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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 18 de abril de 2016

Somnathpur y la (otra) ciudad del sándalo

A fuerza de honestidad, aunque no lo pueda asegurar, creo que la sonrisa se me escapaba del rostro cuando aterrizó el avión que me transportaba a Bangalore. Incluso lo afirmo convencido porque siempre he defendido que, dentro de los innumerables “países” que conforman la Unión India, posiblemente sean los que se reparten los estados del sur los más atractivos a nivel paisajístico. Con independencia de esto, opiniones como culos, lo que nadie puede cuestionar es el hecho de que aquí uno ha de habituarse a un giro radical con todo lo conocido por el norte, muy en especial a nivel de geografía y sociedad. Hay mil de detalles comunes a toda la nación, es cierto, pero transitar por el sur siempre lleva implícito un punto de ilusión extra para los que nos consideramos amantes del sudeste asiático si solo por la, precisamente, similitud de rostros, torsos y panorámicas que se dan entre aquellos entornos y este sur indio. 

No obstante, para mi sorpresa, lo primero que se me vino a la cabeza, una vez dejé atrás el aeropuerto de Bangalore, fue Río de Janeiro. De la primera, como capital bulliciosa y ciudad mega-poblada que es, no quise saber nada, ni siquiera acercarme hasta su estación de buses desde el aeropuerto una vez comprobé que tenía enlace directo desde casi la escalinata del avión hasta Mysore. Y la segunda, paradójicamente y pese a la aridez de esta sub-meseta, enclavada a su vez dentro de la planicie del Decán, revoloteó para escaparse de mis recuerdos brasileños cuando aparecieron unas inmensas moles graníticas, parecidas en grado sumo a los morros que rodean y tan famosa han hecho a la ciudad carioca. Son éstas una clara evocación no solo de Brasil, sino también del tiempo que pasamos viajando por Hampi, al norte de este mismo estado, y desde donde parecían haberse escapado los macizos, piedras desnudas de vegetación, que a ratos lucen superficies pulidas por el viento, a ratos estrías profundas como llagas, trabajadas con paciencia por el agua. Y se hace hermoso el paisaje ya que India, de no ser por sus cunetas y arcenes, podría llegar a ser un país agradable de recorrer con la mirada hundida en los destellos diamantinos de sus paisajes verdes, marinos o parduzcos. Sin embargo, es tan molesta es la suma de montañas de desperdicios y suciedad, que a ratos se hace inevitable pensar, entre sucesivos arrozales, esbeltos cocoteros y eucaliptos de piel desgastada que aquí sobrepasan con suficiencia a las acacias de vainas quemadas, por qué diablos no tendrán estos seres un Dios de la limpieza a quien adorar. 

Más tarde, unos kilómetros más allá y cuando las rocas se han deshecho como la espuma sobre el verdor de los campos, la realidad social de Karnataka se hace ley. No lo observé antes porque todos los aeropuertos son idénticos en multiplicidad de razas y carácter, incluido el de Bangalore, pero a la altura de Bidadi ya se empiezan a vislumbrar unos carteles en Kannada, de gruesos y redondeados trazos tan distintos a los ligeramente más cuadriculados y anoréxicos del guyarati, que todo lo camuflan. Lo mejor, incluso por encima de ese detalle, son los tipos enfundados en taparrabos anudados a la cintura, al estilo del longyi birmano pero no tan caídos ya que éstos se cortan justo por encima de la rodilla. El índico, una vez más, se presenta como océano que fusionó culturas y religiones a diferencia de un atlántico que solo llevó muerte, enfermedades y colonialismo bajo la bandera de una cruz excluyente. Todos ellos son seres negros, tiznados con denuedo generación tras generación, pero enjutos siempre dentro de camisas, millones de camisas porque si algo diferencia a estos tipos en su vestir, da lo mismo sur que norte, es su devoción por las camisas en contraposición a unas camisetas que, si observas con atención, casi nadie usa. Inconcebibles en el casto Guyarat, asimismo captan la atención las licorerías, multitud de ellas, y las más coquetas rotuladas con un “outlet” que provoca más estupor que sed de vicio. Se anuncian junto a casas que no sobrepasan las dos alturas, sin tejado excepto el propio armazón de las vigas maestras con sus varillas de encofrado bien visibles, y en esos pisos superiores únicamente se percibe la presencia constante de antenas parabólicas o cisternas con capacidad de cientos de litros de agua que el astro rey se encarga de calentar. Negro tras negro, cocotero, eucalipto, taparrabo tras taparrabo, cartel indescifrable tras cartel indescifrable, escaparate de vino tras escaparate de whisky, cocotero, eucalipto, cisterna tras parabólica, cocotero, cocotero,… me quedo dormido para despertar con un frenazo en los límites de Mysore, por fin Mysore. 

