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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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miércoles, 20 de abril de 2016

Carta de amor desde Hassan

Hola, cariño, ¿qué tal estás? 

No te asustes, mi ángel. Déjame empezar estas letras diciéndote que todo va bien, sorprendentemente bien para encontrarme anclado en una “beer station”, la más potable que jamás haya pisado en tierras indias. Tan amigable me ha parecido que hasta me he animado y he pedido un trago para celebrar el descubrimiento, para sacudirme la fatiga azotada en látigo de siete colas tras dos días de montañas y templos graníticos bajo un clima que, mortificado, me fuerza al límite de la extenuación. También te cuento que he decidido tomar solo una cerveza porque ya sabes, Maitane, que el calor y la edad suman cada vez más canas en cuerpos y espíritus con agujereado por gastado billete de viaje de vuelta. El caso es que me ha gustado porque se halla en un pueblo olvidado del sur de India, de nombre Hassan, y además es un especie de burbuja luminosa, al aire libre pero mezclando trazos de frangipani y lejía. O igual es que no hallar efluvios a alcohol y resacas resudadas por encontrar a un indio hacendoso pasando una bayeta con la que dar lustre a mesas y sillas ya ha bastado, tal que invitación en su mero acto, para relajarme y escribir. El caso es que eso solo un hubiera servido para convencerme, pero como el lugar recuerda con ímpetu tanto a los adorables garitos de Myanmar como al chamizo de la peña “Txispazo” de Mecerreyes, cuando un sábado de fiestas el tenue sol de hibisco anuncia el alba, ¿cómo demonios no podría estar lo suficientemente cómodo para teclear y delirar cuatro párrafos en esta sentida carta? 

Ya imagino que te sorprenderá que te escriba dado que hablamos todos los días. Solo confío en que, cuando la leas, a ti no te pueda lo salado ya que, pese a nuestras charlas cotidianas y por algún extraño motivo, hoy me ha surgido de las entrañas escribirte estas líneas para que no olvides cuánto te quiero y te añoro. Acaso se debe a que, como dice la familia que bien me conoce, solo emborronando y mezclando teclas consigo desprenderme de aquello que el corazón suele cabalgar en trote silencioso, encofrado bajo mil candados cual caja de Pandora. Será asimismo por eso que, en las contadas ocasiones en que nunca hallo el manojo de llaves pero sí la maza para descerrajarlos, estallan las ganas de contarte que hay momentos en que me vence la melancolía y me dejo arrastrar por la muchedumbre a través de estas calles de polvo en las que ni te puedo intuir. Y bufo, esclavo, sin importarme lo más mínimo que los riachuelos negros de trazos de hollín como lodo recorran las arrugas de la parte interior de mis codos o cuello porque, de algún modo no descifrable, me siento colmando mis deseos de un mundo que devoro a dentelladas, voraz e inasequible a la sensación de sentirme colmado. En esos instantes, puedes creerlo, vivo feliz porque lo que me gobierna debe ser lo único que he aprendido a hacer en esta vida, y sonrío pese a que me deje el alma en pedazos que van recogiendo países de desolación, bajo un tropical sol perenne que me acaba derrotando tras cada alborada. Se me escurre la vida, fraccionada en cada aliento tórrido que borbotea en mi interior, en medida proporcional a como se me evapora la sed de un templo más, un rostro más, una anécdota más. 

Y luego, a ratos, también hay situaciones en que el dolor del peso de tu recuerdo en la última noche me sumerge en lo más profundo. Y tirito en la hoguera, tirito en el profundo nicho porque me castañetean los dientes que ya no me pertenecen. En ese momento, bala en la sien, India se apaga y me condena a perpetua, los pitidos enmudecen, los olores se pierden entre el olor de tu cabello, y me recuerdo reconquistando tu silueta con sigilo, beso a beso, humedad tras humedad en cuerpo de terciopelo, buscando una sonrisa de miel. Vuelvo a aspirar a tu sudor. Es justo ahí cuando los rayos del sol me atraviesan con la rabia de un serrucho mellado, me despellejan consumiéndome como si fuera un papel de fumar, y consiguen acobardarme hasta hundirme en su perdición. Son droga dura al tiempo que tiran de los párpados hacia abajo por mucho que resople pretendiendo levantarlos, y solo desempolvar tus jadeos cuando vagamente recupero tu foto del móvil, tan sencillo como eso, me permite seguir hinchando un pecho que fibrila, seguir buscando con denuedo un aire que casi me es prohibido. En esos instantes no queda aliento de borboteo sino taquicardias de desidia, y pensar en un templo más, un rostro más o una anécdota más solo provocan nauseas de infinita desesperación. 

