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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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viernes, 19 de febrero de 2016

El templo de la ciudad dorada (extracto "Río Madre")

Wat Xieng Thong (templo de la ciudad dorada) debe ser el templo más conocido de Laos con seguridad, también es uno de los más hermosos, qué duda cabe, y, sin ningún género de dudas, uno de los de más prestigio para la misma población de Luang Prabang. Pero eso no era lo que me había llevado allí, más bien era el pasado lo que me llevaba en volandas a su regazo. 

Recordaba, mientras mis pasos parecían querer huir de una sombra difusa y plana que reflejaba los pocos minutos que quedaban de sol y enfilaba el antaño camino de polvo (ahora ladrillo) convertido en barrizal por las lluvias monzónicas veraniegas que daba acceso al templo, que hace tres años tuve la inmensa fortuna de poder disfrutar del recinto prácticamente solo, sin turistas ni jóvenes novicios. Y quería recuperar emociones. Entonces, por aquel tiempo, admiraba los adornos del imponente sim, la colección de budas entre descoloridos y de tono verdoso, con reductos de moho que reventaban cualquier noción de tiempo que uno pudiera suponerles, los murales interiores en oro sobre negro mate y su finísima pátina de gloria vigente en polvo… supongo que debía ser feliz pensando que, incluso si una de aquellas figuras pudiera cobrar vida desde su efímero estado y dirigirse a mí, la ilusión de esa irrealidad no hubiera superado el cúmulo de sentimientos que pugnaban por brotar de mis entrañas en esos instantes ciertos y reales en soledad. Como si la humanidad se hubiera detenido en ese breve y diminuto cruce de tiempo y espacio y una fuerza huracanada la hubiera borrado de la faz de la tierra. Solo para mí. Así, salí hacia la parte trasera y me sacié de aire puro y húmedo que se mezclara con la deliciosa caricia que supone para las fosas nasales el aroma del interior del sim. Porque mucha gente no lo sabe y otros muchos no lo perciben, pero Wat Xieng Thong es olor, no el clásico olor de sándalo en varitas de incienso o cera de velas consumidas todo ello regado del dulce y casi imperceptible aroma de lotos recién cortados. No, ni tampoco el de pintura o teca revenida. Que va. El sim de Wat Xieng Thong huele a Laos, a historia infinita, a ceremonia y a luto, a Mekong que aquí asoma como madre de todas las aguas, pero, sobre todo, huele a fe, a ilusión y a perseverancia de un pueblo que hace del vivir el más preciado de sus tesoros. Y ahí radica su magia, podrás pasar por decenas, centenares de templos, tantos o más como han recorrido mis pies descalzos, pero no vas a encontrar un olor igual y, si acaso, cuando regreses a tu casa, a tu entorno habitual, y quizás un ligero efluvio de algo similar llene tus pulmones, podrás sonreír y alegrarte porque mentalmente regresarás a Laos y sus gentes paseando de nuevo por la memoria de un templo precioso como es este Wat Xieng Thong. Solo dos veces en mi vida he percibido algo similar aunque con menos fuerza, en Byodo-In, muy cerca de Kioto, una de las cunas del budismo japonés, y en el sim del pabellón octogonal en Jingzhen, al sur de la provincia china de Yunnan, no muy lejos de Luang Prabang, otros dos sitios mágicos que darían para mucha conversación. 

Aún ricamente intoxicado me senté en un escalón del pequeño ho trai (biblioteca) en la parte trasera y, durante vibrantes minutos, me deje seducir por el soberbio mosaico del árbol de la vida que luce en la parte posterior del sim. Allí me quedé, como un idiota embelesado, como un recluta que no puede dormir al comenzar su calvario militar y observa, echado en la cama, la foto de su novia a la que sabe que no volverá a ver en meses o acaso como ese pobre mortal que, precediendo a Perseo, ha osado desafiar a la Medusa griega y ya solo le espera el hechizo, petrificado, hasta el fin de los días. Inmóvil, en silencio... solo. Y el tiempo, el sol poniente, se cerró como si hubiera sido un chasquear de dedos, minutos que se fueron en un click. Solo la imperiosa necesidad de regar aquella cascada de emociones que gritaba mi interior con una Beerlao pudo, de noche casi cerrada, devolverme de aquel estado etéreo en que soñaba y rasgaba palabras sobre una libreta para devolverme a la calle Sisavangvong y mezclarme con decenas de turistas que apuraban para hacer sus compras o charlaban en derredor de unas tazas de café. Yo ya era inmortal en mi cerebro, bañado de la soledad eterna que me inundó aquel día en Wat Xieng Thong.

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