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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 5 de abril de 2016

Swayambhunath solidario, desolado templo

“Para mí, ése es un día que no podré olvidar mientras viva. Han pasado casi cuatro meses pero todavía, si cierro los ojos, puedo recordar perfectamente aquel oscuro día. Aquello fue como nacer y morir al mismo tiempo. Me hizo sentir muy próximo a la muerte, pero pude sobrevivir. 
… 
Sí, perdimos muchas cosas excepto nuestra fe durante ese periodo de trauma. Nuestro cuerpo fue sacudido por el terremoto pero no así nuestro espíritu. De una manera puramente nepalí, ayudamos a nuestras familias, vecinos y país. Certificamos que juntos somos fuertes y que podemos hacer mucho más para construir un mejor presente, un mejor futuro.” 

Dicky Sangmu. Huérfano acogido en Sertshang Home
Extraído del magazine resumen de actividades de Sertshang Home durante 2015 

Cuando el barrio de Thamel, el más poblado por pieles blancas de todo Katmandú, Nepal por extensión, parece que no puede dar más de sí mismo, siempre se abre una oquedad en la que mezclarse con un poco de incienso y humanidad que obligan a olvidar elementos propios de estas latitudes como pitidos, humos tóxicos o hasta el gong sostenido de campanas lejanas. Los primeros son ubicuos, los últimos podrían ser budistas, hinduistas, ambos a la vez o ninguno en esencia. Tal es la naturaleza de la religión de la mayor parte de nepalís que uno nunca sabe dónde enraíza una creencia para marchitar la otra. 

El incienso era de kilo en este caso, la humanidad, por el contrario, una sorpresa y alegría infinita, invalorable, toda vez que Shaba se presentaba ante mí más de dos años después con su mismo aspecto débil, amarillento y lampiño, tras gafas de montura temblorosa sobre una nariz de amplias fosas nasales. Cuando asomé allí él seguía sentado sobre un taburete liliputiense, ojeando con detalle el facetado de unos rubíes y unas baratas amatistas, en la misma cueva en que lo dejamos entretenido en similar tarea más de dos años atrás. No le pilló el terremoto, pero sí que me bendijo cuando le expliqué mi deseo de ir a Gorkha, que quizá podría ayudar de algún modo a la gente de allí. Me comentó que fuera de la capital la situación era muy mala, que no sería un viaje cómodo. Pero mi decisión estaba tomada. 

Al día siguiente, a eso del mediodía, lucía un tímido sol que me acompañó hasta el orfanato que elegí al azar para entregar el montón de ropa que había traído, cortesía de Pili y Guillermo. Tenía algo pendiente en Katmandú antes de partir a Gorkha. Sencillamente abrí el navegador, puse “orphanages in kathmandu” en el buscador de Google y elegí uno cualquiera. “Sertshang Home” tenía, por encima de su naturaleza, un par de buenos condicionantes: el primero que pillaba a los pies de Swayambhunath, un lugar mítico al que tenía muchas ganas de regresar, y el segundo que se trataba de un orfanato dirigido por un Rinpoche tibetano. Sabía que eso le haría especial ilusión a Maitane, a la que tanto estaba echando de menos. 

Franqueé la cancela y se me hizo la luz, por primera vez pude ver la luz en Nepal, pude soñar con un futuro de ilusión para estas gentes tan maltratadas por la vida. Venía impresa en los ojos de la joven que se me acercó, en un principio con timidez, a recibirme. Le expliqué que les dejaba un montón de ropa para los chavales, que a buen seguro ellos podrían repartirla entre sus huérfanos o gente necesitada, que les agradecía de corazón el trabajo que hacían. Para entonces ya refulgían sus ojos de un modo que justificaba, por sí solo, el haber venido hasta aquí. Nepal siempre necesita de la solidaridad internacional, siempre, y ahora más que nunca es el momento de venir a este país. Sus poros resudaban alegría de una forma tan intensa y contagiosa que era imposible no sonreír, pleno de felicidad, sabedor de que estaba en el momento y lugar exactos, ése que mi alma me llevaba reclamando hacía varios meses. Me dijo que no me fuera aún, que podría tomar un té en la cafetería que tenían y con la que iban sacando unos ingresos extra. 

Una vez allí, mientras tecleaba, se me acercó una de las responsables del orfanato. Era puramente tibetana, con esa tez tersa, cobriza, aterciopelada, sobre la que asomaban unos avellanados ojos mongoles tan característicos de esta raza. Podría parecerme sencillamente preciosa si no viviera enamorado. Que su marido debía ser muy afortunado, llegué a pensar por un instante mientras el recuerdo anhelado de Maitane me volvía a oprimir el corazón. Le repetí también a ella mi más sincero agradecimiento por su labor con los más desfavorecidos. Humilló la mirada, agradecida, y me hizo un gesto reverencial juntando las palmas de las manos y llevándoselas a la barbilla. Me dijo que podría hablar con el Rinpoche si así lo deseaba, aunque eso no fuera necesario para mí. Solamente quería acercarles la ropa. Sentía, risueño, que ahora sí que podría partir, en la próxima alborada y con la conciencia más sosegada, a Gorkha. Me obsequió con una memoria de sus actividades en el orfanato y, mientras la ojeaba, un par de fulgores emanados de la estupa de Swayambhunath me recordaron que era hora de continuar. 

