LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 23 de abril de 2016

Copra malabar

Al final, y sin previo aviso, rompió a llover. Lo hizo cuando menos se presuponía al no haber remitido el martirio calórico. Sucedió allá donde los límites de Karnataka se empiezan a besar con los de Kerala, justo donde arranca la reserva forestal de Moolehole. Atronó y relampagueó de tal modo que bastó un vistazo rápido en derredor para comprobar que a todos nos acababa de cambiar la cara a mejor. Tan necesario era el líquido, tras meses de sequía con tiro de gracia como ola repentina de calor que empujaba al mercurio por encima de los cuarenta grados, que la felicidad de la gente se palpaba con las yemas de los dedos. Todos fundían el rostro contra el cristal y veían, con ojos dilatados por la novedad igual a esos dibujos del Manga japonés, cómo los goterones de agua correteaban por doquier, impregnando todo de un anhelado sueño húmedo que se hacía realidad anegando acequias y desbordando canalones. En tiempos rabiosamente modernos, acelerados, provoca una dosis extra de felicidad comprobar cómo la inmensa mayoría de indios no solo no conoce mierdas de móviles en los que dejarse los ojos, sino que son capaces de entregarse a Morfeo, con el hocico virado a la brisa de un siempre sofocante viento sur, hablar y comunicarse entre ellos o, incluso más entrañable, hasta felicitarse mutuamente por algo tan sencillo como una lluvia que ha sido motivo de alegría en estas tierras desde tiempos inmemoriales. De resultas hay momentos como éste en que asumo que si fuera un periodista con ínfulas de escritor reconvertido a viajero, uno de los muchos que venden libros a millares sin dejar de contar lo mismo, en ese momento hasta podría imaginar una conversación con cualquier lugareño acerca de este hecho. Algo vendible, grandilocuente. Pero uno no pasa de viajero aficionado a las teclas cuando el alma se subyuga ante los designios de la ruta y, solo por eso, lo mejor que se puede contar es el silencio que envuelve la escena. Nada más que silencio. Adquieren así un valor especial e íntimo las carantoñas de una madre a una hija que dormita con sospechoso por enfermizo aspecto amarillento, el paan, nuez de areca mezclada con cal y tabaco que se mastica a todas horas embadurnando de rojo los dientes masculinos, y hasta el tira y afloja para ajustar unas faldas de pliegue doblado hacía arriba que cubren de cintura para abajo la silueta de estos mismos tipos. Impregnado de India, sin fútiles complementos que roben gracia a la ruta porque el mejor viaje siempre lleva acento en el silencio que rodea. 

Fue en ese mismo punto de límite interestatal cuando, de modo repentino, ya no hubo que sufrir más costaladas en los riñones a consecuencia de unas bandas sobre el asfalto (topes se llaman en México) que también reventaban las suspensiones. Desaparecieron como si Kerala, aparte de arideces, tampoco quisiera saber nada del trabajo extra para mecánicos que las carreteras de Karnataka ofertan a destajo. Unos kilómetros antes, aún a tiro de lapo de Mysore, me costó entender qué pintaban en el asfalto aquellas cicatrices transversales. Arrancaron abruptamente, en una bifurcación a la altura de un pueblo de nombre imposible de pronunciar, en el instante en que el bus decidió virar hacia la derecha. Sin apenas tiempo de percibir el cambio, el vergel húmedo que nos había acompañado se transformó en una riada de árboles cuyas copas emplumadas se cerraban sobre nosotros en arco reverencial. Comenzaron entonces las curvas cerradas, siempre picando hacia arriba, y estos diabólicos engendros se multiplicaron obligando constantemente al conductor a acelerar y frenar, acelerar y frenar sin superar el límite de cincuenta kilómetros por hora que difícilmente llegaba en algún pico. Gracias a ello, en un punto indeterminado pero siempre entre tope y tope que nunca distaban más de trescientos metros entre sí, el conductor pudo aminorar suavemente hasta parar. Como el resto de indios, insaciablemente curiosos por naturaleza, me balanceé sobre el costado derecho hacia el pasillo central y miré a través del parabrisas. Una mole grisácea se movía con pesadez. Un elefante, un elefante salvaje cruzaba la carretera con parsimonia y, una vez en la cuneta, se nos enfrentaba desafiante con las orejas desplegadas y unos colmillos de nácar afilados como los cuernos de verdad, no como los embolillados que coronan a los mansos que se trastabillan hoy en las plazas de toros españolas. Por eso estaban los topes sobre el asfalto, no se sabe bien si para proteger a los vehículos o, lo más probable conociendo a los indios y su religión, a los animales de éstos. Tirando de memoria, creo que era la primera vez que veía un elefante salvaje, y puedo asegurar que es una estampa inolvidable. Fuera de safaris y mierdas para turistas, es la casualidad la única capaz de regalar estos momentos, aunque inevitablemente uno sienta pena y remordimiento por haber importunado la tranquilidad de este hermoso animal. La bestia se había enfadado con motivo, ¿qué coño pinta una carretera atravesando y no circunvalando una reserva natural? Con franqueza, soy de la opinión firme de que los espacios protegidos por su biodiversidad, todos sobre la faz de la tierra, deberían estar cerrados para visitantes. ¿Quiere ver animales? Cómprese un documental o ponga la dos, ¿acaso cree que, en pleno siglo veintiuno, no están ya descubiertos todos los seres vivos del planeta?, ¿acaso cree que su presencia (y dinero) no obligan a provocar y forzar situaciones en un reino animal con el que es tan complejo convivir, que es tan sensible a la avaricia humana? Ya ha ganado una foto, ¿está contento?, ¿sabe cuánto de sufrimiento y estrés ha generado su mera presencia en ese entorno que nunca será humano, que nunca nos pertenecerá? Atribulado, prefiero cerrar los ojos y dormitar cuando empieza la vertiginosa bajada que nos acercará a Kozhikode, escala previa de Ernakulam y Fort Kochi. 

