LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Encima de la montaña, debajo de Buda

No recuerdo con seguridad si fue en 2009 cuando ascendí a la cima de la mole caliza que guarda el templo de la cueva del tigre. Segundos de ojos entrecerrados rebuscando en lo gris. Sí, casi que sí. Es muy probable que fuera en aquella ocasión, primer recuerdo fugaz que se pasea por el escenario de mi memoria, en que también conocí a Noi. Aquella en que el alma del tal Antonio, el vendedor ambulante de alcohol trapicheado, y su furgoneta, tan varada como “La Dorada” de Chanquete, competían con fuerza en demostrar cuál de las dos sumaba más añicos de desesperanza y olvido. Aquella en que Krabi aún olía a salitre y los “chao leh” (“gitanos del mar” en idioma Thai, gentes de etnia Lawoi) retozaban, en calma, a la espera de un viaje a esa ninguna parte en que aguardaba un mural multicolor de pececillos vivos y coral perforado por el natural efecto del paso del tiempo. Aquella, en definitiva, en que la herrumbre era moneda corriente de cambio y apenas una avanzadilla de nórdicos importados en vuelos chárter desde el aeropuerto de Arlanda daba un pintoresco moteado lacio a un color negro, “si dam” en idioma Thai, que todo lo anegaba. 

Sí recuerdo, no obstante, los jodidos escalones hasta la cumbre del templo. No es un templo-cueva al uso, uno de esos que describía en el capítulo de Phetchaburi de “Trémula Pagoda”. Éste luce una minúscula cueva, cierto, pero también más de mil doscientos escalones hasta alcanzar una estupa y un buda gigante. Alcanzar ese cénit es, desde luego, su magia por desafío personal. Y también recuerdo la inmensa felicidad de arrastrarme peldaño tras peldaño, no sé si más jadeante que acalambrado o sudoroso, a un lugar desde el que Krabi Town, y con él todo el estuario del río homónimo con sus famosas riberas forradas de tupidos manglares, quedaba sumergido en un mar de tenue bruma y farallones calizos que se multiplicaban, yo quería creer entonces, al menos hasta Trang o Hat Yai. Magia pura. 

Sigo viéndome, o puede que solo sea un anhelo de evocarme de esta manera, arrodillado delante de cualquier Buda. Es lo que hago siempre, ¿por qué no habría de hacerlo entonces pese a que el olvido se haya hecho fuerte tras tantas vivencias en esta tierra? De primeras resalta un pequeño icono del iluminado sin recargadas auras en forma de llama que le enmarquen en su magnificencia, uno que por ello peque de humilde. Entonces, en la escena, también soy yo aquel que le suplica permitirme poder regresar en un futuro incierto para contemplar nuevamente su rostro, oler a incienso, sentir los tímpanos inundados por el sonido de una campana ahora muda en nuestra soledad compartida. Por descontado que Krabi, por entonces, era delicioso a mis ojos en su equilibrada mezcla de local e importado. Se lo pedía todo ello con la inocencia de un niño, de alguien que sabía de cultura y religión Thai todavía menos de lo escaso de mi conocimiento actual. Se lo pedía porque era feliz sabiendo que había hollado la cima sin desistir o desfallecer. Se lo pedía porque siempre dicen los locales que el tipo sabe escuchar y recompensar en base a no sé qué valores, que es generoso, compasivo, misericordioso… y hasta once aduladores calificativos más, tantos como las cabezas de un Avalokitesvara al que ahora sí soy capaz de reconocer. Me encontraba solo, absolutamente solo en un entorno en el que el silencio, como sucede con cualquier santuario Thai, es el más preciado y notable tesoro. Creo que a ratitos ululaba una brisa del mediodía. No lo sé, en realidad, pero quiero creerlo. ¿Cielo encapotado, eché un pitillo, fumaba aquella época?... da igual. Hasta aquí. Pero imperaba el silencio, eso no puedo olvidarlo porque nunca lo oí quebrarse. 

Esta mañana he vuelto al templo de la cueva del tigre. Agradecido y nuevamente postrado a los pies de otro ente amarillo de cuya mano derecha colgaba una guirnalda de jazmín. Quebradizo como mi fe, uno de los más descuidados como entonces. No sé si ahora existían más estatuas doradas que antes, y el caso es tampoco me ha importado. Con la que se me presentaba ya tenía suficiente. Hubiera deseado poder decirle cuánto de feliz ha tenido mi regreso a Krabi, que hoy en día a la gente le preocupa si es un “chao leh” quien prospera con su dinero en lugar de un expatriado para quien Tailandia es solo de parada y fonda. Poder decirle que no erré el camino a la hora de invertir horas montando videos que mostraran el esplendor no de una tierra, sino de su sociedad. Jamás contarle que ahora, febril, solo puedo comprobar cómo, para la inmensa mayoría de nuevas generaciones viajeras, lo más parecido a una Tailandia real con que se vayan a topar en toda la extensión de su viaje es solo un sello en el pasaporte, regalo de un cumplidor oficial de inmigración tras una ventanilla de cristal. Así me quedo en silencio hasta que la estatua, susurro claro porque esta vez tampoco hay brisa, me recuerda aquellos barcos de cola larga en que mi madre y yo disfrutamos de algo más que un lugar paradisiaco. Un lugar paradisiaco Thai. ¿Acaso no te he bendecido permitiéndote regresar a evocar aquellos días con la persona que más querías? 

Y entonces me vuelvo a calzar con la vista hundida en el horizonte, enfilo las escaleras y me convenzo de que el tal Buda, ciertamente, es un tipo cumplidor y fiable. Serio pese a su sonrisa displicente, pero siempre de palabra. Exactamente tal y como sigue contando de él una sociedad Thai de Krabi en la que, inmerso y abrumado, no soy capaz de calcular hasta qué punto se están contaminando los valores emanados del iluminado bajo el peso del yuan chino o el rublo ruso.

No hay comentarios: