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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 31 de marzo de 2016

Segundo vídeo de Japón

Subido el segundo y último vídeo de Japón que recorre Himeji y buena parte de Shikoku. Dejando los deberes hechos antes de partir.

martes, 29 de marzo de 2016

De Thong, de Miguel Hernández

Con el alborear de la mañana siguiente el cerebro empieza a carburar. Me ducho bajo una manguera a duras penas amarrada en un rústico y oxidado soporte metálico y veo el agua perderse por un sumidero desembocado en un abierto albañal que muere junto a un cercano vivero de arroz. Un arco-iris de sensaciones que no llenan un corazón vacío, porque el corazón del nómada siempre late vacío. Camino sobre ascuas encendidas en mi cerebro, mi corazón, que no son sino una clara antítesis de mi transitar, mudo y apagado hacia la zona del bar donde me espera Thong cabizbaja, con un leve tic que procura disimular mesándose el cabello con suavidad. La amalgama de sensaciones me lleva en volandas por derroteros de dolor, angustia y pérdida. Pero el eterno caminar sabe que su raíz no se nutre de calores en cuerpo humano, sedentarios y anclados. 

Salgo a la calle un segundo a respirar, y allí ya nada parece igual, un escenario maldito en el que los charcos se consumen al obsesivo calor tropical y las casas asemejan una colmena vacía de abejas, un trasfondo de un cadáver humano, sin vitalidad. Ya no queda nada de la magia que ahogaba risas y voces bajo el atronador repicar de la lluvia monzónica sobre tantas y tantas cubiertas metálicas que hacen de tejado en Tbeng Meanchey. Ahora la próxima estación de autobuses parece una liberación más que el sueño remoto que asemejaba hace unas horas. 

-Te vas a Kompong Thom. ¿Volverás?-. Dice Thong como en un susurro ahogado. 
-No tengo opción. Te lo dije ayer. Estoy de paso. Yo también busco en mi interior, yo también quiero conocer quién soy…-. Me interrumpe brevemente, con una letanía que ahoga mi conciencia. -¿Volverás?-. 

Me levanto y salgo a buscar un poco de paz en mi interior. Creo, derrotado, que jamás aprenderé a sacudirme el polvo de víspera. Ando desnudo de alma, cabizbajo y con el oído perdido en el suave arrullo del afluente que muere en el Río Madre. Abandono la calle principal y entro en un templo escondido, diminuto, cuyas “chofas”, formas estilizadas del mítico Garuda, repelen el fulgor dorado que invade toda la ciudad en esa primera hora. Otra jornada que el sol no da tregua. Solo un Buda sedente de apenas metro y medio me saluda a mi entrada. El negro lacado de las columnas ejerce una ilusión óptica que me obliga a dirigir la mirada al altar. De rodillas, confuso y confundido, retazos de la pasada noche, de otras mujeres, se mezclan con mis anhelos de inmensos arrozales inundados que reflejen las nubes, las palmeras, el búfalo de agua con su quedo caminar mientras arrastra una reja que un tenaz campesino no deja de clavar con la palma del pie y los niños juegan desnudos al pie de la carretera, ajenos a mí, enhebrados en su destino inmutable. Yo soy sólo un borrón en esa escena, una mancha. Más allá las montañas sueñan con extender su red hacia mí y atraparme en ese camino, a duras penas desbrozado, que se mezcla con el infinito paisaje, gentes, lugares que ya no estoy seguro si deseo conocer. La vulnerabilidad propia del viajero solitario se había transformado en un poderoso manantial del que brotaban dudas y razones de difícil encaje. Mi ruta se volvía áspera y quebradiza. 

De la nada surgió un monje, joven y perfectamente rasurado, que me observaba en silencio desde detrás de un pedestal que yacía en un arrinconado supletorio. Se avino a sentarse a mi lado y, obviando todo contacto físico tal y como es su costumbre, habló desde la distancia mientras los pliegues de su amplia túnica azafrán caían pesadamente por sus costados dándole un aspecto de grotesco rostro que suplicaba socorro en un mar canela. No hubo ni un clásico “¿de dónde eres?” o “¿cómo te llamas?”. Disparó, en mediocre inglés, con la inocencia que daba su corta edad. 

-¿Qué te ocurre?-. Dice. Le miré entre divertido y curioso, aunque solo fuera por el hecho de haberse convertido en una dársena de refugio pasajero para mis contradictorias tribulaciones. 
-No estoy seguro de qué debo hacer. Si irme o no-. 
-Olvídala. Sigue tu camino. Escucha tu corazón, si tu sentimiento es puro volverás-. Lo soltó con una naturalidad que si mi estado anímico no hubiera estado hundido hasta me hubiera hecho gracia. Prosiguió. 
-No eres el primero, tampoco el último-. 
-Me fallé a mí mismo. Fui débil y cometí un error-. 
-El lamento no te va a ayudar. Venimos para equivocarnos, para aprender. Es tu destino, el mío-. Se levantó y apenas hizo un esbozo levantando la mano para despedirse. 

