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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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jueves, 14 de abril de 2016

Satyagrahi en tierra quemada

“Como Satyagrahis, una vez somos condenados a la cárcel, estamos obligados a: 

1. Actuar con la más escrupulosa honestidad. 
2. Co-operar con los oficiales de prisión en el desempeño de su administración. 
3. Ser, gracias a nuestra obediencia y razonable disciplina, un ejemplo para otros convictos. 
4. No pedir favores o privilegios que el más humilde de los prisioneros no posea, a no ser por razones exclusivas de salud. 
5. Pedir lo que necesitemos y no mostrarnos enojados si no lo conseguimos. 
6. Hacer todas las tareas que se nos encomienden, hasta el límite de nuestra capacidad.” 

Preceptos ordenados por Mahatma Gandhi a sus seguidores, satyagrahis, en caso de ser recluidos en prisión. Panel explicativo en Sabarmati Ashram, antigua morada de Gandhi en Ahmedabad. 

En el momento exacto en que uno sale de Ahmedabad, justo cuando respira aliviado porque deja atrás la polución que genera un aire imposible de respirar, porque se ha convencido a marchas forzadas de que esa sensación de sentirse gelatinoso entre lo tórrido que suma la mezcla de ambiente tóxico y mierda es patrimonio exclusivo de la antigua capital de Gujarat, resulta que lo que se esconde más allá no es mucho más atractivo. Al menos en apariencia. Primero se muestran hileras de acacias socarradas que flanquean la carretera que lleva a Mahesana, y cuando éstas se abren porque se van haciendo discontinuas, la imagen resulta demoledora para el alma. Es estéril el campo guyarati, un delirio de desolación, improductivo por agostado en su casi totalidad. Hasta donde llega la vista se encuentra forrado de una tierra reseca de marrón clarito, y se amontonan los terrones de arena bajo escasos matorrales ya acostumbrados a la permanente ausencia de agua. Se pelean las vacas y las cabras por alcanzar los escasos brotes de aquéllos, pan para hoy, hambre para mañana, nunca mejor dicho. Ni las alimañas podrían presumir de hogar en estos pagos. Pero al menos la carretera es buena, de dos carriles en cada sentido y con un asfalto más o menos firme porque India, afortunadamente, va tirando hacia adelante con paso tan resuelto como apresurado. Son carreteras, son estaciones de bus, son ambulancias impolutas rotuladas con un llamativo “servicio gratuito”, incontables y relucientes concesionarios de coches japoneses de alta gama,… infinidad de elementos que delatan un desarrollo en ciernes. El problema, como sucede en China, es que sus habitantes son demasiados. Y no solo eso, también todo lo que va asociado a ellos es demasiado. Así que, tirando de breve lista en este universo paralelo que es el asfalto, se llegan a enumerar tres dromedarios tirando de un carro, dos rebaños de búfalos, camiones sin puertas, tractores hechos añicos, un montón de tipos meando junto a su vehículo, aparcado en medio del carril, y otro porrón de niños cagando como si la cuneta fuera el baño más próximo ante una colitis repentina. Y todo ello en un tramo de carretera que no ha podido superar los cinco kilómetros. La vieja India, pese a todo, sigue a lo suyo. Y uno piensa divertido, mientras jadea lastimosamente por la brisa ardiente que se filtra desde el exterior, que se podrá sacar a los indios de India en el sentido de que les podrán poner a los pies una carretera de país de primer mundo, pero nunca se podrá sacar a India de los indios, en el sentido de que, por muy novedosa y elegante que sea ésta autopista, ellos seguirán transitándola y haciéndola suya con sus dromedarios, rebaños de búfalos o lo más inimaginable, como si siguiera siendo la trotada comarcal de toda la vida. 

