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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Diaolou, emigrar de Kaiping

La ruta a Kaiping, por extraño que parezca, no tiene mucho que ver con ninguna de las de aquella vieja China de 2010. Digamos que ahora todo pasa por ser más sencillo, más rápido y hasta más confortable. En Shenzhen, tan cerca de la políglota Hong Kong, bastante gente chapurrea inglés, y acercarse desde allí a ver las famosas estructuras llamadas Diaolou es un juego de críos. Que la chica que vende los billetes de tren se ría cuando le presentas el papel rasgado con los caracteres chinos de Longyan, tu destino para dentro de un par días, es una novedad. Que te mire con sonrisa condescendiente en plan “entendí tu pronunciación a la primera”, ya es pura ciencia ficción. Incluso, en la estación de buses de Futian, uno se puede olvidar de las tartanas renqueantes de antaño porque ahora los autobuses relucen por pulidos, se deslizan sobre el asfalto con una suavidad que podría inducir al sueño más placentero. Cierto, hay algo que no cambia: el poderoso hedor a vómito una vez en el bus. Es la consecuencia obvia de que muchos chinos, por años y generaciones que pasen, nunca van a dejar de marearse en las cada vez menos bacheadas y curvadas rutas de su país. 

Luego Kaiping, que significa “establecer la paz”, es una contienda bélica que huele a goma, polución, basura acumulada en cualquier esquina y quemada coraza plástica de cable. Básicamente, todo lo que flota en el ambiente resulta emanado de tu campo de visión más próximo o lejano. Es un olor tan poderoso, tan de esta tierra, que es inevitable no inspirar con egoísmo hasta casi toser por el peso de la polución. Ya ves, mamá, no es necesario recurrir a India para que Asia raspe la garganta, aunque eso tú ya lo comprobaste conmigo en aquel no tan lejano 2008. El sitio es tan gris como inmenso, intimida a cada paso, pero se revela con facilidad como otro reducto de gentes amigables a poco que des pie a ello. Chinos ceñudos que cambian a cortesía en cuanto sonríes y muestres interés en su quehacer. ¿A qué jugáis? Parece weiqui. Juegan dos, pero alrededor se arremolinan y vociferan cuatro docenas. ¿Qué fumáis? Unos tipos chupan de unos tubos de bambú a los que han adosado unas largas boquillas, y de un extremo de éstas asoman hebras de un dulzón tabaco aromático que se consume con pausa. Sin embargo, como la barrera idiomática aquí sigue siendo una losa, apenas a tres horas de un Shenzhen donde parecía que se abría un universo de integración sencilla, la China de siempre se vuelve a mostrar hermética bajo candado de siete llaves. Entonces recuerdo que aquí le dicen pijiu al zumo de cebada, que eso no lo olvidé jamás, y me entretengo tomando unos tragos y pensando en la nada. 

Eso hasta que un nuevo hotel se inaugura a unos metros de donde tomo la cerveza. Rompe de imprevisto un estruendo explosivo de petardos, y en un santiamén se forma una humareda precediendo a unas complacientes sonrisas. A estas alturas ya es sabido que el ruido repele a los malos espíritus. Exactamente igual a las pasarelas en zig-zag o las omnipresentes curvas de los aleros, ambas formas tan clásicas en templos. Los espíritus no pueden moverse en línea recta, por eso odian lo curvo. China, en apenas media docena de horas, me recuerda con rapidez todo lo que fui acumulando en anteriores experiencias siempre nutritivas para el espíritu. Pronto se suman a mi mesa tres mujeres que cuchichean entre ellas. Me miran y sonríen mientras yo tecleo. Algo me dicen entre carcajadas. No te entiendo, cariño. Y, por raro que parezca, en ocasiones como ésta creo que es mejor así. Lo que sí me jode es no poder deciros que, como no os arropéis, os van a acribillar los mosquitos. Aunque eso, siendo autóctonas, probablemente no os importe. De repente, con todos esos cabrones revoloteando a nuestro lado, recuerdo que desde este sur de China hay solo un paso al sudeste asiático. Y me pilla la cuarta cerveza de medio litro en renuncio, tecleando ajeno, sin entender que lo mejor de todo este continente se resume en ir a dormir cuando ya estás lo suficientemente borracho y cansado porque, en las dos últimas noches, el sueño acumulado se ha resumido en duermevelas a bordo de aviones o buses. Todo para comprobar cómo, certeza absoluta, lo más parecido a dormir sobre el frío suelo es hacerlo en un colchón chino. Nada más duro e incómodo. Y lo paradójico por sorprendentemente contradictorio de los preservativos “Durex Fertilite”, los que vende la a ratos melosa chica de recepción, creo que también lo había olvidado. Cosas de China. 

