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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 7 de mayo de 2016

Bali sin Indonesia, rostro de Buda

Puede ser que, en momentos puntuales, te encuentres en ciertas partes de Indonesia que recuerdan levemente a Bali, pero lo que se puede afirmar, con absoluta rotundidad, es que nada de Bali recuerda a Indonesia. Bueno, solo una cosa que sigue martilleando, incitando al sabor agridulce: la mala baba para sangrarte como turista es causa común en toda la nación, eso no atiende a razones de Mahoma o Shiva, ni tiene cura posible a corto plazo dada la tolerancia y aquiescencia generalizada con ello. Por un lado éste es un lugar donde las flores de frangipani se barren y amontonan con delicadeza, donde la música apunta a la hipnosis cerrándose en los tañidos metálicos que repican sin cesar de una orquesta gamelán, donde la naturaleza es una postal virgen de palabras que la estropeen, una gota del Índico colmada por mil dioses fugados del occidente, tantos como casas y consecuentes templos repujados puedas sumar. Para saborearlo no es necesario ni salir del recinto aeroportuario. Júbilo que regresa del formol. Y sin embargo, aquí más notorio que en ninguna parte, también es un horno moteado de gente con brillos de codicia en el cristalino con relación a ti y tu bolsillo, un sitio donde siempre serás alimento y nunca razón de ensimismamiento o ardor venéreo. Tal que así sigue provocando vómitos de rabia, ya biliares cuando en Java, este bautismo de seis años después que, en un tránsito fugaz, me ha traído desde el aeropuerto hasta Kemenuh vía la terminal de Batubulan. Y por mis arrestos ha sido en bus público porque antes de que me achicharre el bolsillo un taxista prefiero que lo haga un conductor de bemo (furgoneta colectiva), aunque tanto la avaricia como los ojos haciendo chiribitas de uno y otro cuando interpelan a cualquier turista sean igual de avariciosos. De veras que agota mucho el tiro al plato que supone para estas gentes un tipo blanquecino. No obstante, una vez Denpasar y sus atascos circulatorios quedan atrás, los arrozales inmunizan ante todo. Y, al fin, por una habitación de hotel se paga lo que cuesta en comparación al sudeste asiático continental. Los hosteleros joderían igual al turista, eso por descontado, es solo que hay tantos alojamientos que no les queda más remedio que comedirse si aspiran a comprar una nueva moto con el cierre del balance semestral. En ese punto te ves que sueltas quince pavos por un bungaló inmenso donde, si tienes la mala suerte de tropezar al salir del mismo, resulta que es una bendición porque caes de bruces en una piscina impecable que parece estar solo para ti. Desayuno incluido, aire acondicionado, caprichoso baño de estilo zen donde puedes mear con el único abrigo luminoso de las estrellas, guiado en exclusiva por el golpe del chorro sobre el sifón, verde jardín. Así, sí que sí. 

Atrás, sin pena ni gloria, quedó una ciudad de Surabaya que se empeñaba en soplar el polvo mágico que supusieron las cenizas del volcán Bromo, panorámica de conos como islotes surgidos de la mar nebulosa. Krakatoas soñolientos, el trío formado por el Bromo, el Semeru y el Tengger ya no respira azufre en coladas incandescentes, sino en volutas de cigarrillo habano que tiñe de perlas un firmamento tan rojizo como quebradizo es su descanso. Y no me avergüenzo en reconocer que invertí cuatro horas en hacer quince kilómetros desde la estación de bus de Surabaya, a la que llegué desde Malang, hasta mi hotel, junto a la estación de tren. Es de ciencia ficción lo del transporte público en este país, pero en Surabaya ya es de doctorado cum laude. Resulta que a partir de las cinco de la tarde no hay bus público entre las principales estaciones de bus y tren. Y la alternativa es un despiporre. Un bus hasta aquí, un bemo hasta allá, otro hasta más allá,… y por allí debe estar su hotel. Mejor pregunte, una vez se apee, por cómo llegar, que no debe ser lejos. Así se expresaba la tipeja de información de la estación de buses, y todo eso tras cuestionarme diez veces que por qué no cogía un taxi. Pues porque no me sale de los cojones que vuelvan a robarme. Me cobrarán como a un local, le disparo a bocajarro. Risas que provocan vergüenza ajena por intactas y naturales. Está todo dicho. A lo que íbamos, al bus. Luego Surabaya es nada de nada, tanto que me bastaron sus sombras de puesta de sol para expiarme los deseos de sus soles mañaneros. Me desperté tan deseoso de libertad que me piré directo al aeropuerto y pillé una habitación en el hotel del mismo, saciando mi gozo con vistas a esos aviones que nunca dejan de subir o bajar, ésos que tanto aterran y aburren a turistas desvergonzados. Encabronado a raudales por lo de la víspera, ni que decir tiene que lo hice en transporte público. Un rato andando y otro caminando, como la canción, un bus y otro bus. Más horas de suela gastada. Mirándolo en retrospectiva, en Surabaya todo el sistema de transporte público es un circo subvencionado por la gracia de lo absurdo. 

