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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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viernes, 20 de noviembre de 2015

Almas, alma de Seúl W.I.P.

Iguazú, desde su lado argentino, suscita la opinión unánime de que genera más emoción que desde su lado brasileño. Eso yo aún no lo sabía, ni podía discrepar porque su certeza asomaba en un futuro próximo. Brasil acababa de ser ayer, Argentina empezaría cuando se acabara el vaivén del humo que, fugado, se me escapaba con latencia rítmica. Echaba un pitillo en la zona de acceso mientras chequeaba que la videocámara estuviera en orden, mientras barruntaba si el pico de pesos argentinos pagados por el ticket de acceso merecería la pena. En ésas, no vi llegar al tipo que se me colocó a un palmo. 

-¿Me das un cigarro?-. Dijo en un tono brusco y torticero inglés, falto de educación o exquisiteces. 
-Claro-. Dije alargándole la cajetilla, disimulando mi súbito enojo ante su descortesía a quemarropa. Me bastó un vistazo para entender. Rasgos mongólicos, ojos aún más achinados que los un chino convencional. Solo podía ser coreano o japonés. 
-¿De dónde vienes?-. Traté de romper el hielo. 

Prendió y apuró una bocanada intensa, totalmente ajeno a mi pregunta, antes de devolverme el mechero. “Es coreano seguro”, me dije en una décima. “Los japonés son más amables”. Ni el estrangulador de Boston hubiera exhalado un suspiro tan prolongado y descansado tras su último cadáver, solo azulado desde hace un minuto. 

-De Corea-. Dejó caer sin mirarme al rostro, sin mostrar un ápice de gratitud o cortesía. 
-Coño. Yo tengo ganas de visitar tu país. Ha de ser bonito. Haeinsa, Bulguksa, Seúl… Hay varios templos y palacios allí que deben ser interesantes-. 

Se animó de repente. 

-¿Crees que hay cosas interesantes en Corea?-. 
-Claro-. Sentencié. –Ya te digo-. 
-Yo no lo creo-. Me fulminó con la mirada. -En Corea no hay nada que merezca la pena. Créeme, allí no hay nada interesante-. 

Me eché la mochila al hombro y pisé la colilla. -Ya veremos-. Mascullé en un apagado murmullo. Luego me giré y eché a andar, sin ni siquiera despedirme, algo que a buen seguro tampoco le importó o sorprendió en absoluto. 

Siempre se dice que todos los lugares poseen alma, que hasta los objetos la tienen. Y, quién sabe, quizás el reto de cada viajero consista en encontrarla. Desde el rascacielos más impactante a la aldea de tres casas por la que solo suena el rumor de un arroyo. Desde el instintivo gesto de ojear un tablón de horarios a la suave refracción de una sombra en un cristal ahumado. Desde un saludo que el primer desconocido te regala a la suntuosa historia de un árbol que no ha dejado de rochar por centurias. Ahí se puede discernir, intensa o escurridiza, el alma del lugar, apostándose en actitud nada belicosa frente al otro yo que eres tú. Un espejo que nunca deja de mostrar lo afortunado que eres, las miserias que te afligen. Es el turista incorregible el que busca desesperadamente una guía o una referencia de lo que observa, para el viajero, sin embargo, eso suele estar de más cuando esa alma de la que hablo se hace presente y justifica cualquier razón que le haya traído a estos pagos. Siempre he pensado que es así, hasta creo que no he dejado de buscarla con denuedo en todos y cada uno de los lugares que he pisado. Y siempre que la he encontrado estaba dispersa, espolvoreada en rostros más que en monumentos, afilando una sonrisa o un gesto de cortesía. Fugaz pero intensa. 

Sin embargo, cuando Seúl se hace presente, cuando los campos en los que solo quedaban desperdigadas colas de caballo con forma de mieses de arroz, paja que se empezaba a pudrir por la humedad, eran pasado reciente, cuando las torres son un derroche de ingenio humano y los carteles multicolor un espejismo de a cada segundo, yo no tengo tan claro que vaya a descubrir el alma de Corea. De todos modos, es mi plena convicción que si está se halla en algún sitio, lo mejor es procurar buscarla escarbando en su capital. Por eso abordé aquel tren esa marchita y monocromática mañana, otra más en Corea, en la estación de Andong. Por eso me aventuré a abandonarme en los brazos de otro engendro apisonador de almas con aspecto de capital de siglo veintiuno. 

