LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Intro de Japón

Ésta será la introducción del vídeo de Japón. Finalmente he decidido fusionar los templos de Kyoto con el castillo de Himeji y Shikoku. El resultado será, con seguridad, un vídeo un poco más largo que los habituales de cuarenta o cuarenta y cinco minutos. Saldrán, a modo de resumen de estos dos últimos viajes, cuatro vídeos: uno de Japón, otro de Centroamérica y un par de Corea del Sur y China. La idea es que estén acabados para mediados o finales de marzo, justo antes de volver a la ruta, y con ellos sumarán un total de casi sesenta los vídeos grabados en estos diez años. "¿Tanto lleva montar un vídeo documental?", es una pregunta que me suelen hacer y a la que yo siempre respondo, de modo retórico, con otra pregunta: ¿por qué ninguno de los turistas chusqueros reencarnados en auto-publicitados bloggers o "viajeros profesionales" los hacen? Pues porque, efectivamente, lleva muchas horas el montar y estabilizar las imágenes aparte del curro de los comentarios. Y lo que es más obvio, estos vídeos no son vendibles (¿a quién le sobra una hora de su preciado tiempo para invertirla viendo un documental?) y no aportan nada más allá de una inmensa satisfacción personal, justo lo que a mí me llena. 

Ahora tiempo para ir montándolos poco a poco y, en ratos libres, ir perfilando la próxima ruta que pasará seguro por Katmandú e India (los estados de Gujarat y Karnataka con mucha probabilidad). Lo que aún no tengo claro es si después tiraré para Myanmar o Indonesia. Ahí estoy dándole vueltas al asunto.
 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Última estación: Krabi desde arriba

Como corresponde con este tan viaje tan de "a vista de pájaro" que llevamos, la última parada solo podía ser ascender a otra montaña. Así, casi cuatro kilómetros de ascensión nos recompensaron hace un par de días con unas vistas impresionantes de Krabi. Y en plena soledad, lo mejor de todo. Rumbo de regreso a casa.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Encima de la montaña, debajo de Buda

No recuerdo con seguridad si fue en 2009 cuando ascendí a la cima de la mole caliza que guarda el templo de la cueva del tigre. Segundos de ojos entrecerrados rebuscando en lo gris. Sí, casi que sí. Es muy probable que fuera en aquella ocasión, primer recuerdo fugaz que se pasea por el escenario de mi memoria, en que también conocí a Noi. Aquella en que el alma del tal Antonio, el vendedor ambulante de alcohol trapicheado, y su furgoneta, tan varada como “La Dorada” de Chanquete, competían con fuerza en demostrar cuál de las dos sumaba más añicos de desesperanza y olvido. Aquella en que Krabi aún olía a salitre y los “chao leh” (“gitanos del mar” en idioma Thai, gentes de etnia Lawoi) retozaban, en calma, a la espera de un viaje a esa ninguna parte en que aguardaba un mural multicolor de pececillos vivos y coral perforado por el natural efecto del paso del tiempo. Aquella, en definitiva, en que la herrumbre era moneda corriente de cambio y apenas una avanzadilla de nórdicos importados en vuelos chárter desde el aeropuerto de Arlanda daba un pintoresco moteado lacio a un color negro, “si dam” en idioma Thai, que todo lo anegaba. 

Sí recuerdo, no obstante, los jodidos escalones hasta la cumbre del templo. No es un templo-cueva al uso, uno de esos que describía en el capítulo de Phetchaburi de “Trémula Pagoda”. Éste luce una minúscula cueva, cierto, pero también más de mil doscientos escalones hasta alcanzar una estupa y un buda gigante. Alcanzar ese cénit es, desde luego, su magia por desafío personal. Y también recuerdo la inmensa felicidad de arrastrarme peldaño tras peldaño, no sé si más jadeante que acalambrado o sudoroso, a un lugar desde el que Krabi Town, y con él todo el estuario del río homónimo con sus famosas riberas forradas de tupidos manglares, quedaba sumergido en un mar de tenue bruma y farallones calizos que se multiplicaban, yo quería creer entonces, al menos hasta Trang o Hat Yai. Magia pura. 