Te aseguro, aunque ambos seamos consciente de que no sea necesario hacerlo, que ayer no solo te recordé mientras visitaba la estatua gigante de Sravanabelagola, coronando una montaña tras unos centenares de escalones forjados en la roca, sino que tu rostro en almíbar me obligó a rescatar del teléfono móvil aquella milésima de segundo congelada en el tiempo, a los pies de la muralla de Toledo, que Bryan nos robó y regaló con mi teléfono móvil. Más de seiscientos escalones excavados en granito del Decán, escalera celestial que se empina aún más bajo un sol de butano incandescente, me obligaron a ello, me obligaron a hacerlo para no desistir, para no dejar de tener en quién creer. La que se construyó aquí, afirman los indios, es la mayor estructura jamás desbastada de una única pieza de granito. En el último de los peldaños, sometido a un Polifemo de dieciocho metros de altura y unas proporciones un tanto grotescas, ni fuerza me quedaba para ponerlo en duda. Jadeando, saqué unas fotos desde este ángulo o desde aquel otro, extrañado en in crescendo. ¿Y por qué los dedos índice de cada mano son más pequeños que el resto?, le pregunto a un brahmán que guarda el santuario. Porque el que lo esculpió tenía un problema de visión, por eso tampoco las proporciones del cuerpo son proporcionadas, me responde el iluminado, poseso del tedio, desde la sombra de una columna que adorna el plinto cuadriculado que rodea al gigante. Remiro con atención la estatua, una vez he recuperado el resuello y el cansancio no machaca con tanta saña a la conciencia, y descubro que es verdad, que lo de su tripa y piernas era bastante más obvio que lo de los dedos. Por extraño que parezca, el autor, primo-hermano de cincel y martillo de nuestro Greco, fue parido con seiscientos años de antelación de éste, a ocho mil kilómetros de distancia, en pleno sur de la meseta del Decán donde las materias primas no tienen nada que ver con pigmentos y pinceles, sino con cinceles y moles inmensas de granito. El resto, en ambos casos, pura pericia y maestría que incluso a tantos años de distancia siguen enamorando e impresionando. 

Déjame contarte que también hoy, aunque el móvil parpadeaba en rojo por falta de batería, tu foto volvió a regalarme una sonrisa y un minuto de paz espiritual. Sucedió a una hora en punto mientras visitaba el templo de Belur y los de Halebid. Si Somnathpur recoge el punto final, culmen de la dinastía Hoysala, es aquí donde se desparraman los bocetos que dieron armazón para gestar aquel santuario próximo a Mysore. Justo cuando se pasea a la sombra de pilares, tallas o cúpulas, maravillado ante el decorado, uno se cuestiona si no será, como en las pelis yanquis reverenciadas con saña, que es mejor el desarrollo que el final. Regresan los milimétricos detalles a una piedra carcomida que vomita escenas de guerra, desazón o gloria. Desde Rama hasta los hermanos Pandava, desde el Ramayana hasta el Mahabharata. Asoman, inmortales a una vida que es de piedra, Sita, Bhima, Ravana y demás seres de leyenda, envueltos entre sensuales apsaras, bailarinas celestiales que nunca alcanzarán al exotismo y hermosura de las de Angkor, en esa Camboya que late y vuelve a recordar, insistente virtud, todo lo que el océano Índico removió en su batidora de aguas plácidas y desprendidas de dueños o propiedades coloniales. Se mezclan siempre ensueños del templo Bayon, a un lado situaciones cotidianas donde bueyes y gallinas obligan a enarcar las cejas si solo por lo similar con lo vivido en tierras jemeres, del otro escenas eróticas de voluptuosas féminas que bailan o se hunden de placer en los milenios que resista su raíz pétrea. La enseñanza, una vez más, es que la resumida gloria de decenas de kilómetros cuadrados en confines selváticos del sudeste asiático fue, no obstante, parida en un milímetro de tierras yermas del Decán que hoy agoniza en sequía, que hoy sucumbe a miles de manos aceitunadas que, tras desbastar a sus deidades con parsimonia, se frotan su esencia en una frente bajo la que se cierran unos ojos inmensos y negros como el carbón. Porque, aunque no guste, sucede en cualquier momento que un latigazo recuerda cómo la fe, en India y para los indios, es tan poderosa que no se supedita a carteles de “no tocar ni dañar las esculturas”. 

A última hora de la tarde, en Hassan y en todas partes, alucinarías en cualquier esquina viendo cómo estos tipos crean ondas circulares en el aire sobre coloridos trazos de dibujos que representan desde Hanuman, el Dios mono, hasta otros más humanos y por ello, panteón milenario y multitudinario, menos reconocibles. Embrujo de domingos que aquí han pasado a ser de diario. Lo hacen con tres varillas de un incienso cuyo humo expedido, gasa mortecina, todo lo envuelve hasta el punto en que llega un segundo en que parece irreal lo que te rodea, onírico, flotando sobre un decorado al que se sumarían tus pulmones envenenados de la poderosa fragancia. Incluso la palma que tienta el vaso pertenece a ese reino, por muy reconocible que sean las pulseras sobre la muñeca. Añade que musitan frases incomprensibles, que juntan y levantan las palmas a la altura de la coronilla, que después las bajan por debajo de la barbilla, tan humillados como respetuosos, y te aseguro que en esos momentos, ignorante a cultura y costumbres, puedes sentirte igual que un casco de botella amontonado en el reino del olvido que fue una borrachera más para gentes que encuentran en el alcohol el único refugio con reminiscencias a hogar. Tras cientos de miles de kilómetros, ¿cuánto falta aún por vivir, interiorizar y estudiar para saberme mínimamente un ser de este planeta?, ¿cuánto queda por vivir en rostros extraños? 

