LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 28 de julio de 2016

Pueblos de Cádiz

Imágenes de distintos pueblos de la provincia de Cádiz: Zahara de la Sierra, Olvera, Setenil de las Bodegas, Ronda (provincia de Málaga pero casi fronterizo con Cádiz), Arcos de la Frontera y Vejer de la Frontera.

miércoles, 13 de julio de 2016

Battambang, allá en Camboya (extracto"Río Madre")

Invertí un día en visitar unas menos que poco interesantes ruinas cercanas. Parte de esos vestigios Khmer que todavía ningún literato famoso ha osado descubrir. Lo fácil hubiera sido entretenerme con el Bamboo Train, un juguete hecho y narcotizado en el tiempo para pasatiempo de la recua de turistas que empiezan a desfigurar Battambang, pero ese tipo de argucias no suelen cuadrar con mi manera de entender la ruta. Así que busqué transporte para llegar a Wat Ek Phnom con un joven motorista que tenía la virtud de no pretender venderme nada más allá de mis deseos. Una vez allí sacudí el desvencijado krama del polvo cobrizo de la carretera mientras trataba de entender el aspecto fetichista de que hacemos gala todos los viajeros. Me refiero en mi caso al krama, la mochila de un par de dólares comprada hace años en el mercado central de Phnom Penh, el chaleco de múltiples bolsillos descolorido que se ha convertido en más de una ocasión en el salvavidas que me ha impedido perder las llaves, un plano, unas medicinas. Y tantos otros. Supongo que somos la antítesis de todo aquello que no dejamos de ser nosotros mismos una vez de vuelta en casa. Allí podemos cambiar un móvil de apenas 6 meses por otro de última generación aunque paguemos centenares de euros de diferencia, ídem de la tele o el portátil. Además lo aceptamos con una neurótica naturalidad. Pero, por cariño o lo que sea, somos incapaces de jubilar los trapos o accesorios que nos han acompañado viaje tras viaje, como si se hubiera forjado una potente simbiosis entre ellos y uno mismo. Son solo unos pocos euros lo que supone darles matarile y lucir algo más fetén. Pero ni se nos pasa por la cabeza porque tenemos la firme convicción de que en ellos están encerradas parte de las vivencias, emociones que, si los desechamos, irán a morir a cualquier contenedor de basura. Y muchos viajeros nos movemos al cobijo de aquellas añejas vivencias, de la melancolía de caducidad imposible. Además, ¿cómo íbamos a fardar de una mochila o un krama impolutos con apenas dos mil kilómetros de ruta? No, se pensarían que somos unos farsantes, unos viajeros de palo como lo son los de panfleto. Y lo peor de todo es que, en medio de la insensatez cometida, ya no podríamos recurrir a acariciarlas para que nos cuchichearan y sacaran de remojo una anécdota con la que arrancar unas risas que acompañen los tragos de cerveza. Tal y como hemos hecho toda la vida. 

Wat Ek Phnom es un evocador rastro de la permanente gloria de Angkor. Quizás decrépito, quizás apagado, quizás demasiado breve, pero con un aura poderosa arrastrada desde que fue construido en el siglo XI. Ésta resalta en unos finísimos bajorrelieves, acompañando al dintel de la entrada Este, en los que se refleja la clásica escena del batido del océano de leche en la más pura concepción hinduista de creación del mundo. Lo cierto es que, pese a ello, es bastante más interesante el templo adyacente y su sorprendente Buda de varios metros, probablemente hecho de ladrillo y forrado de cal, cuyo rostro muestra rasgos de unos muy lejanos ahora universos hallados en Buddha Park de Vientiane o Wat Khaek de Nong Khai. Pareciera como si el autor padeciera de un astigmatismo galopante a la hora de plasmar los rasgos del rostro de semejante estatua porque esos aparecen extrañamente alargados y asimétricos. Pero hay algo deslumbrante que acompaña este paraje: la ruta. Porque son apenas diez kilómetros desde la ciudad hasta el templo pero no son diez kilómetros aburridos y bacheados. Ni mucho menos. El recorrido se angosta y se retuerce por curvas recogidas a la sombra de bananos, cocoteros y más de un millón de hibiscos, orquídeas salvajes y flores del ave del paraíso que generan un diapasón de color entre el verdor que provoca el rochar constante de vegetación. Es breve como un disparo, como un suspiro de muerte espontánea, pero precisamente por ello supone lo más hermoso de todo, porque una vez más es, como dijo Buda, el viaje lo que refuerza y genera emoción en el viajero y no el destino en sí. La vuelta, ya de luz velada, se resume en un mundo generado al calor de la vegetación de diminutos seres que corretean, regresan del cole o caminan entre risas golpeando una pelota mientras se gastan chanzas unos a otros, y este viajero, en su fugaz paso por su destino, solo observa embelesado pensando “pronto he de regresar para mezclarme, para convivir”. 