El alma de un tren, lo sabe cualquiera, es siempre cariñosa con el viajero. Le acomoda en sus entrañas y lo mece con suavidad mientras pone a sus pies paisajes de ensueño que discurren con calma, personas y conversaciones de lo más variopinto. La complicidad que se establece entre un extraño y un tren ocasional es algo que se escapa a la exigente dictadura de las palabras escritas. Sea un poco la paz que provoca, el infinito deseo de libertad o la implacable y maravillosa sensación de saberte olvidado de todo y todos antes incluso de que montes en él. Solo con verlo aproximarse en un húmedo andén número tres de esa poco romántica estación de Andong, bruñida en hormigón y esquirlas de acero siempre gris, hasta se torna acogedor el inmisericorde por magnético gris desprendido del cielo, el que aquí se convierte en tu indeseada coraza hasta que llega el momento de roncar. No obstante, en el caballo de hierro, como en todos los buses que cogí en la Corea meridional, no había más de un puñado de personas. No sé bien quién decide rutas y frecuencias en este país, pero una de dos, o regalan la gasolina y las locomotoras, o las empresas de transporte viven en déficit permanente, con números rojos que se hinchan a cada día. Lo digo porque siempre viajé solo por estas tierras. En ocasiones en sentido literal: solo iba yo en el bus aparte del conductor. Con frío y días de perros, dudo que en verano esto se halle más concurrido. Jamás vi una zurria tumultuosa en ninguna estación, una de ésas que obligan a rascarse el cogote y plantearse cómo se las puede ingeniar uno para zafarse de la manada. De hecho hasta se podría asegurar, equivocadamente, que esta zona del mundo se halla muy despoblada en base a comprobar el número de personas que hacen uso del transporte público. Sortilegio de cultura incomprendida una vez arriba, asientos impolutos para elegir y charlar amistosamente, en mudo, con esa alma reconfortante que se hace vagón en tren semi-expreso. 

Todo el paisaje se vuelve parduzco por los arrozales anegados que descansan a la espera de que llegue un tiempo de nueva siembra, y se suman a esa acrimonia sombría las hojas marchitas de más robles que castaños, desnudos y lastimosos. Entonces las laderas se han teñido de muerte marrón y brazos huesudos que claman al cielo una nueva primavera. Ni el turquesa de líquenes sobre la roca caliza consigue imprimir un rayo que rompa la monotonía dictatorial del color otoñal. Ocasionales pinos de perenne verdor, al menos con grupúsculos de hayas ya amarillentas, conforman el único toque de color. Simulan toscos trazos de brocha borracha, sin patrón o motivo geométrico comparable. También dispersos caquis de ramas desnudas y frutos como puntos anaranjados, radiantes. Asimismo, sin necesidad de desviar la mirada, el tono alba de miles de balas de paja envueltas por sábanas de plástico para que no se pudran, y efímeros troncos de eucalipto de un blanco celestial una vez se desprendieron de su corteza. Eucaliptos que, ya para siempre, quedarán grabados a la cascada de Peguche en Otavalo. Allí donde te entretenías recogiendo semillas de este majestuoso y oloroso árbol para hacer solo tú sabrías qué, mamá. En el bolsillo de tu chaqueta quedaron, y en el bolsillo de tu chaqueta llegaron a casa cuando de ti ya solo nos quedaba el espíritu. 

A la altura de Yeongju, en la deshebrada trama metálica que las vías y cambios de agujas forman en los prolegómenos o epitafio de cualquier estación de tren, asoma una pila de convoyes de mercancía cargados con contenedores de barco, multicolor, pausados en vías muertas. O bien convoyes de vagones huecos, grisáceos, destinados al transporte de carbón o escoria de acero. Decenas de ellos, en suma, dan fe de que la vía principal de exportación o importación de Corea del Sur es marítima. Una vez asumido que el paso terrestre se ciñe a travesar una Corea del Norte con la que las relaciones son turbulentas desde la división de toda la península coreana en dos naciones allá por 1945, el mar se ha convertido en el mejor aliado del progreso surcoreano. Hay montones de trenes, inmensos e inacabables. Vuelve el trajín por el rechinar de orlas metálicas sobre filamentos de acero y uno percibe cómo, sobre tendidas colinas anónimas, asoman pequeños montículos inevitablemente franqueados por escuetas y cerúleas losas identificativas de los que ya se fueron. Aquí y allá, son probablemente estos cenotafios el rasgo más identificativo de la rural Corea. Ahí se faceta el alma del destino con mucha mayor intensidad, sin necesidad de rebuscar. Silencio y oración al vuelo. La paleta de la madre naturaleza aún da para más al abrir los ojos, pero llega un momento dado en que la bestia se para, apaga las baterías y resulta que el vacío del resto de pasajeros me recuerda que ya estoy en el final de trayecto, que ya he llegado a la capital surcoreana. 

Seúl, como toda ciudad de millones, acojona desde un principio y te amenaza sin discreción, haciéndote ver que jamás podrás recorrerla en profundidad, mucho menos comprenderla ni en levedad. No lo hace con ese delicado tacto propio de contorsionistas rusas en el tartán, prefiere escupírtelo a la cara y no dejar de restregártelo en tu primer bostezo y veinte consiguientes rápidos parpadeos de estupor tras la sorpresa. Es una bestia iracunda huida del panteón mitológico griego, una que te obsequia con gruñidos y ladridos que costará domesticar. Aquí no hay alma de primeras, y si la hay ésta se esconde, bien camuflada, en rostros aún más meditabundos, cuerpos sombríos que bailan al acorde de la prisa, pitidos, voces, humos y destellos de símbolos que no se dejan traducir y tampoco inspiran confianza. “Otra batalla a punto de comenzar”, me digo desde el andén recién inaugurado. 

Todo se acentúa una vez respiras entre la puerta de la estación de tren y la boca de metro subterráneo. Se dibujan enormes enjambres humanos con forma de pincel estilizado. Inabarcables moles con aspecto de gelatina y altura de Poseidón, colmenas donde la gente no se conoce y vive, come, respira y procrea en soledad. ¿Es ésta el alma de Seúl? Acabo convencido de que así ha de ser cuando yo mismo acabo en el sexto piso de una de ellas, confinado a una habitación de cinco metros cuadrados a lo sumo donde, adivina cómo, se las han arreglado para estirar un colchón y empotrar un baño. Debajo, tras el cristal, filas de seres hurgan en comercios de potente luz y se arraciman en hileras a la espera de un bus urbano. Y la noche, en esas me pilla, se cierne con la celeridad de un rayo hasta cubrir el brillo de las hojas de ginkgo en el más negro espesor. Pero hay algo que no entiendo, algo que no cuadra, y, más por curiosidad que por necesidad (hambre), me pongo con rapidez la sudadera y me calzo las zapatillas. Mochila a la espalda, en un pestañeo me veo sumado a la corriente. 

De día, en cualquier lugar del mundo, uno puede llegar a creerse en Asia. No es difícil si hay comida callejera y amarillos rostros acartonados. Pero es justo cuando el manto de cieno lo cubre todo, justo entonces, cuando se da el momento exacto en que uno termina por convencerse de estar pisando tierras orientales. Llueven los efluvios de aromas que oscilan del edén al hedor vomitivo, asoman las ratas, se resquebrajan las aceras, parpadean los neones de barrios rojos que nunca dejaron de estar ahí, tipos olvidados por sus congéneres se hacen ovillos en metros con destino al olvido y uno, borracho de todo, sorbe fideos que bailan en la sopa de un cuenco donde las tiras de ternera nunca fueron algo medible. Ahora sí que estoy en Asia. Envuelve el monóxido de carbono y se pega con tesón a los pulmones. Los ruidos son más infernales que nunca. Arrecia, casi de madrugada, el frío de un noviembre que se consume con fragor de batalla. Las calles se van vaciando gradualmente, un perro ladra su último rasguño y Seúl, la muy canalla, demuestra que, como todas las grandes urbes en este lado del planeta, necesita de tus horas intempestivas para sangrar un alma que se empieza a diluir, gota a gota, en tu flujo sanguíneo. Te necesita en su penumbra, ya lo sabes, para hacer que te empieces a sentir como el Mefistófeles que eres en esencia. Cuándo te va a envenenar es lo de menos, lo mismo que cuándo podrás admitir que solo su mención te provoca una alteración del ritmo cardiaco. Como antes Bangkok, como antes Delhi o Kuala Lumpur, llegará un momento en que eches en falta y odies a Seúl. Será el próximo regreso o quién sabe si el posterior, pero sucederá. La capital surcoreana, de esta sucinta manera y asumida como metrópolis a flor de piel, siempre lleva mimbres de un patrón no tan distinto de país a país. Su alma, en puridad, ya la llevas impresa de antemano porque siempre la llevaste mamada. Aunque ni siquiera fueras consciente de ello. 

