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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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sábado, 28 de noviembre de 2015

Aldea Hakka, mundo chino

Tienen algo de macabro todas esas estaciones de tren que se acaban de construir para el tren de alta velocidad en China. Con apariencia de moles de hormigón, cadavéricas, siempre vacías de espíritus aún humanos y ubicadas en medio de la nada, sin un núcleo poblacional a diez kilómetros a la redonda. Probablemente la idea era que, viendo la imparable expansión del país, en unos años las ciudades pudieran ensancharse hasta integrar la flamante estación. Con franqueza, se han equivocado. Al menos lo han hecho en lugares como el Nanjing de Fujian, donde el bus urbano demora más de una hora en unir el centro urbano con la estación, extraño apósito gris rodeado de infinitos campos de verdes bananos. 

Nanjing, “capital meridional” en idioma chino, era solo un trampolín para llegar a la aldea Hakka de Tianluokeng. Y como siempre que uno se mueve en transporte público y toca intentar interactuar con estos tipos locales, emociones como paciencia y frustración se hacen el pan nuestro de cada día. 

-¿A qué hora es el bus a Tianluokeng?-. Digo en inglés a la chica que vende tickets en la estación de buses. No me entiende. -Bus. Tianluokeng-. Digo mientras me señalo el reloj. “Sin putong”, me responde la tía. Genial. Más sencillo. -Tianluokeng. Tianluokeng-. Repito con calma. Eso tampoco entiende. Y por momentos, mamá, me veo como tú cuando decías que tendrías que aprender inglés porque una se siente una ignorante sin poder hablar con nadie. Puedes estar tranquila porque aquí, aun con eso, tampoco hubieras podido mitigar esa horrible sensación. Esto es lo que sucede cuando uno se sale del camino de ovejas turistas, y es, cueste más o menos aceptarlo a pijochileros de paja, la única manera de viajar con mayúsculas. Al final, tras unos minutos gesticulando, consigo que me venda un billete, aunque no tengo muy claro cuál es el destino. 

Tianluokeng, una vez allí, es un pequeño clúster de tulous, las gigantes viviendas comunales de esta etnia del sur de China. Con armadura de algo similar al adobe pero menos recio, más barro y menos paja en esencia, su esqueleto es un prodigio de arquitectura trabajado en madera. Fortalezas defensivas sublimes que, al modo de las iglesias sajonas de Europa del este, servían de defensa ante ataques de forajidos. Las visité el día anterior en Hongkeng, pero si aquello ya estaba completamente vendido a la manada de turistas chinos, aquí todavía conservaba ese aire feudal de tiempos pasados que, aunque de un modo cada vez menos aparente, aún es posible encontrar en algunos rincones de la China rural. El conjunto es muy reducido, de apenas cinco tulous, pero ahí radica precisamente su grandeza, en lo apañado y caprichoso de sus formas. Tres tulous redondos, uno cuadrado y otro extraño por oval forman el, con seguridad, grupo de estas construcciones más fotografiado de la provincia de Fujian y, acaso por ello, una de las imágenes más clásica de esa atemporal China que se desvanece a furiosos mordiscos desde hace apenas un par de decenas de años. Fue entonces cuando el país eclosionó y, de súbito, le dio por abrazar aquello que supusiera novedad y borrar de un plumazo todo lo que generaciones anteriores se esforzaron en crear. Entendido así, se debe considerar casi un milagro que lugares como Tianluokeng permanezcan indemnes. 

Entrar en todos y cada uno de estos complejos arquitectónicos supone dar un paso atrás en el tiempo. Rememorarnos a una vida que durante siglos no se meneó un ápice y ahora se resiste a morir. Por supuesto que asoman antenas parabólicas y cajas de cartón que recuerdan que aquí también han llegado los televisores de última generación, pero las gallinas siguen picoteando a su libre albedrío y los vecinos siguen sacando agua de los pozos al estilo tradicional: echando un cubo hasta el fondo y después elevándolo con una polea o, peor aún, a puro huevo. Todos los campos en derredor se hallan sembrados de trigo u oloroso té que aquí es omnipresente, el mejor recuerdo para unos turistas nacionales que adoran esta relajante planta en infusión muy por encima de nuestro café y sus taquicardias. Los aperos de labranza se muestran en las balconadas, muy por encima de un pequeño santuario, con figuras sagradas de Buda y siempre humeante de incienso, que recoge la fe y plegarias de los vecinos de cada edificio. Estos altares en miniatura, a diferencia de lo sobrio de las viviendas, son distintos en todos y cada uno de los tulou, pero siempre llevan ese aroma de respeto y religión por mucha mierda que se acumule en sus alrededores. Eso, la fe, no se la llevó el progreso, aunque éste sí haya aportado un trajín de ida y vuelta constante que ha obligado a muchas mujeres a dedicarse al comercio de estatuillas y demás parafernalia que sirva de recuerdos a unos turistas chinos, comunistas de rótulo pero más capitalistas que ninguno en esencia. 

