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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Lago Kandawgyi

Relajada mañana de paseo por el lago Kandawgyi aprovechando que el cielo estaba cubierto en amplias zonas. Tiempo de reflexionar y despedirme de Myanmar hasta un futuro regreso, que no presumo muy cercano en el tiempo, antes de deshacer el camino al hotel para poner una lavadora y preparar algo de ropa de cara a Laos, a donde vuelo pasado mañana.

domingo, 27 de noviembre de 2016

A los pies de Buda

Es hermosa la figura de Buda que se representa en la pagoda Chaut Htat Gyi. Tan colosal que ha de ser, metafóricamente, trabajo de las mejores hilanderas por lo delicado de sus formas, ropajes o pestañas. Damisela bajo tul dorado. Refleja unos ojos revestidos de fe y felicidad, traviesos, acordes con esa mueca de sonrisa que solo se da a los íntimos y que convida a olvidar lo mundano. Ni hombre ni mujer, clásico en la iconografía budista birmana. Ensoñador o, al mismo tiempo, melancólico, en neutro, imaginando un próspero futuro que ya se adivina incluso entre los humildes tipos que le limpian los excrementos de las palomas con escobas de cepillo humedecido. Supongo que casi diez años es demasiado tiempo como para que se olviden las formas y hasta los mensajes, media alma despojada tal que piel vieja de pitón madura, pero el gran Buda se me hace presente idéntico a como lo dejé. Y hasta en lo oculto de sus ojos sigue susurrando lo mismo, juro que lo hace. Confidencial, me hunde en sus sombras y me vuelvo a postrar a sus pies, ajeno a unas lágrimas que demasiadas veces en los últimos días han peleado por reencarnarse desde el inframundo del dolor y la soledad. Blandiendo nada más que silencio. 

Hasta Chaut Htat Gyi me he acercado una mañana de soporífero calor. Atrás, hacia el norte, quedaron el valle de Mandalay y la estepa de Bagan, con sus climas de noviembre tan templados como agradables, sin los excesos de esos círculos de aureola blanquecina que se nos forman en la ropa a los que tenemos el sudor tirando a ácido. Recordándolo, cariacontecido, el mero hecho de salir a pastar callejeando por este Yangon acelerado, dejar en pausa el suave rumor del aire acondicionado, supuso una apuesta a cara o cruz en la propia decisión. Salió verano. Luego es polvo y monóxido de carbono hecho forma gruesa lo que se pega al pulmón, como en un mal sueño infernal. Me quiero convencer de que mi jodido Yangon no es todavía Bangkok, y los coches se mezclan con bicicletas oxidadas, longyis con vaqueros, camisetas de a céntimo repletas de hollín y agujeros siderales con coches Toyota. Por supuesto que se ama y se odia a partes proporcionales, como a cualquier megalópolis asiática, aunque acaso más lo primero porque es innegable que el viejo Yangon muestra a borbotones retales del ayer, de eso que cada vez cuesta más encontrar en la capital Thai. Y tan es así que basta un minuto de caminar para recordar que sí, que Yangon sigue oliendo más a India que a sudeste asiático. Mucho más. Ni la ausencia de vacas callejeras rompe el sortilegio. Se cuela de súbito el olor a incienso de Bangalore con la polución industrial, y vuelve a palpitar un presentimiento feroz tan arraigado en el espíritu, tan a fondo sellado en el ADN, que uno, inevitablemente, se para en medio de la crujida acera para hacer nada. Solo por el mero hecho de olisquear la patria que lo parió, por saberse en familia, añorado hogar. 

