LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 7 de abril de 2016

GRACIAS por 800 kilos de ilusión

Quiero empezar esta entrada, resumen de lo acontecido entre ayer y hoy, dando un GRACIAS enorme a todos los que han apoyado esta humilde iniciativa de comprar arroz para la siempre necesitada gente nepalí, mucho más tras el terrible terremoto de Gorkha. Gracias, de corazón, a todos los que han comprado alguna copia de “Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda” porque, gracias a su ilusión, hoy he podido repartir 800 kilos de arroz entre gentes que perdieron casi todo a raíz de aquel suceso, además de poder donar cien euros a una escuela local de una aldea muy próxima a Bandipur. Gracias de todo corazón, ya desde el polvoriento Katmandú, a mis hermanos Roberto y Jesus, a mi tía Elena, a Tere, la prima de mi madre, a Raúl de la peña Acigüembres de Mece, a Oihana y Puri, hermana y madre de mi churri, a la peña Txispazo, también de Mecerreyes, que son la hostia y es un honor formar parte de ella (os debo una foto por whatsup), a mis primos que se enrollaron comprando ejemplares en la comida familiar, a Pablito Tamayo, a las chicas de gestión académica de la Universidad del País Vasco, a Rosana y Ángel “faro”, a Nuria del comedor del Aulario, a la gente que curra allí, a Rodolfo y Manu, compadres, a la gente del servicio USAC de la UPV y, por último, a la cuadrilla de Donosti, que les tengo prometidos los libros y aún no se los he dado. Gracias a todos ellos por su solidaridad y buen corazón. Muy especialmente, GRACIAS INMENSAS a mi familia, con mi madre a la cabeza aunque hoy haya tenido que vivir junto a mí pero desde el cielo este sueño, por el apoyo con esta idea y, cómo no, a Maitane, por su amor y comprensión, por cuidar tan cariñosamente de mí, por ser mi ángel y, sobre todo, por haber comprendido mi necesidad de cumplir este sueño pese al dolor y nostalgia que va a suponer mi ausencia tantos días. Ella ya sabe cuánto la amo. 

Partía de un total de quinientos euros (sesenta copias a siete euros, cuatrocientos veinte, más los picos que he redondeado a quinientos), y hoy he podido donar cuatrocientos. Aún quedan cien que, a buen seguro, donaré en India en cualquier otra iniciativa. Es un texto largo, pero me gustaría que lo leyerais porque es, a grandes rasgos, la crónica de lo sucedido, el acto final de la ilusión que vosotros decidisteis compartir conmigo… 

Se abren taludes como brechas una vez que Katmandú se pierde entre la bruma. Imagino, repantigado en un asiento de bus que provoca vibraciones desde el trasero hasta la coronilla, que la capital se queda absorta en su demencia, pausada por unas horas, cobijada entre polución sonora, olfativa y visual. Que me espere sin prisas. Surgen de súbito valles inmensos, de lo más parecido a los andinos, y la carretera serpentea primero subiendo, más tarde bajando, hasta identificarse con la autopista que une Katmandú con Pokhara. Hemos llegado al fondo del valle, y a partir de ahora el gris mortecino como corriente, meandros y aluviones de los ríos Trishuli y Marsyangdi se nos sumará hasta Dumre, escala previa a mi destino, escala previa a un Bandipur del que aún distarán ocho kilómetros. Autopista en Nepal, sin embargo, es una licencia gratuita porque aquello a duras penas pasa de comarcal como las que había hace treinta años en España. Son grumos de alquitrán los que van bacheando los huecos más profundos, lo que no es pura tierra y grava, y con el terremoto aún reciente no es difícil observar renovados petachos que esconden las cicatrices en forma de socavones que dejó el seísmo. 

Todo se torna a monocromo porque se suceden, kilómetro tras kilómetro, acacias y mangos de un marrón tan intenso que se disimulan con la bruma. Están forrados del polvo más ocre que puedas imaginar. Los bananos, de tronco y hojas marchitas en el mismo tono, se suman a lo monótono que es lo más próximo, y solo gracias a la multitud de terrazas socavadas en las laderas, pobladas de verdor, desnudas o anegadas de agua en espera de los plantones de arroz, se consigue una panorámica de recuerdo si además sumamos los multicolores saris que lucen las mujeres en esas latitudes, femeninamente lustrosos y repulsivos al polvo. 

