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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Aldea Hakka, mundo chino

Tienen algo de macabro todas esas estaciones de tren que se acaban de construir para el tren de alta velocidad en China. Con apariencia de moles de hormigón, cadavéricas, siempre vacías de espíritus aún humanos y ubicadas en medio de la nada, sin un núcleo poblacional a diez kilómetros a la redonda. Probablemente la idea era que, viendo la imparable expansión del país, en unos años las ciudades pudieran ensancharse hasta integrar la flamante estación. Con franqueza, se han equivocado. Al menos lo han hecho en lugares como el Nanjing de Fujian, donde el bus urbano demora más de una hora en unir el centro urbano con la estación, extraño apósito gris rodeado de infinitos campos de verdes bananos. 

Nanjing, “capital meridional” en idioma chino, era solo un trampolín para llegar a la aldea Hakka de Tianluokeng. Y como siempre que uno se mueve en transporte público y toca intentar interactuar con estos tipos locales, emociones como paciencia y frustración se hacen el pan nuestro de cada día. 

-¿A qué hora es el bus a Tianluokeng?-. Digo en inglés a la chica que vende tickets en la estación de buses. No me entiende. -Bus. Tianluokeng-. Digo mientras me señalo el reloj. “Sin putong”, me responde la tía. Genial. Más sencillo. -Tianluokeng. Tianluokeng-. Repito con calma. Eso tampoco entiende. Y por momentos, mamá, me veo como tú cuando decías que tendrías que aprender inglés porque una se siente una ignorante sin poder hablar con nadie. Puedes estar tranquila porque aquí, aun con eso, tampoco hubieras podido mitigar esa horrible sensación. Esto es lo que sucede cuando uno se sale del camino de ovejas turistas, y es, cueste más o menos aceptarlo a pijochileros de paja, la única manera de viajar con mayúsculas. Al final, tras unos minutos gesticulando, consigo que me venda un billete, aunque no tengo muy claro cuál es el destino. 

Tianluokeng, una vez allí, es un pequeño clúster de tulous, las gigantes viviendas comunales de esta etnia del sur de China. Con armadura de algo similar al adobe pero menos recio, más barro y menos paja en esencia, su esqueleto es un prodigio de arquitectura trabajado en madera. Fortalezas defensivas sublimes que, al modo de las iglesias sajonas de Europa del este, servían de defensa ante ataques de forajidos. Las visité el día anterior en Hongkeng, pero si aquello ya estaba completamente vendido a la manada de turistas chinos, aquí todavía conservaba ese aire feudal de tiempos pasados que, aunque de un modo cada vez menos aparente, aún es posible encontrar en algunos rincones de la China rural. El conjunto es muy reducido, de apenas cinco tulous, pero ahí radica precisamente su grandeza, en lo apañado y caprichoso de sus formas. Tres tulous redondos, uno cuadrado y otro extraño por oval forman el, con seguridad, grupo de estas construcciones más fotografiado de la provincia de Fujian y, acaso por ello, una de las imágenes más clásica de esa atemporal China que se desvanece a furiosos mordiscos desde hace apenas un par de decenas de años. Fue entonces cuando el país eclosionó y, de súbito, le dio por abrazar aquello que supusiera novedad y borrar de un plumazo todo lo que generaciones anteriores se esforzaron en crear. Entendido así, se debe considerar casi un milagro que lugares como Tianluokeng permanezcan indemnes. 

Entrar en todos y cada uno de estos complejos arquitectónicos supone dar un paso atrás en el tiempo. Rememorarnos a una vida que durante siglos no se meneó un ápice y ahora se resiste a morir. Por supuesto que asoman antenas parabólicas y cajas de cartón que recuerdan que aquí también han llegado los televisores de última generación, pero las gallinas siguen picoteando a su libre albedrío y los vecinos siguen sacando agua de los pozos al estilo tradicional: echando un cubo hasta el fondo y después elevándolo con una polea o, peor aún, a puro huevo. Todos los campos en derredor se hallan sembrados de trigo u oloroso té que aquí es omnipresente, el mejor recuerdo para unos turistas nacionales que adoran esta relajante planta en infusión muy por encima de nuestro café y sus taquicardias. Los aperos de labranza se muestran en las balconadas, muy por encima de un pequeño santuario, con figuras sagradas de Buda y siempre humeante de incienso, que recoge la fe y plegarias de los vecinos de cada edificio. Estos altares en miniatura, a diferencia de lo sobrio de las viviendas, son distintos en todos y cada uno de los tulou, pero siempre llevan ese aroma de respeto y religión por mucha mierda que se acumule en sus alrededores. Eso, la fe, no se la llevó el progreso, aunque éste sí haya aportado un trajín de ida y vuelta constante que ha obligado a muchas mujeres a dedicarse al comercio de estatuillas y demás parafernalia que sirva de recuerdos a unos turistas chinos, comunistas de rótulo pero más capitalistas que ninguno en esencia. 