Abandoné el lugar con una especie de nebulosa de paz que se había apoderado de mí. No tenía claro mi siguiente paso, pero en ese momento eso había dejado de ser importante. El joven novicio me observaba al pie de la estructura central del templo, hosco y serio. Ahora quizás no sé si me sirvió de algo su presencia. Si me animó o me hundió. Con franqueza, no lo sé y, con seguridad, ni deseo recordarlo. Pero solo ese detalle ya sirvió para saber que volvía a ser anónimo, solo un extraño que observa un cuadro, la vida pasar, ajeno, sin implicarse. El monje habrá olvidado ese instante, quién era, qué hacía yo allí. Y yo le olvidaré a él, es solo cuestión de tiempo. Volvía a ser anónimo, sin dejar huella. Pero antes de irme debía borrar otra huella duradera en mi abigarrado corazón, a apenas unos centenares de metros de ese monje, ese templo. 

Regresé al bar. Nada había cambiado, solo el nómada apátrida que yo representaba. Para entonces Thong sabía que mi permanencia allí no era sino una batalla perdida. 
-¿Volverás?-. 
-Siempre regreso Thong. No me conoces, pero has de creer en mí. Mis pasos solo conocen el regreso. Lo hice una vez, dos, tres… y así habrá muchas más. Cuando crea que conozco a tu gente, tu cultura… A ti. Entonces igual despareceré, pero eso queda muy lejos ahora. Un año, quizás dos o tres… Pero volveré-. 
-Ya había recogido tu habitación. Deberás coger tu maleta. El bus a Kompong Thom sale en unos minutos-. 

Le doy un cálido beso en la mejilla y nos fundimos en un prolongado abrazo. Camino hacia la estación en el diminuto pueblo y me sigue una amalgama de fantasmas envueltos en emociones como un caleidoscopio que oscila tal que un péndulo que va de la alegría y convicción a la derrota y desesperanza. Fallé a mis principios, alguien me recordará, alguien sabrá que pasé por allí y dejé una huella que no cuadra con mi espíritu nómada independiente. 

Parte el bus en una diminuta lengua de brea levantada por los costados, ruge con redondez el motor y parto en una metálica balsa de porvenir y grandeza. Una caterva de niños, ajenos a todo, felices y despreocupados, se dedica a volar un par de cometas a unos metros de mí hasta que se pierde su imagen en el horizonte. Regreso a Angkor con escala en Kompong Thom, a la gloria imperecedera del imperio. Pero algo me murió en Tbeng Meanchey, lo aprendí a sangre y fuego hace muchos años, una luz al final de tantos caminos. Cierro los ojos y repito rítmicamente el verso de Miguel Hernández que arrastra el rebufo polvoriento que levanta el bus a su paso… 

“Pero no moriremos. Fue tan cálidamente 
consumada la vida como el sol, su mirada. 
No es posible perdernos, somos plena simiente. 
Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.”

miércoles, 23 de marzo de 2016

Este Madrid

Este Madrid, en lo turístico, se paladea con la decepción propia que provoca ser una de las ciudades más torpemente sobrevaloradas del mundo. Porque por mucho que se empeñen, por mucho que la publiciten, por mucho de capital del reino que tenga, nunca dejará de ser un montaraz enjambre de bienes culturales a brochazos que, en breve tiempo futuro, apunta a fugaz estrella estrellada en cascotes de sociedad multirracial donde gobierna lo efímero por inmaterial. Imagino que, como aspirante a metrópolis que se precie, ha empezado por lo obvio: sucumbir al virus letal de la falta de personalidad... o calcada a la de otras megaurbes, que no sé qué es peor. De segundas, consecuencia franqueada ipso facto, resulta que eso es comprensible porque son tantos los que la habitan, pero tan resumibles los que la conocen y la idolatran, que, pelillos a la mar, se asume que siempre hay minorías poco viajadas o, menos grave, de gustos excéntricos. No en vano, para los viajeros ésta es una enorme desconocida que, por tiempo que pase, jamás dejará de apolillarse en el reverso de cualquier itinerario ilusionante, apenas ciudad de paso o tediosa escala de un puñado de horas. Este Madrid, tras dos noches allí, puede que de soslayo hipnotice en su idiosincrasia, pero nunca cesa de revolotear en una permanente sensación de entre incomodo físico e inquietud espiritual. 

En resumen condescendiente pasa por ser ese hermano pobre de la belleza, ese que aburre más que entusiasma, ese que empieza por un suspiro y mirada nostálgica de recuerdo a lo que sea, porque se da la circunstancia de que eso que sea es siempre más hermoso que este tinglado de andamios y chinescas sombras arrastradas por turistas trasnochados, presas aún calientes de un acentuado jet-lag. Y no existen aseveraciones de chulapos, rotundos bajo piel de campanillas y postín, que lo puedan maquear. A lo mejor, sin género de duda, resulta que siempre habrá una plaza mayor más hermosa, un palacio más lujoso, un parque más frondoso y mejor cuidado, unas esculturas más atractivas o unos museos que, como en el Reina Sofía, no dependan en exclusiva de la magia de un autor como puede ser Picasso en este caso. Y sin necesidad de husmear muy lejos, además. Entonces es lo que digo, que por más que se empeñen en promocionarla, los bostezos se suceden en alarmante sucesión tanto por Sol como por Gran Vía, por todo el principal clúster turístico en realidad. “Esto recuerda a ponle nombre pero en cutre, y eso, y aquello”, se sucede el mantra tras cada esquina que siempre es la misma. 