A apenas mil metros de altitud, tras una especie de carretera que gime y se retuerce desde Dumre, Bandipur tiene un peculiar aspecto. Se halla encaramado en la cresta de un colina, como si fuera una estación de montaña de cuando las colonias británicas en Asia, al estilo de Ooty o Darjeeling en India, igual que la Nuwara Eliya cingalesa. Su centro sorprende porque está cerrado al tráfico, flanqueado el rectángulo que hace de núcleo histórico por casonas de dos alturas en las que el bajo es siempre un negocio. Muy de estilo chino, pero a ratos también europeo por las contraventanas de rejilla en madera, por los tejados de algo similar a la pizarra. Y también puramente nepalí tras fachadas de rústico ladrillo caravista. Extraño, ecléctico… incomprensible. No obstante, es tan hermoso que, irremediablemente, evoca a artificial. Igual a como lucen las bermejas flores de buganvilla que se desparraman por doquier. Impolutas, inmunizadas al polvo tóxico, ahora sí radiantes. Bastan cinco minutos sentados en un café para comprender que aquí el terremoto es historia, que aquí se mueve dinero. Fachadas lustrosas, tipos locales vestidos de modo impecable, turistas chinos, indios o hasta nepalíes, identificables bajo su típico bonete con forma de barco de papel invertido,… todos pasean, admiran el decorado y se fotografían en cualquier esquina. En esencia, otro oasis de turistas que, si generalmente no casan mucho conmigo, mucho menos en este momento. Suena a sorpresivo que, tan cerca del epicentro y por algún extraño motivo, este lugar haya podido salir casi indemne. Es tan turístico que me tiene descolocado, estupefacto por momentos. En todo caso, mi batalla no tenía nada que ver con estos detalles, sino con el hecho de que desde aquí me encontraba a solo un puñado de kilómetros de Gorkha, epicentro del seísmo casi un año atrás. 

Nada más llegar hablé con un tipo de una pensión, le expliqué que pretendía comprar unos sacos de arroz para entregar en algún campamento. ¿Qué es un campamento?, respondió. El alma se me cayó al suelo. Pretender comprar arroz y entregarlo a los necesitados, sin hablar nepalí o ayuda local, era una quimera, en ese momento lo vi claro. Le expliqué qué es un campamento, tiendas de campaña, gente sin hogar y tal. Oh, sí, sí. ¿Te refieres a gente pobre? Sí, sí, en ese lado de la montaña. En este lado no, en este solo gente rica. Yo te ayudo. Yo puedo comprar arroz contigo y llevarte a un poblado para que lo entregues. Sonaba tan ridículo, tan forzado, que, tras agradecerle que me enseñara la habitación, me excusé alegando que prefería echar otro vistazo por ahí. Si eso, ya volvería. Repasando la última frase, me temo que entonces fui yo quien sonó a broma. 

Después, tomando un trago, midiendo lo complejo de mi anhelo, un tipo se sienta en una mesa junto a la mía. Le vi haciendo de guía con unos turistas. Por descontado hablaría inglés, quien sabe si no estaría de suerte y podría echarme un cable. Le explico mi historia y se sienta a mi lado. 

-No es fácil llegar hasta las zonas más dañadas. El terremoto se llevó las carreteras y es desde Gorkha o desde Nuarkhot desde donde se reparten los recursos. Toda la ayuda internacional se destinó allí. Y no se está distribuyendo del todo. Llegó un montón de ayuda internacional, billones de rupias en ropa, arroz… Y allí se quedó. De hecho allí sigue. Mientras no haya carreteras no es posible llegar a aquellas zonas-. 

Me quedo pensativo un rato. Voy asumiendo que ir hasta el cercano Gorkha para comprar un arroz que probablemente nunca llegue no tiene sentido. Tampoco dispongo de transporte o logística para mover un montón de sacos de arroz. Igual donarlo al orfanato budista de Katmandú no es tan mala idea toda vez que en Bandipur, sin contactos, sin transportes fiables, estoy vendido. Por increíble que parezca, empiezo a pensar que me costó menos escribir y comprometer a tanta gente en esta humilde historia que hacer llegar el dinero a quienes realmente lo necesitan. 

-Sé de un orfanato que hay en Katmandú-. Le digo de pronto. -Lo lleva un Rinpoche, un tipo venerado. Igual él puede ayudarme-. 