Modhera, lugar a donde me acerca un rickshaw desde la distante en un puñado de kilómetros Mahesana, alberga un templo monumental, fastuoso, uno capaz de recomponer el ánimo que el horno guyarati se había propuesto incinerar. El templo del sol, ése es su nombre, regala a discreción otra miríada de pilares y fachadas talladas en piedra arenisca, otra flecha de Rama que me sella un nuevo verso enamorado por esta tan, turísticamente hablando, despreciada tierra. Partiendo de lo apropiado del nombre con relación al infierno que me rodea, y una vez me arrastro hasta sus santuarios centrales, en absoluto me sorprendo al constatar el hecho de que no hay nadie por allí, apenas un par de familias indias cuyas mujeres arrastran el colorido de sus saris que se mezcla con el ocre de la piedra ya desbastada por el tiempo. Muchas figuras pétreas son irreconocibles, los rostros son como esbozos en cera, lisos y desprovistos de rasgos faciales. Las centurias han hecho mella en Modhera, y lo poco que no han dilapidado éstas lo harán las manos de los visitantes que no dejan de frotar las esculturas. Otro templo también dedicado al dios sol de nombre Surya, el de Orisha, tuvo la fortuna de permanecer enterrado el tiempo suficiente como para que haya sido capaz de llegar hasta nuestro tiempo en óptimas condiciones. Y recordándolo con querencia, agazapado bajo una plumería que me inunda los pulmones de algo mínimamente refrescante, evoco el tiempo consumido allí no hace tanto, el tiempo en que todo el mundo deseaba hacerse fotografías contigo, madre. Tan extraños resultábamos en aquellos confines que casi te veo dando vueltas a mi lado por este primo-hermano, orgullo de la dinastía Solanki. Ahora no estás tú, pero es a mí a quien reclaman para el típico selfie de rigor. Sonrisa genuina y de vuelta al crematorio. 

En el pozo escalonado de Rani-ki Vav, por el contrario, hay un buen puñado de turistas locales. Han venido para admirar el foso más famoso de todo el país, y yo aparezco tan baqueteado por la humedad y el calor que a duras penas sí puedo disfrutarlo. Leo con premura los detalles de su creación y sus avatares históricos porque la fuerza de una bomba de kilotón cae sobre mi nuca, y paso a hundirme en las entrañas del lugar mientras resoplo y engullo un agua que nunca es suficiente. Siendo hermoso, que lo es y mucho, me ha chivado el cartel descriptivo que éste de Rani-ki Vav ha sido reconstruido recientemente, y eso, inevitablemente, es un estigma y un nuevo resoplido, de decepción en este caso. Imagino que es superior a mis deseos, pero el caso es que no puedo evitar convertirme en uno de esos que al percibir estos “apaños modernos”, por decirlo de alguna manera, bajan automáticamente las expectativas del lugar y se limitan a observarlo inmunes al más liviano deje de emoción. Agrada, pero ya no hechiza. Tumbado en la campa que rodea al monumento, bajo otra de las omnipresentes plumerías, pienso que ni siquiera animaría ver postrarse al sol en occidente, porque es seguro que seguiría crepitando la tierra y vaharadas de ardor nos mantendrían como ascuas azuzadas a cada segundo, en combustión constante. Una vez en el bus de regreso a Ahmedabad, mejor procurar dormir. 

De regreso en la metrópolis, preso nuevamente del caos, miseria y desesperación mezclados a partes iguales, me da por buscarle otra vuelta a la jornada yendo de compras. Luces tenues inundan como buenamente pueden los escasos almacenes de Manek Chowk que todavía permanecen abiertos. No me interesan bragas, ni calzoncillos, tampoco camisetas… ¿maletas? Necesito una que me sirva de equipaje de cabina, una para esos viajes cortos que me reclama el alma toda vez que la ausencia de Maitane se hace insufrible con la perspectiva de semanas por cubrir entre India e Indonesia. Una nueva compañera de futuro toda vez que, seguramente, éste será alimentado por viajes más cortos. Busco, rebusco… y encuentro. ¿Cuánto cuesta? Tanto. ¿En serio? Claro, he dicho tanto. 

-Ése es el precio en España-. Le replico procurando hacerme el fuerte y conseguir una sustancial rebaja. El joven vendedor, de resultas, me mira con una expresión que es una bofetada solemne y bien sonora. Está tan irritado como estupefacto, a duras penas procura disimularlo. Lo pillo al momento. ¿Qué demonios me pensaba? Acaso entonces, hace diez años, decir que tu realidad era la española, la europea, servía para acotar un modelo de ingresos y preferencias que pillaba a años luz de la depauperada India. Hoy, el tipo con su mirada me lo escupía, decir que vienes de España no implica nada más de decir que vienes de Indonesia o Afganistán. Los indios te miran de tú a tú, y como pese a todo son unos tipos amables, se callan y te despiden con cortesía. Camino del hotel, con la cabeza gacha, pienso que tras unas horas de sueño igual podré volver a convencerme de que nosotros hemos evolucionado tanto como ellos, que nuestros euros tienen todavía mucho recorrido en estas latitudes. Sin embargo, cuando me arropo en la cama, sé que, en el fondo, no podré seguir engañándome mucho tiempo más, que es mejor asumir que en nada seremos nosotros quienes miraremos a estos tipos con esa expresión de respeto máximo y envidia con que ellos nos miraban a nosotros no hace tanto. 

Vuelve a salir un día imposible, tanto que ya ni me planteo caminar unas centenas de metros. Y como sigo tocado por la experiencia tórrida de víspera, por la idiosincrasia de Ahmedabad, por gérmenes que, a cuarenta grados, se desparraman por tantos sitios que incluso a mi tripa han llegado, hasta por un vendedor que me recordó con disimulo de dónde venía y en qué nos hemos convertido, me visto con calma la misma ropa ajada de antes de ayer, con la derrota por bandera. Quiero ahuyentar el gesto taciturno que me imprime este entorno, en consonancia con la naturaleza de la mayoría de grandes urbes indias, y me conjuro ante el espejo para que el Sabarmati Ashram, el lugar donde vivió Gandhi un buen puñado de años y hoy reconvertido en museo, pueda encenderme un poco de luz y recuperarme la ilusión para la ruta. 

Lo hace con avaricia, ¡claro que lo hace! Figura insigne no solo del movimiento de independencia indio, sino de un modo de vida basado en la no violencia, el viejo ashram reconforta y obliga al montón de indios que me rodean a guardar silencio y humillar la mirada. Ajeno a pitidos, chuchos con sarna y polvo prensado como coraza, es una bendición para cuerpo y espíritu repasar los momentos vitales y enseñanzas de este reparador de almas y sueños con perenne aspecto enclenque. Satyagraha es su mejor resumen, su denodada lucha por insistir en la única verdad que todos llevamos dentro: la cultura de la no violencia. Voy desmadejando sus años africanos, su vida en el ashram, la famosa rueca que ejemplifica su sermón, su paso por la cárcel, las dudas de sus seguidores en Chauri Chaura y Kohat, la marcha de la sal,… Satyagraha, sí, Satyagraha. De repente parece que el aire sofoca menos, que Ahmedabad es un sitio hasta agradable y que la ribera del río Sabarmati se ha tornado en un Amazonas de esperanza. 

Paso a paso, texto tras texto, uno vuelve a seguir deseando creer que Gandhi fue solo un adelantado de su tiempo. Puede que, acaso, solo un vespertino destello que refulge escapando de un sol que se adivina en levante. Incluso, en un momento de alucinación intensa, que su vida y obra son un casi insignificante matiz de las virtudes del hombre que se avecina. Pero al final de la exposición, releyendo la cita de Einstein entre otras muchas que personajes célebres del siglo XX dedicaron al Gran Alma, me surgen las dudas. El genio físico dijo de Gandhi: “Las generaciones venideras, sean como sean, difícilmente creerán que un tipo de esta grandeza, siendo nada más que carne y hueso, caminó sobre este planeta”. Y acurrucado en el suelo, apoyada la espalda sobre una pared, se me retuerce el estómago y me lo pienso por un par de minutos. Y justo después decido que no, que es de sobra conocido que Einstein era tan brillante científico como pesimista irredento, que qué coño sabrá de naturalezas humanas un tipo con esos pelos. Y probablemente debido a esta sugestiva certeza, encuentro también un respiro para mis tripas toda vez que en mi cabeza vuelve a rebosar la alegría.

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