Hasta ahí lo más clásico del centro, sorprendentemente turístico para lo escaso y vacío de su oferta (uno piensa que, irremediablemente, el efecto Barajas, o aeropuerto capital del segundo país más visitado del mundo, debe provocar este tipo de incongruencias). Más y más tipos de lenguas extrañas, más y más gestos y disparos de unas cámaras siempre de postín pero apuntando a la nada que envuelve… sumas de cociente tan neutro que hasta el cartón-piedra del parque Warner puede parecer un refugio idílico por genuino. En ese momento, míralo como quieras, este Madrid resulta demoledor en la conciencia. Allí, al menos, sabes que entre Piolín y el pato Lucas es todo de broma, aquí, paradójicamente, las autoridades se empeñan en barnizarlo de castizo, por algo tan cercano a castigo. 

Ítem más, anotación al margen, imposible no resaltar que lo que hoy envuelve a Lavapies suena a extraña broma, a polvo barrido de mil destinos y espolvoreado por cualquier capital. Antaño chute de jaco en vena transformado en taquicardia chulapa, hoy mono desolado. Lo digo porque adoro la integración, pero en este barrio madrileño ha acontecido una exagerada colonización, pura y dura. A ver quién tiene cojones de encontrar una tasca ya no castiza, aun apenas hispana entre tanto restaurante indio, comida halal y baratijas manufacturadas en la amplia franja que parte desde Estambul hasta Nueva Delhi, y suma Marruecos. El viejo Lavapies, reducido a persianas esgrafiadas por toscos diseños de grafiteros trasnochados. El viejo Lavapies, ahora preñado de teces de teca o carbonilla. El viejo Lavapies que asoma tan cerca de Atocha, tan cerca del tranvía a cualquier lugar que hasta el estribillo de aquel tema de Leño se puede escribir en el hollín acumulado de mil y un candados oxidados con tanta fuerza como imprecisión macarra: es una mierda este Madrid, que ni las ratas pueden vivir. 

Y cuando arrecia la lluvia y se intuye un sol difunto, se resume la panorámica de tal manera que, a tenor de lo visto, refugiarse en San Blas, un anónimo barrio dormitorio, suena casi a deseable extremaunción. Oculto tras sus edificios que son islotes de solemnidad, semidesnudos en un océano de chapapote, Madrid suena más a divorcios y suicidios de amor que a enamoramientos férreos. Mejor no darle más vueltas, si ya lo cantaba el bendito San Rosendo: es una mierda este Madrid, que ni las ratas pueden vivir. Debería brotar la rabia si solo porque entonces era una adorable mierda de Madrid, ahora, mundo atroz, ya ni se sabe.

martes, 15 de marzo de 2016

Preah Vihear: el templo de la discordia (extracto "Río Madre")

Camboya. Kampuchea. El viejo reino de los hijos de Kambu. Un país que es la memoria del pasado vigente en todo su arco de emociones, mejores y peores, pero todas de un profundidad y durabilidad inquebrantable. Supongo que uno siempre asoma a Camboya con incertidumbre. Pero no una de esas que tilda en nervios o angustia pasajera. No, uno accede a una nación de historia tan convulsa como tonos que fluctúan del arrebatador al atroz. Uno sueña con Angkor, como era mi caso, y aún descubriendo Tailandia por primera vez siempre tenía ese eco permanente de Angkor en lo profundo, un saber ancestral que repicaba y martilleaba mi espíritu. De saber que unos kilómetros más allá de Siam se escondía, en lo profundo de la jungla, una ciudad inmortal, un maná de sabiduría y una lección cincelada en piedra de la capacidad del ser humano de creer en sus posibilidades. Otro paraíso de dimensión aún no medida. Y uno pasa, interesado en su decrépita historia, por inevitables guerras intestinas, necedades humanas, horrores en patria difusa por lo común a todas ellas… Hasta que llega a Pol Pot. Algo se estremece, gime, se revuelve y llora. Porque es tan humano como inconcebible. Porque “nada de lo humano nos es ajeno” como decía Terencio. Ni tan siquiera la locura de Pol Pot, esa que habita en cada uno, vigilante, alerta, esperando su momento, palpando una debilidad desconocida para la conciencia. Toda Camboya se lleva como un peregrinaje a la gloria y acto seguido al abismo que ni tan siquiera los siete círculos del infierno de Dante podrían imaginar, como si fuera una versión reducida de la magnitud supra sensorial de India. Y seguro que eso no es tan desatinado. La historia que nutre a la tierra Khmer tiene una reminiscencia, un poso y sello inconfundible de facturado en el centro del Índico, y por extensión, una cultura e impronta que saltó las actuales barreras políticas en un glorioso imperio Khmer que nunca conoció dueño que saciara su sed de conquista. Desde las montañas Annamitas, hasta cerca de la actual Yunnan, hasta Sangklaburi, muy cerca de la actual Myanmar. Inabarcable. Dejando un reguero de influencia política, social y, sobretodo, religiosa. Luego todo se reduce a la nada, al cerebro enfermo de un enaltecido semidios en su pobre imaginación, exterminando por doquier… A su propio pueblo. Hitler fue un genocida contra otro pueblo, otra raza cuya división surgía de un intoxicado cerebro. Pero Pol Pot reventó a su gente, su cultura y su sangre. Pretendió escarar y someter la gloria que había hecho de él quien era. Hizo trizas su pasado y legado para (pretender) crear una ilusión ficticia y vacía propia de su miseria y la de sus argonautas de espíritu extraviado transformados en el infame Khmer Rojo. 