Se sonríe socarrón con mi comentario. 

-¿Sabes quiénes son los más ricos de Nepal?-. Dice en un susurro. Se agacha sobre la mesa y me mira directamente a los ojos, inquisidor. -Los monjes budistas. Ellos son los más ricos de este país. Hazte un favor y no les des dinero. Hay colegios, hospitales,… allí lo necesitan más. Y ni a ellos les des dinero. Compra lo que sea y dónalo. Eso será mejor-. 

Cuando he localizado una pensión para hacer noche, vuelvo al lío con el dueño del local. Le repito lo del arroz, que me gustaría echar un cable. Se va ocultando el sol pero tengo claro que en absoluto me interesa Bandipur, no hasta que haya resuelto qué hacer con el proyecto solidario. Me dice que conoce a un tipo que ha ayudado mucho tras el terremoto, que le puede llamar. ¿Por qué no? 

Al cabo de un rato aparece un tipo de unos sesenta años, cojo y baqueteado por la vida. Viste correctamente, habla despacio y, por encima de todo, sabe mirar a los ojos. Tiene los párpados caídos, como los perros de tres lustros. Ni me pregunta su nombre ni yo a él, mejor aún. 

-Me dice el dueño (de la pensión) que quieres comprar arroz para ayudar a las víctimas-. 

Asiento tras apurar un trago. 

-En realidad yo quería llegar a las zonas los campamentos. Venía con la idea de acercarme a Gorkha o Nuarkhot, pero me han comentado que allí está paralizada mucha ayuda internacional…-. Le dejo caer unos puntos suspensivos para que siga él. 

-Antes sí que se concentró mucha ayuda allí, mucho dinero en víveres y ropa. Pero poco a poco se va repartiendo. Se van rehaciendo las carreteras y la gente va reconstruyendo sus casas. Siguen necesitando ayuda en zonas remotas, pero es muy difícil llegar. El temblor arrasó con casas, carreteras,… todo lo engulló. De todas formas, las organizaciones internacionales siguen ayudando allí-. 

-¿Qué hay de esta zona de Bandipur y alrededores?-. Me veo en el alambre con la confirmación de que Gorkha y Nuarkhot, distantes solo un par de decenas de kilómetros, ya están de sobra atendidos. Si las ONG están allí, con todos sus recursos y financiación, tampoco tiene sentido obcecarse con la idea de llegar. Lamentablemente el resto de Nepal sigue muy necesitado. Respiro profundo. De modo inconsciente, lógico además, he pasado a valorar si podría tener opción de echar un cable un poco más cerca y la pregunta me ha surgido sola. En la certeza de que tampoco era la primera vez que escuchaba aquello de que muchos monjes budistas viven en la opulencia, y de que además ya cerré mi capítulo con la ropa donada en el orfanato capitalino, me iba quedando sin opciones factibles. 

Apuro otro trago de una cerveza que ya se está calentando y exhalo una larga bocanada de humo. Jugueteo con el paquete de tabaco. Procuro pensar con rapidez. 

Miles de kilómetros a la espalda sirven para entender que, tras los decorados de cartón-piedra como el centro de Bandipur, suelen habitar la miseria y el olvido. Con un epicentro de terremoto demoledor a un paso, pese a lo que muestran los ojos en esta Disneylandia, es seguro que en derredor tienen que existir familias pasando necesidad. Luego me convenzo en un instante de que este núcleo, en el fondo, es como Katmandú en lo relativo a que rebosa negocio y arterias vitales, a que rebosa dinero. No deja de ser sino otro ave fénix capaz de ir rehaciéndose con más medios. Pero, ¿y al lado? Me invaden las dudas. No es un dinero mío, es la ilusión de familiares y amigos la que me pesa. Consecuencia de ello, todavía receloso de este tipo de sitios, necesito perderme un rato más en la profundidad de los ojos de mi interlocutor para medir la veracidad de sus palabras. Prosigo tras los segundos de incertidumbre. -Te lo pregunto porque tengo la absoluta seguridad de que aquí se mueve dinero. Se ve mucho turista, y no da la sensación de ser un lugar en el que se necesite ayuda urgente-. 

Me mira comprensivo y, nuevamente, deja caer su mirada cansada en el fondo de la nada. 