Saben los que me conocen que, cuando trazo un boceto más o menos profundo de la compleja realidad de la sociedad del gigante rojo, suelo hacer referencia a la clara diáspora de los habitantes de las provincias costeras. Es un hecho constatable que son oriundos de provincias como Zhejiang, Fujian, o especialmente este Guangdong donde me refugio, la mayor parte de chinos que, a día de hoy, habitan allende sus fronteras. Las recetas de estos lares, las casi despreciadas recetas cantonesas (Cantón y Guangdong son sinónimos) de puertas adentro, son las más reconocibles en restaurantes chinos dispersos por el mundo y, ahondando en eso, precisamente los Diaolou, las torres opulentas que venía a visitar, son una clara consecuencia de lo que comento. No en vano, se crearon estos torreones por expatriados de buena fortuna que, una vez de regreso al hogar, decidieron mostrar su opulencia al resto de convecinos. 

Llegar al principal núcleo de ellos, el de Zili, es un breve paseo a bordo de un bus urbano que se merienda los apenas quince kilómetros en media hora. Al bus me mandó una chica que trabajaba en la estación. “Seven to ten”, me dijo cuando le pregunté por el número de bus. Al llegar a los andenes, tres números se me presentaban: siete, diez y diecisiete. Me surgió de inmediato la mueca de inocente gracia. No era “seven to ten”, era “seventeen” lo que quería decir. Se atraviesa de primeras el río Tan, donde se multiplican los jacintos de agua y se hacinan barcazas mal calafateadas, de incluso peor envejecer, reconvertidas en hogares para los menos afortunados. El cauce, a juego, es un lodazal de un espesor similar al de la gelatina. Y después, por muchas partes, una profusión de regueros que recuerdan que la región de Kaiping, situada en la margen occidental del delta del río de la perla, destaca por estar anegada por un nudo de afluentes que van a morir en aquél. 

Se abre la China rural en las cunetas justo antes de que termine Kaiping. Son millones de granos de arroz, aún encascarillados, los que se amontonan allí, secándose bajo un sol de noviembre que no deja de picar por su esencia tropical. Y cuando estos dejan un hueco, son vendedores ambulantes los que ocupan su lugar ofertando fruta o verduras, en cuclillas mientras procuran que la sombra proyectada desde sus sombreros de ala ancha cubra toda su figura. A lo lejos, inevitable, ya se empiezan a divisar los torreones tan característicos de esta región de China meridional, y es un último trayecto que hago a pie, recogido por dos hileras de imponentes eucaliptos, el que me acerca hasta mi destino. 

La historia de estos imponentes torreones, hoy símbolo de Guangdong, requiere una comprensión básica de los turbulentos años que vivió China en el siglo XVIII. Por entonces se daban dos factores que, conjugados, llevaron a la emigración de los creadores, a posteriori, de estos magníficos hitos arquitectónicos. Por un lado, la situación generada en las Guerras del Opio había dado como resultado una ingente población adicta a esta sustancia; y por otro, China ya estaba por entonces tan densamente poblada que los frutos del campo a duras penas daban para sustentar a todos los habitantes. En esta situación, con una población hambrienta y desempleada, inevitablemente querenciosa de olvidar sus penurias en savia de amapola, la apertura a la que obligaron las naciones occidentales, vencedoras sobre China en las citadas guerras, supuso una válvula de escape para innumerables familias. De resultas, millares de ciudadanos chinos pasaron a ser reclutados por estas naciones occidentales para conformar un grupo de mano de obra barata que emplear en sus proyectos a nivel mundial. En 1840, una primera oleada de coolies oriundos de Kaiping partió rumbo al sudeste asiático. Allí los ciudadanos chinos consiguieron emplearse en trabajos de minería o construcción de infraestructuras, dado el interés que tenían las potencias colonialistas en acelerar el desarrollo de la región. A finales de esta década de los cuarenta, con el descubrimiento de oro en Norteamérica, otra masiva oleada de ciudadanos de esta región emigró en busca de fortuna. Y finalmente, en la década de 1860, fue la creación del ferrocarril transcontinental entre Canadá y Estados Unidos el que generó la razón perfecta para una nueva fuga de trabajadores de Kaiping. 