Justo antes de llegar a Chaut Htat Gyi, a rebusco de las sombras, a media décima de volver a tropezar con camisetas a secar al sol, herramientas, desperdicios que ya no son bolsas de basura porque alguien los revolvió buscando nutrición, perros famélicos y qué sé yo todo lo que convive en el próximo metro cuadrado que ansío conquistar, otra pagoda se forma sobre una suave loma a mi diestra. Es Nga Htat Gyi, y guarda otro Buda de dimensiones colosales. Ni lo dudo. Me descalzo, resoplo con suavidad y arranco la hilera de escalones que trepan hasta la cima. Nuevo Buda, nueva descarga de calma y súbita confianza en que, desde este mismo punto miserable, ya solo puedo subir. Me arrodillo y dejo pasar el pasado sin ansias de futuro, en la creencia total de que la puta vida me pondrá nuevos deberes en el momento más insospechado, cuando el mañana cobre forma y dimensión temporal. El trémulo susurrar de un monje rasurado como todos, arropado en ígneo butano como todos, me devuelve de la catarsis y, ensimismado, le veo recortado a un metro frente a mí, rodillas al suelo, humillado bajo otra gran figura de ésas que en esta ciudad sin par se han hecho tan comunes como lo profundo de la fe de sus vecinos tras decenios de vicisitudes terribles. En dos mil siete llegó a mi rebufo la revolución azafrán. Más desdichas bajo puño militar de hierro. En dos mil nueve me precedió el ciclón Nargis. Más desdichas bajo desastre natural. En dos mil trece… en dos mil trece creo recordar que nada, pero solo visité Yangon. En dos mil dieciséis lo que diga el resplandeciente Buda que se sienta frente a mí. Siempre hallarán motivo para venerarle. Y pienso, enternecido, que si los habitantes de este país fueran conscientes del mal fario que me acompaña ya me habrían proscrito de por vida. ¿Me ha guiñado un ojo el iluminado de Nga Htat Gyi? Como si lo hubiera hecho. Resoplido de satisfacción. 

Nada más que silencio en Chaut Htat Gyi. Reino puro en el que olvidar sinsabores. Llantos secos acompañados de nuevos labios que sellan una oración muda tras párpados cual visillos entornados. Germinan semillas de algo indescifrable pero que al menos me devuelven el resuello del alba. Para lo que para mañana, sea lo que sea que brote de mi nueva costilla, Buda sabrá. Es al salir, cuando me voy a calzar, el momento en que un tipo decide arrodillarse enfrente y empezar a hablarme en birmano. Tres reverencias con las palmas de las manos unidas sobre la frente y ésta postrada hasta tocar el suelo. Con suavidad, una detrás de otra. No entiendo nada porque mi conocimiento de este idioma es nulo, además de que habla como un boxeador en el duodécimo asalto tras haber besado la lona en todos los anteriores. Es el efecto del betel, paan en India. Lo mastican como estimulante, un café a la asiática, pero les adormece los músculos labiales y les deja los dientes igual que si hubieran recibido tantos puñetazos en los piños que no les quedara ni una encía por reventar. Imagina un gangoso borracho, pues tal cual. Luego se levanta y, sin añadir nada más, me mira fijamente hasta alcanzar el reverso de mis ojos, se gira y marcha. Otro caso de circunstancias indescifrables en templo anónimo. Sin provocar lástima o misericordia, tampoco pretendiendo trocar la humillación por dinero. Ausente de codicia, solo eso. 

De regreso al frenesí, como el sol sigue picando a rabiar y pese a que aún recuerdo el desayuno, decido comer un bocado en un restaurante, nada ostentoso pero regado de un par de cervezas. Vuela otra billete de diez mil. Me medio sonrío entre sarcástico y violento cuando recuerdo que no hace tanto el billete más grande era de mil kyat, y que no era tan fácil gastarlo. “La revolución azafrán se dio porque el gobierno subió un mil por cien los transportes. En dos mil siete, cuando tú estuviste aquí por primera vez, lo normal era pagar veinte kyat para coger el autobús o un transporte local”, me decía un joven bien aliñado con quien compartí un poco de charla en Nga Htiat Gyi. Por un instante le miro como abuelo cebolleta a vástago recién descarriado. Severo, sí, pero también condescendiente al mismo tiempo. “Progreso, hijo mío, divina miseria”. Pasa el tiempo con mirada en blanco, el plato se enfría y su rostro aguanta en formol. Sus palabras, su mierda de democracia actual tan similar a la nuestra, los dólares turísticos que se trocan por contratos de explotación gasística a occidentales con los mismos por nulos escrúpulos a como gastan sus militares despiadados, similitudes más allá de lo razonable entre Myanmar y España, si yo te contara... “Yo aprendo español, pero me interesa más el hindi”, confidenció al rato. Chico astuto. Unos de vuelta y otros, los indios, de ida. Uno, cinco minutos, hasta quince. Y luego su imagen ya no está. Y luego lo del plato ya se heló. Y luego anhelo el suave acariciar de teclas. Y olvido dónde dejé la mochila. ¿Izquierda, derecha, aquí, allí? Y de pronto arranco, arranco de lo arrasado para saltar un muro de cascotes y galopar vomitando letras que llegan hasta este punto de nuevo texto sin fe. Porque llevo demasiado tiempo en ruta sin nada agradable que invocar. Porque me pesan más las ausencias y añoranzas de víspera que los nuevos mañanas en que animal de futuro volveré a ser. Porque, sobre todo, nunca dejaré de creer que, entre lo triste y lo perdido, mis textos serán mi testamento.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Último sorbo de Bagan