-Tras el terremoto se especificaron tres zonas de daño: intenso, moderado o leve. Bandipur sufrió un daño moderado y su centro pronto se rehabilitó porque atrae mucho turismo-. Me dice señalando el paseo en que nos encontramos. Asiento con complicidad. -El problema es que, si te has fijado en la subida desde Dumre, hay muchos núcleos dispersos en la ladera. Y allí sí que hubo daños terribles. Hicieron una valoración general, nada exhaustiva. Una vez se comprobó que el centro turístico de Bandipur no estaba tan dañado, el resto no importaba. Nos ha tocado reconstruir muchas casas y colegios en las cercanías. A diez minutos de aquí, y si quieres nos acercamos luego, vive gente en condiciones muy limitadas-. Justo pasa por delante un chico que acarrea unas cajas sobre la espalda, fijadas con una tira que se alarga sobre su frente. Enjuto, casi cheposo, da grima verle. -Ese señor vive allí, en la aldea de la que te hablo. Suele mover fardos para ganar unas doscientas rupias al día. Le conozco bien-. 

Supongo que, en ese momento, entendí definitivamente que no me quedaba más remedio que confiar, que llega un momento en el que, por mucho interés que pongas en que las cosas salgan bien, por mucho que desees no decepcionar a ninguno de los que te confiaron su ilusión solidaria, siempre vas a depender de factores externos que no puedes controlar. ¿Quién podía asegurarme que el dinero recaudado iba a ser bien empleado? Nadie podría. Incluso si el arroz lo compraba y lo entregaba yo mismo, ¿quién me aseguraba que no sería revendido? Definitivamente me tocaba confiar. Tener fe en que todo iba a salir bien, en que el tipo con quien hablaba era tan honesto como aparentaba. 

-Podemos ir ahora al poblado del que te hablo y charlar con sus vecinos. Comprobarás cómo viven. No son más de diez minutos-. Me dice confiado. 

-No quiero dudar de tu palabra. En realidad no tengo mucho dinero. Apenas trescientos euros, treinta y seis mil rupias-. Sé que vendí sesenta libros a siete euros, cuatrocientos veinte en total. Sumando los picos y un poquito que añado se redondean en quinientos euros. Pero nuevamente necesito creer en él. Tendré tiempo de comprar algún saco más, hasta completar el total, si me da confianza definitiva. -¿Cuánto cuesta un saco de veinticinco kilos de arroz? Uno de calidad normal-. 

Me observa con indisimulada sorpresa y llama a un tipo que pasa. Hablan en nepalí. Yo ya sé que en la capital son unos doce-quince euros, en la calidad más corriente, porque me lo dijo un tipo que iba sentado a mi lado en el avión desde Doha a Katmandú. Si me da ese precio, duda resuelta, si me lo carga, mal rollo. Probablemente eso significa que él desea sacarse un sobrecoste. 

-Unos quince cientos-. Me dice de inmediato. 

La gente nepalí tiene costumbre de dar los precios por encima de mil en cientos. Así, quince cientos son mil quinientas rupias, o veintiocho cientos son dos mil ochocientas. Perfecto. Quince cientos son unos trece pavos. Clavado. Un detalle más. 

-Probablemente no tengo sacos de arroz para todas las familias de la aldea. Me preocupa que eso sea un problema-. Le digo con gesto contrariado, sopesando la posibilidad de que se pudieran dar riñas o malos rollos. 

-No te preocupes. En realidad hay más de treinta familias en esa aldea, pero muchos son parientes entre sí. Entre ellos se lo sabrán repartir-. 

Convencido total. 

-¿A qué hora te viene bien quedar mañana?-. Le digo más animado. 

-Ocho. Ocho y media si prefieres. ¿Seguro que no quieres ir hoy?-. 

-No es necesario. A las ocho y media está bien-. Respondo justo antes de verle marchar, meditabundo, con su ostensible cojera. 

No sé qué me ofrece Bandipur. Sé que, a nivel turístico, es atractivo, tanto como para que el gobierno nepalí no deje marchitar su magia por muchos terremotos que sucedan. ¿Atractivo? Que va, es genial. De repente se me antoja el sitio más genial sobre la faz de la tierra. 

A la mañana siguiente no estoy solo en la habitación. Una araña del tamaño de una naranja corretea por el baño y he de mear con los ojos en cualquier sitio menos en el chorro. Odio estos bichos. Dame ratas o serpientes, pero no me pongas una araña delante porque entro en taquicardia. Supongo que por cuatro pavos que he pagado no puedo aspirar a otra cosa y, al fin y al cabo, tampoco he dormido tan mal en esa esterilla que hacía de cama, sobre esa almohada cuyo relleno parecía de hormigón armado. 