Al asomar el alba no queda nada de la ciudad de vísperas. Todo se ha desmoronado y reconvertido en nuevas torres ciclópeas que no son tan distintas de las de ayer. La prisa y la confusión reinan a sus anchas en diminutos tipos de abrigos acartonados y calcetines invernales de grueso algodón. Todos van y vienen, unos juegan con sus móviles y el resto, al igual que en Japón, tratan de dormir a bordo del metro lo que la traviesa noche les robó. Huele intensamente a castaña asada cada vez que las puertas se abren en cada estación. Es un olor penetrante y dulzón, un olor que, acaso solo por eso, me obliga asumir que Seúl no te desagradaría tanto, mamá. Adorabas las castañas asadas, te recordaban a una infancia en un pueblo burgalés tan distante del aquí y ahora. Os servían para entrar en calor en aquellos tiempos de infancia donde todo el calor se reducía a la leña o lo humano. Y rememoro, sin quererlo, muchos de esos lugares en los que las castañas se presentaron en nuestra ruta: en una estación japonesa de nombre olvidado, caras pero sabrosas, en el barrio chino de Kuala Lumpur donde te perdiste tras escaparte a comprarlas, baratas pero indigestas por el susto que te llevaste, tantas veces en la Europa del este… En un buen puñado de otros lugares que ya ni recuerdo. Hasta que me aficionaste a ellas. Y pronto me apeo en una estación anónima para arrimarme, como un perrillo en celo, a comprar un cucurucho de papel de estraza repleto de ellas. Que se pire el tren, ya vendrá otro. Ahora ya no descascarillas una para ti mientras me alargas otra ya limpia, ahora me entretengo yo en el proceso con calma, aún quedan muchas estaciones hasta mi destino. Y Seúl, ya lo ves, también tiende lazos a tu memoria, reconforta con tu recuerdo y presencia etérea. Castaña tras castaña hasta que toca frenazo seco y vistazo rápido al nombre de la estación que se vislumbra en grafía romana y coreana sobre un ostentoso letrero en la pared de la estación. Gyeongbokgung, mi destino. “Abrígate que aquí hace frío”, recuerdo tu tantas veces repetida orden mientras subo el tirador de la cremallera de la chaqueta hasta la altura del hocico. Salgo rápido, intentando coger calor con celeridad, por una bocana donde la corriente es tan intensa y gélida que provoca un mínimo bramido de incomodidad y destemplanza. Entre tu recuerdo, castañas y la calefacción del animal de hierro, olvidé por un momento dónde me hallaba. 

Son unos pocos los que se apean conmigo y se arriman a visitar los antiguos palacios de dinastías olvidadas. Cuando el cuerpo se ha hecho al ambiente, ya no es tan temible el cierzo, y hasta una poderosa puerta policromada de doble altura que luce una centena de metros más allá se hace apetecible. A todos los palacetes de Seúl los consumió el fuego hasta molerlos en cenizas de no más de una pulgada de espesor. Sin excepción. Lo que hoy se admira son réplicas porque, una vez más, el inagotable defecto humano de no saber olvidar los devolvió a la vida hace pocas centurias. Y así lucen su marchita fe en estos días en que se mueve tanta plata en Seúl que algo hay que ofertar a insaciables bocas turísticas o expatriadas. No sé si merecen pena los dos que visito, pero el efecto otoñal conjuga sus virtudes para hacer que, entre tanto colorido de hojas parduzcas de roble, amarillas de ginkgo o multicolor de arce, uno olvide rápidamente el escandaloso tufillo de parque temático que rodea a los palacios de Gyeongbokgung y Changdeokgung. Por olvidar, entre plano y plano, uno es incapaz de acertar a recordar cómo se deletrean uno y otro, y sacar la libreta donde se apuntaron con esmero los caracteres coreanos del nombre para enseñar a un alma caritativa local que pueda indicar cómo llegar de uno a otro, se hace un ejercicio tan natural como respirar. De procurar pronunciarlos, mejor correr un telón. 

Quizás el tipo de Iguazú llevaba razón, quizás Corea no tiene mucho para ver, nada que merezca la pena. Pero pronto se descubre que sí aporta algo mucho más valioso para viajeros de vuelta en muchos aspectos: un alma asiática no tan ajena y desconocida, un alma añorada, un alma que recuerda a la tuya, mamá. Una vez en la habitación, echo el pestillo, aspiro un olor a curry que se filtra de Dios sabe dónde, enciendo una luz que no pasa de bombilla renqueante necesitada de ocho destellos para coger intensidad, y empiezo a teclear con furia este mismo texto hasta justo este punto y final, hasta que la noche ha vuelto a caer y todo el decorado se ha cubierto de luces mortecinas bajo las que vuelven a pulular espectros de lo más variopinto.

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