Llegué a la frontera, un sitio de indescriptible belleza en lo alto de la cordillera Dangrek, conformado por 4 cabañas de techumbre de paja tanto en el lado Thai como en el camboyano. Los oficiales Khmer, adormilados, dan un leve respingo y me regalan un gesto hosco ante lo que supone mi presencia y el papeleo consiguiente que las va a sacar de su vigilia narcótica. Nada más cruzar, la primera señal demoledora del nuevo futuro: “Pol Pot was sentenced here” (Pol Pot fue senteciado aquí) reza un lúgubre cartel en azul con letras impregnadas de chorretones en blanco. Un par de centenares más allá, en un solar frondoso, el remate: ”Pol Pot was cremated here” (Pol Pot fue incinerado aquí). Un leve deseo morboso se despierta en mi interior pero, finalmente, no hago ningún gesto al conductor de la motocicleta en la que voy atrincherado para que pare, sé que, en realidad, no hay prácticamente nada que ver. Después, unas vistas soberbias se abren frente a mí a lo largo de una carretera que serpentea vertiginosamente hasta Anlong Veng. 

Anlong Veng es un cruce de caminos para almas errantes, unos se dirigen hacia la Tailandia turística, otros hacia Phnom Penh, otros regresan a Bangkok, algún osado arranca desde aquí su ruta hacia el sagrado That Phanom en Isan. Pero nadie intenta escudriñar, rascar un poco la superficie de ciudad gris e informe que sacude al visitante que desembarca en su flamante nueva estación de buses que no es sino una mesa y una silla al abrigo de una tejavana cochambrosa en mitad de la calle principal. Y es una pena, porque parte de la historia reciente, la desgarrada de este país, se encierra en los alrededores de este pueblo olvidado y de su sobrecogedor lago, ideado por Ta Mok (también conocido como El Carnicero, imagina la razón…), uno de los líderes del Khmer Rojo. En realidad es un lugar, este lago, por el que pasé como un rayo, un sitio que impresiona por la profusión de árboles quemados que el susodicho ni se planteó arrancar a la hora de crear el embalse. Carbonizarlos, igual que a los de su raza, sería bastante. Ahora, si te asomas, puedes captar el rumor de maldad que encierra e imaginar, como lo hacía yo desde la veloz motocicleta, que los troncos desnudos, tiznados, bruñidos de azabache y restos de humo, simbolizan un mar de brazos que se alzan al cielo turquesa camboyano, el mismo que se refleja sobre la superficie en la que temporales ondas rompen contra la orilla, brazos de desamparados e injustamente ejecutados seres que suplican un poso de paz y eterno descanso. Y uno, inevitablemente, siente como si una cenefa de clavos al rojo vivo se hundiera en el vientre, gira la vista y cierra los ojos todo lo fuerte que puede para no sucumbir en depresión que agote la ruta Khmer antes de lo imaginado. Algunos lo tachan de bucólico, otros de macabro, yo, simplemente, creo que es la viva imagen, cruda y rotunda, de lo que el ser humano jamás ha de volver a repetir. 

En la recepción de la pensión solo una hembra embarazada de gecko hace guardia y he de aguardar unos minutos a que salga el chaval de guardia que me indica con gesto de tristeza que están a tope. Vuelta a peregrinar hasta que, al fin, topo con algo que me agrada tanto en apariencia como, sobre todo, en precio. Pienso en reposar, pienso en Pol Pot, en su última morada que yace un tramo más allá, y ya me noto inquieto y revuelto solo de imaginar su espíritu rondando la ciudad, pienso en el lago y el infinito sufrimiento que se desparrama por sus guillotinados y ya inertes restos de árboles. Pero deseo hundirme en la cama, cerrar los ojos, regresar a la calma y que afloren en mi cerebro, casi en latencia etérea, muchos datos e impresiones de este deslumbrante país. Suspiro fatigado en la creencia de que Preah Vihear y la senda Khmer pueden esperar… pero el joven de recepción me revienta el plan: el bus a Sa Em, la localidad previa al templo Preah Vihear, parte en unos minutos. Y es el único diario. Todo se desvanece en mi memoria, en mi deseo fracturado. Me machaca la falta de un tiempo que, con la pausa de Savannakhet, se ha convertido en oro molido. Regreso a la estación de corcho y allí, invadido por la melancolía, apunto estas notas mientras espero la llegada de un bus, otro más, que me devore otro tramo de porvenir. 