Tianluokeng, en verdad y de un modo mucho más intenso que el pretérito poblado de Hongkeng, se graba a la memoria con avidez, reconforta no solo por lo que es, sino por lo complejo y batallado que supone el tránsito hasta sus entrañas, y recuerda que China, en puertas de 2016, sigue escondiendo lugares donde la emoción se regala a cada inspiración, donde es posible entender que el viajero de justicia nunca va a encontrar en ninguna foto algo más poderoso y valioso como el conocer sus límites de ilusión por llegar, de resistencia y de capacidad de adaptación al complejo entorno que le rodea. Siempre lo he destacado, exactamente los tres parámetros cuya amplitud mide la dimensión del viajero que llevemos dentro. China, para el viajero occidental, puede que regale sitios más o menos hermosos, pero siempre le va a llevar a comprender un cacho más grande de sus limitaciones y virtudes. Y lo va a hacer porque la convivencia con sus seres obliga a ello. Siempre. 

Dan las dos de la tarde, buena hora para emprender el camino de vuelta, pero el problema es que no sé cómo hacerlo. Me arrimo a una garita donde sestea uno de los tipos que debería comprobar si llevo ticket de acceso a la villa o no, repantingado sobre una silla. “Voy a Nanjing”. Me mira como a un marciano, me chequea de arriba abajo mientras se frota los ojos. Se encoge de hombros. “A Nanjing voy”, repito a ver si cambiando el orden hay más suerte. Me señala un bus que, con el motor en marcha, está estacionado a una veintena de metros. Otro que sestea, el conductor. Le toco el hombro con suavidad para que se desperece. “A Nanjing voy”. Ni idea. Sin putong. Que ya empezamos, pienso alicaído. Me indica un asiento del bus y allí me apalanco. Dios proveerá. Aparece entonces una chica que es de Hong Kong, seguro porque por rasgos es imposible ser más china y, sin embargo, habla un inglés medio decente, del todo más torticero que el mío. “A Nanjing voy”, digo por cuarta vez en cinco minutos. ¿A dónde? A Nanjing. No entiende. Recuerdo el ticket del bus para venir, el que arrugué y eché al bolsillo por no tirar al suelo. Lo desdoblo y se lo enseño. Allí aparecen en caracteres chinos origen y destino. ¡Ahhh, Nanjing! ¿Y yo qué he dicho? Tú has dicho Nanjing, no Nanjing. Tomo una intensa bocanada de aire como si me fuera la vida en ello y resoplo con calma. Que alguien me dé un cigarro, por favor. “Bueno, bien, cariño, voy allí”. Habla con uno, con otro, el conductor que se ríe, el de la garita que viene a husmear… un guirigay montado en un segundo porque un tipo raro sin ojillos entrecerrados se ha debido perder. Al final hay quorum, y se gira la de Hong Kong con aspecto dubitativo. Que parece que pasa un bus a Nanjing por allí en media hora, pero que no es seguro; que mientras unos dicen sí, otros que no, y que ella no sabe. Solución: esperar y confiar. Perfecto, me sobra el tiempo. En eso pasa un bus y el de la garita, el que más voces ha acabado dando, lo manda detenerse y me manda dentro. Tasuya, me dice. ¿Qué? Que tasuya, repite. Así que me subo y allí, aparte del conductor, solo hay otro chico chino con, si cabe, aspecto de aún más perdido que yo. El caso es que el bus lleva a la entrada de toda esta área de aldeas, al lugar donde se paga el ticket de entrada y sitio por el que pasé al venir. “Bueno, pues ya sé que tasuya es salida… o entrada”, me digo feliz por haber recortado una decena de kilómetros. El otro chino, por descontado, ni papa de inglés pero, como la gran mayoría, demuestra tener buen corazón y me quiere ayudar. ¿Dónde vas?, parece preguntarme con interés. Le enseño el papel del bus porque, si lo pronuncio yo, igual termino en Mongolia interior. ¡Ah, Nanjing! Y se pone a hablar con un tipo que pasa por allí que pasa a darle indicaciones. Por aquí, luego allá giras y tal. Pues sígueme, me dice cuando el aldeano se va. Y empezamos a andar. Un par de kilómetros después llegamos a un poblado más o menos grande por el que cruza una carretera importante. “Genial, desde aquí está chupado. Solo hay que parar un bus”, me digo aliviado una vez reconozco el lugar de cuando pasé por allí unas horas antes. Se despide el colega de mí, porque él se va a otro lugar, y antes de pasar un minuto se acerca un coche. ¿Dónde vas? Ahora me animo y le digo que a Nanjing. Desde allí me sé el camino y, si veo que tira para otro lado, ya le sacaré el papel para indicarle cuál es mi destino. Pero el tío, alucinante, lo pilla a la primera, y me dice que monte, con gestos me hace ver que va a recoger a más gente y, una vez lleno, partimos hacia Nanjing. Desde allí un suspiro de tren rápido para verme, a eso de las ocho y media, al fin en Longyan. Y así, como ésta, podría contar decenas de experiencias semejantes. La gran virtud de China es que, gracias al cielo, te reconcilias con la raza humana porque si hay un país donde eres ciego, mudo y sordo, donde dependes en exclusiva de valores tan humanos como la solidaridad, la hospitalidad o la generosidad, ése es este inmenso país lleno de tipos hoscos en apariencia pero tremendamente bondadosos.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Diaolou, emigrar de Kaiping

