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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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martes, 29 de marzo de 2016

De Thong, de Miguel Hernández

Con el alborear de la mañana siguiente el cerebro empieza a carburar. Me ducho bajo una manguera a duras penas amarrada en un rústico y oxidado soporte metálico y veo el agua perderse por un sumidero desembocado en un abierto albañal que muere junto a un cercano vivero de arroz. Un arco-iris de sensaciones que no llenan un corazón vacío, porque el corazón del nómada siempre late vacío. Camino sobre ascuas encendidas en mi cerebro, mi corazón, que no son sino una clara antítesis de mi transitar, mudo y apagado hacia la zona del bar donde me espera Thong cabizbaja, con un leve tic que procura disimular mesándose el cabello con suavidad. La amalgama de sensaciones me lleva en volandas por derroteros de dolor, angustia y pérdida. Pero el eterno caminar sabe que su raíz no se nutre de calores en cuerpo humano, sedentarios y anclados. 

Salgo a la calle un segundo a respirar, y allí ya nada parece igual, un escenario maldito en el que los charcos se consumen al obsesivo calor tropical y las casas asemejan una colmena vacía de abejas, un trasfondo de un cadáver humano, sin vitalidad. Ya no queda nada de la magia que ahogaba risas y voces bajo el atronador repicar de la lluvia monzónica sobre tantas y tantas cubiertas metálicas que hacen de tejado en Tbeng Meanchey. Ahora la próxima estación de autobuses parece una liberación más que el sueño remoto que asemejaba hace unas horas. 

-Te vas a Kompong Thom. ¿Volverás?-. Dice Thong como en un susurro ahogado. 
-No tengo opción. Te lo dije ayer. Estoy de paso. Yo también busco en mi interior, yo también quiero conocer quién soy…-. Me interrumpe brevemente, con una letanía que ahoga mi conciencia. -¿Volverás?-. 

Me levanto y salgo a buscar un poco de paz en mi interior. Creo, derrotado, que jamás aprenderé a sacudirme el polvo de víspera. Ando desnudo de alma, cabizbajo y con el oído perdido en el suave arrullo del afluente que muere en el Río Madre. Abandono la calle principal y entro en un templo escondido, diminuto, cuyas “chofas”, formas estilizadas del mítico Garuda, repelen el fulgor dorado que invade toda la ciudad en esa primera hora. Otra jornada que el sol no da tregua. Solo un Buda sedente de apenas metro y medio me saluda a mi entrada. El negro lacado de las columnas ejerce una ilusión óptica que me obliga a dirigir la mirada al altar. De rodillas, confuso y confundido, retazos de la pasada noche, de otras mujeres, se mezclan con mis anhelos de inmensos arrozales inundados que reflejen las nubes, las palmeras, el búfalo de agua con su quedo caminar mientras arrastra una reja que un tenaz campesino no deja de clavar con la palma del pie y los niños juegan desnudos al pie de la carretera, ajenos a mí, enhebrados en su destino inmutable. Yo soy sólo un borrón en esa escena, una mancha. Más allá las montañas sueñan con extender su red hacia mí y atraparme en ese camino, a duras penas desbrozado, que se mezcla con el infinito paisaje, gentes, lugares que ya no estoy seguro si deseo conocer. La vulnerabilidad propia del viajero solitario se había transformado en un poderoso manantial del que brotaban dudas y razones de difícil encaje. Mi ruta se volvía áspera y quebradiza. 

De la nada surgió un monje, joven y perfectamente rasurado, que me observaba en silencio desde detrás de un pedestal que yacía en un arrinconado supletorio. Se avino a sentarse a mi lado y, obviando todo contacto físico tal y como es su costumbre, habló desde la distancia mientras los pliegues de su amplia túnica azafrán caían pesadamente por sus costados dándole un aspecto de grotesco rostro que suplicaba socorro en un mar canela. No hubo ni un clásico “¿de dónde eres?” o “¿cómo te llamas?”. Disparó, en mediocre inglés, con la inocencia que daba su corta edad. 

