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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 25 de febrero de 2016

Las aguas de Vinh Long (extracto "Río Madre")

Un paseo por el delta del Mekong que se transformó más en indiferencia y brujo recuerdo que apetencia. Lo digo porque, una vez en Vinh Long, alquilé una barquichuela para dar una vuelta por su delta. Todo respiraba mi mal fario traducido en la añoranza de los maravillosos backwaters de Kerala. Porque aquí es parecido, pero en feo y nauseabundo por un pestilente olor que embadurna todo. Y no deseaba tener ese recuerdo del Río Madre, así que pedí al patrón, uno con cigarro perenne, cejas canas y visera oscura calada como a rosca, que pusiera proa a donde no habite casi nadie, donde el agua fuera líquido con limo y no restos de petróleo y donde la vega respire a humanidad vietnamita y no a decorados de cartón. El tipo, pasta de por medio, no dudo ni un ápice: rumbo a lo profundo. 

Allí, con un sol que se acostaba, convertido en absoluta bola de fuego, se filtraban los rayos finales del astro como tenebrosos brazos a través de la espesura para postergarse sobre el lecho arrancándole de ese modo brillantes zafiros dorados por doquier. Un baile, un crepitar de destellos, un lujo solo para mis ojos y los de una pareja de niños sobre una chalupa descubierta que también observaban, embelesados, la escena mientras desatendían las indicaciones de un padre que pretendía enseñarles cómo lanzar las redes de pesca y que, a su vez, habría visto miles de atardeceres como aquél. Así quería recordar al Mekong, arrastrando miles de jacintos de agua entre destellos, de ese modo lo guardaría en mi corazón, congelado bajo un candado de siete llaves hasta mi regreso. Porque como el agua que desemboca y que muere, se evapora y vuelve a caer en lluvia o nieves tibetanas para regresar a su cauce, yo también retornaré. Como he hecho y haré siempre. Y todo porque sentía que me había llegado la hora del adiós. La hora de separar mi camino del de la que se había convertido mi sombra y razón de esta aventura. Lo veía multiplicarse, en lontananza, en pequeños regueros que se abrían como diminutas arterias en un mundo esmeralda de helechos, bananos y cocoteros. Pronto habría de desangrarse, de morir en el mar del sur de China. Pero su viaje, como el mío, ya había regado las vegas de pescado, de nutrientes para la tierra,… todo para las gentes que lo poblaban en barcas, en arrozales acodados en su tramo menguante. Todo a cambio de nada, solo los ruegos y ofrendas en algunos de los templos más cercanos o incluso como aquél otro, hundido en su lecho a su paso por Nong Khai. Él llegaba a su fin con el trabajo hecho, la simiente derramada en su camino. Y yo me sentía, en cierto modo, como ese río. Con un escrito a punto del remate que pretendía llamar a quien lo lea a recorrer sus recodos y conocer a sus gentes. Dicen que el turista lo es porque viaja deseando conocer sitios reseñados, pero el viajero, el que curte su armadura de saberes, ése solo viaja para conocer a gentes que ni tan siquiera se llega a imaginar en origen. Y en ese viaje mutuo se nos habían juntado a la vera gentes inolvidables, gentes que siempre vivirán alebradas al río, a éstas páginas. Su curso pronto moriría y mi viaje, como él, pronto se apagaría. Lo recordaba tal y como las emociones de mi ruta, como las personas que nutrieron mi curso y que quedan desgranadas en muchas decenas de páginas: tenue, pausado en Luang Prabang, vigoroso y turbulento entre Nong Khai y Vientiane, a ratos festivo y a ratos melancólico entre Nakhon Phanom y Pakse, vigorizante en forma de afluentes por Tbeng Meanchey y Komphong Thom, depresivo en Phnom Penh y, como adiós, mientras mi figura se postra y palpa cariñosamente su superficie en agradecimiento por su hálito que no me permitió cejar en el empeño, engrandecido y poderoso surcando su delta de nueve dragones, tal y como es conocido en este su tramo final vietnamita: el río Cuu Long, el río de los nueve dragones. Me puede la emoción, el peso de tantas personas, tantas historias turbulentas como la marea que me devuelve, con ojos llorosos y espíritu satisfecho pero quebrado, al embarcadero de Vinh Long. 