Un vicio saludable, que también suele marcar el norte en mi brújula viajera por India del sur, es la necesidad de pasear por templos centenarios. Bien pensado, ¿qué es India más que templos vivos y maravillosos que conjuguen la mierda, el calor y hasta el paroxismo propio de estos lares? En eso, aunque no pudiera parecer obvio tras verme de nuevo trastornado entre el común denominador de este país que es la algarabía de pitos y ruido, Mysore es un ganador. Y no por sus entrañas, desprovistas de todo lo que recuerde mínimamente a su sobrenombre de “ciudad del sándalo”, sino por lo que ofrece la cercana aldea de Somnathpur. Lo digo porque en la urbe es todo artificial y bastan cinco tiendas para entender que, a excepción de baratijas para turistas que en caso de ser indio de traje y corbata, o turista de camiseta ajada y zapatos embadurnados de polvo, pasan a ser productos de alta alcurnia, nada hay que llame la atención. Los buscavidas, eso sí, se multiplican sin orden ni concierto, y hasta el deslucido hostal donde me alojo cuesta bastante de lo que vale, cuatro o cinco centenares de rupias pagaría yo por esto fuera de la órbita que es la senda turística. Así se presenta una ciudad del sándalo que, tras la pompa y el boato de su denominación, es un cero a la izquierda solo adecentado por un palacio que rebosa tanto de gente como de lucecitas los domingos y festivos de siete a siete y media, momento en que se ilumina como un árbol de navidad. 

Pero Somnathpur, a cuarenta kilómetros, bien merece el esfuerzo de alcanzar este rincón. Allí luce un templo especial, distinto porque su piedra lo es de tal naturaleza que parece inmune a los hachazos del tiempo. Si lo normal en este país es recorrer templos de piedra arenisca, de figuras sometidas y laceradas por viento o agua, aquí se da la paradoja de que el uso de una rara variedad de piedra esteatita, talco común, ha dado como resultado un templo casi milenario que, sin embargo, parece recién construido. Asemeja, con su planta en forma de estrella, a una alucinación de lo que los norteños Konark y Khajuraho guardan con celo, pero rebotada en Pattadakal y caída todavía más al sur, como un hechizo de los dioses transformado en dados tirados al azar sobre el tapete indio. Para hacerse una idea de cómo es esta piedra basta imaginar las fachadas de casonas castellanas forradas con lajas de rajuela: piedras que son fácilmente maleables, frágiles como la mantequilla nada más ser extraídas de la tierra, pero que, en cuanto se oxidan por espacio de unas horas o días, pasan a ser casi graníticas. Ésa es la virtud de este templo. Esa característica determinó que se pudieran lograr detalles casi milimétricos en este pastiche sobrecargado de escenas al que, por curioso que parezca, el hecho de no ser monumental en dimensiones o diseño solo le ha sumado encanto. 

