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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 30 de abril de 2016

Ayeres de hoy, certezas para la eternidad

Un vuelo cancelado por India, un hotel inesperado. Un vuelo perdido en Malasia, otro catre no imaginado. Horas y horas de aeropuerto, de colas de espera, de subes y bajas, de preguntas sin respuesta, intactas y demoledoras. Los aeropuertos asiáticos nunca son lugares de etiqueta, de urgencias o prisas, incluso menos de remedios. La melancolía se forjó para ellos de tal modo que, sin amapolas ni caricias al corazón, uno acaba por sentirse convidado a bañarse en ella, hablando a solas en la madrugada de desesperación. Parpadeas a ratos, deseoso de un vivir que se ha pausado de repente, que dormita en una cola de emigración que luego es inmigración. Lo haces una y otra vez, sin hastío o recompensa. 

Y en última instancia, mucho más tarde de lo esperado, Yogyakarta al filo de un cristal, en el brocal. Almidonada y cristalina tela de bruma que promete arrozales en bancada y palmeras mecidas por la brisa. Igual un poco de fideos de arroz con pollo, o ese mismo arroz granulado y salpicado de mil condimentos. Me ajusto el cinturón de seguridad y resoplo tan emocionado que puedo imaginar el rocío que mañana volverá a reventar sobre las ventanillas de un bus cualquiera, cuando el sol de Java vuelva, poderoso, a recordarme que siempre acaba por llegar un momento en que puedes devorar los límites que él mancha con sus rayos, que fundirme en sus entrañas era un motivo suficiente de cicatriz. No acaban de dar las once y media, y vuelvo a inspirar con fuerza, y vuelvo a echar la mirada afuera, y vuelvo a maldecirme por todo lo que no te conozco y ya no te conoceré. Te he echado tanto de menos, reino de miles de islas y corales aún por marchitar. 

Pues, más bien, te puedes dar por bien jodido. Así de claro. Hablo de la felicidad de muchos turistas cuando, nada más pisar lo que promete hogar, ven cómo una pareja de gatitos sale a restregarse contra su pernera. Encantados se quedan, oye. El problema, cuando en horas de casi madrugada solo queda en vela un idiota que se dedica a teclear anhelando una fresca que se hace de derogar o pasa de refilón, es que los gatos aquí, en Asia, están para lo que están: para ventilarse a los ratones. Y en esta pensión de Yogyakarta, a tenor del sonoro festín que se están dando, abundan. Membrete de desidia al arroparme bajo unas sábanas tan sucias como ásperas. 

Luego hay otros detalles del antro que me dejan perplejo. Por ejemplo, tener un baño exterior sin paredes pero con cuatro cañas de bambú mal trenzadas. O no tener más que cal por decoración. O tener la madre patria de un millón de mosquitos sobre una manta de cartón. Y lo mejor, estar pagando quince pavos por algo que nunca podría pasar de cinco en ningún rincón del sudeste asiático. Todo, abracadabra, porque existe una charca con aspecto de piscina en la que chapotean adultos y no tan adultos. De resultas, si has cometido el error de fiarte por una vez de reseñas turísticas y, por supuesto, no puedes cancelar la reserva porque el dueño del antro sabe que esto es lo que haría el noventa y nueve por ciento de viajeros en su sano juicio una vez viera el lugar, y en consecuencia ya te ha obligado a pagar por adelantado, no te quedan más arrestos que comértelo con sopas y prometerte no ser tan estúpido para la próxima. Asumir que se ha hecho realidad aquello de que Indonesia, en sus puntos más emblemáticos como puede ser Yogyakarta, ya apuntaba a territorio quemado cuando lo visitaste por primera vez hace casi diez años. No dirás que no comentamos entonces, madre, que este lugar era demasiada proposición como para impedir que los caimanes expatriados buscaran un yugo con que uncir a los de la mochila. Que los aspirantes a artistas como triles precisan de temporales escenarios como éste para poner sus huevos de codicia. Impera una vez más, sin embargo, el deseo de sobrevivir al trance, obligado por celos de unos templos magníficos por conocidos que esperan solo a unas coordenadas bien cercanas. 