La ciudad fue solo un trampolín para decir adiós al río. Vinh Long no pasa de estéril, con toneladas de turistas de todo a cien que llegan, surcan las aguas subidos a monstruos gigantes de hojalata, visitan un mercado al que me quería llevar el patrón (“no, gracias, tira hacia donde la barca más grande albergue a tres personas”) y vuelven a montar en su bus camino de cualquiera sabe dónde. Pero algo tiene muy bueno, especialmente después de salir de la congestionada Long Xuyen, tres horas hacia el norte: todo el griterío se reduce a la calle del embarcadero y su poderoso mercado. Hacia los costados reinaba la calma y era enriquecedor el poder sacar una silla a la acera, frente a la pensión, para tomar un trago a la fresca mientras esporádicos vietnamitas gastaban el asfalto en motos o bicicletas limitadas, por algún extraño designio, a veinte kilómetros por hora. Allí pasaba horas muertas que sin embargo salían muy vivas por la pasión por el diálogo de buena parte de sus vecinos. Y después me recogía, con calma, al gélido torrente de una habitación cuyo termostato del aire acondicionado debía llevar un lustro estropeado y era imposible de regular. No sé, cuando lo recuerdo, si acabé prendado de Vinh Long o no, solo tengo claro que, después de Long Xuyen, algo como aquello, con reminiscencia a pueblo mediano, era un golpe de fortuna para este viajero molido por la ruta. Y por ello seguro que no me importaría volver a escudriñar la levemente pegajosa noche, apoltronado en otra silla de plástico mientras la gente ordena su vida a ras de acera, porque si por algo destaca este país es por la pasión de sus habitantes por hacer la vida en la calle, con pijama y todo, sin pudor alguno. Eso, a ojos vista, es toda una garantía de entretenimiento y una certeza de que, cuando menos lo esperes, algo impactante va a suceder. Y, si acaso no por eso, sí que regresaré para volver a compartir otro delicioso café en compañía de los dueños de la pensión donde me alojaba, mi otra costumbre nocturna en la ciudad. Tal que así recuerdo que fue Vinh Long para mí. 

Una mañana allí, nada más que arrancó la alborada, me dirigí a un templo cercano, más por la añoranza que me carcomía tras muchos días sin impregnarme del abrumador olor a incienso y el poso de calma que por el marcado interés que pudiera tener el sitio. Alquilé una bici y me centré en pedalear los escasos tres kilómetros que distan desde Vinh Long hasta esta pagoda conocida como Van Than Mieu. Una vez allí no había mucho de interés, pero lo poco que se levantaba aparecía encerrado entre una maraña de frangipanis y magnolias cuyas flores desprendidas salpicaban todo los recodos del lugar. Eran no más de 2 santuarios adornados con dragones, un estanque famélico y otro par de pabellones que aparecían desperdigados por todo el recinto enclaustrado que marcaba el perímetro. Allí, en la calma del lugar, entendí que, por mucho que me empeñe, Vietnam jamás va a ser un destino para visitar templos o lugares de culto, y no entendía sí, con seguridad, no tendría mucho que ver en ello su ostentación comunista. Probablemente así sea, aunque lo mismo sucede en el norte, en China, y aquel país, sin embargo, alberga complejos religiosos que empequeñecen el alma. 