Disfrutando de las últimas horas en Bagan antes de tirar mañana a Yangon (finalmente dejo fuera Pyay porque este viaje, por motivos conocidos, no tengo cuerpo para muchas batallas además que luego llega Luang Prabang y el tute de la ruta por Laos). Me vuelve a pillar a contrapié Myanmar, como en dos mil trece, pese a que ahora las razones sean más dolorosas. Me llevo sensaciones muy contradictorias de este Myanmar y, aunque lo desearía, no vislumbro un pronto regreso mientras no cambien muchas actitudes del gobierno hacia los turistas. En realidad soy un iluso, porque no lo van a hacer a corto plazo, y me jode especialmente porque les debo un libro a este país y estas gentes. Tengo apuntes de sobra para desgranar leyendas, folclore, creencias animistas y un largo etcétera más, pero el problema es que me temo que me va a faltar la motivación de campo, in situ, para poder escribirlo. Quién sabe si no llegará un día en que pueda hacerlo, porque ganas me sobran. Hora de pasar página, ahora tocan dos días de calma en la antigua capital birmana, escala en Bangkok y nuevos "líos" en Laos, con una sociedad y un idioma que me son más cercanos.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Otro universo en Bagan

Bagan, en ocasiones, asemeja a leer un libro viejo… o sin leerlo, bastando solo con tenerlo entre las manos. Allí es la polvorienta estepa cuajada de templos milenarios, aquí es un mar de letras tenues sobre manchones de color azufre que lucen intensidades de más o menos, en grados de antigüedad. Allí santuarios que revelan historias de gobernantes divinos, de nombres condenados a la incomprensión, de un Dios de múltiples rasgos pero el mismo rostro; de Budas y pinturas murales que, de puro desconchado, azotan la imaginación en su sucesión infinita. Aquí, en tu memoria, es el polvo, las formas caprichosas cinceladas por el tiempo y la humedad, el crujir del arrastrar las páginas, y el olor, sobro todo el olor a centurias. ¿Quién no ha soñado olisqueando páginas?, ¿cuál es la diferencia entre leer un libro y leer su historia?, ¿cuál encierra más magia? Igual que Bagan, la misma dualidad. ¿Embriaga su razón de ser o acaso su deslome arrastrado por mil vicisitudes? En ambos casos, aunque parecidos, los templos de Bagan, las manchas gualdas de los libros incunables, son todos distintos, únicos y por ello estimables. Así, Bagan es como ese libro viejo que, en todo caso, nunca dejará de oler a fe. 

Si es o no una guesthouse donde me alojo es lo de menos. Si es o no acogedor y cálido tampoco importa demasiado. Recordar si tiene nombre evoca una sonrisa, en Nyaung U o en Nuevo Bagan. Porque es un tramo más allá lo que genera la empatía, la necesidad de volar. Pasear por Schweguyi, por Thatbinyu, por Dhamayangyi. O mejor, por otros centenares que incluso los lugareños se encogen de hombros, luciendo inocente sonrisa, si tratas de averiguar su nombre o su creador. Bagan se parte el pecho en la historia birmana. Sus creadores, los actores relegados al olvido, por otros lares reventaban vidas y, de regreso a este mágico lugar, construían de modo efervescente en una pura necesidad de limpiar su historial, de limpiar su karma, de hacer del Samsara, el ciclo de reencarnaciones budista, un acto de honor. Los templos se asoman a borbotones, como la sangre que brota de un certero tajo a la yugular. Más acá, más allá, todo adquiere formas que ni la imaginación más creativa puede llegar a concebir. Y todo el mar se agosta bajo un sol que resquebraja el terreno, yermo, estéril. Igual que el libro, ¿qué más da qué cuenta?, es solo su observación, el saltar de la mirada de una cuarteada cuartilla a otra. Eso es lo que atrapa. Hipnótico, desde la cima de cualquier templo, oteando un grupo tras otro, como si pasaras páginas. 

