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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 28 de enero de 2016

Apuntes perdidos de Bangkok (W.I.P.)

Al perro le pusieron Pepsi, y hasta tiene su lógica visto el pelaje castaño que le cubre todo menos la blanca tripa. Eso y las patas es lo único níveo, como si calzara calcetines. El gato se llama Chinni, que no sé qué demonios significa en tailandés pero sí que es de una envidia brutal verle tumbado sobre la barra forrada de chapa de cumen del bar, fatigado y huidizo de un sol que, siendo negro, le ataca más que a nadie. Fatigada y huidiza, una vez que la miro bien. 

Ahora supongamos que ni ellos son animales callejeros o calificables por sinónimos de Chanel ni esto un bar al uso. Va la trama de seres abandonados y unas cervezas que se derriten entre montoneras de neumáticos alisados por el asfalto o el tiempo, entre ocasionales bramidos de atornilladores eléctricos. Todo en uno. En la confianza que da un Bangkok donde lo más extraordinario se convierte en un nuevo nudo de cordones traviesos, algo que transita paseándose por las pupilas a cada hora en punto, un extranjero semi-borracho duda, pleno de certeza etílica, sobre quién dudaría en estas latitudes de lo usual de la mezcla de animales, gomas y unas apuestas ilegales que, por supuesto, tampoco se asocian a la sorpresa. 

Me siento anónimo pese a la multitud en este antro disfrazado de bar y taller mecánico repleto de neumáticos gastados a partes iguales, con todos los vecinos enfrascados en el combate de boxeo Thai de la tele. Fumo, tomo tragos y observo cómo Bangkok, en puridad, es estéril capital de neón en las alturas y deliciosa cloaca nauseabunda en el sótano. 

De súbito, un lustro de metros más allá, sucede que los billetes cambian de mano con celeridad mientras aquel de pantalón rojo celebra su victoria. Antes hubo aplausos, gritos, carreras a y desde el baño, y hasta júbilo final de unos que empañaba la tristeza de otros. Quiénes habían ganado las apuestas era fácil de deducir. Lo de los derrotados era un párrafo aparte porque no hay nada más descriptivo del entorno en que te mueves a nivel social que percibir lo unidireccional de la desesperación del ciudadano tailandés. En occidente conviven la rabia, el llanto, la ira. Allí solo la resignación percibida como la nada y el silencio. Si un atasco, el silencio. Si una crisis de pareja, el silencio. Si una discusión, el silencio. ¿Viste alguna vez discutir a dos tailandeses? Fuiste afortunado, entonces. Y si lo hiciste, pudiste comprobar a buen seguro cómo grita el silencio y la vista humillada. Si una mirada reprobadora Thai porque estás meando detrás de un poste escondido (¿quién no siente la necesidad en un momento dado?), solo confrontarla con la tuya y allí la humillación, el silencio; aquí la soberbia, el pasotismo. El tipo occidental se ve en la necesidad de escupir su odio y rabia a toda prisa, desbocado; allí todo lleva su tiempo. Enfundado como en metálicos, oxidados y gruesos barrotes de la norteña cárcel capitalina de Bang Kwan, no se sabe muy bien qué demonios encierra el corazón tailandés cuando se agita. E incluso en la despedida, tristes de haberse dejado el salario de unos días, no pierden la compostura. Mañana cambiará la fortuna. 

Lo sorprendente del lugar aquél, retornando al tema, es que la dueña, de nombre Wilaiwan, se ha empeñado en montar un geriátrico de gatos por allí. Ella no apuesta ni cambia ruedas, y has de caerle en gracia para que te alargue una cerveza de una nevera portátil con envoltura de plástico tan descolorido como agrietado. ¿Geriátrico? Hospital de campaña casaría mejor, porque no hay ni uno solo entero. Al que no le falta una pata le falta un ojo, y a los pocos que disfrutan de esto hace tiempo que les mutilaron el rabo. En una tele diminuta solo para sus ojos, sin muay-thai, suele tener siempre puesto un canal de animales por el que desfilan documentales de perros, gatos, elefantes y demás. Todos lustrosos, nada que ver con su zoológico de gatos cicatrizados que al menos aquí disfrutan de un tiempo de asueto. Pacientemente, Wilaiwan suele llenar los cuencos de los gatitos, y allí se arremolinan todos sabiendo de sobra cuál es el suyo. En esta idea permanente de reencarnación que es el budismo, ¿quién sabe si alguno de ellos no fue cierta vez parte de los tuyos que ya marcharon? Ella juega con esa idea y alimenta su karma con el cuidado de los mininos. Le pregunto de dónde los saca y ella, feliz, responde que los perros siempre encuentran acomodo en los templos, pero de estos gatos nadie se ocupa. Que alguien tiene que hacerlo y que, sencillamente, espera a que asomen sus desdichas por allí en cualquier momento del día o de la noche. Es en ese momento cuando los adopta, les lava y les da el cuidado que necesiten. No le importa llevarlos al veterinario si las heridas son muy profundas, que para sacar el dinero necesario trabaja vendiendo cervezas y licor Lao en aquel desmoronado garaje donde los neumáticos se apilan en un Himalaya. Los moribundos son los que más le apenan. Y luego deja que vayan cayendo poco a poco, felices en el ocaso. 

… 

Las últimas horas en Bangkok son siempre un nuevo matiz cuando, a estas alturas, ya se sabe que todo lo perceptible se resume en la sensación anímica que de ti irradie más que en la certeza de calor, humedad, humos tóxicos y edificios derretidos que son cristales en añicos y hierros tubulares o en rejillas. Después una joven, de rasgos mongoles, se afana por impedir que un perro ralo, asumamos que de extinto pelaje canela y pústulas cuarteadas excepto en los ojos, sea atropellado por unos seres que no entienden de nada más que el ahora como prisa. Sucede en un punto x de la ciudad, y en el fondo qué más dan las coordenadas. Sin conseguirlo, otro cadáver caliente se va a perder en un cubo de basura. El criminal, por descontado, ni paró. Llevaba prisa y, por si le acusas de desalmado y eso no te sirve, Bangkok como chute en vena. Partir de este axioma es algo que siempre da más margen de comprensión a todos los patibularios que nos enterramos cada cierto tiempo en estas trincheras de desesperación. ¿Y la joven? Puso cara de pena, fingida o no, se montó en un taxi y se piró. Llevaba prisa y, por si le acusas de indolente y eso tampoco te sirve, siempre te quedará el axioma citado que a cada panorámica se justifica más: Bangkok entendido como patología crónica, para locales y foráneos por igual, se lleva mejor. 

Parapetado por escondido del sol que fulmina junto a la sombra de un letrero, parada de bus, se tiene la placentera sensación de que nadie es capaz de percibir esta presencia ajena, la mía como Némesis de muy corto recorrido una vez que el aeropuerto ha dejado de esconderse tras destellos borrosos en mi futuro inmediato. El asfalto se derrite, los cauchos en rueda se funden en él, los perros jadean, la comida sigue caliente, el sudor se escurre en las axilas, la polución gobierna con decretos de muerte; te tima uno, te timan dos, te timan tres, y solo se puede suspirar, incredulidad al poder, por volver lo antes posible mientras el cadáver de un chucho se descompone desde ya porque, no lo dudes, en Bangkok hasta la muerte corre acelerada.

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