Parto al alba posterior con Krai, un joven de aspecto deslavazado que, bajo una gorra tres números mayor que la circunferencia de su cabeza, me arranca en la ruta a esta joya que cuesta penares atisbar. Dejé atrás un bus con la suspensión reventada, varios chichones y penares y, lo peor, se me planteaba por delante una áspera y maratoniana jornada para encontrar los restos de mi deseada ruta, tanto Kompong Thom como Siem Reap quedaban a varias horas por tormentosas carreteras montado en el único bus que debía partir al día siguiente desde Sa Em. De alcanzar desde aquí Sisophon o la zona al sur de Phnom Penh en una tacada mejor ni hablar… Pero estaba en Preah Vihear, realizaba un sueño que durante largo tiempo se aparecía en mis sueños como bruma voluptuosa que encerraba algo a lo que no sabría si podría alcanzar. Aún así, la tristeza también me embargaba en cierto nivel porque, como siempre que el viajero rompe otro mito, sabe que es un eslabón que se rompe, una ligadura menos en la cadena que le tiene atado con el concepto de viaje. Aunque se sueñe con que otros límites sustituirán a estos para hacer de la ruta algo perenne, inagotable e inmortal. 

La ruta al templo traza recodos de factura original, ni bellos ni feos, solo distintos a los vislumbrados en la senda Thai-Lao. Aquí asoman los campos desnudos, sin preñez, faltos de unas espigas doradas vencidas por el peso de la simiente que las obligue a orientarse hacia la madre tierra, es solo vegetación pura emanada desde y trepanada hacia el risco permanente que supone el vergel de la cordillera Dangrek unos kilómetros más allá. Y la moto asciende, sufrida, por la senda que lleva a un templo que observa, vigilante desde hace centurias, la estupidez humana reflejada en el eterno conflicto entre Thais y Jemeres por su posesión. 

Pasearse por el templo es como arrimarse, sediento, a un manantial del que se bebe con insaciable sed. Es una sucesión de santuarios, hasta cinco, unidos por una senda impoluta a ratos original y a ratos toscamente restaurada. Todo se nutre de un entorno de vértigo, posado como está sobre la cresta de la montaña: a un lado la cordillera de los 500 picos, a otro Camboya y su estepa fundida en la bruma y a otro Tailandia, sus bosque que arrancan hacia la provincia de Sisaket y sus puestos fronterizos flanqueados de enseñas y soldados espolvoreados por el entorno. La misma Tailandia que hace unos meses orientó varios obuses hacia el templo vencidos por su incapacidad política para asumir su derrota en la lucha por su dominio y saltándose a la torera la resolución de la ONU que otorga su propiedad a Camboya. Todavía ahora se ven los efectos de esquirlas sobre los pilares del templo y, a tramos, se pueden observar puntos esporádicos donde la arenisca se muestra resquebrajada. Pese a todo es un lugar que enamora a cada plano, que enciende el olfato y lo encamina a una senda Khmer que será mi faro en las próximas fechas. Inevitablemente uno recuerda el paso por Wat Phou, un sitio que sucumbiría sin remisión ante la gloria y magnificencia de este Preah Vihear. 

En un momento dado se me arrima un soldado Khmer con ganas de ganarse una propina y se deshace en explicaciones hacia el lugar, rescatando en mi cerebro datos que ya pasaron por mi retina hacia meses. Su orientación exclusiva hinduista, su prolongada ejecución a cargo de varios reyes-dioses jemeres, el suave pulido por el tiempo de sus dinteles, lo bello de los mismos, la disputa latente con las tropas militares Thais por la posesión de sus dominios. Me dirijo con gesto de negación y unas expresiones en el idioma del viejo Siam a la gente que se apresta a ofrecerme un trago y el soldado oscila suavemente la cabeza a izquierda y derecha. “Aquí es mejor que no hables Thai, no es recomendable” dice en un susurro para que nadie le oiga, y yo, comprensivo, entiendo su encargo y cambio mi registro al inglés. Pasamos santuario tras santuario buscando un poco de respiro y abrigo entre la piedra perlada de restos de líquenes porque allí, en la cima, sopla una brisa norteña que corta de modo fino y casi apuraría a generar un ligero frío. El tiempo se desvanece, la brisa se pausa para retornar al asfixiante calor y yo, cabizbajo una vez solo, oteando el recinto enclaustrado del santuario principal, sé que me ha llegado la hora de regresar a Sa Em con la confianza de haber reventado otra meta que pronto encontrará otro sustituto en mis ensoñaciones. 