Con el sol que muere es pura ingravidez y melancolía. El viajero, ése al que uno puede aspirar, sueña con encontrar un lugar sin ritmo, sin prisas ni vaivenes. Todos los ingredientes que llamen a observar el interior y escribir decenas de líneas en su pura contemplación, sin un más allá de ruta que difumine y enerve el momento. Eso también es Bagan. Eso también emana de la cima de cualquier templo enlazado con el ocaso solar. Aquí puedes tirar horas sabiéndote perdido, sin ruidos ni distracciones, en un cuadro al que incluso los lugareños suman con su proverbial quietud porque la gente de Bagan, por encima de todo, sabe observar sin interrumpir. Así, cuando las horas pasan y ya solo queda penumbra, dos ojos curiosos, pero siempre mudos, velarán por llevarte de regreso a esa pensión anónima o, al menos y unas vez montes en tu bicicleta, te señalarán la ruta correcta. El largo rato que queda detrás nunca muere. Se queda por siempre anclado a la torre que osó darte sombra por momentos. La prosa, lo que lees, igual que su recuerdo, siempre alumbrará una luz a los crean en el mensaje susurrado para emprender un camino que muera en Bagan, en aquel o cualquier otro templo de los miles que lo hacen uno de los lugares más poderosos de Asia. 

Escrito inacabado. Ni recuerdo cuándo. 

Regresas a Bagan y lo olvidas. Todo pasa a ser accesorio, pasa a ser un mal menor, un daño colateral. A ver: las riadas de turistas, el timo del transporte que te acerca de la estación de buses, lo sobrevalorado del hotel, lo inane del rostro más próximo y ya girado a lo comercial, ¿quiere que le lleve a un templo sin turistas?,… todo se nubla ante el decorado de ficción que te aguarda un tramo más allá. El viejo libro, por muy maleado que esté tras préstamos bibliotecarios de lectores como grupos de tour-operador, aún no se descompuso del todo, y sigue susurrando que lo tuyo está fuera de esos detalles sin importancia. Que lo busques la siguiente mañana, fuera de mapas e iconos ya impresos en la memoria. 

Y tanto que lo he buscado. Y tanto que lo he encontrado. Y tanto que lo he añorado. Alquilo una bici eléctrica y navego los descascarillados caminos de tierra sin mapa ni dirección. Salgo a primera hora de la mañana, cuando el sol solo ha subido el palmo de un niño, a perderme por delirios humanos que se abren tras cortinas de polvo. Eso es lo mejor de Bagan, no saber qué te vas a encontrar aunque sí sepas que será algo alucinante, otro templo de ensueño. En uno asciendo hasta las estrellas, todos los pináculos que no derribó el terremoto a mis pies; en otro me sumerjo bajo una inmaculada imagen de Buda; a otro lo circundo mientras el vaivén emocional me arrastra por las preciosas hornacinas, por los cascotes de ladrillos que se amontonan en el suelo; y en otro asciendo hasta una plataforma que regala la mejor panorámica. Allí me siento y solo contemplo. Licencia para soñar en páginas maravillosas de ese viejo libro. Provoca cierta sensación de tristeza ver cómo las sikharas o aguijones de los templos más altos han caído por el terremoto. El de Sulamani es historia, igual que el de Ananda, Dhamayangyi también cubierto de lonas y rústicos andamios de bambú. Thatbinyu sobrevive, igual que Schweguyi un poco más allá. Naturaleza en celo que dio un buen mordisco al libro centenario. Pero sigue siendo mágico mirar hacia lo alto y encontrar otro universo, mirar hacia abajo y España hace cien años, aldeanos que avientan el grano, arados arrastrados por bueyes, eras desparramadas que fagocitan la gloria permanente de Bagan. 

Se me han ido las horas como un batir de alas de colibrí. Regreso a Nyaung U a comer y luego deshago lo andado en busca de otros templos para la puesta de sol. Llega un momento en que la bici se queda frita (¡dichosos cacharros chinos!) y en un periquete se me acerca un birmano a echarme un cable. Llama al hotel y en quince minutos tengo otra moto eléctrica disponible. Tanto ha cambiado Myanmar en lo turístico, igual de gentil y servicial en lo social. Más templos en lontananza, nuevo polvo que masticar en mares de arena. Hoy ha sido así, igual que mañana toda vez que este libro, aunque pases mil veces la misma hoja, nunca dejará de cautivar. Buscando el porvenir tras budas en penumbra y centurias derrotadas por la fe, así se paladea este lugar. Como leer un viejo libro… o sin leerlo, bastando con tenerlo entre las manos, apenas imaginando lo probable de que su próxima página sea igual que la pretérita, asumiendo que ahí radica su mayor virtud.