Una vez allí, a las cuatro de la madrugada, la lluvia sigue obligando a refugiarse bajo toldos y tejavanas a la poca gente que se adivina. Me desentumezco, saco la libreta de hojas apaisadas donde apunto direcciones junto a datos prácticos e ideas de textos, y localizo, gracias a un rickshaw, un hotel que es lo suficientemente potable como para ofrecerme un catre mullido. Desvelado, Ernakulam es incluso más gris de lo que recordaba. O puede que el hecho de estar anclado entre asiáticas estaciones de buses y trenes no aporte jamás las condiciones necesarias para crear una visión de ensueño. Seguramente. Y entonces, como lo que me rodea no me apasiona, decido abrir una ventana para que la humedad colme mis pulmones mientras la ducha me borra la sensación de chicle mascado que, siempre y en todo lugar, se adhiere a la piel en el sur de este continente. 

Para tipos extraños, con pasión por las paradojas sociales por encima de encuadres de postal, el estado de Kerala, pese a las estaciones, el cansancio, las altas horas y la escasez de luz, es un lugar del que es imposible no prendarse atendiendo a sus datos estadísticos. Se señalan mutuamente, bajos acusadores dedos que son un oxímoron rotundo, sucesivos gobiernos comunistas contra elecciones democráticas que, desde 1957, les han dado el favor del pueblo; una tasa de analfabetismo por debajo del diez por cien, la más baja con diferencia en la Unión India, contra la mayor tasa de alcoholismo del país; la menor tasa de mortandad infantil, también la mayor esperanza de vida, frente a una realidad claramente emigrante ante la falta de oportunidades e inversión privada; un estado de riqueza exagerada, generada allende las fronteras, contra el hecho de ser un país tan pobre en recursos naturales que, en la práctica, sus únicos bienes tan consumibles como comerciables se llaman coco y especias. Y desfila un largo etcétera más de contrasentidos que no consiguen evitar que me quede dormido sobre el teclado. 

Igual no debería contar esto, pero no me resisto porque es algo que, a buen seguro, todo viajero por India ha padecido en sus bajas carnes en más de una ocasión. Sencillamente ya estaba harto. Me levanté tras haber dormido más o menos decentemente, me fui al baño… y se me hincharon las pelotas. Quién sabe, igual no había descansado tan bien como pensaba. Me vestí encabronado, salí sin dar los buenos días a un joven de recepción que, a tenor de la condescendiente sonrisa que me dedicó, debió intuir la cólera por el negro humo ficticio que me perseguía, y me acerqué a un puesto de esos que venden de todo y que también en India proliferan a pares en casi cada esquina. Regresé al cabo de un minuto y deposité un objeto sobre el mostrador de recepción. La chica, su sonrisa mejor dicho, había tornado a mueca de incomprensión. 

-¿Puedes decirme que esto? ¿Lo conocéis en este hotel?-. Digo en suavizado, procurando no montar un circo. 

-Sí, señor. Es un rollo de papel higiénico-. Cuando lo afirma, niega incesantemente con la cabeza de ese modo tan peculiar de los nativos del subcontinente indio que a veces consigue sacarme de mis casillas, igual a como negaría un enfermo de Parkinson aquejado de un violento ataque de ansiedad. 