La ruta a Kaiping, por extraño que parezca, no tiene mucho que ver con ninguna de las de aquella vieja China de 2010. Digamos que ahora todo pasa por ser más sencillo, más rápido y hasta más confortable. En Shenzhen, tan cerca de la políglota Hong Kong, bastante gente chapurrea inglés, y acercarse desde allí a ver las famosas estructuras llamadas Diaolou es un juego de críos. Que la chica que vende los billetes de tren se ría cuando le presentas el papel rasgado con los caracteres chinos de Longyan, tu destino para dentro de un par días, es una novedad. Que te mire con sonrisa condescendiente en plan “entendí tu pronunciación a la primera”, ya es pura ciencia ficción. Incluso, en la estación de buses de Futian, uno se puede olvidar de las tartanas renqueantes de antaño porque ahora los autobuses relucen por pulidos, se deslizan sobre el asfalto con una suavidad que podría inducir al sueño más placentero. Cierto, hay algo que no cambia: el poderoso hedor a vómito una vez en el bus. Es la consecuencia obvia de que muchos chinos, por años y generaciones que pasen, nunca van a dejar de marearse en las cada vez menos bacheadas y curvadas rutas de su país. 

Luego Kaiping, que significa “establecer la paz”, es una contienda bélica que huele a goma, polución, basura acumulada en cualquier esquina y quemada coraza plástica de cable. Básicamente, todo lo que flota en el ambiente resulta emanado de tu campo de visión más próximo o lejano. Es un olor tan poderoso, tan de esta tierra, que es inevitable no inspirar con egoísmo hasta casi toser por el peso de la polución. Ya ves, mamá, no es necesario recurrir a India para que Asia raspe la garganta, aunque eso tú ya lo comprobaste conmigo en aquel no tan lejano 2008. El sitio es tan gris como inmenso, intimida a cada paso, pero se revela con facilidad como otro reducto de gentes amigables a poco que des pie a ello. Chinos ceñudos que cambian a cortesía en cuanto sonríes y muestres interés en su quehacer. ¿A qué jugáis? Parece weiqui. Juegan dos, pero alrededor se arremolinan y vociferan cuatro docenas. ¿Qué fumáis? Unos tipos chupan de unos tubos de bambú a los que han adosado unas largas boquillas, y de un extremo de éstas asoman hebras de un dulzón tabaco aromático que se consume con pausa. Sin embargo, como la barrera idiomática aquí sigue siendo una losa, apenas a tres horas de un Shenzhen donde parecía que se abría un universo de integración sencilla, la China de siempre se vuelve a mostrar hermética bajo candado de siete llaves. Entonces recuerdo que aquí le dicen pijiu al zumo de cebada, que eso no lo olvidé jamás, y me entretengo tomando unos tragos y pensando en la nada. 