Supongo que es en ese punto cuando Borobudur se hace frontera de pasión, ente ajeno a centurias o inviernos. Ha de ser de ese modo, desabrigado de errores novicios, porque deslumbra bajo un millón de bajorrelieves en los que, pese al paso y peso de herencias, aún se adivinan rasgos faciales que oscilan desde el desenfreno hasta la muerte violenta. Dicen que Borobudur es un mandala gigante, pero en realidad es algo más mundano; es un cómic de Mahabharata y Ramayana cincelados en roca volcánica, y sus precursores, fueran quienes fueran, una suerte de devotos budistas que fraguaron su firma en las decenas de figuras del iluminado que gobiernan el lugar, bien desde hornacinas repujadas o bien atrapados bajo estupas taladradas. Una tarta modelada en piedra, con guindas como glorificados seres de ojos trémulos que no se impresionan pese al maravilloso decorado natural que les circunda. El resto, comidilla de guías de papel, de carne y hueso, o carteles bilingües. 

Y luego estaba Stephanie, brincando y regalando alegría imberbe. Un torbellino de felicidad e inocencia. Apareció en la estación de bus, preguntándome si iba a Borobudur. ¿Y por qué no hacerlo en un tour? Me gusta viajar en buses locales, aduce. Son un infierno, replico raudo, además sale más caro y se pierde mucho tiempo, pero iremos juntos. Sus ojos eran pura determinación, una proa virada a la convicción, espantados de huecos de oportunismo. ¿Un alter ego rubio y de ojos azules? Suyas eran, juveniles, veintitrés primaveras de fragilidad e ilusión infantil. Ante alguien de tono oscuro, sanguinario, su presencia era un canto nuevo para un deseo de mudez. Y luego cosas de su razón de ser cuando, en pleno apogeo de templo inmortal, hastiada de que todo el mundo le reclamase para una foto, me pide ir a ver una iglesia con forma de pollo que queda cerca. Si no hubiera vivido tanto, casi que me sorprendería. De ella y del sudeste asiático, nada de nada. Era una conversación con nuevos horizontes, tan intensa que la acabé invitando a cenar. En el intervalo deseos de bondad. Como médico, de trabajar un par de años en cualquier lugar donde pagar sus angustias humanas antes de asentarse y formar una familia. Lo va a lograr. No sé dónde ni cuándo, pero no tengo ni la más mínima duda. Quién pillara su ansia de futuro, quién pudiera. Lo que daría por volver a tener su edad, por revivir lo marchito. Ojos hechizados, pozos azules capaces de soltar el mundo a cambio de resplandeciente promesa. ¿Volverías a hacerlo? Y el deseo hasta tocar la majadería se desborda, se hace garra en los míos, casi encharcados. ¿Por qué me invitas?, preguntó tras el silencio húmedo. Porque es el karma, respondí, y cuando tú tengas mi edad y hayas viajado por Asia tanto como para comprenderla harás lo mismo. Porque entenderás que así es aquí la cultura. Y sabrás aceptar tanto que te inviten como invitar, igual a como la espuma viene y va. Refulgían sus ojos en la despedida. ¿Quién desea más? 

Quiero creer que llegó porque tenía que llegar, porque no hay azares o veletas en esta vida que tanto obliga a sobrellevar. Lo hizo para trinarme cuánto había perdido, y para recordarme que nadie podría ser tan estúpido de perder lo que la vida me estaba regalando, que nada podría aliviarlo. Me planteaba con su inocencia que ya no soy quien fui, a qué mundo sin patria estaba dejando de pertenecer, a quién me debía en cuerpo y alma cuando mis deseos ya fueron colmados. Me mostró quién era mi testamento deseado, testaferro de mi corazón a doce mil kilómetros de distancia, y que un día futuro regresar a Borobudur, bien pensado y presa de su aliento, sería lo de menos. Idéntica suerte, compañera, ojalá algún día te duela el amor tanto como a mí, me quedé pensando como un espectro al compás del ayer y el hoy, pleno de certeza.

