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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 15 de marzo de 2016

Preah Vihear: el templo de la discordia (extracto "Río Madre")

Camboya. Kampuchea. El viejo reino de los hijos de Kambu. Un país que es la memoria del pasado vigente en todo su arco de emociones, mejores y peores, pero todas de un profundidad y durabilidad inquebrantable. Supongo que uno siempre asoma a Camboya con incertidumbre. Pero no una de esas que tilda en nervios o angustia pasajera. No, uno accede a una nación de historia tan convulsa como tonos que fluctúan del arrebatador al atroz. Uno sueña con Angkor, como era mi caso, y aún descubriendo Tailandia por primera vez siempre tenía ese eco permanente de Angkor en lo profundo, un saber ancestral que repicaba y martilleaba mi espíritu. De saber que unos kilómetros más allá de Siam se escondía, en lo profundo de la jungla, una ciudad inmortal, un maná de sabiduría y una lección cincelada en piedra de la capacidad del ser humano de creer en sus posibilidades. Otro paraíso de dimensión aún no medida. Y uno pasa, interesado en su decrépita historia, por inevitables guerras intestinas, necedades humanas, horrores en patria difusa por lo común a todas ellas… Hasta que llega a Pol Pot. Algo se estremece, gime, se revuelve y llora. Porque es tan humano como inconcebible. Porque “nada de lo humano nos es ajeno” como decía Terencio. Ni tan siquiera la locura de Pol Pot, esa que habita en cada uno, vigilante, alerta, esperando su momento, palpando una debilidad desconocida para la conciencia. Toda Camboya se lleva como un peregrinaje a la gloria y acto seguido al abismo que ni tan siquiera los siete círculos del infierno de Dante podrían imaginar, como si fuera una versión reducida de la magnitud supra sensorial de India. Y seguro que eso no es tan desatinado. La historia que nutre a la tierra Khmer tiene una reminiscencia, un poso y sello inconfundible de facturado en el centro del Índico, y por extensión, una cultura e impronta que saltó las actuales barreras políticas en un glorioso imperio Khmer que nunca conoció dueño que saciara su sed de conquista. Desde las montañas Annamitas, hasta cerca de la actual Yunnan, hasta Sangklaburi, muy cerca de la actual Myanmar. Inabarcable. Dejando un reguero de influencia política, social y, sobretodo, religiosa. Luego todo se reduce a la nada, al cerebro enfermo de un enaltecido semidios en su pobre imaginación, exterminando por doquier… A su propio pueblo. Hitler fue un genocida contra otro pueblo, otra raza cuya división surgía de un intoxicado cerebro. Pero Pol Pot reventó a su gente, su cultura y su sangre. Pretendió escarar y someter la gloria que había hecho de él quien era. Hizo trizas su pasado y legado para (pretender) crear una ilusión ficticia y vacía propia de su miseria y la de sus argonautas de espíritu extraviado transformados en el infame Khmer Rojo. 

Llegué a la frontera, un sitio de indescriptible belleza en lo alto de la cordillera Dangrek, conformado por 4 cabañas de techumbre de paja tanto en el lado Thai como en el camboyano. Los oficiales Khmer, adormilados, dan un leve respingo y me regalan un gesto hosco ante lo que supone mi presencia y el papeleo consiguiente que las va a sacar de su vigilia narcótica. Nada más cruzar, la primera señal demoledora del nuevo futuro: “Pol Pot was sentenced here” (Pol Pot fue senteciado aquí) reza un lúgubre cartel en azul con letras impregnadas de chorretones en blanco. Un par de centenares más allá, en un solar frondoso, el remate: ”Pol Pot was cremated here” (Pol Pot fue incinerado aquí). Un leve deseo morboso se despierta en mi interior pero, finalmente, no hago ningún gesto al conductor de la motocicleta en la que voy atrincherado para que pare, sé que, en realidad, no hay prácticamente nada que ver. Después, unas vistas soberbias se abren frente a mí a lo largo de una carretera que serpentea vertiginosamente hasta Anlong Veng. 

