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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

martes, 3 de mayo de 2016

Arrozal de Java, hombre de futuro

A Yogyakarta la perdí envuelta en su bruma mortecina, sumada a las volutas de humo negro que despedía la cabeza tractora del tren, combustión diésel. Se perdió impregnada de ese inevitable aire rural que le otorga su inmensa mayoría de casas de planta baja y portones metálicos siempre abiertos. De supuestas aceras tan crujidas como desbalagadas, de humos y pitos de motocicleta repleta, Yogyakarta siempre será sudeste asiático pese a que los caimanes de las agencias de viaje intoxiquen con su codicia la joya atemporal que suponen, en sus cercanías, los templos de Borobudur y Prambanan. Aunque tampoco lo necesite, la ciudad no tiene más que contar ya que los vestigios de tiempos del sultanato que asoman intramuros son un pobre bagaje, empequeñecido aún más por unos tiempos históricos de fe budista e hinduista que saciaron de imán turístico a esta ciudad con tan sorprendentes creaciones como las citadas. Allí quedaron, axioma de gueto turístico, todos esos hombrecillos enjutos y sazonados con batiks de colorines, un coñazo en conjunto, que no dejan de ofrecer transporte, sexo, marihuana o lo que se pueda terciar al viajero de religión antojada. 

Lo cierto es que llegué a coger el tren de milagro. Salí tarde del hotel en la confianza de que hallaría fácil un becak, una bicicleta o moto con calesa adosada, que me acercara a la estación. Sin embargo, las pase putas pese a que en este país, a semejanza de como sucede en el resto del sudeste asiático, el mundo empieza a girar aún en penumbra de tal forma que la calle ya era un hervidero de gente a las siete de la mañana. Las únicas opciones que se me presentaron eran de tracción humana, y eso, en mi situación apurada, ávido de velocidad, era una jodienda. Lo digo porque el ritmo en estos triciclos no atiende a razones de horario, sino que lo determina la complexión del conductor. Aquí no cuadran las peticiones de “acelere, por favor”. Y se da la paradoja de que la esforzada gente que se dedica a esto suelen ser ancianos fibrosos que bastante tienen con pedalear con pausa. Rezando por no pillar una cuesta arriba en el tramo desde la calle Parangtritis hasta la estación, me iba mordiendo las uñas, conteniendo la respiración en cada giro no fuera a aparecer una pendiente que, por leve que fuera, serviría para hacer que perdiera el tren. Es una sensación de impotencia total el saber que no puedes hacer nada excepto confiar en la suerte, y, acurrucado en la calesa, hasta te tratas de animar al tiempo que te engañas con la idea de que, en el fondo, otro día en Yogyakarta no estaría mal. Al de la moto le puedes pedir que apure el gas, ante la ternura que provoca el hombre que pedalea solo puedes encomendarte a la fortuna y el azar, poco más que mirarle de vez en cuando con ojos de angustiada oveja al matadero. Corriendo por el andén, al final pude tirar la maleta a la nada y saltar justo detrás de ella en lo que resultó ser un vagón cualquiera de un tren que, en menos de diez segundos, se puso en movimiento. ¿Malang?, pregunté a un velo morado que escondía una gruesa musulmana. Su sonrisa me relajó tanto que pude exhalar el mayor suspiro de todo el viaje. Enjuagué el sudor en las mangas de la camiseta. Ardía. El corazón, estrujado, amenazaba una vez más con darse de baja de esto de viajar tras tanto trote. Y todo el día de acá para allá, ¿verdad, madre? 

Está desangelado el tren, apenas habitado por un puñado de indonesios taciturnos de viene y va. Y el paisaje, una vez fuera de la ciudad, se desangra en mil parcelas donde predomina el arroz y la caña de azúcar. Son espejos donde se refleja un cielo turbulento que amenaza agua y todos, absolutamente todos, van a morir en las faldas de volcanes chatos o altivos como el Merapi, mucho menos ronco que dos lustros atrás, cuando tosía violentamente y vomitaba cenizas de fuego. Los campos están entrelazados y zurcidos por brotes verdes, los más altos y jóvenes, o amarillos, los más bajos y hundidos hacia el suelo por el peso del grano. Sobrevuela un humo de rastrojos que se queman por doquier porque la parda tierra también necesita de la purificación de la llama. Y luego otros muchos, de geometría variable, conforman un nuevo paspartú ocre que desciende hacia el cauce de los pequeños regueros que dividen Java en mil añicos de cristal. En éstos, casi verde fosforescentes, pequeños semilleros que esperan a ser trasplantados a mano, como se ha hecho en estas tierras desde tiempos inmemoriales. Papayas dispersas, tapioca y muchas tecas jóvenes, esbeltas, de fino tronco que salpican un paisaje siempre esmeralda. Las últimas fueron prácticamente aniquiladas no hace tantos años debido al uso indiscriminado que se hizo de ellas, preciadas por su robusta y duradera madera, y ahora, aquí como en Tailandia, se esfuerzan en repoblar los campos con su perfilada silueta en la conciencia de que suponen un tesoro para el día de mañana. Quinientos dólares el metro cúbico de esta madera, que me decía aquel tipo en El Salvador no hace tanto. 

Suben cuatro y bajan otros tantos en las esporádicas paradas del Malioboro Express, portan fardos que se cruzan en los peldaños metálicos de la máquina. Militares despreocupados y sombríos, revisores de postín. Se puebla y se despuebla el caballo metálico. Nadie cruza una palabra con nadie, y una vez vuelve a arrancar el tren, el crujir de las bielas metálicas y anclajes por banda sonora. Flanquean estos tramos urbanos un millón de motos que aguardan en los pasos a nivel, y los tocados sedosos que cubren el pelo de las hurañas féminas contrastan con el brillo inocente y nacarado de los dientes de los críos en las bicicletas. De tez oscura y quemada, proto-malayos, es una contante de ubicuo batik que se hace camisa el único punto de alegría en la vestimenta. Pasan como en una cinta velada a través de los cristales ahumados, y cuando se deshace el núcleo urbano, los que quedan, más los recién llegados, se acurrucan para dormitar en cualquier posición inverosímil, buscando una comodidad que parece vetada en estos asientos de escay ajado. Justo cuando yo lo logro, nada más cerrar los ojos tras apagar el portátil, una voz suave me devuelve a la cotidianidad anunciando Blitar. Me atuso y sacudo las legañas, bostezo y siento que vuelve a bufar el ventilador de la otra máquina, la de mi regazo. 

Se van perdiendo más y más campos, más y más lugareños de torso desnudo condenados a la miseria tras costillas protuberantes, más y más arados que son arrastrados con dificultad, que trituran terrones de un barro que se agarra con saña a las pantorrillas, exhalando dudas de hambre. Donde no llega el arado, solo una hoz que se afila sobre una piedra grisácea, ajeno rechinar al traqueteo de los vagones que bufan a apenas un metro de distancia. Pura maldad, verso invertido, es un delirio de belleza lo de afuera, el sudor y la lucha humana por la supervivencia al estilo del siglo dieciocho contrastando a una naturaleza de hadas que es un dogal para estos moribundos. Nadie aspira a más que eso, a nada más allá de granos de arroz, porque es una verdad que arrastran desde el cordón umbilical, que llevan grabada en el torso si prestas atención y sabes leer en su relieve de hueso y cuero. Pendientes de un caprichoso cielo, de una naturaleza que, balanza juguetona, mañana temblará o escupirá llamas desde las cumbres. Son tipos corajudos los javaneses. Larga espera en prisión que cada vez es más corta a tenor de los desastres que vamos forjando en el envés de la baraja, donde lucen los diamantes occidentales. Se agitan con la quijada a un palmo del agua y la simiente, con los riñones hechos un pliego. Lo hacen con la calma eterna que da la sonrisa que hallará cabida en su rostro cuando el último aliento se haga un hueco en sus entrañas. Luego, sin astro que guíe lo único que saben hacer, noche tras noche los imagino desatando el nudo pactado con el dolor, aullando a la luna javanesa entre risas de teatro Wayang, bebiendo arak rústico, de fermentación poderosa. Y ríen, ríen porque nunca llorarán sus desdichas mientras aguarde una hectárea por trabajar en la próxima aurora, una última esperanza pese a las muchas interrogantes de prosperidad arrocera que ésta pueda arrastrar. Desde ese punto evocado, apenas un paso a correr raudos al lecho femenino donde restañar como animales salvajes placeres humanos que, esos sí, nunca les serán prohibidos. Mañana volverá el cincel de sus manos a horadar nuevos surcos, a plantar nuevas briznas de ilusión, a acariciar un fango al que nunca dejarán de susurrar con cariño en espera de su hijo, de su gracia como fruto maduro que mate el hambre. Siempre ungidos de brío en sus arrozales, campos de batalla, los veo por última vez antes de que una sucesión cada vez más constante de fachadas clareadas por el lucero y tejas ocres den paso a la urbe. 

Ocho horas de ruta que han sido un suspiro, ocho horas de relajado tecleo entre duermevelas, envenenado en unos arrozales de Java que, ahora que ya no los poseo y solo puedo echar en falta, se me han antojado deslumbrantes, inmortales. Perfectos. Envenenado de hombres de Java. Hombres hacendosos de muerte serena y destino cruel. Hombres tan inmortales como sus vástagos, fruto granulado u óvulo fecundado de esperma que se hará carne y hueso, rabia y desolación. Perfectos. Cuánto de valores atávicos nos queda por aprender en la vieja Asia, ¿verdad que sí, madre?

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