De vuelta a Mysore, probablemente emocionado por el espectáculo que es el templo Keshava de Somnathpur, debí decidir celebrar el subidón sensorial con una cerveza. Supongo que hubo de ocurrir así porque solo bajo esa explicación se puede entender que me viera envuelto, una vez más, en la espiral de ese pecado, a esconder hasta conseguir enterrarlo bien profundo en la cuenta del olvido que enumera lastimosas anécdotas en estas tierras, como es mi natural querencia por invertir unas horas en alguno de los escondidos garitos de tragos para indios. No digo restaurantes con bar adosado, o esas pocilgas que rodean las estaciones de autobuses. Qué va. Me refiero a los antros de solera y tradición, de los que se chivan en un susurro y a los que solo te puede acercar un conductor de rickshaw con más arrugas que agujeros en su camisa. Al principio se entra a hurtadillas, con tiento, porque son sórdidos y de un oscuro que no se ve ni jurar, tanto que no sería la primera vez que acabo dándole una involuntaria patada a una mesa o a una silla. Te apalancas temeroso, y de repente, si agudizas una mirada que se va acostumbrando a la oscuridad, a unos metros de ti se recorta la silueta de tres o cuatro jinchos que dan la sensación de llevar más de setenta y dos horas muertos, tal aspecto tienen que hasta parece que han echado raíces en el lugar. O igual es que les entró un chungo y no pudieron despegarse del suelo, porque si algo se ha convertido en norma para definir a todos estos antros es que, si no te quedas pegado de la mierda acumulada en los baldosines, no molan en absoluto. En Mysore, en una pocilga de nombre impronunciable y tras contar un par de cadáveres, aquello no era distinto, pero además resultaba que también el vaso, cuya presunta transparencia era opaca y no por la falta de claridad, se quedaba pegado a la mano; y la silla cojeaba de tal modo que, más que sentado, me sentía mecido, borracho antes de haber tomado un trago, así que apuré mi birra en tres sorbos sucesivos, el último a medias porque ya se habían unido a mi juerga un par de moscas que nadaban en lo espumoso de la Kingfisher, y me las piré en un suspiro. Con el exagerado balance de dos cervezas en nueve días, una bien sudada previo papeleo en Guyarat, y la otra no menos sudada bajo una atmósfera de película de terror, me eché a andar camino del hostal en la absoluta seguridad de que nadie daría crédito cuando lo contara. Me creerían lo de Somnathpur, pero no esto. Y tú, madre, la que menos. O sea que solo una cerveza cayó, ¿no? Y yo te miro fijamente a los ojos, para rápidamente dejarlos posar en otro lado, y te aseguro que es verdad. Definitivamente, aunque no me creas, debo estar haciéndome mayor. Ya, claro, como aquella vez en Calcuta, me respondes mientras te giras en la cama.

P.S. Fotografías de Somnathpur y otros templos, menos llamativos, del próximo Talakad.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy mal la ortografía chavalín; yaga no se escribe ASÍN, sobre cargado es TODOJUNTO, etc, etc ...Con el tema de las birras tranqui que aquí también necesitamos papeles para poder soplarlas (billetes), por lo demás compra algo de dalo para la gorda aunque no sea santo...estooo, me refiero al SANDALO... por cierto ya sabes que no leo tus entradas de blog...gozatu bro!!!
B.M.

Botitas dijo...

Okis, gracias por el apunte. Está corregido. Para escribir con tres cuartos de párpado caído imagino que no está mal. Juraría que el cabrón del lanzallamas parece que me la tiene jurada. Poco a poco. Procuraré que la próxima entrada salga más lucida.

Abrazote

Anónimo dijo...

Hi bro
Mu txuli todo aquello...2 birritas in two days??? Oh my God!!! Muuy bien bro...te estàs haciendo mayorcete jejeje...no obstante, no te preocupes q este finde estaremos virutas yoolbrady and me haciendo lo del coche y ya nos tomaremos las que tù, tan solidariamente has dejado pasar ;-).
Ondo pasa y sé feliz con tu viajecito.
Podemos darle al skype el sàbado a la hora de comer...llevaré el pc por si ape. Un abrazote de esos guays :-)

Botitas dijo...

Ok, el sábado estaré tranquilo en Fort Kochi y aquello, como es zona turística, dispondrá de conexión a buena velocidad. Ya hacemos un Skype a eso de las dos o dos y media de la tarde, me lo apunto en el móvil para que no se me pase.

Abrazote