Anlong Veng es un cruce de caminos para almas errantes, unos se dirigen hacia la Tailandia turística, otros hacia Phnom Penh, otros regresan a Bangkok, algún osado arranca desde aquí su ruta hacia el sagrado That Phanom en Isan. Pero nadie intenta escudriñar, rascar un poco la superficie de ciudad gris e informe que sacude al visitante que desembarca en su flamante nueva estación de buses que no es sino una mesa y una silla al abrigo de una tejavana cochambrosa en mitad de la calle principal. Y es una pena, porque parte de la historia reciente, la desgarrada de este país, se encierra en los alrededores de este pueblo olvidado y de su sobrecogedor lago, ideado por Ta Mok (también conocido como El Carnicero, imagina la razón…), uno de los líderes del Khmer Rojo. En realidad es un lugar, este lago, por el que pasé como un rayo, un sitio que impresiona por la profusión de árboles quemados que el susodicho ni se planteó arrancar a la hora de crear el embalse. Carbonizarlos, igual que a los de su raza, sería bastante. Ahora, si te asomas, puedes captar el rumor de maldad que encierra e imaginar, como lo hacía yo desde la veloz motocicleta, que los troncos desnudos, tiznados, bruñidos de azabache y restos de humo, simbolizan un mar de brazos que se alzan al cielo turquesa camboyano, el mismo que se refleja sobre la superficie en la que temporales ondas rompen contra la orilla, brazos de desamparados e injustamente ejecutados seres que suplican un poso de paz y eterno descanso. Y uno, inevitablemente, siente como si una cenefa de clavos al rojo vivo se hundiera en el vientre, gira la vista y cierra los ojos todo lo fuerte que puede para no sucumbir en depresión que agote la ruta Khmer antes de lo imaginado. Algunos lo tachan de bucólico, otros de macabro, yo, simplemente, creo que es la viva imagen, cruda y rotunda, de lo que el ser humano jamás ha de volver a repetir. 

En la recepción de la pensión solo una hembra embarazada de gecko hace guardia y he de aguardar unos minutos a que salga el chaval de guardia que me indica con gesto de tristeza que están a tope. Vuelta a peregrinar hasta que, al fin, topo con algo que me agrada tanto en apariencia como, sobre todo, en precio. Pienso en reposar, pienso en Pol Pot, en su última morada que yace un tramo más allá, y ya me noto inquieto y revuelto solo de imaginar su espíritu rondando la ciudad, pienso en el lago y el infinito sufrimiento que se desparrama por sus guillotinados y ya inertes restos de árboles. Pero deseo hundirme en la cama, cerrar los ojos, regresar a la calma y que afloren en mi cerebro, casi en latencia etérea, muchos datos e impresiones de este deslumbrante país. Suspiro fatigado en la creencia de que Preah Vihear y la senda Khmer pueden esperar… pero el joven de recepción me revienta el plan: el bus a Sa Em, la localidad previa al templo Preah Vihear, parte en unos minutos. Y es el único diario. Todo se desvanece en mi memoria, en mi deseo fracturado. Me machaca la falta de un tiempo que, con la pausa de Savannakhet, se ha convertido en oro molido. Regreso a la estación de corcho y allí, invadido por la melancolía, apunto estas notas mientras espero la llegada de un bus, otro más, que me devore otro tramo de porvenir. 

Parto al alba posterior con Krai, un joven de aspecto deslavazado que, bajo una gorra tres números mayor que la circunferencia de su cabeza, me arranca en la ruta a esta joya que cuesta penares atisbar. Dejé atrás un bus con la suspensión reventada, varios chichones y penares y, lo peor, se me planteaba por delante una áspera y maratoniana jornada para encontrar los restos de mi deseada ruta, tanto Kompong Thom como Siem Reap quedaban a varias horas por tormentosas carreteras montado en el único bus que debía partir al día siguiente desde Sa Em. De alcanzar desde aquí Sisophon o la zona al sur de Phnom Penh en una tacada mejor ni hablar… Pero estaba en Preah Vihear, realizaba un sueño que durante largo tiempo se aparecía en mis sueños como bruma voluptuosa que encerraba algo a lo que no sabría si podría alcanzar. Aún así, la tristeza también me embargaba en cierto nivel porque, como siempre que el viajero rompe otro mito, sabe que es un eslabón que se rompe, una ligadura menos en la cadena que le tiene atado con el concepto de viaje. Aunque se sueñe con que otros límites sustituirán a estos para hacer de la ruta algo perenne, inagotable e inmortal. 

La ruta al templo traza recodos de factura original, ni bellos ni feos, solo distintos a los vislumbrados en la senda Thai-Lao. Aquí asoman los campos desnudos, sin preñez, faltos de unas espigas doradas vencidas por el peso de la simiente que las obligue a orientarse hacia la madre tierra, es solo vegetación pura emanada desde y trepanada hacia el risco permanente que supone el vergel de la cordillera Dangrek unos kilómetros más allá. Y la moto asciende, sufrida, por la senda que lleva a un templo que observa, vigilante desde hace centurias, la estupidez humana reflejada en el eterno conflicto entre Thais y Jemeres por su posesión. 

Pasearse por el templo es como arrimarse, sediento, a un manantial del que se bebe con insaciable sed. Es una sucesión de santuarios, hasta cinco, unidos por una senda impoluta a ratos original y a ratos toscamente restaurada. Todo se nutre de un entorno de vértigo, posado como está sobre la cresta de la montaña: a un lado la cordillera de los 500 picos, a otro Camboya y su estepa fundida en la bruma y a otro Tailandia, sus bosque que arrancan hacia la provincia de Sisaket y sus puestos fronterizos flanqueados de enseñas y soldados espolvoreados por el entorno. La misma Tailandia que hace unos meses orientó varios obuses hacia el templo vencidos por su incapacidad política para asumir su derrota en la lucha por su dominio y saltándose a la torera la resolución de la ONU que otorga su propiedad a Camboya. Todavía ahora se ven los efectos de esquirlas sobre los pilares del templo y, a tramos, se pueden observar puntos esporádicos donde la arenisca se muestra resquebrajada. Pese a todo es un lugar que enamora a cada plano, que enciende el olfato y lo encamina a una senda Khmer que será mi faro en las próximas fechas. Inevitablemente uno recuerda el paso por Wat Phou, un sitio que sucumbiría sin remisión ante la gloria y magnificencia de este Preah Vihear. 