Después de un par de días de asueto y relax me dejé caer a plomo en un mullido asiento de furgoneta para compartir con otros vietnamitas, cargados hasta arriba de bolsas con víveres (entre otros unos patos que parpaban sin cesar y unas apetitosas, por jugosas y rojas como la pasión, sandías en rodajas) los apenas sesenta kilómetros que nos separaban de Tra Vinh, donde esperaba rascar un poco de sentimiento budista embutido entre la comunidad jemer que habita la zona y que, desde luego, es algo que no se respira en Vinh Long. Pero no llegamos muy lejos, de facto ni salimos de la estación: el cacharro no tenía frenos. El conductor se desgañitaba llamando por teléfono, pidiendo auxilio imagino… pero nada. Total que al final toda la tropa tuvimos que cambiarnos a un bus desvencijado y abollado que pasaba y era, encima, como el camarote de los hermanos Marx. Quiero decir que allí sumamos al zoo otra plétora de ciudadanos de viene y va al mercado, pollitos que no dejaban de piar y hasta un perro azabache que me miraba con las orejas caídas y una expresión de pena que rasgaba el alma. Pero, como siempre, todo lo susceptible de empeorar lo acaba haciendo y, por ello, allí topé con un recaudador de la pasta (en el sudeste asiático generalmente hay uno que conduce y otro que recauda) que iba de espabilado. El susodicho se me acercó con la intención de que pagara un billete más porque mi maleta abultaba demasiado, así que monté en cólera, le convencí a medias diciendo que mi ticket de varios miles de dongs era por la maleta y mi espacio y le obligué a callarse. La realidad es que era mentira porque había tenido el cuidado de esconder la maleta al sacar el ticket porque ya me olía que me podían hacer una jugada así. El caso es que el tío, pese a mi rapapolvo, no cejaba (vietnamita puro él) y me pidió un billete que pasó a comprobar mientras yo me veía con una patada en el culo y apeándome en marcha por haberme pasado de listo. Pero no, el tío chequeo la cantidad de treinta mil dongs, me miró mientras yo, acojonado, esperaba sus gritos y humilló la mirada, hizo un ademán de conforme y se volvió a la parte delantera del bus. “La puta que la parió a la de la oficina de tickets” pensaba, porque mi cabreo había alternado de protagonista, ahora mis iras iban dirigidas hacia la tipeja de la oficina de tickets que, pese a todo, me la había enchufado. Y en eso estaba, en el cabreo monumental, cuando un patito, escapado de una de las decenas de cestas en que los llevan mal recogidos con bridas, se puso a retozar, para alborozo y risas generales, sobre mi maleta. “Lo que me faltaba, que ahora el jodido pato se cague en mi maleta” pensaba yo, macilento. Al llegar a Tra Vinh, me apeo y el tipo de la recaudación me tira la maleta mientras me acuerdo de su madre, momento preciso en que el tipo arrea una patada al pobre patito que se le había colocado a huevo ya que seguía por allí dando vueltas y que viene a caer, dolorido, gimoteando y medio cojo a mi lado. Vuelta a dedicarle recuerdos a la madre que lo echó. Me quedo mirando el pobre animal desamparado mientras éste, que a su vez me observa imagino que compungido, se me arrima sin parar de parpar y gemir su desdicha. “A ver dónde encontramos un buen acomodo para ambos, socio. A ver si encontramos alguien que nos quiera un poco”, le digo en voz baja y, tras cogerlo suavemente y acunarlo un poco, lo acabo dejando una centena de metros carretera arriba, en la poza de una casa en la que otros dos congéneres suyos parecen aceptarle con disimulada indiferencia. Y así se escribe otra de las historias de a pelo en los buses de Vietnam, que pueden agradar más o menos, pero desde luego no aburren nunca.

viernes, 19 de febrero de 2016

El templo de la ciudad dorada (extracto "Río Madre")

Wat Xieng Thong (templo de la ciudad dorada) debe ser el templo más conocido de Laos con seguridad, también es uno de los más hermosos, qué duda cabe, y, sin ningún género de dudas, uno de los de más prestigio para la misma población de Luang Prabang. Pero eso no era lo que me había llevado allí, más bien era el pasado lo que me llevaba en volandas a su regazo. 

Recordaba, mientras mis pasos parecían querer huir de una sombra difusa y plana que reflejaba los pocos minutos que quedaban de sol y enfilaba el antaño camino de polvo (ahora ladrillo) convertido en barrizal por las lluvias monzónicas veraniegas que daba acceso al templo, que hace tres años tuve la inmensa fortuna de poder disfrutar del recinto prácticamente solo, sin turistas ni jóvenes novicios. Y quería recuperar emociones. Entonces, por aquel tiempo, admiraba los adornos del imponente sim, la colección de budas entre descoloridos y de tono verdoso, con reductos de moho que reventaban cualquier noción de tiempo que uno pudiera suponerles, los murales interiores en oro sobre negro mate y su finísima pátina de gloria vigente en polvo… supongo que debía ser feliz pensando que, incluso si una de aquellas figuras pudiera cobrar vida desde su efímero estado y dirigirse a mí, la ilusión de esa irrealidad no hubiera superado el cúmulo de sentimientos que pugnaban por brotar de mis entrañas en esos instantes ciertos y reales en soledad. Como si la humanidad se hubiera detenido en ese breve y diminuto cruce de tiempo y espacio y una fuerza huracanada la hubiera borrado de la faz de la tierra. Solo para mí. Así, salí hacia la parte trasera y me sacié de aire puro y húmedo que se mezclara con la deliciosa caricia que supone para las fosas nasales el aroma del interior del sim. Porque mucha gente no lo sabe y otros muchos no lo perciben, pero Wat Xieng Thong es olor, no el clásico olor de sándalo en varitas de incienso o cera de velas consumidas todo ello regado del dulce y casi imperceptible aroma de lotos recién cortados. No, ni tampoco el de pintura o teca revenida. Que va. El sim de Wat Xieng Thong huele a Laos, a historia infinita, a ceremonia y a luto, a Mekong que aquí asoma como madre de todas las aguas, pero, sobre todo, huele a fe, a ilusión y a perseverancia de un pueblo que hace del vivir el más preciado de sus tesoros. Y ahí radica su magia, podrás pasar por decenas, centenares de templos, tantos o más como han recorrido mis pies descalzos, pero no vas a encontrar un olor igual y, si acaso, cuando regreses a tu casa, a tu entorno habitual, y quizás un ligero efluvio de algo similar llene tus pulmones, podrás sonreír y alegrarte porque mentalmente regresarás a Laos y sus gentes paseando de nuevo por la memoria de un templo precioso como es este Wat Xieng Thong. Solo dos veces en mi vida he percibido algo similar aunque con menos fuerza, en Byodo-In, muy cerca de Kioto, una de las cunas del budismo japonés, y en el sim del pabellón octogonal en Jingzhen, al sur de la provincia china de Yunnan, no muy lejos de Luang Prabang, otros dos sitios mágicos que darían para mucha conversación. 

