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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

martes, 19 de enero de 2016

Introspección

Se me fue la noche ante el ordenador, ante esto que lees. Sin saber qué escribir, qué contar, o cómo siquiera expresar un sentimiento del desgarrador sentimiento de culpa que me hacía sentirme podrido. Al llegar el alba, con la cortina descorrida, seco de llanto, me quedé dormido mientras peleaba por grabar a fuego aquella noche en que la conocí, jurándome que jamás la iba a olvidar. Jamás. Esa sería mi penitencia y mi pelea eterna. Porque lo que no mata el tiempo lo acaba haciendo la memoria. Es inevitable. 

Cuando desperté no lo tenía claro. Fue un sueño amargo porque desperté empapado en sudor. Volvía a tener el recuerdo de Jo, la había recordado en el sueño. Su hermana me hizo recordarla. Y me fui a Chiang Saen con la falta de certeza de saber si ella seguía viva, o estaba muerta. En todo caso, y eso era real, yo no pregunté por ella. Eso me carcomía por dentro. Y no por el hecho en sí, sino por haber cambiado tanto que llegué a olvidar todo lo que en su día me dio. La pesadilla me recordó hasta dónde había degenerado mi recuerdo de tantas hermosas cosas en tierras de Siam. 

Un viajero puede temer muchas cosas. Todas las que van implícitas en el desenvolverse en una sociedad y cultura distinta, problemas físicos que le corten el ritmo o hasta el robo de todas sus pertenencias. Pero lo que realmente mata al viajero, al que pretende entender el viaje como un paso más en el conocimiento universal, es la falta de memoria en el corazón. Eso no es una sociedad distinta, ni tampoco puede enfermedar o ser robado. Es lo único que le identifica al viajero con el concepto de viaje. Lo único. Cuando eso falla, puedes creerme si te digo que la más amarga melancolía, revestida de hiriente hiel, se apodera de ti y te hace trizas el ánimo. 

Cuando camino hacia la estación, abatido, Chiang Rai me parece un sitio menos luminoso que cuando llegué. Los perros parecen hoscos, la gente ausente, y las casas revocadas con mallas de porquería y pobreza. Es como un desguace en el que incluso las decenas de extranjeros con los que me topo incrementan esa imagen. Pasados de vueltas, de años, abandonados todos, después de muchos decenios de trabajo y existencia en occidente, se encuentran en este océano llamado Tailandia que guarda millares de corazones destrozados. Son ordeñados, y les da igual. Saben que para ellos ya no hay horizontes de esplendor, solo caer de la manera más digna posible. Solo caer en compañía. Ese Chiang Rai en tonos grises fue el que me despidió esta vez.

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