En este punto me temo que ya solo me falta contarte la travesía que me aguarda mañana: tres horas de bus regresando a Mysore y otras diez hasta Kerala, hasta un Fort Kochi que atesora muchas de las mejores vivencias en estas tierras. Será, lo que me espera, un entorno de canales aromatizados por mil y un especias, con efluvios de multiculturalidad. Un lugar donde puede que las barcazas de arroz sigan transportando simiente mientras las ondas que resbalan por los brazos de mar se postran hasta fundirse con veredas que refulgen de vida, trepanadas en fauna y flora hasta adivinar macacos que lanzan alaridos desde la cima de cocoteros recortados sobre un cielo turquesa, ni más ni menos turquesa que el que dejamos en pausa allá por dos mil ocho. Ojalá pudiera contarte, Maitane, que allí todo va a ser más sencillo, que no necesitaré volver a rescatar tu imagen de algo tan inútil como una pantalla iluminada que no deja de recordarme cuántos kilómetros nos separan. Y sin embargo… 

Sin embargo, créeme si te digo, mi vida, que hay veces en que no sé muy bien qué pinto aquí mientras hurgo y trato de releer en los posos del olvido. Pero después, por el contrario, hay otras en que, a base de perseverar, consigo sentir a una madre que resucita y vuelve a pasearse a mi lado, que me agarra de la mano llevándome en volandas de bazar en bazar, como salvada por el recuerdo, hasta lograr dar sentido a este planeta para el que ella siempre me aseguró que no existían atajos. Puede ser que aún no haya aprendido que las emociones pertenecen a un momento y lugar determinados, que no se pueden enlatar y degustar a discreción, que la aspereza de un tiempo que nunca deja de pulir cuerpo y mente es imposible de subyugar, pero no miento si te confieso, una vez más, que a mí me sacian una sed de vida errante que ella y yo fuimos trabajando kilómetro tras kilómetro, desde Iguazú hasta Nikko, cuando el mundo se reducía a lo intenso de tu ilusión por rebuscar detrás de otra esquina más allá. Y es tras verme imantado de esos destellos del pasado, ésos que arramblan mi vida tras regenerarse sin cita previa, ésos que me llevan a confesarme contigo en la sombra del espíritu de una madre que se hace más carne y hueso que nunca, cuando acabo convencido de que la verdadera razón de llegar hasta este punto final era, quizá, entender que ésta podría ser la carta que, pese a que te llegue sin postal ni matasellos, llevaba muchos meses buscando infructuosamente. Con el último trago de una cerveza que ya se ha calentado, tan convencido estoy de ello que hasta el moksha, la verdad y liberación suprema para viajero fatigado, se hace de un tangible que convierte en una pira funeraria, bolas de papel arrugado en cada uno de las decenas de viajes, millones de ilusiones pasadas que marcaron nuestro camino hasta esta meta. Realmente fatigado, al tiempo que piso la colilla del último “gold flake” y pago ciento cuarenta rupias con un billete de quinientas que chorrea, vuelvo a acomodarme la mochila por infinitésima vez mientras las veo consumirse en la certeza de que ése era su mejor y único fin, su verdadera razón de ser. ¿Verdad, mamá? 

De besos un millón, Maitane. 

Siempre tuyo, 

David

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hi bro
De nuevo, las lagrimas se agolpan en mis ojos destadas x salir so cabrón...y es que cuando estas en tu "cueva", comk nos suele pasar a los chicos, ea cuando tu yo mas puro emana salpicandolo todo con ése, tu interior, que siempre se intuye tan precioso pero q cuando me topo con él, me remueve por dentro como una riada...
Sé y siento de una manera q no puedo explicar, que la vieja esta siempre a tu lado bro, pero no solo a 10 mil km de distancia, sino en tu dia a dia aquí, en tu nuevo viaje en el que te has inmerso. Sé k necesitas recrear el ambiente para q su recuerdo sea mas real, pero nunca, jamas ha dejado de viajar contigo...
Gracias Maitane, por hacer que ése incansable viajero, haya encontrado un destino al que mira con la misma mirada e ilusión que a sus primeros viajes....éso es algo q muy muy pocas personas pueden hacer....