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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 4 de abril de 2016

Tinieblas y esperanzas de Katmandú

“Las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara” 
 Michel de Montaigne 

Ven, Mamá, siéntate aquí, a mi lado, sobre esta lápida azabache con vetas que chispean brillos diamantinos. El fino viento que rasga ya no te importa, y en mi caso no es molestia estando a tu lado. Crucé con humildad el umbral en forma de reja cuarteada que guarda el silencio del camposanto, pero no pude evitar sobrecogerme tras la estridente revelación de ésta con su giro: atruenan chirridos tal que gritos desamparados de todos los que aún palidecemos ahí fuera. Dicen que es vieja la puerta, y por eso nadie se plantea engrasarla, ¡Que chirríe, que se torne añicos en su quejío! 

He venido, antes de volver a partir angustiado por esa terrible sed de lejanía que tú tan bien conoces, a recordar todo lo que corrimos y soñamos cuando el resuello cabía en la cuenca de las manos. Y correr y correr, corazón. Así, con tu espíritu, es más fácil teclear, es más sencillo recorrer el camino, subir al avión. No miento si reconozco que me faltas demasiado, pero la luz en los ojos de Iñaki sirve de estímulo que barra los momentos de tristeza acumulados. Se le han debido hacer largos el otoño y el invierno tras lluvias y frío más constante que esporádico. Y ambos sabemos que no ha sido el único. 

He venido también a contarte que hubo un terrible terremoto en Katmandú, que ya nadie responde, que la estupa de Boudhanath ya no es alba, que los ojos de Swayambhunath ahora lloran y que las plazas reales de la capital, de la hermosa Lalitpur o de Bhaktapur son solo montoneras de ladrillos y arpadas vigas de madera. Grietas rasgan carreteras y fachadas que quedaron en pie, y son apenas cicatrices que vomitan un polvo posado sobre tantos cadáveres que ni siquiera caben en los crematorios junto al río Bagmati. Quién sabe si no tuviste un poco de suerte al irte y no poder vivir tamaña desolación. No es necesario que preguntes: no sé nada de Shaba ni de su risueño hermano, y me temo lo peor. Pero, en ocasiones, deseo soñar que ya están de regreso en Uttar Pradesh, que han conseguido volver al hogar materno en esa India que nos enseñó cómo la sonrisa más ancha pertenece al cuerpo más desnudo. 

La mayor parte de turistas huyeron corriendo tras el desastre, fieles a su falta de principios y empatía con otros seres humanos. Lo hacían sin rubor, orgullosos, sin un deje de tristeza. Todos esos que, en su ignorancia, piensan que Nepal se reduce a montañas o encuadres fotográficos y no entienden que es la gente newar la verdadera razón del viaje. Perdieron su hogar, también el de sus dioses, pero tú y yo sabemos que la profundidad de su fe les llevará a reconstruirlos una vez más. Se podría derrumbar la catedral de Burgos y la reconstruiríamos por lo que fue, por su capacidad de generar dinero y no por lo que encierra porque las catedrales en Europa son estáticas y huelen a muerte; en Nepal volverán a levantar sus santuarios por lo necesario como faros de una fe que lo impregna todo, de hogares de dioses que siempre marcan el día a día del mismo modo a como sucede por todo el continente asiático donde templos y mezquitas viven en un dinamismo brutal, oliendo a vida, insuflando alegría. Debe ser por eso que siempre les toca a ellos sufrir estos tormentos, por su capacidad de sufrimiento y lección de humildad y solidaridad a cada segundo, por su inmaculado deseo de redención. ¿Imaginas un terremoto en España que nos dejara sin sustento? Robos y saqueos, que las desdichas pudran al vecino. 

