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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 11 de abril de 2016

Una y mil indias en Ahmedabad

Un ente indescifrable envuelto en la bruma. Así es siempre India desde arriba, desde treinta mil pies de altura. En ese lugar en que el sol castiga los ojos, como sostén solo se divisa un manto grisáceo que abarca el infinito hasta que, de súbito, éste se ve tajado por las alas de un avión que desciende veloz en busca de una gran urbe guyarati, bien podría ser cualquier otra localidad de este país. Entonces India, justo antes de tocar suelo, se hace una realidad de campos desnudos, forrados de una gasa de satén que siempre es parduzca. Breves extensiones fructíferas salpican de verdor puntos dispersos, y el cemento que son las ciudades o las aldeas, imaginadas siempre repletas de vida, pitidos y caos, aparece conjuntándolo todo. Todo lo anega el gris elemento para darle forma comprensible a los ojos, dotando a la escena de vida tras la masa informe que es siempre el subcontinente indio. Y, por supuesto, uno sabe que lo que se esconde ahí abajo también te observa a su manera. Brota con furia el chispazo de alegría en dos pares de ojos, tras el reconocimiento mutuo, toda vez que las presentaciones se dieron en el primer vuelo rasante por esta tierra. Los míos bañados en nostalgia, los suyos, los de India, siguen siendo negros de polución, capaces de adoptar forma de rata o mugre, hasta de desesperación y muerte por hambrunas asociadas a sequias; pero son siempre cautivadores, con el azabache grabado en el arco ciliar y en una larga línea de pestañas que intensifica más si cabe la omnipresente tez oscura con magia y magnetismo, con llamas titilantes tal si fueran el fuego de Kali, destellos de té masala a la sombra de un baniano, incluso pujas de fervor en multitudes para cualquiera de los incontables dioses que pueblan el panteón hinduista. Aquéllos te miran y te reclaman, te recuerdan que sus confines son tan sencillos de recorrer como las líneas de la palma de la mano, las que invocan a la muerte que a todos nos mece. Ojos tan embrujados que, a poco que te descuides, te llaman con insistencia a regresar a su regazo, por muchos miles de kilómetros que te separen de ellos. Si los has sabido reconocer es porque siempre fuiste su presa, tu felicidad absoluta. 

Abajo, no obstante, puede parecer que se descubre una India distinta en Ahmedabad, la capital de Guyarat. ¿Cuántos países caben en India? Éste es menos puro, más ortodoxo, mezclado, limpio en ocasiones, inmaculado tras el blanco radiante del topi, el característico tocado de los musulmanes. Igual de hipnótico. Pakistán, universo coránico, no queda lejos, pero tampoco los estados de Maharastra o Rajasthan, madres de la raíz hindú. Súmale lo níveo de los templos jainistas más hermosos que puedas imaginar, con su refulgente blanco marmóreo, y réstale que Ahmedabad es un horno de cuarenta grados que amenaza con fundirte si no eres capaz de consumir, al menos, seis litros de agua al día. No solo es tórrido, lo peor es que se halla sumergido en monóxido de carbono gracias a las decenas de miles de rickshaws cuyo queroseno emitido ha situado a esta urbe entre las diez más polucionadas del mundo. Sumas y restas al margen, me pilla la noche deambulando por los alrededores del hotel, volviéndome loco para encontrar un restaurante que no sea exclusivamente vegetariano. Por muchos problemas que hayan tenido para respirar y sobrevivir los pollos de Ahmedabad, dudo que sean más nocivos que unas verduras que imagino amarillentas y agujereadas por plagas de pulgones que aquí pueden ser del tamaño de una farola. 

Con todo, a la mañana siguiente, anima salir del hotel a primera hora para encontrarse con que buganvillas, higueras de bengala y lustrosas catalpas, con sus características hojas en forma de pica de baraja francesa de cartas, se agitan bajo la brisa con un tono menos pálido de lo imaginado. Entonces el calor es soportable, los pitidos sestean y el camino hasta el pozo de Adalaj se hace casi agradable. 

