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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Hoi An, Vietnam. 06:33 A.M. (extracto de "Río Madre")

Me hundo en un torrente de agua fría y me arranco por cualquier callejuela. 06:33 de la mañana, con la gorra deshilachada de un par de dólares ajustada en la cabeza, la misma que entonces, años atrás y hasta ayer, sirvió para un descosido de lluvia pero ahora deberá servir para un roto de débil sol filtrado por una masa de nubes que sigue amenazando. Y una vez más entiende el viajero que es dueño de su tiempo y su destino, que él decide cuándo y cómo. Que muchos días no podrá compartir una escudilla de arroz con unos semejantes. Ni odiado ni amado, solo invisible para los que le rodean. Que el silencio y la lectura muchas veces forman parte de su caminar, de sus ratos de alimentación, de sus ratos de penumbra previos al sueño. Muchas demasiadas veces. Que solo lo que enrede el azar, llámese Pa, Nhiaw, Thong o cualquier otro dará calor y color a su porvenir. Que su hallazgo de libertad partirá de la soledad, solo porque él lo ha querido así. Que Hoi An se convierte en el día, la noche, las risas, las dudas, la familia, todas las amistades… todo lo que quepa en su entallado corazón. Y su magia pertenece a quien sepa amar sus circunstancias en esa hora bruja. Ese quién que has decidido ser tú. Todo lo duro del camino adquiere su sentido en momentos únicos como ese de las 6:33 de la mañana en la heredera de Faifo. Ya no hace falta emborronar más papeles o sueños difusos. Sucedió a las 06:33 de la madrugada, callejeando enigmático, en una calle de nombre olvidado. 

Era una deuda pendiente. Salí de la pensión para cruzarme con un funeral donde llevaban al difunto en una furgoneta de costados abiertos con dos tipos disfrazados con coloridos trajes magentas, ridículas barbas postizas y un tocado ribeteado de cascabeles que, a ratos micro en mano y a ratos juego de palos de batería el uno y platillos el otro, no dejaban de lanzar salmos o bienaventuranzas por el difunto. Detrás seguía, con rostro como corresponde, una procesión de, imagino, familiares acompañados de una charanga que, ciertamente, no tocaba compases fúnebres sino más bien festivos y alegres. Aún alucinado por cómo esta sociedad parece pretender hacer de un drama un festival, caminé calle abajo buscando saldar esa deuda, esa pregunta que me carcomía: ¿qué habría sido del vendedor descalzo de cuadros? 

Hoi An, tal y lo que es su zona histórica, supone un agradable paseo de sur a norte, de este a oeste. Es ridículamente pequeño pero, acaso por ello, más concentrado y hermoso. No tardé en aparecer por el umbral del negocio. Allí seguía, ésta vez con chanclas aterciopeladas. Le miraba y era como ver a mi padre, encorvado, ya con la frente más hacia el futuro inhumado que hacia el porvenir en lejano horizonte, achacoso y con otra buena siembra de canas que le hacían parecer, si cabe, aún más anciano. Ni me reconoció ni, por supuesto, lo esperaba. Traté de explicarle que hacía cuatro años le había comprado un cuadro mientras él me miraba, con ojillos inquisidores, tratando de descifrar de qué demonios hablaba ese tipo raro. Le recordé lo de la lluvia, sus pies descalzos abriendo brechas en los charcos de la calle Bach Dang… todo en balde. Su inglés, si es que alguna vez habló un poco, se había perdido como mi sombra en su recuerdo. Pero me hizo ilusión verle, contemplar sus excepcionales obras en ese mismo garito anclado entre tejas reviradas y portalones de madera canida. Cuando supe que jamás me recordaría, di media vuelta con la misma expresión feliz con que entré, me despedí y pude ver, ya en la distancia, como su rostro se asomaba, deformado en un estallido de arrugas, junto a una pilastra mate para ver cómo me perdía en el siguiente cruce de calles mientras seguro rumiaba su mal fario por no entenderme y, quizás, haber perdido por ello la opción de vender alguna de sus obras. 

Llegó el famoso festival de la luna llena. “La típica pachanga para turistas” piensa uno cuando el crepúsculo vence y obliga a sacudir la corriente eléctrica que enciende unos titilantes fulgores bañados en rojo carmesí, arrastrados de las centenares linternas colgadas de aleros de tropical madera, que alumbran y descubren casi tanto como esconden y encubren en historias que crezcan en esquinas inmunizadas al candor, en penumbra, al albur de tu pasajera imaginación. Craso error. Todo sea porque el factor turístico en estas horas brujas pareciera diluirse (al menos un poco más que en horas diurnas) o, cuando menos, mezclarse con la ingente cantidad de ciudadanía local deseosa de celebrar este mágico momento. En ese momento Faifo recupera la imagen tejida en mi memoria un poco más claramente. Sorprenderse a cada esquina, quemar un pitillo con un lugareño sentado a la puerta de su local, apurar alguna cerveza ante ese sangrante panorama teñido de claro-oscuros en rojo hacían que fuera de un perezoso sobrado cuando pensaba en refugiarme en la habitación que había alquilado en una buhardilla. A altas horas de la madrugada conseguí caer dormido, con una perenne sonrisa, alumbrado por el torrente de claridad propia de luna llena, entonces sin nubes turbias, que se filtraba como un torrente salvaje en la minúscula habitación a través de un rústico velux. Seguía viviendo mi sueño, sintiéndome perro callejero, sin dueño. Hoi An me había devuelto el aliento.

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