Yo ya maquino un futuro regreso a Nepal y volver a convivir con sus gentes. Pero eso, ya sabes, no dependía de terremotos o azotes naturales. Es una deuda eterna de todos los que, como pretendimos tú y yo, solo buscamos calor humano y una enseñanza repetida tras cada rostro. Ahora suena más necesario que nunca, pero Brasil empieza mañana y solo me queda pasear entristecido con la perra por el monte, tratando de entender que ya no te podré preguntar si tienes la maleta preparada. De tu pasaporte me encargaba yo, y así seguirá siendo porque siempre vendrá junto al mío, en el bolsillo del chaleco más próximo a un corazón que no se acostumbrará jamás a tu ausencia. Siempre viajarán juntos, fiel reflejo de cómo lo quisimos nosotros. 

Llegó el templo de madera que compré para ti en Chiang Rai, y Roberto le hizo una preciosa urna dentro de la cual, sobre tu lápida, asomará tu recuerdo para que recordemos todos los que vengamos a honrarte cuan felices fuiste entre dioses extraños y seres de tez oscura y rezos extraños, fundidos tras vaharadas de incienso de sándalo; cuánto de lo tuyo prendió entre mercados, abalorios, tiendas, saris, alebrijes, jades o madreperlas que siempre eran el recuerdo de un comerciante tan vivo y enamorado del negocio como tú. Y no hace falta que te sonrías socarrona porque los dos sabíamos qué conocido era el sortilegio que selló tu destino y, con ello, guío para siempre el mío. No me importa si soy consciente, seguro, de que mejor me lo seguirás susurrando mañana en el avión, un poco más cerca de ti. Ya sé que regresaré a Jaipur, regresaré a Chanthaburi, regresaré a Antigua, Cuzco o, inmediato en el tiempo, al vibrante Salvador de Bahía que, entre sones de tambor, caboclos y nuestro Jorge Amado con nombre de Claudio, esmeraldas de apellido, nos envenenó hasta la médula. Y sé, al mismo tiempo, lo dichosa que lo verás travestida tras mis ojos en futuros que son esquirlas de pasado, de nuestro pasado. 

Yo hubiera deseado que esta vez las lágrimas fueran ecos del ayer y no me fueran a impedir seguir escribiendo, seguir contándote cosas a esta lápida desde la que me observas feliz. Pero como tantas veces estos últimos meses, una vez más, estaba equivocado. 

Escrito en vísperas de volar a Brasil. Cinco de mayo de 2015. 

El día del terremoto con epicentro en el cercano Gorkha, veinticinco de abril de dos mil quince, última hora de la tarde, el sol también se puso en Katmandú y en todo el valle circundante. Lo hizo de un modo tan estrepitoso, tan extraño, que a primeros de abril de dos mil dieciséis aún no ha salido. Y esto lo asegura el avión que desciende cortando la bruma tóxica para reflejar un manto de oscuridad moteado de hogueras callejeras donde arde la basura. No hay más luz, metafórico futuro para este país, que ésa. Entristecido, uno ya puede dejar de contener la respiración y suspirar con el hocico pegado a la ventanilla del avión: efectivamente, solo queda un nuevo y aún más desolado Katmandú ahí abajo. 

Entonces abandonar el aeropuerto y navegar sus calles de penumbra retrotraen al Quito de no hace tanto, a los callejones de cualquier ciudad india de toda la vida y por los siglos venideros. Y hasta ahí se da una similitud justa, porque Nepal huele igual que India, exactamente igual a como huele la polución, los hedores fugados de cualquier cocina y mucha leña o desperdicios consumidos, calefacción improvisada, cuyas partículas de puro hollín se posan para hundirse en la humedad que resudas, hasta en la tortilla que has pedido para cenar. Eso, mezclado con el tiznado de unas sartenes milenarias, te devuelve a la senda de un continente asiático largamente añorado. Dos horas aquí y detalles del porvenir de miseria, almas astilladas que con fuego ahuyentan un reino de ratas, han vuelto a hacer patria en mí. ¡Los echaba tanto de menos! 