Con la híbrida semilla de la multiculturalidad ya plantada, los incontables viajes de ida y vuelta de estos emigrantes conllevaron un trasvase de riquezas, cultura y costumbres occidentales hacia esta zona de Guangdong. Era una sencilla cuestión de tiempo que el influjo de estas corrientes importadas, mezclado con un ya intemporal costumbrismo y cultura china en la región, deviniera en una cultura y patrimonio únicos que hacen del Kaiping de hoy un entorno incomparable. Viva imagen y resumen de lo comentado, acaso sea el aspecto arquitectónico, con los afamados torreones, el más reconocible de todos, pero rascando la superficie, interiorizando un poco más en la zona, no es difícil hallar templos, mansiones o jardines puramente híbridos, en los que se ha fusionado de un modo exclusivo patrones arquitectónicos y decorativos occidentales con semejantes orientales. En todo caso, está ampliamente aceptado que es la compleja estructura del Diaolou, el torreón, la más reseñable y atractiva de todo el conjunto. Como claro ejemplo queda que esta magnífica herencia, imagen irreductible de los sueños y anhelos de millares de chinos allende los mares, ha sido recientemente reconocida por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. 

Lo que queda por debajo, lo que las eclécticas moles de occidental cemento y no menos gris ladrillo de clara tradición oriental no enseñan, son las historias de dolor y lucha que hubieron de padecer todos y cada uno de sus creadores en su viaje hacia lo desconocido, en su anhelo de una gloria con la que poder regresar henchidos de orgullo a su tierra natal. Sufrieron, tristemente eso no ha cambiado con el paso del tiempo, discriminación, prejuicios, trabajos insalubres y, lo más duro, separación de sus seres queridos. Hoy solo lucen algunas de sus fotos en los corredores de los torreones, y varillas olvidadas de incienso ya consumido se amontonan en cuencos desteñidos que honran a los más afortunados. Paseando por la aldea, empequeñecido ante tales muestras de grandeza, uno no puede dejar de valorar el esfuerzo de sus antepasados, de los que lucharon porque yo hoy pueda viajar sin preocupaciones por el mundo. Y así, ya lo ves, mamá, un viaje a esta región se hace, por momentos, un viaje a tu recuerdo y al del viejo, al recuerdo de los abuelos y de los abuelos de éstos. Kaiping, en puridad, es un viaje tan intenso a la razón de ser humana, a la necesidad de sobrevivir y labrarse un porvenir, que su extraño resultado, la mezcolanza que embruja la mirada y colma los pulmones de olor a madera apolillada, sirve para que sin entender nada, se entienda todo. Pasear por el entorno de Zili, su clúster más clásico y reconocible, de repente se ha transformado en una experiencia viajera con matices mucho más trascendentales. 

Me pilla el ocaso solar allí echando una cerveza que, por pura fortuna, se convirtieron en tres. Abrí la lata y, por no tirar a la calle la anilla con la lengüeta, se la di al vendedor para que la echara a la basura. Miró la lengüeta y, tras sonreírme, me sacó otra lata. No entendía nada. Me enseñó la chapita donde se veían unos caracteres chinos en verde y una fecha. “Que no te enteras, que te ha tocado otra de regalo”, parecía decirme con sus ademanes. Pues muy bien, oye. Lo curioso es que cuando abrí esa segunda lata aparecían los mismos caracteres. Otra cerveza gratis. “Joder, pues voy a salir como las avutardas. ¿Tienen todas premio?”. Con la tercera, no obstante, ya no hubo tanta suerte y aparecieron unas letras en rojo. Casi que me alegré y todo. Con la tripa llena de litro y medio de cerveza, le di las gracias al vendedor con una sonrisa que delataba mi notable ebriedad, y me encaminé a deshacer el kilómetro previamente recorrido para tomar, en la carretera principal, el bus de vuelta a la ciudad. A mi espalda, con un crepúsculo que recogía mis sospechosas eses sobre el asfalto, por el rabillo del ojo creí ver durante un segundo los torreones que se difuminaban entre los tonos verdes y canosos de los eucaliptos. Feliz con lo vivido y bebido, pausaba de este modo, hasta el próximo regreso, una tierra de encanto forjada por sueños de grandeza paridos en esta región de Kaiping.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Menos mal lo del cortafuegos txabal porque si no con tantas pijius "free" ibas a subir todas las fotos movidassss.... Aprovecha el sitio donde estás y antes de que llegue "Q.U.P." para tomarte unas Kaipingiñas chinas; pero no se te olvide mirar en el tapón de la botella de shake...por si acaso. 好之旅 .B.M.