Sigo viéndome, o puede que solo sea un anhelo de evocarme de esta manera, arrodillado delante de cualquier Buda. Es lo que hago siempre, ¿por qué no habría de hacerlo entonces pese a que el olvido se haya hecho fuerte tras tantas vivencias en esta tierra? De primeras resalta un pequeño icono del iluminado sin recargadas auras en forma de llama que le enmarquen en su magnificencia, uno que por ello peque de humilde. Entonces, en la escena, también soy yo aquel que le suplica permitirme poder regresar en un futuro incierto para contemplar nuevamente su rostro, oler a incienso, sentir los tímpanos inundados por el sonido de una campana ahora muda en nuestra soledad compartida. Por descontado que Krabi, por entonces, era delicioso a mis ojos en su equilibrada mezcla de local e importado. Se lo pedía todo ello con la inocencia de un niño, de alguien que sabía de cultura y religión Thai todavía menos de lo escaso de mi conocimiento actual. Se lo pedía porque era feliz sabiendo que había hollado la cima sin desistir o desfallecer. Se lo pedía porque siempre dicen los locales que el tipo sabe escuchar y recompensar en base a no sé qué valores, que es generoso, compasivo, misericordioso… y hasta once aduladores calificativos más, tantos como las cabezas de un Avalokitesvara al que ahora sí soy capaz de reconocer. Me encontraba solo, absolutamente solo en un entorno en el que el silencio, como sucede con cualquier santuario Thai, es el más preciado y notable tesoro. Creo que a ratitos ululaba una brisa del mediodía. No lo sé, en realidad, pero quiero creerlo. ¿Cielo encapotado, eché un pitillo, fumaba aquella época?... da igual. Hasta aquí. Pero imperaba el silencio, eso no puedo olvidarlo porque nunca lo oí quebrarse. 

Esta mañana he vuelto al templo de la cueva del tigre. Agradecido y nuevamente postrado a los pies de otro ente amarillo de cuya mano derecha colgaba una guirnalda de jazmín. Quebradizo como mi fe, uno de los más descuidados como entonces. No sé si ahora existían más estatuas doradas que antes, y el caso es tampoco me ha importado. Con la que se me presentaba ya tenía suficiente. Hubiera deseado poder decirle cuánto de feliz ha tenido mi regreso a Krabi, que hoy en día a la gente le preocupa si es un “chao leh” quien prospera con su dinero en lugar de un expatriado para quien Tailandia es solo de parada y fonda. Poder decirle que no erré el camino a la hora de invertir horas montando videos que mostraran el esplendor no de una tierra, sino de su sociedad. Jamás contarle que ahora, febril, solo puedo comprobar cómo, para la inmensa mayoría de nuevas generaciones viajeras, lo más parecido a una Tailandia real con que se vayan a topar en toda la extensión de su viaje es solo un sello en el pasaporte, regalo de un cumplidor oficial de inmigración tras una ventanilla de cristal. Así me quedo en silencio hasta que la estatua, susurro claro porque esta vez tampoco hay brisa, me recuerda aquellos barcos de cola larga en que mi madre y yo disfrutamos de algo más que un lugar paradisiaco. Un lugar paradisiaco Thai. ¿Acaso no te he bendecido permitiéndote regresar a evocar aquellos días con la persona que más querías? 

Y entonces me vuelvo a calzar con la vista hundida en el horizonte, enfilo las escaleras y me convenzo de que el tal Buda, ciertamente, es un tipo cumplidor y fiable. Serio pese a su sonrisa displicente, pero siempre de palabra. Exactamente tal y como sigue contando de él una sociedad Thai de Krabi en la que, inmerso y abrumado, no soy capaz de calcular hasta qué punto se están contaminando los valores emanados del iluminado bajo el peso del yuan chino o el rublo ruso.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Soliloquio de 110

Ciento diez días después no parece tan lejano aquel aterrizaje en Ciudad de Guatemala. Descansado y pleno de desazón porque esta historia se acaba lo rememoro, reparador efecto de tierra Thai, e incluso puedo revivir aquella noche cerrada chapina como si la acabara de dejar atrás hace un rato. Y eso, cuando siempre he defendido que tres meses es el timing perfecto para viajar, que tras ese dilatado periodo lo normal es notar bullir el placer de volver al curro y al hogar por otra temporada, que tras mucho tiempo las emociones se anquilosan y la capacidad de sorpresa se embota para dejar de apreciar las cosas en su justa medida, da para extraer una conclusión obvia: no lo he pasado nada mal y hasta puede que haya sabido a poco. En el intermedio se pausaron los días en tierra centroamericana en un viaje en el que conté lo que viví, se escaparon acelerados los días en un extremo oriente en el que grabé lo que vi. Y, con todo, ahora que reposo en un Ao Nang terriblemente artificial mientras mi hermano se ha pirado a ver pececitos a unos metros bajo la superficie de un mar tan turquesa como siempre, quizá sea un buen momento para escribir una breve retrospectiva. 

En Centroamérica me ha llamado la atención lo pujante de Guatemala para los pijochileros de nuestro tiempo, ésos en los que, en ocasiones, todos nos podemos reflejar en mayor o menor grado. Antigua siempre fue un núcleo turístico porque es hermoso con avaricia, pero la isla de Flores, a las puertas de esa Camboya centroamericana que narré, va camino de asemejarse. Cobán me gustó, aún virgen, Río Dulce me impresionó bien poco y Quiriguá era justo lo que un día imaginé. 

Honduras fue un salto hacia delante en paisajes y población. En su noroeste es terrible de atractivo con sus sierras preñadas de vegetación, llanuras imposibles y tipos recios, de carácter hosco de primeras aunque sorprendentemente amables más tarde. No olvidaré fácil tanto Copán como Gracias, pueblos recogidos pero de belleza desbordada. 

El Salvador fue una mayúscula sorpresa en lo positivo si solo por su gente. Asociado en nuestra tierra con maras y violencia, en entornos como Suchitoto o Juayúa es sorprendente la cordialidad y actitud amistosa hacia el extranjero de sus habitantes. Suchi va a ser inolvidable por todo lo vivido allí y, junto con Honduras, asciende con fuerza en la lista de “regresos” pese a que su reducido tamaño sea un hándicap notable. 

Nicaragua, por su parte, ha respondido con suficiencia al clásico slogan de que cuando más esperas, menos recibes. En una ruta que planeé de puta pena, hay que reconocerlo, me vi inmerso en una escena de lo más pijochilera en la que, esperable por otra parte, los locales afilan cuchillos a la espera de ver qué pueden sacarte. Granada es imperial, cierto, y a León lo recorre el espíritu de Rubén Darío, pero Ometepe es insulso y Somoto tiene apenas un pase. No será fácil que regrese a corto plazo y, bien pensado, me jode porque sigo firmemente convencido de que fuera de itinerario espera una sociedad nica absolutamente antagónica al buitrerío con que me topado. Lo mejor, sin duda, conocer y pasar un par de días con Pilar.

Entonces llegó, tras un breve periplo en Burgos para ver a la familia, la magia de Extremo Oriente que estalló en un Japón del que ya tenía inmejorables referencias desde nuestro viaje en 2010. Y con esta región, inevitable, tras cada loseta pisada surgían y me envolvían recuerdos de todo lo que aprendí contigo, mamá. Pasé, vía Mecerreyes, de vivir lo que debía haber nuestro siguiente sueño centroamericano a recordar todo lo tan intensamente vivido y disfrutado en Asia. Pasé a recoger tu espíritu para lanzarnos de cabeza a aquel inmortal ayer, aquel donde pudimos comprobar cómo existe un horizonte donde nace un sol tan imponente que hasta se hace bandera. Y Japón, comprensivo, me acunó y recompensó redoblando en belleza su antigua apuesta porque no solo es alucinante en otoño, sino que ahora la debilidad del yen lo hace un poco más asequible y eso, sumado a su siempre hospitalaria sociedad, se conjuga en un destino reconvertido en imposible de batir en esta región del mundo. Que a Japón no voy a tardar mucho en regresar no es una ilusión, es una certeza absoluta. Una vez más me veo con que ya tengo mucho visitado allí, pero igual toca planear una visita un poco más pausada esta vez, una en la que el tiempo para la escritura adquiera un peso significativo tras la sequía de este periplo, propiciada por la ilusión de visitar más y más nuevos lugares, por la ilusión de volver a vernos boquiabiertos templo tras templo, jardín tras jardín. 