Aun así Katmandú sigue teniendo ese punto de atractiva melancolía que no puede perder por mucho que se sacuda la tierra. Sus calles, en la zona del Thamel, cuartel general y centrifugadora de turistas, son heridas abiertas de las que no deja de brotar sangre en forma de tipos locales de frente gacha y turistas altivos de cualquier raza o condición. Les observo con gesto adusto, entristecido, porque ya sé cómo son los comienzos de viaje. Un par de decenas de horas de aviones y escalas suponen un hachazo a la moral, y el cerebro es lo primero que se resiente haciéndote viajar desde la añoranza de los que no están hasta la más jodida sensación de verte alicaído en un entorno marchito. Con calma, miles de kilómetros de experiencia después, se exhala un suspiro y un “tras el catre, mañana será todo de colorines. Pues anda que durante 45 días no volveré a hundirme en esta soledad más de una vez”. 

Tras opaca luz matinal, basta un breve paseo hasta la vieja plaza real, la plaza Durbar, para comprender el alcance del daño. Una buena parte de los edificios está demolida hasta los cimientos, y sacos de cascotes se amontonan hasta donde desees alzar la vista. La antigua gloria newar es ahora un solar de podredumbre que encoge el alma. Gran parte de las fachadas aparecen apuntaladas por barras metálicas, las menos, o podridas de carcoma vigas de madera, las más. Sortearlas es un ejercicio de fe hasta alcanzar el antaño centro real nepalí, hogaño frenesí de pura desesperación. Agoniza Katmandú porque, a la vista está, un nuevo embate derribará lo poco que queda de ilusión. 

Y es exactamente en esa percepción, en el centro de la plaza, donde mientras paseo voy recogiendo los pedazos de nuestra alma, mamá. En la certeza de lo feliz que te debes sentir de verme regresar a nuestras moradas. Las pagodas más altas son historia, el hogar de la Kumari, el Kumari Bahal, es ahora un bosque de machones en el que bastaría mover uno para que todo se derrumbara como efecto de un soplido del viento del ayer, escasos andamiajes flanquean el templo Taleju… pero, afortunadamente, de seis u ocho metros hacia abajo todo aparece en buena condición, lo suficientemente evocador como para devolverme al tiempo que pasamos juntos allí, para saber que éste era el momento exacto para revivir Nepal. Tiene una magia especial este lugar. En su agonía, en su lacerante dolor sostenido desde hace casi un año, sigue pretendiendo enseñorearse aunque le duelan los ayeres. 

Cae la tarde y son las palomas quienes sobrevuelan las estupas de dos y tres tejados. Se apaga Katmandú de una luz que ya no es júbilo y algarabía. Vuelan y lo hacen a una altura menor a aquel dos mil catorce porque se han visto obligadas a hollar cimas un poco más humildes toda vez que hacia el cielo ya no apuntan glorias pretéritas, y las vendedoras de maíz se hacen un ovillo por lo escaso de su negocio, deseosas de no perder un calor cada vez menos notorio. Palomas que por y para siempre permanecerán aquí, junto a apenas un puñado de extranjeros dichosos que nos perdemos por callejas de añoranza. 

En último escorzo subo hasta el restaurante más alto de la plaza, la nada a mis pies. Busco y nos rebusco en cualquier mesa de este mismo lugar donde yo sorbía tragos y tú le dabas al muesli con curd (yogur) mientras escribías unas memorias que algún día rescataré de tantos cuadernos y folios emborronados. En lontananza, perdidos entre la bruma, los ojos de Swayambhunath lloran su desdicha; un poco más acá, es de los nuestros de donde se desprende un lamento húmedo por tu historia, mamá, por la de Katmandú, por la de todos los que se nos han quedado en la distancia. De repente, fustigando la conciencia, Gorkha asoma. Por un momento olvidé a qué había venido. Pago presuroso y, mientras con el reverso de la mano me sacudo el recuerdo, esbozo una media mueca de sonrisa antes de regresar al hotel a rehacer el petate. Algunos nepalís, no sé quiénes ni cuántos, vuelven a atizar con saña los rescoldos de llamas que titilan a mi espalda en caminar fugaz. Sí, Gorkha. Así se llama mi mañana, nuestro mañana.

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