En un momento dado se me arrima un soldado Khmer con ganas de ganarse una propina y se deshace en explicaciones hacia el lugar, rescatando en mi cerebro datos que ya pasaron por mi retina hacia meses. Su orientación exclusiva hinduista, su prolongada ejecución a cargo de varios reyes-dioses jemeres, el suave pulido por el tiempo de sus dinteles, lo bello de los mismos, la disputa latente con las tropas militares Thais por la posesión de sus dominios. Me dirijo con gesto de negación y unas expresiones en el idioma del viejo Siam a la gente que se apresta a ofrecerme un trago y el soldado oscila suavemente la cabeza a izquierda y derecha. “Aquí es mejor que no hables Thai, no es recomendable” dice en un susurro para que nadie le oiga, y yo, comprensivo, entiendo su encargo y cambio mi registro al inglés. Pasamos santuario tras santuario buscando un poco de respiro y abrigo entre la piedra perlada de restos de líquenes porque allí, en la cima, sopla una brisa norteña que corta de modo fino y casi apuraría a generar un ligero frío. El tiempo se desvanece, la brisa se pausa para retornar al asfixiante calor y yo, cabizbajo una vez solo, oteando el recinto enclaustrado del santuario principal, sé que me ha llegado la hora de regresar a Sa Em con la confianza de haber reventado otra meta que pronto encontrará otro sustituto en mis ensoñaciones. 

Una vez camino de retorno me detengo, encaramado a un plinto pétreo, ante uno de los más maravillosos dinteles que haya contemplado jamás en arte Khmer. En él se destaca la famosa escena del batido del océano de leche en la que devas (dioses) y asuras (demonios) agitan una naga enroscada sobre un caparazón de tortuga que es el Dios Vishnú para conseguir de este modo el Amrita o néctar de la inmortalidad junto al que brotarán los miles de elementos que configuran el extenso universo místico hinduista. Y es que es un elemento que resalta especialmente, incluso desde la distancia, por la finura de los trazos, el dinamismo que transmite y un pálido aspecto de roca veteada en rojo que lo hace llamativo a más no poder, como rayos que lo atravesaran para imprimirlo, fundido, en la roca. Pienso que no alcanza al gigante bajorrelieve similar ubicado en la pared este de Angkor Wat pero lo cierto es que su visión ya había acelerado en mí el deseo de regresar a ver éste y, cómo no, de retornar una vez más a India. De esta guisa me pilló el guía-soldado, quien regresaba de vuelta de la entrada con un turista a quien daba la sensación de hacérsele la boca agua ante el conjunto monumental, y que apenas me saludó levantando las cejas obscenamente con gesto de penuria, con seguridad escocido por el escaso puñado de rieles (el riel es la moneda oficial de Camboya junto al dólar norteamericano) que le di como propina. Me ataca la duda de cuánto le quedará al templo, de cuándo se producirá la breve escaramuza fronteriza que se acentúe y desemboque en su destrucción total. Porque no es solo un templo maravilloso y parte del legado de nuestros antepasados, es sobre todo un damero de juego donde dos países históricamente enemigos feroces van a desenterrar en un momento más próximo que dilatado su hacha de guerra. Y, por supuesto, eso es algo que al resto del mundo le resbala sobremanera ya que a la larga solo quedaremos unos pocos idealistas para sollozar acerca de la gloria que la insensatez humana nos ha robado impunemente, que, de facto y rememorando los boquetes de fragmentos de artillería, ya nos está siendo birlada ante la pasividad generalizada. Este templo, la segura secesión de un país como Myanmar en cuanto desaparezca el puño opresor que representa la junta militar en el poder, la situación desgarrada de la gente Hmong en Laos… son todos ellos productos con caducidad, productos que mostrarán al resto del mundo que la concordia presunta de hoy está cimentada sobre brotes imperialistas yanquis o colonialistas británicos y franceses débiles como la paja que, tiempo al tiempo, van a hacer de este rincón del planeta un sitio bastante turbulento en los próximos años a poco que los cambios sociales y políticos, generados por occidente como norma sin entender las particularidades de cada país, lleguen para imponerse. Suspiro escribiendo este fragmento después de comer en Sa Em, previo a marchar a Kompong Thom vía cualquiera sabe, oteo un trecho más allá en el planteamiento temporal y, únicamente, queda rezar al cielo para que, quiera Dios, me confunda en la previsión y tú puedas olvidar este texto en el baúl de los recuerdos.

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