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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 10 de marzo de 2016

Brisas de Chiang Khan (extracto "Trémula Pagoda,...")

Un año después me vuelvo a sentar en el mismo restaurante con un cubilete helado en el que bailan tres cervezas, oteando un Mekong que juraría no ha variado un ápice pese al tiempo transcurrido. Él quizá no, pero Chiang Khan va tan viento en popa que dudo si no hubiera sido mejor pedir otras pocas más, igual hasta media docena de birras. Los puestos de recuerdos se han multiplicado, tres cuarto de lo mismo con las bicicletas en las que ahora cabalgan gentes Thai aprovechando lo templado del clima; todo da la sensación de haberse diversificado buscando enganchar un poco más al turista, y la pensión donde dormí, en la que el dueño me ha reconocido al instante, ha subido cien baht. Cosas de la nueva cama y una tele de cuarta mano que lucen el mismo cubículo, imagino. Derrocha simpatía aunque regatea duro el muy jodido, mas uno siempre regresa por motivos propios del interior, nunca del exterior. Eso es algo que no admite dudas. Y esos mismos destellos son los que hacen que me vuelva a sentir como en Ítaca, acurrucado en la vera de un Mekong que no deja de discurrir soñoliento. 

Por momentos arrecia la brisa norteña en Chiang Khan, un suave mistral no de connotaciones marítimas sino fluviales, y los tailandeses se encogen y aprietan entre sí en las furgonetas o buses hacia Loei para protegerse del fresco. Llego a creer, seguro, que esta zona del país es la única en que uno puede encontrar a estos tipos en manga larga desde que se levantan hasta que se vuelven a acostar. Eso, bien pensado, es maravilloso solo sea porque a estas alturas ya es sabido los Thai tienen el termostato estropeado, y lo que para ellos es frío para cualquier europeo suele ser una temperatura ideal en la que, tras unos días, hay que obligarse a un ejercicio de memoria para recordar qué es sudar y cuándo fue la última ocasión. Solo de pensarlo, factor somático al poder, empiezo a sentirme a gusto en Chiang Khan. 

De luz solar apagada, la calleja principal, la paralela al río, bulle de puestos de comida Thai a la unidad y de turistas emocionados que suben y bajan dando pedaladas. Los templos se cubren de faroles de luz atenuada, los puestos de ropa y suvenires avivan su razón de ser, las pensiones y hoteles boutique abren sus puertas para mostrar el lustre que albergan y todo un millón de sonrisas asoma a cada metro. Chiang Khan ha de ser una joya para gentes tailandesas desde que la TAT, la oficina gubernamental de turismo, lo descubriera y rescatara del letargo en que vivía sumida, con un ritmo en sus vecinos heredado por empatía o mimetismo del que marcan las aguas pardas del Río Madre. 

Todos hablan dialecto Isan y todos se muestran felices tras compartir unas frases en breve diálogo con un turista extranjero que parece haber surgido de entre las aguas como una Naga despistada a la que todo le llamara la atención. Si en Bangkok o Chiang Mai reinan el frenesí y celeridad, en Chiang Khan, en este límite desconocido por el mundo occidental pero abrillantado por el turismo local, la sensación es diametralmente opuesta. La gente rueda con calma por las calles, susurra las palabras para que nada dé la nota, los cuatro de los tuk-tuk dormitan a la sombra ajenos a todo, el pueblo luce impecable en cada detalle, orden y concierto por bandera, instantáneas de Canon a cada segundo; el regateo no lleva barniz de némesis sino de derroche de simpatía en sonrisa franca, tras cada céntimo que se trueca la comida es una explosión de sabor, del agrio al dulce, del salado al amargo, y de esta peculiar modo las venas de Chiang Khan vienen a mostrar que, pese a lo caro de su contenido, en matriz pura es una puerta trasera en forma de gatera ideal para empezar a vibrar (o volver a hacerlo) aventurándose en Isan, una tierra indómita y despreciada por los turistas occidentales pero que encierra un porcentaje altísimo de esa psique tailandesa en que todos anhelan zambullirse. 

De regreso a la pensión el chaval me recuerda la velada de cervezas que compartimos meses atrás, la charla animada que mantuve con él y su ¿novio?, y se la cuenta entusiasmado a una chica que por parecido ha de ser su hermana. Sí, sí, creo que puedo recordarlo. Pero este año no toca, este año solo queda teclear un rato intentando plasmar en papel unos segundos del decorado de Chiang Khan. Será el próximo año la repetición, le digo, y me desea buenas noches con un brillo especial en unos ojos que lucen tan radiantes como su sonrisa. Y que a qué hora me piro a Baan That, pregunta cuando ya casi he dado un portazo. Quién sabe, respondo taciturno asomando media cara por lo entreabierto, cuando me levante, a la hora que sea. No hay nada que me mueva a pirarme tan pronto una vez que le ha cogido las vueltas al lugar, incluso sé que sería feliz unas cuantas horas más allí. Pero el Mekong me tira demasiado, descubrir nuevos meandros, convivir con otros seres, soñar en vegas desconocidas… Siempre hay un río de leyenda un tramo más allá. 

Mientras en penumbra caen los párpados a plomo, solo me acompaña el coro de cigarras junto al goteo incesante del grifo del lavabo y al suave rumor del compresor del aire acondicionado que salta esporádicamente. Termino de teclear y me veo desarmado sin cerveza ni tabaco. Supongo que es hora de dormir, esta vez un poco más elevado y cómodo con somier aunque en el fondo pueda llegar a echar de menos el colchón tirado al suelo que me hizo roncar a pierna suelta tiempo atrás. En el fondo es solo cuestión de añoranza de otro tiempo.

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