Justo antes de llegar, agazapado en un rickshaw cuyo conductor promete conjugarme los últimos cinco kilómetros hasta mi destino a cambio de cincuenta rupias, se da otra de esas circunstancias que muestran que este inclasificable estado guyarati, pese a todo, ha sido remendado por las mismas manos que el resto de la unión india. Hablan y hablan los indios, ríen y ríen, tocan y tocan los cláxones, derrapan y braman los vehículos, palmoteos que ahuyentan perros, escupitajos sonoros y rojizos de paan que te rodean, chanclas que se baten unas contra otras, puertas estridentes que golpean, griteríos insondables, vuelta al bramido de motores de mil tipos de vehículos con otros tantos anónimos al volante que casi te atropellan… pero su mayor expresión comunicativa, por increíble que parezca, es muda. Se comunican con la mirada, con los gestos de la cara, aquí como en todas partes. Lo digo porque, en un momento dado, apareció una cuesta empinada en cuyo comienzo había un tipo transportando unos sacos sobre un remolque adosado a su bicicleta. Él iba de pie, arrastrando su mercancía porque, ante tal pendiente, no tenía fuelle para mover ese peso a base de pedaladas. Entonces se para, y se gira, y resopla, y se seca el sudor con una tela a cuadros blancos y rojos que ya está deshilachada y ha sucumbido al marrón del polvo, y mira a un rickshaw que viene. Y entonces sonríe, y gira la cabeza hacia los lados de esa manera inimitable que tienen los indios. Mi conductor, que le mira con curiosidad, solo reduce la velocidad, saca un pie por el lateral y empieza a empujar el carromato con suavidad. Se sube en un respingo el otro y empieza a pedalear al compás. Sin verle la cara, adivino su expresión. Una vez arriba, la pierna vuelve al rickshaw porque cuesta abajo es más sencillo. Y nada más. No hay palabras porque no son necesarias. Está todo dicho. Son cosas de indios. 

Me sacudo un poco de polvo, escupo otro tanto, remojo el gaznate y me hundo en las sombras de la verdadera razón de mi viaje a Guyarat: sus pozos escalonados. Aunque abajo no es tan lacerante, sigue abrasando el ambiente solo de husmearlo. Cada nivel subterráneo es otro resoplido sumado al paso de la manga de la camiseta por la frente para secar los goterones de sudor. Al menos el pozo de Adalaj, como posteriormente el de Dada Hari-ni, recompensan porque son otra muestra soberbia de esa ecléctica arquitectura indo-sarracena que nutre a la ex-capital guyarati. Aparte de sus mezquitas y cenotafios repletos de reviradas formas florales esculpidas con pericia en roca, también presentes en varios puntos de la nación, únicamente aquí, en este estado, es posible identificarse con esta amalgama de prodigios arquitectónicos que, independientemente de su factura, muestran otra nueva riqueza de este país. Se suman parejas de jóvenes turistas indios, risueños, hijos del veintiuno que lucen teléfonos móviles de varios cientos de pavos con los que roban al lugar cada encuadrable centímetro cuadrado. Y cuando se han apagado sus ecos, cuando parece que solo me acompañan las ondas del escaso remante de agua y un par de cucarachas que yo creía especie autóctona del baño de mi hostal, me siento en el nivel más profundo, profundamente aspiro un aroma que molesta al rascar la tráquea porque lleva restos de orines de murciélago, y me da por pensar lo mucho que te echo de menos, madre, lo sencilla y domesticable que parecía India cuando tu ilusión, resistencia y capacidad de adaptación me servían de coraza mientras viajabas a mi lado por estos lares. Una vez zarandeo y se me pasa la nostalgia, el calor, la humedad, la contaminación, incluso hasta la genuina amabilidad de los locales, siguen deseando recorrer mis venas y se agolpan junto a mí nada más piso el último escalón del pozo. India, irremediablemente, vuelve a girar para nosotros.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Cuatro sacos?...no estaba tan gorda!; solo necesita el bolsillo del chaleco de De la cuadra... good bye, o mejor aun: ARROZ con el corazon, que con el alma no puedo.
B.M.