Corea del Sur, sin embargo, es un lugar extraño. Busco y rebusco en el cajón de la gramática un adjetivo que le cuadre y solo me aparece éste, una y otra vez. Es hermoso por momentos, y por descontado que sus ciudadanos son más que correctos, pero lleva impreso un aura de no sé qué que no acaba de convencerme. Extraño, raro. No tiene grandes atracciones, y hasta se podría decir que las que presenta como más notables están sobrevaloradas en gran medida… es un lugar singular, de cielo permanentemente plomizo, que no acaba de apuntalar un regreso temprano. Por momentos es absurdo de caro (supermercados), por momentos normal (hoteles) y por momentos ridículo de barato (transporte público). Por el contrario, de Seúl, su capital, sí que marché con la idea de que encierra mucho más de lo aparente. Tras tres-cuatro días invertidos allí me piré con el presentimiento de que esta ciudad tiene mucho más para vivir que para ver, algo similar al cercano en tiempo país de El Salvador. Pero ahora sé que certificar esa percepción, no me cabe duda alguna, obliga a un constante rascar que seguro demorará mucho más tiempo del empleado en esta ocasión. 

China, penúltima escala por esta temporada, sigue siendo una verdadera joya. Puedes regresar muchas veces que nunca dejará de serlo. Es complicado que entres a un país con una sonrisa de ilusión mayor que la que esbozarás en China tras comprobar de antemano cuánto te tiene reservado. Y desde luego que jamás saldrás de un país con una sonrisa tan amplia como la que presentarás en el mostrador de facturación, justo antes de abordar tu vuelo de salida del país, sabedor de que se pierde un universo complejo y hermético en el que hasta la comunicación más básica es un tormento, un auténtico “tour de force”. De ahí para arriba, llámese transportes, hoteles, comida… una odisea de tintes épicos. Una nación encerrada en sí misma bajo omnipresentes planchas metálicas en las que se adivina un “men at work” tras complejos caracteres negros sobre fondo gualda. Pero como sucede con India, solo el tiempo rinde la medida exacta de las cosas, y ahí el gran gigante rojo se erige como un ganador, como un país que depara nuevas emociones en cada ocasión y en el que cada día, a nivel de vivencias, se multiplica por dieciocho comparado con cualquier otro excepto la citada India. 

Se acaba la ruta en el bullicio de la tailandesa, y antaño no tan meneada, localidad de Krabi. Aquí, como al resto del litoral e islas de este país pese a lo que digan los nuevos videntes de Iphone y pijochila de doscientos pavos (dónde quedarán las postales o la vieja bolsa de cuero cuarteado), llegó el progreso tiempo ha. Llegaron las hordas de esta gente foránea corta de valores más allá del “mi mismo” y, como me decía un viejo amigo local al que he tenido el inmenso placer de volver a saludar, ahora la jungla de cemento y hormigón tapa el vergel de lo que un día fue verde. Las cañerías ya no desaguan porque jamás se hicieron para soportar tal multitud, las pocilgas se alquilan a millón y, una vez vuelan los palomos, quedan unos tipos tailandeses con multitud de problemas a los que el dinero no les puede devolver la felicidad. Krabi se resume así, guste más a menos. Jamás hubo dormitorios compartidos en Krabi Town. Ese concepto era ridículo cuando esto era lo que nunca debió dejar de ser, cuando una habitación doble no pasaba de cinco o siete pavos. Ahora despuntan nuevos “hostales” que son lugares de capricho, cápsulas ajenas a la realidad de una población en las que una cama, en litera múltiple empotrada en algo que pasado mañana será cochiquera, cuesta hasta diez pavos por noche. En medio de todo ello, no tan alicaído como descolocado, le digo en un susurro a mi hermano: “mamá y yo tuvimos suerte, tío. Fuimos realmente afortunados”. Y entonces regresa tu imagen tantas veces rememorada por Japón, por China, por una Tailandia no artificial sino de carne y hueso que en estos lares no sé dónde se me va a aparecer de manera fugaz. Aún la espero ladeado en una sombra, al cobijo de una cerveza que acompaña a un plato de comida tailandesa cada vez más hundida entre Subway y Starbucks, y con ello te recuerdo a sonrisa viva mientras no dejo de recordar la suerte que tuvimos cuando en Krabi lo más lujoso era el hotel, hoy cascajo, llamado “City Hotel”.

P.S. Kyoto y sus templos en un montaje al vuelo tras un par de noches de insomnio pasajero.