La otra única felicidad que me conmovía una vez en la guarida, bajo la ducha tibia que se perdía turbia por el sumidero llevándose el polvo agarrado a mi rostro y pelo, era la certeza de que el día siguiente, por vez primera en mucho tiempo, me quedaba en Battambang y no tenía nada, absolutamente nada que hacer. Y esa sensación, cuando llevas mucha batalla encima, no es algo que se pueda pagar en metálico. Se basta y se sobra para hacerte el ser más dichoso sobre la faz de la tierra mientras el bandeo simétrico del ventilador con su proverbial run-run se empeña en facilitarte un necesario y prolongado sueño.

lunes, 4 de julio de 2016

Leyendas, recuerdos (extracto "Río Madre")

Dormitaba en el bus, varias horas de viaje me esperaban. Más allá imaginaba que relucían las poderosas montañas Dangrek, las mismas que escondían mi pasado hogar. Soñaba con Thong, su desdicha, su porvenir, su juventud truncada por una explosión. Un anhelo de libertad, siempre batahola incesante, parida al unísono desde lo más profundo de la garganta por multitud de mujeres que algún día dejarán de ser hueso, porque aquí aún siguen siendo costilla. Una triste realidad que se desnuda, a conciencia del viajero, en un tema de a diario. Se entremezclaba en mi estado etéreo, inducido por el traqueteo de la máquina, la leyenda que una vez me contaba un anciano por las calles de Phnom Penh. Una historia que narra la dureza de nacer mujer en esta sociedad, un hecho con implicaciones similares en muchas culturas asiáticas. Soñaba a ratos dulcemente, ajeno al suave vaivén del bus, a ratos envuelto en sudores de pesadilla cuando Thong se aparecía en mi película difuminada en la figura de ese anciano jemer con el que paseaba por el boulevard ribereño de Phnom Penh, a orillas del Tonlé Sap, al tiempo que me dirigía, en ese sueño, a ponerle un loto al Buda de Wat Phnom. 

Hubo un tiempo en que todo era distinto y, en un pueblo ya olvidado, habitaba un pobre pescador junto con su mujer. Mientras éste reparaba las redes y ponía en orden la embarcación era la mujer quien apañaba la pesca del bote del marido valiéndose para ello de un cesto lleno de agujeros por el que escapaban muchos peces. Era una mujer vaga y despreocupada, y no se preocupaba de reparar el cesto. 

Un día un rico mercader y su mujer pasaron por el río y escucharon la agria disputa que mantenían el pescador con su esposa a cuenta del estropeado cesto. Gritaba y gritaba el pobre pescador exigiéndole a su mujer que, de una vez por todas, arreglara el cesto para no desperdiciar más pescado. El mercader, que había quedado instantáneamente prendado de la belleza de la esposa del pescador, sintió una profunda pena por ella y, tras charlar con el pescador, llegaron a un conveniente acuerdo para ambos: intercambiarían sus mujeres. La mujer del mercader accedió por su condición humilde y leal mientras que la mujer del pescador accedió inmediatamente ante la posibilidad de poder convertirse en la esposa de un hombre rico y poderoso. 

La nueva mujer del pescador se puso manos a la obra y en poco tiempo consiguió arreglar la cesta y, con ello, la cantidad de pescado con que alimentarse creció de un modo tan significativo que incluso la misma mujer solicitó a su marido compartir el pescado con los vecinos. Ni que decir tiene que todo el mundo felicitaba al pescador por su generosa y servicial nueva mujer. 