Aún ricamente intoxicado me senté en un escalón del pequeño ho trai (biblioteca) en la parte trasera y, durante vibrantes minutos, me deje seducir por el soberbio mosaico del árbol de la vida que luce en la parte posterior del sim. Allí me quedé, como un idiota embelesado, como un recluta que no puede dormir al comenzar su calvario militar y observa, echado en la cama, la foto de su novia a la que sabe que no volverá a ver en meses o acaso como ese pobre mortal que, precediendo a Perseo, ha osado desafiar a la Medusa griega y ya solo le espera el hechizo, petrificado, hasta el fin de los días. Inmóvil, en silencio... solo. Y el tiempo, el sol poniente, se cerró como si hubiera sido un chasquear de dedos, minutos que se fueron en un click. Solo la imperiosa necesidad de regar aquella cascada de emociones que gritaba mi interior con una Beerlao pudo, de noche casi cerrada, devolverme de aquel estado etéreo en que soñaba y rasgaba palabras sobre una libreta para devolverme a la calle Sisavangvong y mezclarme con decenas de turistas que apuraban para hacer sus compras o charlaban en derredor de unas tazas de café. Yo ya era inmortal en mi cerebro, bañado de la soledad eterna que me inundó aquel día en Wat Xieng Thong.

viernes, 12 de febrero de 2016

Vídeo de los templos de Kioto

Subido el vídeo de los templos de Kioto (finalmente he decidido separar en dos la segunda experiencia japonesa) que recoge muchos de los más notables santuarios de esta antigua capital y sus siempre maravillosos jardines. Por si esto fuera poco, el documental fue filmado en pleno momijigari o época de cambio de coloración de hojas de arces y ginkgos que regalan, en su conjunto, un estallido de colores sin igual. Visitados en un recorrido que duró cinco días, desfilarán por estas imágenes templos de los cuatro puntos cardinales incluidos los de la septentrional zona rural de Ohara. Editado en un estilo dinámico gracias al uso de secuencias más cortas, acompañan a la filmación pequeños comentarios relativos a elementos históricos, naturales o culturales de cada lugar. Los próximos en llegar, antes de salir para Nepal, serán los de Centroamérica y el último de Japón que englobará Himeji y la isla de Shikoku. Ya para el regreso, para verano, quedarían pendientes el vídeo de Corea del Sur, el de China y los que salgan de la próxima ruta por India e Indonesia, pero no tengo claro que pueda ir haciéndolos porque es probable que esté más centrado en rematar el tercer libro. Uno no puede evitar, por más que lo intente, pensar a diario en todas esas cosas pendientes que se van acumulando. Poco a poco.
 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Hoi An, Vietnam. 06:33 A.M. (extracto de "Río Madre")

Me hundo en un torrente de agua fría y me arranco por cualquier callejuela. 06:33 de la mañana, con la gorra deshilachada de un par de dólares ajustada en la cabeza, la misma que entonces, años atrás y hasta ayer, sirvió para un descosido de lluvia pero ahora deberá servir para un roto de débil sol filtrado por una masa de nubes que sigue amenazando. Y una vez más entiende el viajero que es dueño de su tiempo y su destino, que él decide cuándo y cómo. Que muchos días no podrá compartir una escudilla de arroz con unos semejantes. Ni odiado ni amado, solo invisible para los que le rodean. Que el silencio y la lectura muchas veces forman parte de su caminar, de sus ratos de alimentación, de sus ratos de penumbra previos al sueño. Muchas demasiadas veces. Que solo lo que enrede el azar, llámese Pa, Nhiaw, Thong o cualquier otro dará calor y color a su porvenir. Que su hallazgo de libertad partirá de la soledad, solo porque él lo ha querido así. Que Hoi An se convierte en el día, la noche, las risas, las dudas, la familia, todas las amistades… todo lo que quepa en su entallado corazón. Y su magia pertenece a quien sepa amar sus circunstancias en esa hora bruja. Ese quién que has decidido ser tú. Todo lo duro del camino adquiere su sentido en momentos únicos como ese de las 6:33 de la mañana en la heredera de Faifo. Ya no hace falta emborronar más papeles o sueños difusos. Sucedió a las 06:33 de la madrugada, callejeando enigmático, en una calle de nombre olvidado. 