Una vez camino de retorno me detengo, encaramado a un plinto pétreo, ante uno de los más maravillosos dinteles que haya contemplado jamás en arte Khmer. En él se destaca la famosa escena del batido del océano de leche en la que devas (dioses) y asuras (demonios) agitan una naga enroscada sobre un caparazón de tortuga que es el Dios Vishnú para conseguir de este modo el Amrita o néctar de la inmortalidad junto al que brotarán los miles de elementos que configuran el extenso universo místico hinduista. Y es que es un elemento que resalta especialmente, incluso desde la distancia, por la finura de los trazos, el dinamismo que transmite y un pálido aspecto de roca veteada en rojo que lo hace llamativo a más no poder, como rayos que lo atravesaran para imprimirlo, fundido, en la roca. Pienso que no alcanza al gigante bajorrelieve similar ubicado en la pared este de Angkor Wat pero lo cierto es que su visión ya había acelerado en mí el deseo de regresar a ver éste y, cómo no, de retornar una vez más a India. De esta guisa me pilló el guía-soldado, quien regresaba de vuelta de la entrada con un turista a quien daba la sensación de hacérsele la boca agua ante el conjunto monumental, y que apenas me saludó levantando las cejas obscenamente con gesto de penuria, con seguridad escocido por el escaso puñado de rieles (el riel es la moneda oficial de Camboya junto al dólar norteamericano) que le di como propina. Me ataca la duda de cuánto le quedará al templo, de cuándo se producirá la breve escaramuza fronteriza que se acentúe y desemboque en su destrucción total. Porque no es solo un templo maravilloso y parte del legado de nuestros antepasados, es sobre todo un damero de juego donde dos países históricamente enemigos feroces van a desenterrar en un momento más próximo que dilatado su hacha de guerra. Y, por supuesto, eso es algo que al resto del mundo le resbala sobremanera ya que a la larga solo quedaremos unos pocos idealistas para sollozar acerca de la gloria que la insensatez humana nos ha robado impunemente, que, de facto y rememorando los boquetes de fragmentos de artillería, ya nos está siendo birlada ante la pasividad generalizada. Este templo, la segura secesión de un país como Myanmar en cuanto desaparezca el puño opresor que representa la junta militar en el poder, la situación desgarrada de la gente Hmong en Laos… son todos ellos productos con caducidad, productos que mostrarán al resto del mundo que la concordia presunta de hoy está cimentada sobre brotes imperialistas yanquis o colonialistas británicos y franceses débiles como la paja que, tiempo al tiempo, van a hacer de este rincón del planeta un sitio bastante turbulento en los próximos años a poco que los cambios sociales y políticos, generados por occidente como norma sin entender las particularidades de cada país, lleguen para imponerse. Suspiro escribiendo este fragmento después de comer en Sa Em, previo a marchar a Kompong Thom vía cualquiera sabe, oteo un trecho más allá en el planteamiento temporal y, únicamente, queda rezar al cielo para que, quiera Dios, me confunda en la previsión y tú puedas olvidar este texto en el baúl de los recuerdos.

jueves, 10 de marzo de 2016

Brisas de Chiang Khan (extracto "Trémula Pagoda,...")

Un año después me vuelvo a sentar en el mismo restaurante con un cubilete helado en el que bailan tres cervezas, oteando un Mekong que juraría no ha variado un ápice pese al tiempo transcurrido. Él quizá no, pero Chiang Khan va tan viento en popa que dudo si no hubiera sido mejor pedir otras pocas más, igual hasta media docena de birras. Los puestos de recuerdos se han multiplicado, tres cuarto de lo mismo con las bicicletas en las que ahora cabalgan gentes Thai aprovechando lo templado del clima; todo da la sensación de haberse diversificado buscando enganchar un poco más al turista, y la pensión donde dormí, en la que el dueño me ha reconocido al instante, ha subido cien baht. Cosas de la nueva cama y una tele de cuarta mano que lucen el mismo cubículo, imagino. Derrocha simpatía aunque regatea duro el muy jodido, mas uno siempre regresa por motivos propios del interior, nunca del exterior. Eso es algo que no admite dudas. Y esos mismos destellos son los que hacen que me vuelva a sentir como en Ítaca, acurrucado en la vera de un Mekong que no deja de discurrir soñoliento. 

Por momentos arrecia la brisa norteña en Chiang Khan, un suave mistral no de connotaciones marítimas sino fluviales, y los tailandeses se encogen y aprietan entre sí en las furgonetas o buses hacia Loei para protegerse del fresco. Llego a creer, seguro, que esta zona del país es la única en que uno puede encontrar a estos tipos en manga larga desde que se levantan hasta que se vuelven a acostar. Eso, bien pensado, es maravilloso solo sea porque a estas alturas ya es sabido los Thai tienen el termostato estropeado, y lo que para ellos es frío para cualquier europeo suele ser una temperatura ideal en la que, tras unos días, hay que obligarse a un ejercicio de memoria para recordar qué es sudar y cuándo fue la última ocasión. Solo de pensarlo, factor somático al poder, empiezo a sentirme a gusto en Chiang Khan. 

De luz solar apagada, la calleja principal, la paralela al río, bulle de puestos de comida Thai a la unidad y de turistas emocionados que suben y bajan dando pedaladas. Los templos se cubren de faroles de luz atenuada, los puestos de ropa y suvenires avivan su razón de ser, las pensiones y hoteles boutique abren sus puertas para mostrar el lustre que albergan y todo un millón de sonrisas asoma a cada metro. Chiang Khan ha de ser una joya para gentes tailandesas desde que la TAT, la oficina gubernamental de turismo, lo descubriera y rescatara del letargo en que vivía sumida, con un ritmo en sus vecinos heredado por empatía o mimetismo del que marcan las aguas pardas del Río Madre. 

Todos hablan dialecto Isan y todos se muestran felices tras compartir unas frases en breve diálogo con un turista extranjero que parece haber surgido de entre las aguas como una Naga despistada a la que todo le llamara la atención. Si en Bangkok o Chiang Mai reinan el frenesí y celeridad, en Chiang Khan, en este límite desconocido por el mundo occidental pero abrillantado por el turismo local, la sensación es diametralmente opuesta. La gente rueda con calma por las calles, susurra las palabras para que nada dé la nota, los cuatro de los tuk-tuk dormitan a la sombra ajenos a todo, el pueblo luce impecable en cada detalle, orden y concierto por bandera, instantáneas de Canon a cada segundo; el regateo no lleva barniz de némesis sino de derroche de simpatía en sonrisa franca, tras cada céntimo que se trueca la comida es una explosión de sabor, del agrio al dulce, del salado al amargo, y de esta peculiar modo las venas de Chiang Khan vienen a mostrar que, pese a lo caro de su contenido, en matriz pura es una puerta trasera en forma de gatera ideal para empezar a vibrar (o volver a hacerlo) aventurándose en Isan, una tierra indómita y despreciada por los turistas occidentales pero que encierra un porcentaje altísimo de esa psique tailandesa en que todos anhelan zambullirse. 