-¿Estás segura? Obsérvalo bien, por favor. Te lo digo porque a veces no tengo claro no solo si conocéis esto, sino si sabéis para qué sirve-. 

-Es papel higiénico-. Se reafirma tras indescifrable mueca nerviosa, empezando a mesarse las manos por la falta de comprensión. 

-Exacto. Es papel higiénico, y se usa en el baño para limpiarse las partes. Ya sabes…-. Le dejo en pausa procurando no entrar en detalles escabrosos. -¿Puedes explicarme por qué algo tan básico y necesario no está en el baño o en la habitación? Perdona, ¿puedes explicarme por qué en casi ningún hotel de este país, da lo mismo de quinientas que de tres mil rupias, hay papel higiénico? Me vas a perdonar, pero…-. Bajo la voz casi todos los decibelios. -¿Los indios se limpian el culo con la mano? Te lo digo porque yo estoy empezando a pensarlo-. 

Ante su repentino azoramiento, disimulado a duras penas con la risa mal contenida del último comentario, recojo el papel, me giro y, finalmente, subo a la habitación convencido de que la breve conversación me ha ahorrado una úlcera que ya llevaba gestando en todos y cada uno de los hoteles anteriores, tanto de este viaje como pretéritos. Lo único que me molesta es el incómodo rato que le he hecho pasar a la, con seguridad, persona menos culpable de todas. En cuclillas, dándole vueltas tanto al asunto como al rollo, pienso que probablemente la causa de este problemilla, por otra parte fácilmente subsanable (¿quién no lleva unos pañuelos de papel encima?), se deba a la manera de trabajar de los indios. En un restaurante tienes que pedir un tenedor, luego una servilleta, luego cualquier cosa; en un hotel bajas a por jabón, a por papel higiénico, a por una toalla, a por papel higiénico, a por una manta, a por papel… “¡¡¡a tomar por culo!!! Otra vez sin papel higiénico, joder”, piensas cuando ya no puedes más y prefieres acercarte a la esquina más próxima a comprarlo, eso siempre mejor que sulfurarse. Al final, como digo, no es que no sepan qué es cada cosa y para qué sirve, es que sencillamente ponen tan poca atención a lo que hacen cuando trabajan que, en el momento en que revientas, te acabas acordando hasta de sus incinerados. Después, por supuesto, haces lo tuyo, te limpias y antes de vestirte ya se te ha pasado el cabreo. El problema es que la dicha no se prolonga mucho, exactamente lo que tardas en sentarte a desayunar en una mesa del mismo hotel, esperar a que te sirvan un par de huevos en tortilla masala y, jurando en voz baja nuevamente, ¿dónde diablos están los cubiertos?, ¿y las servilletas?, ¿encontraré en alguna mesa un salero con sal? 

Fort Kochi, batallitas de a cada alborada aparte, para muchos turistas puede llegar a parecer un lugar tan delicioso que la India real se queda, por arte de magia, en una reminiscencia de un mal sueño. Ésa misma sensación me dio varios años atrás, y el vigente boom del turismo mundial, más que mitigar esa percepción, lo que ha hecho ha sido acentuarla. La suciedad y las chivas, no vacas por extraño que parezca, siguen asomando en las costuras, sin embargo, ahora se han multiplicado las tiendas y restaurantes de productos o comidas facturados en cualquier punto del planeta, a excepción de éste, con China y el norte de India como omnipresentes caballos ganadores. Y, además, lo que antes era un sencillo reguero de turistas de piel clara ahora se antoja un totum revolutum donde tipos provenientes de esa misma China, países del Golfo Pérsico e incluso esta India se atropellan entre ellos en un caos siempre ordenado pero nunca educado. Gentes con tanto dinero como escasez de tiempo que obligan a husmear con saña para encontrar algo que merezca la pena, desde una pensión a un suvenir. A ellos me uno, procurando robar unos milímetros de la sombra que proyectan las decenas de paraguas que les protegen de otro día de un tórrido imposible de describir. Y lo hago en vano, solo para descubrir lo de siempre, lo que tú y yo, madre, ya tenemos más que repasado. Los viejos almacenes de especias, donde las mercancías se perdían entre el trabado deshilachado de los sacos de yute y llegaban rodando a tus pies, se han travestido en hoteles boutique o comercios de capricho. Donde antes olía a intensa pimienta, picante clavo, dulce anís estrella y suaves semillas de mostaza, ahora lo hace en exclusiva a barato incienso o químicos edulcorantes. Hasta el preciado caradamomo negro aparece en lujosas cajitas metálicas, con una fina lámina de film transparente que protege el contenido. Será que eso es lo que demanda la manada. Bronces de cera perdida, taraceas de nácar, incienso de Bangalore, pinturas de Rajastán, caballitos de Bankura, saris de acrílico rotulados como seda… Y Jaipur a cada decena de metros: piedras engarzadas tal que granates, lapislázulis, turquesas, peridotitas y todo el regimiento de piedras semipreciosas que allí se tallan y engarzan en plata o alpaca. Jaipur, madre, siempre Jaipur. 