 

miércoles, 27 de abril de 2016

Azul y verde, turquesa

Azul celeste, verde esmeralda, turquesa. Y silencio. Eso es, silencio. Imagina un lugar donde el silencio es la lengua madre, donde apenas el sonido amortiguado que provocan los cocos al caer consigue sobresaltarte, lo necesario para hacer que suspires al tiempo que te giras en la hamaca. Un guiño que es una oda primaveral, un lugar que es tan miserablemente precioso que nada en él se ha pervertido porque las palmeras y los brazos de mar nunca serán petroleros o polígono industrial. Un lugar tan olvidable que incluso su medicina, sin prospecto, se suministra con las manos embadurnadas de aceite natural y hierbas. Un reino celestial en el que profetas, santos y reencarnados nunca encontrarán un alma que les reconozca tan familiares como para preocuparse en construirles un hogar. Un pedazo de globo terráqueo en el que el dinero ni compra ni vende, todo reducido a lo material, a cuánto se puede trocar por diez, quince o veinte cocos, por un kilo de conchas marinas, por unos gramos de especias. Azul celeste de cielo nunca finito, verde esmeralda de natural esperanza, turquesa hasta donde se pierde la vista. Y silencio reverenciado por ondas heridas de felicidad que mueren mudas en la orilla. Eso es, silencio que subyuga y guía a espíritus desnortados. Silencio que, aquí y ahora, revira y se amontona en cualquier parte, allá donde se esfumaron mis preocupaciones, allá de donde fueron borradas por un desatado temporal que, enloquecido, bramaba su paz. 

Probablemente no exista ningún antídoto más efectivo contra los pecados del hombre que los canales de Kerala. Posiblemente no exista nada con mayor capacidad de incitar al sueño y al relax que este lugar inimaginable en el resto del mundo. Pudiera ser que aquí empezara y acabara la reparación de una extremaunción que India se forja con rabia a base de despojos y queroseno, de indiferencia y decepción. Y con total seguridad, sin lugar a dudas, su encanto no se debe a su naturaleza desbordada de entornos donde solo existe el azul de cielo, el verde de la naturaleza y las chispas luminosas de reflejos solares sobre el pardo del agua, sino que se fundamenta en que pilla a un mero paso del infierno más aterrador. Aquí y ahora, ¡si solo pudieran trasladarse en un cofre los instantes plenos de júbilo, si pudieran desempapelarse a discreción igual que dulces sin fecha de caducidad! ¿Cómo alcanzar el maná? Cruel silencio que no entiende de miserias de tendones y hueso. Cruel silencio. 

Allá donde la basura y la polución no se conciben más que como misterio del tiempo, donde India empuña y enarbola una invencible bandera de pulcritud e higiene, miles de deshilachadas cicatrices, en una costa malabar que aquí se ha rasgado como una tela de raso pasada de lejía, insuflan aliento de vida. Sin medida, la imprescindible para no olvidar por qué se odia tan profundamente a este país y, en ocasiones, a qué se debe un amor tan descontrolado. Los hombres, descamisados, reman a pala o empujan la embarcación con pértigas de bambú porque el único combustible es el sudor, y las mujeres lavan aquí o allá, en cualquier parte de este reino tan perfecto que parece de ficción. Un coro de aves distintas entre sí, a ninguna de las cuales consigo identificar, irrumpe al unísono de improviso, y casi que se imaginan las alimañas agazapadas, con mordaza, escuchando la novedad con atención. Silencio extremo, expectante esta vez. 

Pero lo único que yo aprecio a cada segundo desde la pasada noche, sin embargo, es angustia y tristeza por lo que no poseo. Me hunde en espiral de tornado lo mucho que anhelo tantos besos con promesa, tu cuerpo de cristal que sentencia con justicia mi absurda ley mundana. A eso se reduce todo: negras circunstancias que suponen más fatiga a mi fatiga. Dime, cariño, ¿dónde busco ahora la savia que supone tu voz para mi alma?, ¿cómo puedo serte en la distancia algo más tangible que una sombra huidiza arrastrada por el viento de oriente? Invócame, mi vida, hazlo con proposiciones tan esperanzadas como el verde selvático de la costa malabar. Aquí y ahora, eso es lo que más deseo: escuchar tu susurro impúdico desde los ojos acuosos de Kerala, o hasta la blasfemia en sortilegio que nos proteja de templos repletos de cobardes. Y si nunca dejas de hacerlo ya no me permitirás zozobrar, mi vida, porque ya no deseo más silencio, solo arroparme en tu voz. 

   

domingo, 24 de abril de 2016

Cottolengo

Sin necesidad de volver a personalizar, otra vez GRACIAS a todos los que comprasteis alguna copia de “Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda”. Faltaban cien euros por donar y ya comenté que India, país de necesidad e injusticias sociales labradas en generaciones por un absurdo sistema de castas, sería un lugar idóneo para ello. Esta mañana he podido donar esos últimos cien euros en un centro para el cuidado y educación de niños con discapacidad psíquica de Fort Kochi. Hasta el estado de Kerala ha llegado esta ilusión compartida. Gracias de corazón, no me canso de decirlo, por vuestra generosidad y solidaridad. 

Por lo visto todos los indios de Fort Kochi lo pronuncian como Cutholingo, aunque su nombre correcto sea Hermanas de San José Cottolengo. Es un convento-colegio-hospicio que se halla a unas decenas de metros del antiguo cementerio holandés, y el hecho de que sea un centro especial para niños con discapacidad psíquica supuso un espaldarazo suficiente para dejarles los últimos cien euros que aún faltaban por donar. 

Había sido la víspera, charlando con la familia a través de Internet, cuando mi padre me preguntó si había comprado más arroz para la gente. Pues que lo había olvidado, le respondí, enfrascado como estuve entre templos centenarios, baches de carreteras y, en los ratos que no, poniéndome a la sombra, alejándome de un calor capaz de derretir el tuétano. Así que me prometí que del día siguiente no pasaba. 

Resulta que en Kochi existían hasta tres instituciones de caridad: un centro de la Madre Teresa, un orfanato y un centro para niños con discapacidad psíquica. Al menos eso me dijo el joven recepcionista del hotel donde me alojaba. En la fundación de la Madre Teresa ya dejamos un montonazo de ropa en Agra, en aquel primer viaje a India que databa de 2007. El resto de mi vida me acompañara, como te pasó a ti, madre, la visión de jóvenes leprosos, consumidos en guiñapos que no dejaban de supurar pus. ¿Orfanato? En un orfanato de Katmandú acababa de dejar otra montaña de ropa. Tras analizarlo brevemente, decidí que esta vez le tocaba al centro para discapacitados. Será mejor coger un rickshaw para llegar, ¿verdad?, le pregunté al chaval. Sí, un rickshaw mejor. Se quedó un segundo pensativo. Pero ya te acercó yo en un minuto, dijo de seguido. Así, en la grupa de una moto que sorteaba cabras junto a las famosas redes de pesca chinas, no tardamos ni un periquete en llegar. 

No quiero esconder que el lugar me sorprendió de primeras. Con franqueza, aquello era como un centro de Siervas de Cristo en el que tres edificios se interconectaban: la escuela, la oficina y el convento. Bajó conmigo el tipo del hotel y, una vez franqueamos la cancela metálica que da acceso al recinto, llegamos a las oficinas. Sin cortarse un pelo, llamó a voz en grito a la que imaginé sería la madre superiora. 

Se trataba de una señora que rondaría los sesenta años, imbuida en un hábito azul celeste que quedaba coronado por la clásica toca en el mismo color. A modo de embellecimiento solo lucía un hermoso por grande crucifijo que caía sobre el pecho. Se presentó amistosamente y me invitó a pasar. El chico, por su parte, se excusó porque debía volver al trabajo. 

-Miré, el caso es que yo quería hacer una pequeña donación. En realidad mi idea era comprar arroz y dejarlo en alguna barriada de los suburbios, pero pienso que eso puede ser incluso peligroso. Lo cierto es que me da miedo no poder disponer de arroz suficiente para la gente y que eso pueda crear disturbios de algún tipo en la comunidad-. Le explico de primeras ante sus asentimientos constantes. -Es por eso que he decidido buscar alguna organización caritativa que quizás pueda emplear estos cien euros que tengo en algo provechoso. Ustedes tienen aquí un centro para el cuidado de niños con discapacidad psíquica, ¿verdad?-. 

-Así es. Actualmente tratamos a cuarenta niños que, debido a su discapacidad, nos han sido entregados por sus familias o hemos recogido de las calles. Esperamos poder ampliar en treinta niños más nuestra labor-. Me comenta orgullosa. -Además es de agradecer que hayas venido sin rickshaw porque, las escasas veces en que algún turista viene con ellos, suelen pedirnos una comisión a la que siempre nos negamos. Esto es caridad, no un negocio-. Prosigue. 

Enarco las cejas, aunque en el fondo no sé ni por qué me sorprende sabiendo lo pillos que son los conductores de rickshaw en las zonas turísticas de India. “Al menos el hecho de que sean monjas del puño cerrado tiene también su aspecto positivo”, me surge, divertido, el chiste fácil. 

-¿No conocía al chico que me acompañaba?-. Le pregunto extrañado. 

-No le había visto jamás-. 

-Estos chicos que cuidan… imagino que serán hijos de dalits (intocables, la casta más baja en el sistema de castas indio), ¿no es así?-. Pregunto cambiando de tema, interesado por profundizar un poco más en peculiaridades de la sociedad india. 

-Efectivamente. Son de familias intocables. De hecho solo tenemos dos niños acogidos cuyas familias disponen de recursos-. 

-Ya lo imaginaba. Dígame, ¿cómo se financia este centro?, ¿aporta el gobierno de Kerala algo para costear sus gastos?-. Me interesa saber cómo obtienen recursos, aunque siendo esto India, y la pobreza rampante un manto que todo lo cubre, puedo imaginar la respuesta. 

-Básicamente con donaciones anónimas de gente local. En realidad no hay muchos turistas que vengan a conocer nuestro centro. El estado solo paga un pequeño salario a algunos profesores que hemos conseguido que nos asignen. Pero al resto del profesorado les vamos pagando nosotras-. Hace una pausa para coger aire. -De hecho está bien lo que me dices del arroz ya que, gracias a Dios, hay dos familias locales que todos los meses nos aportan un dinero para cubrir la alimentación de los niños. Sin embargo, es debido a otras donaciones como podemos ir comprando pequeñas cantidades de ropa y artículos para la escuela-. 

Como me deja un poco descolocado, la pregunta es obvia. 

-Entonces, dígame, ¿qué podrían necesitar?, ¿en qué puedo emplear esos cien euros?-. Se percibe claramente el tono dubitativo de mis cuestiones. 

-Puedes emplearlo comprando jabón. Tanto para el cuerpo como para la ropa. Es mucha la cantidad que usamos aquí para eso porque son grandes cantidades de ropa las que hay que limpiar. Ahora mismo estamos en escasez de productos de limpieza. O también medicinas. Los chicos, debido a su problemática, sufren de ocasionales ataques epilépticos. En ocasiones, cuando vienen los padres o algún familiar a visitarles, tratamos de educar a los padres para que sepan cómo deben comportarse en casos de ataque epiléptico o de ansiedad. Supone mucho estrés para los chicos y sufren de ataques repentinos. Aquí es caro conseguir esas medicinas. Lo que tú decidas, actualmente necesitamos ambas cosas, tanto jabón como medicinas-. 

-Mire, en realidad ustedes saben qué es más necesario. Yo prefiero dejarle el dinero y ustedes sabrán en qué emplearlo-. Digo con rotundidad. 

-Como tú prefieras. ¿Quieres que te enviemos las facturas? Déjame tu dirección y te las enviamos-. Me dice con total predisposición. Niego con la cabeza. Eso no es necesario. 

Se ausenta para un instante para hacerse con la libreta de donaciones y, cuando regresa, me facilita un justificante. Aprovecho el momento en que ella escribe para indagar un poco más de esta sociedad que, no en vano, me interesa especialmente. 

-Ustedes son cristianas. Indudablemente, pese a que eso no importe, mucho más que yo. Pero esto no deja de ser India, y aunque soy consciente de que Kerala es, posiblemente, el estado de mayor pluralidad confesional de toda la unión, ¿acaso no hay instituciones de caridad regidas por…?-. Trato de buscar las palabras precisas. -No sé, brahmanes o miembros de la casta superior-. 

-En realidad apenas existen. En Kerala la mayoría de las asociaciones o centros de ayuda social son cristianos. No se puede decir que existan instituciones hinduistas que se dediquen a la caridad. Lamentablemente, no-. Hace una pausa y me dedica una sonrisa. -¿Le gustaría visitar a los niños?-. 

Vuelvo a negar con la cabeza. Me excuso amablemente alegando que soy muy tímido, que no me gustaría importunarlos y tal. En realidad, como con el arroz de Nepal, ya he cumplido mi cometido. Hasta me parece un poco petulante y vanidoso dedicarme ahora a saludarles, exactamente igual a cuando decidí pirarme sin esperar a que la gente nepalí me agradeciera los sacos de arroz. Le digo que he de marcharme, que he de visitar el barrio judío. 

Cuando me acompaña a la salida, sin embargo, me cose a preguntas. A veces pienso que las monjas serían unas periodistas de primera. Monja, y encima india, implica curiosidad elevada al grado mayúsculo. Que si de qué país vienes, que si en qué trabajas, que si llevas mucho por India,… 

-¿Tienes padre y madre?-. Me pregunta en el umbral. 

-Mi madre falleció. De hecho estuve aquí con ella las cuatro veces anteriores que visité este país. Ella adoraba India. De algún modo le recordaba a su pueblo cuando era pequeña-. 

-¿Estaba enferma? ¿De qué murió?-. 

Como estoy un poco aburrido de tanta pregunta personal, decido explayarme a gusto. 

-Ella no tenía mucha salud, pero sí mucha ilusión. Viajar le daba mucha energía. Muchos nos fatigamos viajando, ella era lo contrario porque se nutría de cada paso que daba, de cada kilómetro que conseguía recorrer. Hasta que un día, en Ecuador, su cuerpo dijo basta. Por qué murió no es importante, no tanto en comparación a cómo lo hizo: persiguiendo sus sueños, insaciable de una vida que se le escurría poco a poco pero que, por su inmenso coraje, tenía que ser disfrutada al límite. Antes la recordaba con tristeza, ahora, en esta tierra y entre estas gentes, puedo recuperar su imagen nítida, prendida de esa alegría con la que siempre viajaba a mi lado por este país. No dejo de verla entre las vacas y las chivas, dormitando en buses o después de comer, acelerada en cualquier tienda o bazar que nunca era suficiente para su deseo, impetuosa por visitar otro santuario que, por supuesto, tampoco era nunca suficiente para sus ansias… De mil maneras, en mil situaciones-. Le confieso, confidente.

La monja me mira con atención. Se queda un segundo en silencio tras escucharme y vuelve a lo suyo, a preguntar. 

-¿Cómo se llamaba?-. 

-María. Se llamaba María Teresa-. 

En ese punto, para mi sorpresa, se acabaron las preguntas. 

-En la misa de esta tarde recordaremos a tu madre. Rezaremos por ella-. Me dice con sus ojos clavados en los míos. De seguido, pese a mi azoramiento, se despide agradeciéndome de corazón mi solidaridad, llevándose la mano al crucifijo. El agradecimiento, una vez me sobrepongo a la sorpresa, es mutuo. 

Cuando salgo del centro y me mimetizo con las pocas tapias que ofertan unos centímetros de sombra en pleno mediodía, me vuelvo a notar vacío, consumido. La fatiga del espíritu es siempre más intensa que la física, no hay colchón o descanso que la mitiguen más allá de nuevos horizontes, sueños que ahora ni puedo concebir. Incluso por mínima que sea, por muy pocos centímetros cuadrados que cubra sobre el asfalto, hasta la sombra proyectada por los postigos de las ventanas es una invitación a la pausa, a recobrar el resuello y a recurrir al permanente trago de agua. Con esos simbólicos últimos cien euros se me escapaba un libro y una ilusión que había latido en mi pecho durante los últimos meses. Feliz por lo vivido, satisfecho mejor dicho, hasta creo que me he sonrojado cuando la monja me ha dicho lo de la misa. Y es que, madre, ¿alguna vez habrías imaginado que se escucharía un responso por tu eterno descanso en una iglesia de India? Solo de pensar la cara que pondrías e imaginar tu respuesta ya llevo fija la carcajada para el resto del día. O bien eso, o bien es que no quepo en mí de gozo tras comprobar que mereció la pena escribir el libro, vendérselo a quien tuvo interés en adquirirlo para echar un cable a estas gentes y, muy en especial, recorrer estos miles de kilómetros hasta dejar caer su beneficio entre almas, pobres de solemnidad en lo material, que ahora están solo un pelín menos necesitadas. ¿Verdad que sí, madre? Pero esta vez no me respondes, y casi que lo entiendo porque, seguro que allí, en el punto desde donde me observas, todavía debes estar estupefacta con lo del oficio religioso. Te aseguro por enésima vez que no menos que yo, y, tras una milésima de segundo de silencio cómplice, en ese punto rompemos los dos a reír con sonoridad.