque la ciudad y las calles han cambiado, porque los turistas ya no quieren montarse en ellos, porque era muy duro pedalear cuando llegaba el monzón y todo era barro”, responde nostálgico. Que al menos ha engordado, le respondo para romper el hilo, no ajeno a un tiempo que ya se nos fue. Y pienso, entristecido, que aquél era también mi tiempo, nuestro tiempo, madre, y que este Myanmar de precios hinchados y turistas por miles parece pillarme muy a desmano. Y hasta pienso en todos ésos que afirman que un viajero no debe regresar al lugar donde encontró felicidad. ¿Y renunciar a Mehmet?, ¿renunciar a un mundo que ha cambiado tanto como yo? Olvidar que Mehmet refleja el dogal que todos llevamos al cuello es la mayor perversión de cualquier viajero, es la linde entre viajeros y turistas que coleccionan países con la misma celeridad con que olvidan rostros. Él quizás ya no recordará nuevos nombres porque el turismo en masa lo impedirá, y yo no descubriré nuevos tipos como él porque ese mismo turismo todo lo pervertirá. Pero le conocí en un tiempo y lugar que siempre será nuestro, por millones de turistas que vengan, por mucho que cambie Mandalay. ¿Quién podría recordar a mi ya fallecida madre y el día que olvidó sus gafas? Eso sí es un viaje en sí mismo, el resto solo fotos con aspiración a postal en marco de pitiminí. Él, volviendo a aquellas palabras de dos mil nueve, vuelve a recordarme qué es importante y qué solo ilusión. 

Cuando llega la noche acabamos en una beer station cerca de mi hotel. Le largo los siete mil kyat pactados y le excuso para que se marche si quiere, que ya volvería andando al hotel. Ya no es “up to you” a la hora de pagar, ya no es “lo que quieras, David, lo que quieras”. “Times are changing”, que cantaba Bob Dylan, y solo queda asumirlo en la certeza de que ahora es su tiempo de opulencia con trabajo a mansalva. Eso sí, sí que, como antaño, vuelve a pedirme que le contrate al día siguiente en mi ruta por Amarapura, Ava y Mingún. ¿Y el precio? Lo piensa y me dice veinticinco mil, para poco después desgranar esos ridículos poco más de quince euros que me pide con la novedad de que ahorro el barco a Mingún y el coche de caballos en Ava, casi diez pavos al cambio, ya que él me hace todos los recorridos en la moto. Viendo en qué se ha convertido este país, juguete novedoso de millones de occidentales con carteras generosas, no debería dudar en aceptarlo. Es tan obvio que Mehmet me lo pone fácil, que me tira el precio, como complejo el hacer un esfuerzo y aceptar. Lo pienso unos segundos. En los últimos tiempos mantengo una vocación de ir cambiando chóferes y servicios a diario para repartir equitativamente la pasta, pero es mirando a los ojos a Mehmet cuando comprendo rendido que Myanmar, mi Myanmar, nuestra Myanmar, vieja, nuestra Myanmar, Ina, aún calienta de sobra si el azar te permite, como me ha sucedido a mí, remover los rescoldos. Se llamen Mehmet o como se llamen. Qué es importante y qué solo ilusión, ¿recuerdas? Pasado mañana ambos volveremos a ser historia. Y quizás ya sí que para el resto de la vida.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Mehmetoy poniendo a llorar cabron...disfruta con mehmet escuchando sus historias y despues di que tu escribes libros...lied-man!!

Botitas dijo...

Jajaja. Imagino que el espíritu travieso de la gorda ha tenido que mover algún hilo desde allí arriba para hacer posible el reencuentro.

Anónimo dijo...

Hola
Se te ve muy bien, hasta mas delgado.Tiene muy buena pinta el libro,que disfrutes lo que te queda por esas tierras.
Papa y Mama estarán muy orgullosos de ti.
Gracias por el capitulo dedicado del libro.
JB

Botitas dijo...

Gracias, Jesus. De delgado nada, tío, es el efecto del chaleco que queda ceñido, jajaja. Abrazote.