Mas, después, Swayambhunath fue otra cruz porque está destrozado. Aparentemente, desde la distancia, la estupa central sigue intacta, y de hecho una vez a sus pies tiene buen aspecto, pero los templos satelitales están demolidos en gran parte. El santuario de Hariti es el único que soportó con firmeza el terremoto, pero el resto están muy dañados e incluso el famoso templo de Pratapura es pura historia. No queda nada más allá de un desolado solar y la figura de Budha sedente, ahora enclaustrada por una sencilla reja metálica. Ni un solo muro de ladrillo ocre se ha mantenido en su derredor, desnudo por completo y, aun así, con su característica media sonrisa, inescrutable e inasequible al desaliento. Es abrumador hacer la pequeña kora, rodear la estupa central mientras se agitan las ruedas de oración, sabiendo cuánto de gloria ancestral se ha perdido para siempre. Recogidos en penumbra, acarician las cuentas de sus malas budistas muchos fieles al tiempo que repiten versos de murmullo, agitan otros pocos los molinillos que salmodian al viento sus plegarias, y mientras, de fondo, el mantra “om mani padme um” se hace clamor musical en tono apagado que nos envuelve en sortilegio hipnótico. Rodeo la estupa sin prisas, rabioso y resignado por fases, en la convicción de que, como antaño, todavía seguimos dando vueltas a esta estupa, madre. Te aseguro que de algún modo seguimos aquí, y que ni cien mil terremotos podrán sacarnos de esta composición que firmamos en su día. 

Enfilo la escalinata oriental y voy descendiendo a tomar un trago de agua en alguno de los escasos puestos que se me presentarán una vez de regreso al bullicio. Realmente ni siquiera deseo echar la vista atrás, ni por un instante, sabedor de que volveré a sentir dolor infinito. Constantemente te veo y nos veo por aquí hace apenas una décima de segundo, madre, y de tanto en tanto sigo recogiendo, peldaño tras peldaño, pedazos de nuestra alma que quedaron dispersos entre estas banderolas de oración que hoy se me antojan menos coloridas, mucho más deshilachadas y vanas que nunca. 

-¿Es tu primera vez aquí?-. Me pregunta la chica que me vende el agua. Es una joven tibetana, rolliza, que luce una sonrisa pícara intercalada con fugaces miradas al vacío que es una calle poblada de pitidos, humos de motor y polvo. 

-Segunda. Estuve hace dos años-. 

Charlamos después acerca de lo cambiado que está Swayambhunath, de lo terrible de la destrucción tras el terremoto. Asiente entristecida al tiempo que me escucha, sin necesidad de empatizar con mi pena porque ellos, los locales, aún sufren en su carne las yagas de aquel fatídico día de abril en forma de escasos visitantes, escasos ingresos, escaso negocio en una tierra tan dependiente del turismo. Observándola, vista fija en el trasfondo de sus comentarios, sobresale la certeza de que tienen mucho de admirable los ciudadanos de esta nación, su perseverancia en pretender vivir sabiendo que otro azote de la tierra les volverá a robar lo poco que les quede. 

-¿Viajas solo?-. Vuelve a preguntar, al final, con curiosidad genuina. 

-Ahora sí. Entonces, la vez anterior, estuve con mi madre. Falleció hace año y medio-. Respondo con gesto serio mientras me echo la mochila al hombro antes de lanzarme a la calle. 

-Al menos puedes recordarla-. Responde con indisimulada amabilidad y humildad, compasiva. 

-Por supuesto. También por eso estoy aquí. Gracias-. 

Agacho la cabeza y busco con la mirada, caminando entre sombras, un taxi que me devuelva al frenesí y artificialidad del Thamel, que me permita no olvidar siquiera temporalmente que Katmandú, pese a que quizá nunca vuelva a ser el lugar del que era tan fácil engancharse febrilmente por el magnetismo de su patrimonio, siempre guardará en lo más profundo de sus entrañas el recuerdo, ya imposible de diluir, de una madre y un hijo entre estupas, oraciones y gentes tan dulces como estoicas frente a estos terribles avatares, brisas de penuria y muerte que quien sabe si realmente fueron forjadas por sus karmas. La convicción de ello es su calma y su credo, la duda es mi angustia y tristeza.

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