Debido al tesón de pasados colonialistas portugueses, británicos y holandeses, el lugar recuerda levemente a Melaka, en la costa occidental de la península malaya, pero sin llegar a puntuar tan alto. Igual ni tanto ni tan poco, sencillamente condicionado por otros parámetros arquitectónicos y sociales que impide que ambos se disuelvan en un producto único. Las casas son estrechas, estucadas en colores ocres que hacen juego con tejas del color del adobe, las redes chinas siguen tan evocadoras como antaño, el palacio holandés sigue sin poder presumir de una gloria que nunca resudó, y las iglesias o mezquitas siguen perjurando por sus dioses que estás en un lugar tan poco indio y multicultural que pintoresco sería su única definición posible. Entre paseos a la sombra, tras una ruta que el clima hizo más que áspera, esto es lo que de veras me pedía a gritos el cuerpo: un gramo de relax en un entorno que, aunque no lo parezca, tiene mucho de esas fronteras que tanto me influencian. Kochi, revelación mágica, resume Arabia, Europa o el Sudeste de Asia, resume mi hogar en los últimos años. Igual por eso entendí que debía terminar este viaje aquí, que no iba a hallar un lugar mejor para relajarme, releer y corregir un montón de escritos en busca de un nuevo libro. 

A la hora de comer, sumiso, solo un milano me acompaña y entretiene entre el secuenciar de estas palabras. Está amaestrado, como uno que tuvo mi padre de crío en su León natal y que acabó devorado por el gato. Si solo por su recuerdo, ya mereció la pena afrontar las diez horas de bus desde aquel Mysore tan lejano. Y luego una cría, acompañada de un cachorro de perro, me consuela con su presencia a mi lado. Le digo hola en Hindi, y se agita por la presencia extraña al tiempo que bailan junto al suelo que pisa unas tobilleras de plata que refulge; su padre, por el contrario, me mira furibundo. Me dice que son de Tamil Nadu, estado donde el Hindi está mal visto porque los tamiles se consideran una raza aparte del conglomerado que es este país. En consecuencia, recordando las pocas palabras en Tamil que una vez usamos, madre, le pido perdón, respetuoso con sus convicciones, y vuelvo a lo mío solo para quedarme adormilado frente a este texto. Hoy debo estar muy fatigado. 

A primera hora de la tarde, más soporífero si cabe, el ordenador me vigila siempre encendido y expectante. Espera que regrese a su vientre para bucear en lo pasado o a contarle algo novedoso frotando sus teclas. En una azotea, con buena parte de la extensa península a mis pies, veo la iluminada pantalla perderse donde acaba el rabillo del ojo, allá sobre una mesa que cojea. Pero se me pasan las horas al tiempo que mengua el ángulo del sol entre cruces visuales y sonoros de campanarios cristianos junto a muecines en llamada a plegaria. Entonces, entre duermevelas de cálida brisa que da lustre al cutis, destellos de mayor o menor interés que podrían ser contados y se evaporan ante mi indiferencia. Hasta creo que, por momentos, el portátil me lo reprocha, pero yo me encojo de hombros porque así ha sido siempre nuestra relación de amor y odio, de necesidad y hastío. Observando regueros de vida sobre una hamaca que vigila el transitar del mundo, plácidamente repantigado al tiempo que mordisqueo unos pedazos de copra, pulpa seca de coco, creo que a las teclas les va a tocar esperar el tiempo de otros fogonazos de emoción antes de que les proponga nuevas historias. Entonces, como sus gritos mudos me empiezan a herir, me levanto y apago su luz antes de volver al sisal. No lo voy a negar: la mayor virtud de Fort Kochi es que huele y retrotrae a Tailandia, con sus casas bajas de jardín adosado, con esa mezcla de humedad y salitre reforzada a ratos con fragancias tropicales, intoxicada a ratos con emanaciones fétidas de cloaca. Es algo que a los veteranos por estas tierras nos debe hipnotizar hasta acunar con mimo. Entonces, bajo esas condiciones, las palabras pueden esperar cuando la nostalgia del hogar madre asiático atenaza con intensas vivencias rememoradas, y hasta el latido del corazón se ha frenado para mimetizarse con este mundo malabar.

No hay comentarios: