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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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viernes, 18 de diciembre de 2015

Soliloquio de 110

Ciento diez días después no parece tan lejano aquel aterrizaje en Ciudad de Guatemala. Descansado y pleno de desazón porque esta historia se acaba lo rememoro, reparador efecto de tierra Thai, e incluso puedo revivir aquella noche cerrada chapina como si la acabara de dejar atrás hace un rato. Y eso, cuando siempre he defendido que tres meses es el timing perfecto para viajar, que tras ese dilatado periodo lo normal es notar bullir el placer de volver al curro y al hogar por otra temporada, que tras mucho tiempo las emociones se anquilosan y la capacidad de sorpresa se embota para dejar de apreciar las cosas en su justa medida, da para extraer una conclusión obvia: no lo he pasado nada mal y hasta puede que haya sabido a poco. En el intermedio se pausaron los días en tierra centroamericana en un viaje en el que conté lo que viví, se escaparon acelerados los días en un extremo oriente en el que grabé lo que vi. Y, con todo, ahora que reposo en un Ao Nang terriblemente artificial mientras mi hermano se ha pirado a ver pececitos a unos metros bajo la superficie de un mar tan turquesa como siempre, quizá sea un buen momento para escribir una breve retrospectiva. 

En Centroamérica me ha llamado la atención lo pujante de Guatemala para los pijochileros de nuestro tiempo, ésos en los que, en ocasiones, todos nos podemos reflejar en mayor o menor grado. Antigua siempre fue un núcleo turístico porque es hermoso con avaricia, pero la isla de Flores, a las puertas de esa Camboya centroamericana que narré, va camino de asemejarse. Cobán me gustó, aún virgen, Río Dulce me impresionó bien poco y Quiriguá era justo lo que un día imaginé. 

Honduras fue un salto hacia delante en paisajes y población. En su noroeste es terrible de atractivo con sus sierras preñadas de vegetación, llanuras imposibles y tipos recios, de carácter hosco de primeras aunque sorprendentemente amables más tarde. No olvidaré fácil tanto Copán como Gracias, pueblos recogidos pero de belleza desbordada. 

El Salvador fue una mayúscula sorpresa en lo positivo si solo por su gente. Asociado en nuestra tierra con maras y violencia, en entornos como Suchitoto o Juayúa es sorprendente la cordialidad y actitud amistosa hacia el extranjero de sus habitantes. Suchi va a ser inolvidable por todo lo vivido allí y, junto con Honduras, asciende con fuerza en la lista de “regresos” pese a que su reducido tamaño sea un hándicap notable. 

Nicaragua, por su parte, ha respondido con suficiencia al clásico slogan de que cuando más esperas, menos recibes. En una ruta que planeé de puta pena, hay que reconocerlo, me vi inmerso en una escena de lo más pijochilera en la que, esperable por otra parte, los locales afilan cuchillos a la espera de ver qué pueden sacarte. Granada es imperial, cierto, y a León lo recorre el espíritu de Rubén Darío, pero Ometepe es insulso y Somoto tiene apenas un pase. No será fácil que regrese a corto plazo y, bien pensado, me jode porque sigo firmemente convencido de que fuera de itinerario espera una sociedad nica absolutamente antagónica al buitrerío con que me topado. Lo mejor, sin duda, conocer y pasar un par de días con Pilar.

Entonces llegó, tras un breve periplo en Burgos para ver a la familia, la magia de Extremo Oriente que estalló en un Japón del que ya tenía inmejorables referencias desde nuestro viaje en 2010. Y con esta región, inevitable, tras cada loseta pisada surgían y me envolvían recuerdos de todo lo que aprendí contigo, mamá. Pasé, vía Mecerreyes, de vivir lo que debía haber nuestro siguiente sueño centroamericano a recordar todo lo tan intensamente vivido y disfrutado en Asia. Pasé a recoger tu espíritu para lanzarnos de cabeza a aquel inmortal ayer, aquel donde pudimos comprobar cómo existe un horizonte donde nace un sol tan imponente que hasta se hace bandera. Y Japón, comprensivo, me acunó y recompensó redoblando en belleza su antigua apuesta porque no solo es alucinante en otoño, sino que ahora la debilidad del yen lo hace un poco más asequible y eso, sumado a su siempre hospitalaria sociedad, se conjuga en un destino reconvertido en imposible de batir en esta región del mundo. Que a Japón no voy a tardar mucho en regresar no es una ilusión, es una certeza absoluta. Una vez más me veo con que ya tengo mucho visitado allí, pero igual toca planear una visita un poco más pausada esta vez, una en la que el tiempo para la escritura adquiera un peso significativo tras la sequía de este periplo, propiciada por la ilusión de visitar más y más nuevos lugares, por la ilusión de volver a vernos boquiabiertos templo tras templo, jardín tras jardín. 

Corea del Sur, sin embargo, es un lugar extraño. Busco y rebusco en el cajón de la gramática un adjetivo que le cuadre y solo me aparece éste, una y otra vez. Es hermoso por momentos, y por descontado que sus ciudadanos son más que correctos, pero lleva impreso un aura de no sé qué que no acaba de convencerme. Extraño, raro. No tiene grandes atracciones, y hasta se podría decir que las que presenta como más notables están sobrevaloradas en gran medida… es un lugar singular, de cielo permanentemente plomizo, que no acaba de apuntalar un regreso temprano. Por momentos es absurdo de caro (supermercados), por momentos normal (hoteles) y por momentos ridículo de barato (transporte público). Por el contrario, de Seúl, su capital, sí que marché con la idea de que encierra mucho más de lo aparente. Tras tres-cuatro días invertidos allí me piré con el presentimiento de que esta ciudad tiene mucho más para vivir que para ver, algo similar al cercano en tiempo país de El Salvador. Pero ahora sé que certificar esa percepción, no me cabe duda alguna, obliga a un constante rascar que seguro demorará mucho más tiempo del empleado en esta ocasión. 

China, penúltima escala por esta temporada, sigue siendo una verdadera joya. Puedes regresar muchas veces que nunca dejará de serlo. Es complicado que entres a un país con una sonrisa de ilusión mayor que la que esbozarás en China tras comprobar de antemano cuánto te tiene reservado. Y desde luego que jamás saldrás de un país con una sonrisa tan amplia como la que presentarás en el mostrador de facturación, justo antes de abordar tu vuelo de salida del país, sabedor de que se pierde un universo complejo y hermético en el que hasta la comunicación más básica es un tormento, un auténtico “tour de force”. De ahí para arriba, llámese transportes, hoteles, comida… una odisea de tintes épicos. Una nación encerrada en sí misma bajo omnipresentes planchas metálicas en las que se adivina un “men at work” tras complejos caracteres negros sobre fondo gualda. Pero como sucede con India, solo el tiempo rinde la medida exacta de las cosas, y ahí el gran gigante rojo se erige como un ganador, como un país que depara nuevas emociones en cada ocasión y en el que cada día, a nivel de vivencias, se multiplica por dieciocho comparado con cualquier otro excepto la citada India. 

Se acaba la ruta en el bullicio de la tailandesa, y antaño no tan meneada, localidad de Krabi. Aquí, como al resto del litoral e islas de este país pese a lo que digan los nuevos videntes de Iphone y pijochila de doscientos pavos (dónde quedarán las postales o la vieja bolsa de cuero cuarteado), llegó el progreso tiempo ha. Llegaron las hordas de esta gente foránea corta de valores más allá del “mi mismo” y, como me decía un viejo amigo local al que he tenido el inmenso placer de volver a saludar, ahora la jungla de cemento y hormigón tapa el vergel de lo que un día fue verde. Las cañerías ya no desaguan porque jamás se hicieron para soportar tal multitud, las pocilgas se alquilan a millón y, una vez vuelan los palomos, quedan unos tipos tailandeses con multitud de problemas a los que el dinero no les puede devolver la felicidad. Krabi se resume así, guste más a menos. Jamás hubo dormitorios compartidos en Krabi Town. Ese concepto era ridículo cuando esto era lo que nunca debió dejar de ser, cuando una habitación doble no pasaba de cinco o siete pavos. Ahora despuntan nuevos “hostales” que son lugares de capricho, cápsulas ajenas a la realidad de una población en las que una cama, en litera múltiple empotrada en algo que pasado mañana será cochiquera, cuesta hasta diez pavos por noche. En medio de todo ello, no tan alicaído como descolocado, le digo en un susurro a mi hermano: “mamá y yo tuvimos suerte, tío. Fuimos realmente afortunados”. Y entonces regresa tu imagen tantas veces rememorada por Japón, por China, por una Tailandia no artificial sino de carne y hueso que en estos lares no sé dónde se me va a aparecer de manera fugaz. Aún la espero ladeado en una sombra, al cobijo de una cerveza que acompaña a un plato de comida tailandesa cada vez más hundida entre Subway y Starbucks, y con ello te recuerdo a sonrisa viva mientras no dejo de recordar la suerte que tuvimos cuando en Krabi lo más lujoso era el hotel, hoy cascajo, llamado “City Hotel”.

P.S. Kyoto y sus templos en un montaje al vuelo tras un par de noches de insomnio pasajero. 
 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aupa laos...tia. primer zorionak al 42anero.segun el placer de volver al curro??? Tas tonto o que? No ves que el surcoreano que viste en america se extranaba de que quisieras ir a su Extrano pais? Hala coje al de lps peces y veniros como el turron.
Aprovechad azkegunak. B.M.

Botitas dijo...

En eso estamos, Willy. A Roberto le cunden las veinticuatro horas del día entre buceo y cervezas nocturnas, pero a mí me hierve la sangre en este sitio. Como decíais, Benidorm total. Tampoco es que esperara algo semejante a lo de ayer, es solo que han descojonado totalmente esta zona. Este volumen de turistas es, sencillamente, insostenible para un entorno de equilibrio tan frágil como el litoral Thai, del sudeste asiático en general. Tiene cojones que esté deseando llegar a Bangkok para encontrar un mínimo de autenticidad, y eso que hablar un poco de Thai me está salvando de cuatro zarpazos a la cartera que por aquí ya son norma si te ven con pinta de "farang" (extranjero). A Krabi entre todos lo matamos y el solito se murió, tío.