Tianluokeng, en verdad y de un modo mucho más intenso que el pretérito poblado de Hongkeng, se graba a la memoria con avidez, reconforta no solo por lo que es, sino por lo complejo y batallado que supone el tránsito hasta sus entrañas, y recuerda que China, en puertas de 2016, sigue escondiendo lugares donde la emoción se regala a cada inspiración, donde es posible entender que el viajero de justicia nunca va a encontrar en ninguna foto algo más poderoso y valioso como el conocer sus límites de ilusión por llegar, de resistencia y de capacidad de adaptación al complejo entorno que le rodea. Siempre lo he destacado, exactamente los tres parámetros cuya amplitud mide la dimensión del viajero que llevemos dentro. China, para el viajero occidental, puede que regale sitios más o menos hermosos, pero siempre le va a llevar a comprender un cacho más grande de sus limitaciones y virtudes. Y lo va a hacer porque la convivencia con sus seres obliga a ello. Siempre. 

Dan las dos de la tarde, buena hora para emprender el camino de vuelta, pero el problema es que no sé cómo hacerlo. Me arrimo a una garita donde sestea uno de los tipos que debería comprobar si llevo ticket de acceso a la villa o no, repantingado sobre una silla. “Voy a Nanjing”. Me mira como a un marciano, me chequea de arriba abajo mientras se frota los ojos. Se encoge de hombros. “A Nanjing voy”, repito a ver si cambiando el orden hay más suerte. Me señala un bus que, con el motor en marcha, está estacionado a una veintena de metros. Otro que sestea, el conductor. Le toco el hombro con suavidad para que se desperece. “A Nanjing voy”. Ni idea. Sin putong. Que ya empezamos, pienso alicaído. Me indica un asiento del bus y allí me apalanco. Dios proveerá. Aparece entonces una chica que es de Hong Kong, seguro porque por rasgos es imposible ser más china y, sin embargo, habla un inglés medio decente, del todo más torticero que el mío. “A Nanjing voy”, digo por cuarta vez en cinco minutos. ¿A dónde? A Nanjing. No entiende. Recuerdo el ticket del bus para venir, el que arrugué y eché al bolsillo por no tirar al suelo. Lo desdoblo y se lo enseño. Allí aparecen en caracteres chinos origen y destino. ¡Ahhh, Nanjing! ¿Y yo qué he dicho? Tú has dicho Nanjing, no Nanjing. Tomo una intensa bocanada de aire como si me fuera la vida en ello y resoplo con calma. Que alguien me dé un cigarro, por favor. “Bueno, bien, cariño, voy allí”. Habla con uno, con otro, el conductor que se ríe, el de la garita que viene a husmear… un guirigay montado en un segundo porque un tipo raro sin ojillos entrecerrados se ha debido perder. Al final hay quorum, y se gira la de Hong Kong con aspecto dubitativo. Que parece que pasa un bus a Nanjing por allí en media hora, pero que no es seguro; que mientras unos dicen sí, otros que no, y que ella no sabe. Solución: esperar y confiar. Perfecto, me sobra el tiempo. En eso pasa un bus y el de la garita, el que más voces ha acabado dando, lo manda detenerse y me manda dentro. Tasuya, me dice. ¿Qué? Que tasuya, repite. Así que me subo y allí, aparte del conductor, solo hay otro chico chino con, si cabe, aspecto de aún más perdido que yo. El caso es que el bus lleva a la entrada de toda esta área de aldeas, al lugar donde se paga el ticket de entrada y sitio por el que pasé al venir. “Bueno, pues ya sé que tasuya es salida… o entrada”, me digo feliz por haber recortado una decena de kilómetros. El otro chino, por descontado, ni papa de inglés pero, como la gran mayoría, demuestra tener buen corazón y me quiere ayudar. ¿Dónde vas?, parece preguntarme con interés. Le enseño el papel del bus porque, si lo pronuncio yo, igual termino en Mongolia interior. ¡Ah, Nanjing! Y se pone a hablar con un tipo que pasa por allí que pasa a darle indicaciones. Por aquí, luego allá giras y tal. Pues sígueme, me dice cuando el aldeano se va. Y empezamos a andar. Un par de kilómetros después llegamos a un poblado más o menos grande por el que cruza una carretera importante. “Genial, desde aquí está chupado. Solo hay que parar un bus”, me digo aliviado una vez reconozco el lugar de cuando pasé por allí unas horas antes. Se despide el colega de mí, porque él se va a otro lugar, y antes de pasar un minuto se acerca un coche. ¿Dónde vas? Ahora me animo y le digo que a Nanjing. Desde allí me sé el camino y, si veo que tira para otro lado, ya le sacaré el papel para indicarle cuál es mi destino. Pero el tío, alucinante, lo pilla a la primera, y me dice que monte, con gestos me hace ver que va a recoger a más gente y, una vez lleno, partimos hacia Nanjing. Desde allí un suspiro de tren rápido para verme, a eso de las ocho y media, al fin en Longyan. Y así, como ésta, podría contar decenas de experiencias semejantes. La gran virtud de China es que, gracias al cielo, te reconcilias con la raza humana porque si hay un país donde eres ciego, mudo y sordo, donde dependes en exclusiva de valores tan humanos como la solidaridad, la hospitalidad o la generosidad, ése es este inmenso país lleno de tipos hoscos en apariencia pero tremendamente bondadosos.

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