-¿Qué te ocurre?-. Dice. Le miré entre divertido y curioso, aunque solo fuera por el hecho de haberse convertido en una dársena de refugio pasajero para mis contradictorias tribulaciones. 
-No estoy seguro de qué debo hacer. Si irme o no-. 
-Olvídala. Sigue tu camino. Escucha tu corazón, si tu sentimiento es puro volverás-. Lo soltó con una naturalidad que si mi estado anímico no hubiera estado hundido hasta me hubiera hecho gracia. Prosiguió. 
-No eres el primero, tampoco el último-. 
-Me fallé a mí mismo. Fui débil y cometí un error-. 
-El lamento no te va a ayudar. Venimos para equivocarnos, para aprender. Es tu destino, el mío-. Se levantó y apenas hizo un esbozo levantando la mano para despedirse. 

Abandoné el lugar con una especie de nebulosa de paz que se había apoderado de mí. No tenía claro mi siguiente paso, pero en ese momento eso había dejado de ser importante. El joven novicio me observaba al pie de la estructura central del templo, hosco y serio. Ahora quizás no sé si me sirvió de algo su presencia. Si me animó o me hundió. Con franqueza, no lo sé y, con seguridad, ni deseo recordarlo. Pero solo ese detalle ya sirvió para saber que volvía a ser anónimo, solo un extraño que observa un cuadro, la vida pasar, ajeno, sin implicarse. El monje habrá olvidado ese instante, quién era, qué hacía yo allí. Y yo le olvidaré a él, es solo cuestión de tiempo. Volvía a ser anónimo, sin dejar huella. Pero antes de irme debía borrar otra huella duradera en mi abigarrado corazón, a apenas unos centenares de metros de ese monje, ese templo. 

Regresé al bar. Nada había cambiado, solo el nómada apátrida que yo representaba. Para entonces Thong sabía que mi permanencia allí no era sino una batalla perdida. 
-¿Volverás?-. 
-Siempre regreso Thong. No me conoces, pero has de creer en mí. Mis pasos solo conocen el regreso. Lo hice una vez, dos, tres… y así habrá muchas más. Cuando crea que conozco a tu gente, tu cultura… A ti. Entonces igual despareceré, pero eso queda muy lejos ahora. Un año, quizás dos o tres… Pero volveré-. 
-Ya había recogido tu habitación. Deberás coger tu maleta. El bus a Kompong Thom sale en unos minutos-. 

Le doy un cálido beso en la mejilla y nos fundimos en un prolongado abrazo. Camino hacia la estación en el diminuto pueblo y me sigue una amalgama de fantasmas envueltos en emociones como un caleidoscopio que oscila tal que un péndulo que va de la alegría y convicción a la derrota y desesperanza. Fallé a mis principios, alguien me recordará, alguien sabrá que pasé por allí y dejé una huella que no cuadra con mi espíritu nómada independiente. 

Parte el bus en una diminuta lengua de brea levantada por los costados, ruge con redondez el motor y parto en una metálica balsa de porvenir y grandeza. Una caterva de niños, ajenos a todo, felices y despreocupados, se dedica a volar un par de cometas a unos metros de mí hasta que se pierde su imagen en el horizonte. Regreso a Angkor con escala en Kompong Thom, a la gloria imperecedera del imperio. Pero algo me murió en Tbeng Meanchey, lo aprendí a sangre y fuego hace muchos años, una luz al final de tantos caminos. Cierro los ojos y repito rítmicamente el verso de Miguel Hernández que arrastra el rebufo polvoriento que levanta el bus a su paso… 

“Pero no moriremos. Fue tan cálidamente 
consumada la vida como el sol, su mirada. 
No es posible perdernos, somos plena simiente. 
Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.”

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