Eso hasta que un nuevo hotel se inaugura a unos metros de donde tomo la cerveza. Rompe de imprevisto un estruendo explosivo de petardos, y en un santiamén se forma una humareda precediendo a unas complacientes sonrisas. A estas alturas ya es sabido que el ruido repele a los malos espíritus. Exactamente igual a las pasarelas en zig-zag o las omnipresentes curvas de los aleros, ambas formas tan clásicas en templos. Los espíritus no pueden moverse en línea recta, por eso odian lo curvo. China, en apenas media docena de horas, me recuerda con rapidez todo lo que fui acumulando en anteriores experiencias siempre nutritivas para el espíritu. Pronto se suman a mi mesa tres mujeres que cuchichean entre ellas. Me miran y sonríen mientras yo tecleo. Algo me dicen entre carcajadas. No te entiendo, cariño. Y, por raro que parezca, en ocasiones como ésta creo que es mejor así. Lo que sí me jode es no poder deciros que, como no os arropéis, os van a acribillar los mosquitos. Aunque eso, siendo autóctonas, probablemente no os importe. De repente, con todos esos cabrones revoloteando a nuestro lado, recuerdo que desde este sur de China hay solo un paso al sudeste asiático. Y me pilla la cuarta cerveza de medio litro en renuncio, tecleando ajeno, sin entender que lo mejor de todo este continente se resume en ir a dormir cuando ya estás lo suficientemente borracho y cansado porque, en las dos últimas noches, el sueño acumulado se ha resumido en duermevelas a bordo de aviones o buses. Todo para comprobar cómo, certeza absoluta, lo más parecido a dormir sobre el frío suelo es hacerlo en un colchón chino. Nada más duro e incómodo. Y lo paradójico por sorprendentemente contradictorio de los preservativos “Durex Fertilite”, los que vende la a ratos melosa chica de recepción, creo que también lo había olvidado. Cosas de China. 

Saben los que me conocen que, cuando trazo un boceto más o menos profundo de la compleja realidad de la sociedad del gigante rojo, suelo hacer referencia a la clara diáspora de los habitantes de las provincias costeras. Es un hecho constatable que son oriundos de provincias como Zhejiang, Fujian, o especialmente este Guangdong donde me refugio, la mayor parte de chinos que, a día de hoy, habitan allende sus fronteras. Las recetas de estos lares, las casi despreciadas recetas cantonesas (Cantón y Guangdong son sinónimos) de puertas adentro, son las más reconocibles en restaurantes chinos dispersos por el mundo y, ahondando en eso, precisamente los Diaolou, las torres opulentas que venía a visitar, son una clara consecuencia de lo que comento. No en vano, se crearon estos torreones por expatriados de buena fortuna que, una vez de regreso al hogar, decidieron mostrar su opulencia al resto de convecinos. 

Llegar al principal núcleo de ellos, el de Zili, es un breve paseo a bordo de un bus urbano que se merienda los apenas quince kilómetros en media hora. Al bus me mandó una chica que trabajaba en la estación. “Seven to ten”, me dijo cuando le pregunté por el número de bus. Al llegar a los andenes, tres números se me presentaban: siete, diez y diecisiete. Me surgió de inmediato la mueca de inocente gracia. No era “seven to ten”, era “seventeen” lo que quería decir. Se atraviesa de primeras el río Tan, donde se multiplican los jacintos de agua y se hacinan barcazas mal calafateadas, de incluso peor envejecer, reconvertidas en hogares para los menos afortunados. El cauce, a juego, es un lodazal de un espesor similar al de la gelatina. Y después, por muchas partes, una profusión de regueros que recuerdan que la región de Kaiping, situada en la margen occidental del delta del río de la perla, destaca por estar anegada por un nudo de afluentes que van a morir en aquél. 

Se abre la China rural en las cunetas justo antes de que termine Kaiping. Son millones de granos de arroz, aún encascarillados, los que se amontonan allí, secándose bajo un sol de noviembre que no deja de picar por su esencia tropical. Y cuando estos dejan un hueco, son vendedores ambulantes los que ocupan su lugar ofertando fruta o verduras, en cuclillas mientras procuran que la sombra proyectada desde sus sombreros de ala ancha cubra toda su figura. A lo lejos, inevitable, ya se empiezan a divisar los torreones tan característicos de esta región de China meridional, y es un último trayecto que hago a pie, recogido por dos hileras de imponentes eucaliptos, el que me acerca hasta mi destino. 