El caso es que, una vez me acomodo en esa habitación de hotel de Kemenuh, en Bali, sigo deseoso de mirar hacia el este, hacia un detalle que me dibuje y colme un poco de placer. El mapa asegura que Celuk queda a un paso, a un breve tramo si me dejo llevar en la grupa de una motocicleta. ¿Celuk? Claro, plata. Y ni así. Ni de ese modo ha sido posible sacudirme la desidia porque todo me rememora a un tiempo de hace diez años, cuando el mundo era mucho más reducido. Será por un incierto motivo que no olvido que las calles de Celuk, centro platero de la isla, se reducían a un puñado de talleres artesanos y un par de tiendas de capricho. Un lugar por donde callejeábamos, madre, husmeando aquí y allá hasta que entramos en aquel lugar. Voy más allá, e incluso podría bosquejar los rasgos faciales del hombre que te miró de arriba abajo antes de, sin mediar palabra, señalar tu colgante. Era una cara de Buda tallada en hueso que quedaba tocada por un capirote de plata. Comprado en Tailandia, ni recuerdo dónde. Te pidió hacerle una foto, de hecho unas cuantas le hizo cuando te lo quitaste para que lo viera con atención. 

Y será por eso, será por eso que no puedo olvidarlo porque hoy, diez años después, ese mismo rostro plácido del iluminado, ese mismo diseño, me saludaba en casi todos los mostradores, en decenas de tiendas. Estupefacto, no daba crédito. Lo han copiado idéntico. Aquí, allí, aun en la tienda de más allá. Siendo ellos de tu sangre y casta, a ti te hubiera parecido lo normal solo porque tú hubieras hecho lo mismo. El negocio es el negocio, y si hay filón hay que exprimirlo. Cuesta creer que hasta aquí haya llegado tu huella en forma de vena comercial. Entonces igual debía reír en tu honor y bailar en este bulevar de recuerdo, pensar que nadie lo creerá cuando lo escriba, reventar de optimismo el corazón desbrozado, burlarme de una muerte incapaz de borrar la herencia que labraste. Probablemente hoy era ése mi deber. Pero me siento en una acera y respiro profundo, y al instante me veo descolorido o derrumbado, sin saber qué es peor. Y de ahí solo un paso, una efímera décima de segundo para volver a sentir cómo manaba lo salado por la fatiga, por la derrota moral, por ser un credo enrejado bajo una diana de rupias. Y por tu recuerdo, madre, siempre tu recuerdo. Ya ves que no dejo de tenerte presente a mi lado aunque sea del modo más insospechado. Da igual lo lejos que vaya toda vez que hicimos del mundo una peonza que giraba a nuestro antojo infantil. Y vuelve a arañar, a conquistarme el pecho el temor de sentirme desnudo, vacío de ilusiones, vacío de unos ecos a aquel pasado que consumimos a dentelladas sin renuncia imaginable. Y es que, madre, por momentos me siento tan, tan vacío de ti.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pero te quedan cachos de gente aquí, chavalín!! Casi más gente que días de viaje aprovecha que se acaban...Por cierto la gorda a su manera; diseñadora de joyas también???
Pegame un toque mañana si puedes...
B.M.