El tipo llega a su hora, sonriente, y partimos hacia el poblado. Quiere que lo vea y hable con el consejo de vecinos, ellos sabrán qué hacer con el arroz. Me explica, cuando se lo pido, qué es eso del consejo. Resulta que aquí, en las aldeas, las normas de convivencia las marca un grupo de habitantes. Son como los concejales del lugar, para que nos entendamos. Ellos deciden las reglas sociales y, en un caso como el mío, ellos debían decidir cómo se iba a repartir el arroz si finalmente se lo donaba. Ellos sabrían quién lo podía necesitar más. Me parecía perfecto. 

Mientras caminábamos todo el mundo hacía un saludo reverencial al tipo que venía a mi lado. Era reconfortante aquello. Saber que, de algún modo, había dado con lo que necesitaba nada más comprobar el respeto que suscitaba entre los vecinos. Desde luego al tipo se le tenía estima. Me explicó que había sido profesor de la escuela casi toda su vida, hasta que marcho a un colegio de Pokhara, que había regresado una vez jubilado y que, como consecuencia del terremoto, empleaba su tiempo y recursos en ayudar a los damnificados. 

Una vez en la aldea, aquello estaba manga por hombro. Lejos del papel couché del centro urbano, a apenas diez minutos a pie, se abría un universo de miseria y pena. Me bastó un minuto para comprender que ningún sitio mejor que aquel para comprometer la ayuda. 

Al cabo de cinco minutos me llevó a la escuela y me presentó al consejo local que ya aguardaba. Les devolví el típico saludo de juntar las palmas bajo la barbilla, me descalcé, tomé asiento y empezaron a hablar en nepalí hasta que, al cabo de un rato, se quedaron en silencio. 

-¿Has visto el papel que ha estado escribiendo este señor?-. Me preguntó mi acompañante. Asentí. Todos nos observaban fijamente. -Es el nombre de los vecinos que se van a beneficiar. Son los más necesitados de la aldea. Ellos nunca han comprado tanto arroz junto y calculan que, con tu dinero, serán unos veinticinco sacos. De todas formas, estos tres chicos te van a acompañar y se van a encargar del transporte-. Señaló a tres jóvenes que estaban a mi lado. -Ve con ellos y compra el arroz. Una vez lo traigáis lo vais a depositar en el cruce de acceso a la aldea. Nosotros, entre tanto, vamos a ir avisando a las familias del listado. No te preocupes por los ancianos, ellos sabrán encontrar un familiar o vecino que les acerque el saco hasta su hogar-. 

La tienda en cuestión distaba diez minutos a pie, al otro lado de una ladera, y básicamente era un granero de arroz. El tendero tenía también chucherías, bebidas y productos de primera necesidad, pero era obvio que su negocio principal eran los sacos de arroz. Una vez allí, empezó a negociar el menos joven de los tres chicos que me acompañaba. Que podíamos comprar treinta sacos, me dijo tras un breve tira y afloja. Genial. Cuanto más, mejor. Salía cada saco a 1100 rupias, sin llegar por poco a los diez euros. Lo había negociado de cine. No obstante, al ver que la factura sumaba treinta y tres mil rupias, me encontraba con tres mil rupias de sobra. ¿Por qué no comprar un par de sacos más? Le dije al chaval que había negociado que podía comprar dos sacos más, que disponía de treinta y seis mil rupias. Así lo hizo. Treinta y dos sacos de veinticinco kilos, ochocientos kilos clavados. 

Les invité a una cerveza tras cargar el remolque porque chorreaban de sudor. Hacía un calor del demonio y no me dejaron ayudarles a transportar los sacos. Se lo habían currado porque probablemente ellos no serían destinatarios de ningún saco. Tras charlar un rato, a la fresca, montamos en la galera y enfilamos el camino de vuelta. Me veía como en el Mecerreyes de antaño, cuando de críos nos subían a las galeras para ir o regresar de las eras. Feliz por estar allí, feliz también porque estaba convencido de que tú, madre, me estabas viendo desde arriba. ¡Cuánto no darías por poder venir a mi lado en este tractor, sentada sobre cuatro fardeles de arroz! 