Pasado un tiempo llegó un día en que el pescador regresó del bosque con un tipo de madera cargada en un haz que fue reconocida por su esposa como muy valiosa. Ante la extrañeza del hombre, su mujer sugirió y casi suplicó que trajera más ya que de ese modo podrían venderla pues ella sabía el verdadero valor de la misma. Y no en vano, con el paso de los días, meses, años, llegó un momento en que se convirtieron en una pareja próspera y adinerada. 

Por otra parte, la nueva mujer del mercader, con su desidia y falta de interés típica, tuvo un hijo al cual abandono en un río, a merced de la corriente, al poco de nacer debido a la terrible carga que suponía para ella. En poco tiempo consiguió derrochar toda la fortuna de su marido y la pareja, como punto final, se vio abocada a pedir limosna de casa en casa hasta que, por casualidad, un día llegaron a la casa del antaño pescador y su esposa. Ésta reconoció a su antiguo marido y le increpó duramente ya que por su avaricia lo había perdido todo mientras ella, a quien él había despreciado, había convertido a su marido, un humilde pescador, en un hombre rico. Así, la pareja de la limosna, humillada, hubo de retirarse cabizbaja a continuar buscando su sustento llamando a otras puertas. 

Esta historia, con sus connotaciones, refleja claramente el papel de la mujer en la sociedad camboyana y en muchas otras asiáticas. Aunque más que su papel refleja en realidad todo ese mantra asociado al hecho de qué se espera de ella. Al nacer ya parte con un estigma de “virtuosismo” que, independientemente de su naturaleza, la obliga a partirse el alma por el bienestar de sus familiares, tanto ascendientes como descendientes. Es una ley no escrita, un concepto propio de estas culturas que choca sobremanera en una sociedad occidental, la nuestra, en la que el rol de la mujer ha sufrido un cambio vertiginoso en los últimos años. Y jamás, jamás encontré una mujer que renegara de esta pesada losa. Puede haber criterios, opiniones encontradas y válidas que justifiquen o renieguen de este concepto cultural, pero cuando encuentras a una persona, una mujer con esta creencia, comprometida con una esperanza familiar que arrastra en todo momento en una ficticia mochila que solo cabe en su inmenso corazón y pundonor… Créeme, en ese momento, uno solo puede llevarse las manos al enrojecido de vergüenza rostro y sollozar como un niño por la marea, tormenta perfecta de sensaciones que jamás tendrán cabida ni recompensa en su acomodado espíritu. El viajero del sudeste asiático solo carga una mochila de trapos, pero todos los que le rodean, todos sin excepción, forman parte de un decorado tan real como mísero y terrible en conversaciones, situaciones que tus dólares jamás te permitirán observar ni vivir. En Camboya, en su campo, la miseria habita solo un palmo más hacia allá o hacia acá, oriente u occidente, norte o sur, un palmo nada más… estás rodeado de ella. Y me retrotraigo, de forma inevitable, a rememorar la estampa de unos padres, los míos, quizás también los tuyos. Fácil imaginarlos en nuestro tiempo de postguerra, trasladados a la revelada panorámica que se abría ante mí, desde la ventanilla del bus, camino de Kompong Thom. Seres que derramaron sudor, con su frente perlada de esfuerzo, y que con su ahorro de porvenir seguro me permitieron perderme por esta senda asiática despreocupado. Su sudor tejió una telaraña, un seguro de vuelta, una red de funambulista que amortiguara mi posible caída sin daño. Lo vi, lo viví y lo sentí hacía tiempo en Zhaoxing, en la provincia china de Guizhou, quizás no el sitio más hermoso del gigante asiático, pero sí el más entrañable. Y Zhaoxing se abrió para mí como una experiencia rural de dimensiones desproporcionadas, como correr un telón de gasa fina que tapara Beijing, Guilin, Shanghai…, la ruta clásica turística y volver a encontrarme con el sudor cálido y fatigado, de a ras de suelo, de campo, de aperos de labranza, de madrugadas asomado a un palmo de la madre tierra buscando su fruto maduro en forma de grano, de mi padre, mi madre… Camboya, en su vertiente rural, ajena al fantasma de Siem Reap, me revivió una estampa china que estaba latente en Laos pero que explotó aquí en recuerdo de Thong y de su familia, en recuerdo de un escrito que dediqué, perdido por Zhaoxing, a mi padre y a todos los que viven alebrados al pálpito del sustento de la generosa y cobriza tierra.