De regreso a la pensión el chaval me recuerda la velada de cervezas que compartimos meses atrás, la charla animada que mantuve con él y su ¿novio?, y se la cuenta entusiasmado a una chica que por parecido ha de ser su hermana. Sí, sí, creo que puedo recordarlo. Pero este año no toca, este año solo queda teclear un rato intentando plasmar en papel unos segundos del decorado de Chiang Khan. Será el próximo año la repetición, le digo, y me desea buenas noches con un brillo especial en unos ojos que lucen tan radiantes como su sonrisa. Y que a qué hora me piro a Baan That, pregunta cuando ya casi he dado un portazo. Quién sabe, respondo taciturno asomando media cara por lo entreabierto, cuando me levante, a la hora que sea. No hay nada que me mueva a pirarme tan pronto una vez que le ha cogido las vueltas al lugar, incluso sé que sería feliz unas cuantas horas más allí. Pero el Mekong me tira demasiado, descubrir nuevos meandros, convivir con otros seres, soñar en vegas desconocidas… Siempre hay un río de leyenda un tramo más allá. 

Mientras en penumbra caen los párpados a plomo, solo me acompaña el coro de cigarras junto al goteo incesante del grifo del lavabo y al suave rumor del compresor del aire acondicionado que salta esporádicamente. Termino de teclear y me veo desarmado sin cerveza ni tabaco. Supongo que es hora de dormir, esta vez un poco más elevado y cómodo con somier aunque en el fondo pueda llegar a echar de menos el colchón tirado al suelo que me hizo roncar a pierna suelta tiempo atrás. En el fondo es solo cuestión de añoranza de otro tiempo.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Mukdahan y Savannakhet, primas hermanas (extracto "Río Madre")

Amilanado en un bus local, con ventiladores anclados al techo y una maraña de cables oscilando peligrosamente sobre mi coronilla, arranca mi tramo hasta Mukdahan, siempre paralelo a campos estériles, agrietados de pura aridez, hundidos de tal modo que parecen susurrar su ansia de simiente arrocera. Es la estampa permanente del viajero por Isan: a mi lado solloza un bebé, es una niña desconsolada que luce un hermoso aro tobillero adornado con cascabeles plateados, hay también un monje que arrastra su túnica azafrán y al pasar a mi lado su roce delata un intenso aroma a incienso ganado con seguridad en multitud de horas recogido en oraciones dentro de una capilla oreada y fuera, al margen, una perra erguida observa como su camada de cachorros se amamanta, un niño desnudo hace sus necesidades y un campesino, que se seca el sudor al paso del bus, observa divertido el cuadro del animal y el crío. 

Al llegar arrastro mi alma, por momentos tan insensible como inservible, por calles tejidas en un damero inconexo e irregular más propio de una mente perversa que de algo con resonancia a lógica. Sueño ahora con ausentes eróticas caricias en esa hora en que antaño, meses atrás, besaba muy de mañana la boca de una mujer. El sol amenaza con evaporarme al mínimo descuido y el aire cálido mantiene en una pira incendiaria lo poco que pueda quedar de mis pulmones. Me refugio un poco por aquí, otro poco más allá. Una pensión ocre, un bar no más luminoso, un trago… hago tiempo, busco mi lugar en el nuevo entorno, en mi cerebro, ruta y vivencias. 

Cuando llega el borde del mediodía, una inesperada tregua de canícula arroja a mis ojos un Mukdahan que es como la radiografía perfecta, descarnada, de lo que implica el ansia de progreso a este lado del Mekong. Un esqueleto, una ciudad aún sin membrete, de esas típicas para las que se inventó el por nunca jamás. De pupila dilatada, es fea, y gris, y tan desparramada como desgarrada y casi hasta grotesca, como una gárgola, un yak guardián de los templos o un perro de Fu. Sus calles se amontonan y parecen brotar de la nada, desnudas o desiertas, salpicadas de cuarteadas casonas e imperfectas aceras, e incluso pueden parecer arrogarse una petulancia que no les corresponde y que puede llegar a confundir al viajero. Pero la gente bulle en todas las direcciones, es un reducto vivo, seres hospitalarios y terriblemente amistosos. Sueñan con un futuro de prosperidad, alaban el reciente y vistoso puente sobre el Mekong en la infinita esperanza de ser partida o meta de una teórica ruta comercial que lleve hasta Hué, la capital del Vietnam central. También lucen por centenas los seguidores del partido rojo, con sus camisetas bermejas, como en todo Isan, paseando y trasegando en otro de los múltiples mercados fronterizos que dan sentido al pueblo. 

