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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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miércoles, 23 de marzo de 2016

Este Madrid

Este Madrid, en lo turístico, se paladea con la decepción propia que provoca ser una de las ciudades más torpemente sobrevaloradas del mundo. Porque por mucho que se empeñen, por mucho que la publiciten, por mucho de capital del reino que tenga, nunca dejará de ser un montaraz enjambre de bienes culturales a brochazos que, en breve tiempo futuro, apunta a fugaz estrella estrellada en cascotes de sociedad multirracial donde gobierna lo efímero por inmaterial. Imagino que, como aspirante a metrópolis que se precie, ha empezado por lo obvio: sucumbir al virus letal de la falta de personalidad... o calcada a la de otras megaurbes, que no sé qué es peor. De segundas, consecuencia franqueada ipso facto, resulta que eso es comprensible porque son tantos los que la habitan, pero tan resumibles los que la conocen y la idolatran, que, pelillos a la mar, se asume que siempre hay minorías poco viajadas o, menos grave, de gustos excéntricos. No en vano, para los viajeros ésta es una enorme desconocida que, por tiempo que pase, jamás dejará de apolillarse en el reverso de cualquier itinerario ilusionante, apenas ciudad de paso o tediosa escala de un puñado de horas. Este Madrid, tras dos noches allí, puede que de soslayo hipnotice en su idiosincrasia, pero nunca cesa de revolotear en una permanente sensación de entre incomodo físico e inquietud espiritual. 

En resumen condescendiente pasa por ser ese hermano pobre de la belleza, ese que aburre más que entusiasma, ese que empieza por un suspiro y mirada nostálgica de recuerdo a lo que sea, porque se da la circunstancia de que eso que sea es siempre más hermoso que este tinglado de andamios y chinescas sombras arrastradas por turistas trasnochados, presas aún calientes de un acentuado jet-lag. Y no existen aseveraciones de chulapos, rotundos bajo piel de campanillas y postín, que lo puedan maquear. A lo mejor, sin género de duda, resulta que siempre habrá una plaza mayor más hermosa, un palacio más lujoso, un parque más frondoso y mejor cuidado, unas esculturas más atractivas o unos museos que, como en el Reina Sofía, no dependan en exclusiva de la magia de un autor como puede ser Picasso en este caso. Y sin necesidad de husmear muy lejos, además. Entonces es lo que digo, que por más que se empeñen en promocionarla, los bostezos se suceden en alarmante sucesión tanto por Sol como por Gran Vía, por todo el principal clúster turístico en realidad. “Esto recuerda a ponle nombre pero en cutre, y eso, y aquello”, se sucede el mantra tras cada esquina que siempre es la misma. 

Hasta ahí lo más clásico del centro, sorprendentemente turístico para lo escaso y vacío de su oferta (uno piensa que, irremediablemente, el efecto Barajas, o aeropuerto capital del segundo país más visitado del mundo, debe provocar este tipo de incongruencias). Más y más tipos de lenguas extrañas, más y más gestos y disparos de unas cámaras siempre de postín pero apuntando a la nada que envuelve… sumas de cociente tan neutro que hasta el cartón-piedra del parque Warner puede parecer un refugio idílico por genuino. En ese momento, míralo como quieras, este Madrid resulta demoledor en la conciencia. Allí, al menos, sabes que entre Piolín y el pato Lucas es todo de broma, aquí, paradójicamente, las autoridades se empeñan en barnizarlo de castizo, por algo tan cercano a castigo. 

Ítem más, anotación al margen, imposible no resaltar que lo que hoy envuelve a Lavapies suena a extraña broma, a polvo barrido de mil destinos y espolvoreado por cualquier capital. Antaño chute de jaco en vena transformado en taquicardia chulapa, hoy mono desolado. Lo digo porque adoro la integración, pero en este barrio madrileño ha acontecido una exagerada colonización, pura y dura. A ver quién tiene cojones de encontrar una tasca ya no castiza, aun apenas hispana entre tanto restaurante indio, comida halal y baratijas manufacturadas en la amplia franja que parte desde Estambul hasta Nueva Delhi, y suma Marruecos. El viejo Lavapies, reducido a persianas esgrafiadas por toscos diseños de grafiteros trasnochados. El viejo Lavapies, ahora preñado de teces de teca o carbonilla. El viejo Lavapies que asoma tan cerca de Atocha, tan cerca del tranvía a cualquier lugar que hasta el estribillo de aquel tema de Leño se puede escribir en el hollín acumulado de mil y un candados oxidados con tanta fuerza como imprecisión macarra: es una mierda este Madrid, que ni las ratas pueden vivir. 

Y cuando arrecia la lluvia y se intuye un sol difunto, se resume la panorámica de tal manera que, a tenor de lo visto, refugiarse en San Blas, un anónimo barrio dormitorio, suena casi a deseable extremaunción. Oculto tras sus edificios que son islotes de solemnidad, semidesnudos en un océano de chapapote, Madrid suena más a divorcios y suicidios de amor que a enamoramientos férreos. Mejor no darle más vueltas, si ya lo cantaba el bendito San Rosendo: es una mierda este Madrid, que ni las ratas pueden vivir. Debería brotar la rabia si solo porque entonces era una adorable mierda de Madrid, ahora, mundo atroz, ya ni se sabe.

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