De vuelta nos esperaban un señor y una señora del consejo, con el listado en la mano. Me hicieron un nuevo saludo reverencial muy humildemente, prolongándolo unos segundos, agradecidos. Y mientras ya descargábamos y apilábamos los sacos, apareció el antiguo profesor. 

-Me dicen que ha salido muy económico el arroz. Mucho mejor-. Me dijo en un susurro. Lo decía en voz baja pero estaba radiante. -Puedes quedarte y ver cómo se lo van llevando. Tú decides-. 

-En realidad no es necesario. He de volver a Katmandú. Te estoy muy agradecido por tu ayuda, sinceridad y generosidad. Se nota que la gente te tiene mucho cariño. Sé que estás reconstruyendo otra escuela cerca de aquí y me gustaría ayudarte. No dispongo de mucho dinero, pero sí que podría dejarte cien euros para que les compres un poco de material escolar cuando la abras-. 

-Estaría encantado. Te haré un recibo de todas formas. La gente querrá agradecerte lo que has hecho. ¿Seguro que no deseas quedarte?-. 

Volví a negar con la cabeza porque, observando de reojo, notaba cómo iba menguando la hilera de sacos a medida que iban subiendo las vecinas a recogerlos. Con eso ya me bastaba. Entonces caminamos despacio hasta la recepción de un hostal, y allí pude dejarle el dinero al tiempo que él me hacía el recibo. 

-Ojalá vuelvas algún día-. Me dijo con franqueza, agradecido. 

-Puede ser. Ha sido un placer. Te estoy muy agradecido por tu ayuda. Ésta era una ilusión de mucha gente. Ellos estarán felices de ver que han podido ayudaros un poquito. Debo regresar a Katmandú. Gracias nuevamente-. Me despedí con un namaste (hola en nepalí) y llevándome la palma de la diestra al corazón. Exactamente igual a como me imitó el profesor. 

Estaba fundido, vacío, agotado. Notaba que en Bandipur se cerraba una etapa, un viaje en sí mismo que se había iniciado muchos meses atrás. Incluso ahora que tecleo esto, ya en Katmandú, sigo sintiéndome cansado, tanto como dichoso. Mañana empieza otro viaje, como siempre en esta vida, se cierran puertas y se abren otras. No sé a dónde me va a llevar la próxima etapa, dónde parará mi tren, en qué emplearé esos cien euros que aún guardo y que seguramente acabarán en otro proyecto en India. De lo que estoy seguro es de que para siempre se van a quedar, grabados a fuego en el corazón, el día siete de abril de dos mil dieciséis junto a aquellos tipos de una aldea anónima y, incluso por encima de esto, la inmensa felicidad de haber podido cumplir con el compromiso solidario de todos los que, apoyando desde casa, nunca dejaron de creer en mí. Este texto, y todas las fotos que siguen, son por y para todos vosotros. Gracias desde lo más profundo del corazón.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hi bro
Muy txuli el relato...éste sí es de lps que mola leer...
Me has sacado casi las làgrimas joio...siempre es a traves de lo q eacribes cuando muestras tu interior mas puro, el mas tù, tu universo mas interior, quedando la armadura del dia a dia a un lado por así describirlo.

Um abrazote enorme...sigue regalando a tu viaje lo que el no deja nunca de regalarte:experiencias y sentir

Huge hug bro :-)

Botitas dijo...

Gracias tío. Se agradece que fueras el primero en comprar libros a cascoporro. Ahora cuando abras el maletero del Hyundai pensarás en Nepal y descubrirás tu momento Zen, de hojas arrugadas y tal, jajaja... es broma, tronco. La vieja nos enseñó que teniendo ilusión no hay imposibles, y de eso se trata... aunque también nos enseñó a comprar, un poco más terrenalmente, que es justo lo que he hecho hoy todo el día. Y también me lo he pasado como un enano :-) Mi historia aquí está finiquitada, mañana iré a Bhaktapur a hacer un recado y ya con ganas de volar a India. Se agradece el comentario. Me está tocando echar de menos a mucha gente.

Abrazote ;-)

Anónimo dijo...

Hola
Muy bueno,me alegro que hayas podido lograr tu sueño.Mama estaría muy orgullosa de ti.Que lo pases bien por esas tierras.
Gracias y un abrazo

Botitas dijo...

Gracias, Jesus. Abrazote.