El Río Madre luce aquí esplendoroso, crecido y amplificado como no lo había visto hasta ahora. Camino por el paseo marítimo, muy similar al de Vientiane y observo como la suave brisa agita la superficie del cauce y genera un efecto que simula en el río como si fuera un papel de fina lija. Es cautivador observar el fluir silencioso del río, saber que estas mismas aguas me observarán en mi paso por Camboya y Vietnam, saber que en la misma calma en la que escribo esto ahora escribiré nuevas vivencias en el futuro sobre el mismo panorama. Familias Thais, turistas como yo, me arropan luego en un restaurante suspendido sobre el río. Ríen y aplauden, beben y gastan chanzas. Los niños sacan fotos a un Savannakhet que se puebla de lucecitas y a una luna que ya torna a menguante, aparecida sobre Laos, y que asemeja cogida de un hilo transparente. Una vez cae la noche cerrada, recojo mis bártulos y decido irme a dormitar unas horas. 

Pero al caer la noche, aquí como en Nong Khai, la vida se embruja, se esconde y difumina y todo parece aún más oscuro y misterioso, aún menos acogedor, excepto en la sucesión de garitos que resucitan, revierten su quietud matutina en una polifagia de alcohol y sexo, y adoptan una especie de ojo único en este cíclope no llamado Polifemo sino Mukdahan. Inevitablemente me giró el cuerpo hacia un poco de diversión y, tras entender que quizás era un poco pronto para gastar las sábanas, aparqué los bártulos en la habitación de la pensión y salí a tomar tragos, a ver qué escondía Mukdahan para mí en esta vertiente. 

... 

Al despertar al mediodía recuperé mi cabeza en agua templada y, cuando recobré la calle, mi cuerpo no cejaba en su humedad porque me atrapó una tromba de agua racheada de proporciones bíblicas. Observaba al Mekong agitarse como dolorido del salpicar constante de agua por cada uno de sus centímetros cuadrados. Los viejos me observaban divertidos, al seco abrigaño, mientras me chillaban “namfon, namfon” (lluvia, lluvia) y al acercarme a su recogimiento uno de ellos me tendió una diminuta toalla con la que secar mi chorreante cabello. Adoro Isan, por mil aspectos, incluso mucho más diversos que éste, pero, en el fondo, son estas situaciones, propias del alma y no del color de un billete, las que me llevan a vagar perennemente por sus recodos. El calor de sus gentes no admite comparación. 

Otro día visité la torre de Mukdahan pero esta vez en su vertiente cultural, jamás regresaré allí a tomar copas. Dentro, un museo desperdigado e inconexo pretende lucir algo semejante a aperos de las distintas minorías que pueblan la región. Pero no lo consigue, al menos claramente. Aquí cuatro descripciones en inglés, allí ausentes, un telar, unos utensilios propios de mahout, de la doma de elefantes. Nada cuadra con lo siguiente, son como isletas de recuerdos independientes, como un cementerio donde todos descansan juntitos pero cada uno es completamente distinto, ajeno a los que le rodean. Al salir, después de visitar la parte superior desde donde se divisan unas vistas potentes de toda la cuenca del Mekong en este área, lo único que pasaba por mi mente es que, al menos, poco se perdió en el trance ya que la entrada apenas sale por veinte baht y, como añadido, con su visita había tenido excusa para un tranquilo paseo desde el hotel que me había abierto el apetito. 

La siguiente mañana, cuando ya empezaba a ser reconocido por los comerciantes del mercado de Indochina, otee el horizonte, Laos en mayúscula, Savannakhet en letra pequeña, y supe que era momento de regresar a la senda sur del Mekong, de abandonar Isan. Así, en unas horas tenía estampado mi tercer y definitivo sello de entrada en Laos en apenas unas semanas purgando, de nuevo, los treinta y cinco dólares de rigor. 

Villas señoriales arracimadas aquí y desbalagadas allá, jalonadas de buganvillas de colores que se confunden entre el malva y el lila, al rebufo de plumerías de flores tan blancas tal que hubieran sido bañadas en lejía pura. Algo, este sitio, como para resucitar, algo que estalla en el irrefrenable deseo de trotar por nuevos horizontes, nuevos futuros, de calles perpendiculares que invitan a descubrir, a asomar el hocico un trecho más allá sin debilidad ni desfallecimiento anímico posible. Eso es Savannakhet. Caminar así, con los ojos como platos, calle tras calle. Una delicia de tonos pastel. Lo primero es pensar que quizás ha sido un recuerdo guardado celosamente por esta sociedad. Un vestigio de algo que murió pero cuya gloria nunca ha de desaparecer. Algo tan cercano, algo de estilo europeo, francés. Y su gloria asombra por inédita, por encantamiento como refresco, chapuzón helado, a un cuerpo y un alma adormecidos. 

Acaso en Laos llueve sobre mojado en lo que se refiere a arquitectura colonial, pero Savannakhet es punto y aparte. Es capaz de degollar cualquier bella fachada o cornisa afrancesada anterior que cruzó por mis ojos con una suficiencia que desarma. Ni Luang Prabang, ni Vientiane o Hanoi, ni las localidades ribereñas del Mekong, ni Phnom Penh… Nada. Esto es un punto más allá, una sexta marcha, un crisol madurado y de acabado perfecto. Hasta la alargada sombra del viajero parece conjugarse con su figura para no romper ningún encuadre a ojos vista, regalando a la vista un plano panorámico irreprochable.