Era una deuda pendiente. Salí de la pensión para cruzarme con un funeral donde llevaban al difunto en una furgoneta de costados abiertos con dos tipos disfrazados con coloridos trajes magentas, ridículas barbas postizas y un tocado ribeteado de cascabeles que, a ratos micro en mano y a ratos juego de palos de batería el uno y platillos el otro, no dejaban de lanzar salmos o bienaventuranzas por el difunto. Detrás seguía, con rostro como corresponde, una procesión de, imagino, familiares acompañados de una charanga que, ciertamente, no tocaba compases fúnebres sino más bien festivos y alegres. Aún alucinado por cómo esta sociedad parece pretender hacer de un drama un festival, caminé calle abajo buscando saldar esa deuda, esa pregunta que me carcomía: ¿qué habría sido del vendedor descalzo de cuadros? 

Hoi An, tal y lo que es su zona histórica, supone un agradable paseo de sur a norte, de este a oeste. Es ridículamente pequeño pero, acaso por ello, más concentrado y hermoso. No tardé en aparecer por el umbral del negocio. Allí seguía, ésta vez con chanclas aterciopeladas. Le miraba y era como ver a mi padre, encorvado, ya con la frente más hacia el futuro inhumado que hacia el porvenir en lejano horizonte, achacoso y con otra buena siembra de canas que le hacían parecer, si cabe, aún más anciano. Ni me reconoció ni, por supuesto, lo esperaba. Traté de explicarle que hacía cuatro años le había comprado un cuadro mientras él me miraba, con ojillos inquisidores, tratando de descifrar de qué demonios hablaba ese tipo raro. Le recordé lo de la lluvia, sus pies descalzos abriendo brechas en los charcos de la calle Bach Dang… todo en balde. Su inglés, si es que alguna vez habló un poco, se había perdido como mi sombra en su recuerdo. Pero me hizo ilusión verle, contemplar sus excepcionales obras en ese mismo garito anclado entre tejas reviradas y portalones de madera canida. Cuando supe que jamás me recordaría, di media vuelta con la misma expresión feliz con que entré, me despedí y pude ver, ya en la distancia, como su rostro se asomaba, deformado en un estallido de arrugas, junto a una pilastra mate para ver cómo me perdía en el siguiente cruce de calles mientras seguro rumiaba su mal fario por no entenderme y, quizás, haber perdido por ello la opción de vender alguna de sus obras. 

Llegó el famoso festival de la luna llena. “La típica pachanga para turistas” piensa uno cuando el crepúsculo vence y obliga a sacudir la corriente eléctrica que enciende unos titilantes fulgores bañados en rojo carmesí, arrastrados de las centenares linternas colgadas de aleros de tropical madera, que alumbran y descubren casi tanto como esconden y encubren en historias que crezcan en esquinas inmunizadas al candor, en penumbra, al albur de tu pasajera imaginación. Craso error. Todo sea porque el factor turístico en estas horas brujas pareciera diluirse (al menos un poco más que en horas diurnas) o, cuando menos, mezclarse con la ingente cantidad de ciudadanía local deseosa de celebrar este mágico momento. En ese momento Faifo recupera la imagen tejida en mi memoria un poco más claramente. Sorprenderse a cada esquina, quemar un pitillo con un lugareño sentado a la puerta de su local, apurar alguna cerveza ante ese sangrante panorama teñido de claro-oscuros en rojo hacían que fuera de un perezoso sobrado cuando pensaba en refugiarme en la habitación que había alquilado en una buhardilla. A altas horas de la madrugada conseguí caer dormido, con una perenne sonrisa, alumbrado por el torrente de claridad propia de luna llena, entonces sin nubes turbias, que se filtraba como un torrente salvaje en la minúscula habitación a través de un rústico velux. Seguía viviendo mi sueño, sintiéndome perro callejero, sin dueño. Hoi An me había devuelto el aliento.