La historia de estos imponentes torreones, hoy símbolo de Guangdong, requiere una comprensión básica de los turbulentos años que vivió China en el siglo XVIII. Por entonces se daban dos factores que, conjugados, llevaron a la emigración de los creadores, a posteriori, de estos magníficos hitos arquitectónicos. Por un lado, la situación generada en las Guerras del Opio había dado como resultado una ingente población adicta a esta sustancia; y por otro, China ya estaba por entonces tan densamente poblada que los frutos del campo a duras penas daban para sustentar a todos los habitantes. En esta situación, con una población hambrienta y desempleada, inevitablemente querenciosa de olvidar sus penurias en savia de amapola, la apertura a la que obligaron las naciones occidentales, vencedoras sobre China en las citadas guerras, supuso una válvula de escape para innumerables familias. De resultas, millares de ciudadanos chinos pasaron a ser reclutados por estas naciones occidentales para conformar un grupo de mano de obra barata que emplear en sus proyectos a nivel mundial. En 1840, una primera oleada de coolies oriundos de Kaiping partió rumbo al sudeste asiático. Allí los ciudadanos chinos consiguieron emplearse en trabajos de minería o construcción de infraestructuras, dado el interés que tenían las potencias colonialistas en acelerar el desarrollo de la región. A finales de esta década de los cuarenta, con el descubrimiento de oro en Norteamérica, otra masiva oleada de ciudadanos de esta región emigró en busca de fortuna. Y finalmente, en la década de 1860, fue la creación del ferrocarril transcontinental entre Canadá y Estados Unidos el que generó la razón perfecta para una nueva fuga de trabajadores de Kaiping. 

Con la híbrida semilla de la multiculturalidad ya plantada, los incontables viajes de ida y vuelta de estos emigrantes conllevaron un trasvase de riquezas, cultura y costumbres occidentales hacia esta zona de Guangdong. Era una sencilla cuestión de tiempo que el influjo de estas corrientes importadas, mezclado con un ya intemporal costumbrismo y cultura china en la región, deviniera en una cultura y patrimonio únicos que hacen del Kaiping de hoy un entorno incomparable. Viva imagen y resumen de lo comentado, acaso sea el aspecto arquitectónico, con los afamados torreones, el más reconocible de todos, pero rascando la superficie, interiorizando un poco más en la zona, no es difícil hallar templos, mansiones o jardines puramente híbridos, en los que se ha fusionado de un modo exclusivo patrones arquitectónicos y decorativos occidentales con semejantes orientales. En todo caso, está ampliamente aceptado que es la compleja estructura del Diaolou, el torreón, la más reseñable y atractiva de todo el conjunto. Como claro ejemplo queda que esta magnífica herencia, imagen irreductible de los sueños y anhelos de millares de chinos allende los mares, ha sido recientemente reconocida por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. 

Lo que queda por debajo, lo que las eclécticas moles de occidental cemento y no menos gris ladrillo de clara tradición oriental no enseñan, son las historias de dolor y lucha que hubieron de padecer todos y cada uno de sus creadores en su viaje hacia lo desconocido, en su anhelo de una gloria con la que poder regresar henchidos de orgullo a su tierra natal. Sufrieron, tristemente eso no ha cambiado con el paso del tiempo, discriminación, prejuicios, trabajos insalubres y, lo más duro, separación de sus seres queridos. Hoy solo lucen algunas de sus fotos en los corredores de los torreones, y varillas olvidadas de incienso ya consumido se amontonan en cuencos desteñidos que honran a los más afortunados. Paseando por la aldea, empequeñecido ante tales muestras de grandeza, uno no puede dejar de valorar el esfuerzo de sus antepasados, de los que lucharon porque yo hoy pueda viajar sin preocupaciones por el mundo. Y así, ya lo ves, mamá, un viaje a esta región se hace, por momentos, un viaje a tu recuerdo y al del viejo, al recuerdo de los abuelos y de los abuelos de éstos. Kaiping, en puridad, es un viaje tan intenso a la razón de ser humana, a la necesidad de sobrevivir y labrarse un porvenir, que su extraño resultado, la mezcolanza que embruja la mirada y colma los pulmones de olor a madera apolillada, sirve para que sin entender nada, se entienda todo. Pasear por el entorno de Zili, su clúster más clásico y reconocible, de repente se ha transformado en una experiencia viajera con matices mucho más trascendentales. 

Me pilla el ocaso solar allí echando una cerveza que, por pura fortuna, se convirtieron en tres. Abrí la lata y, por no tirar a la calle la anilla con la lengüeta, se la di al vendedor para que la echara a la basura. Miró la lengüeta y, tras sonreírme, me sacó otra lata. No entendía nada. Me enseñó la chapita donde se veían unos caracteres chinos en verde y una fecha. “Que no te enteras, que te ha tocado otra de regalo”, parecía decirme con sus ademanes. Pues muy bien, oye. Lo curioso es que cuando abrí esa segunda lata aparecían los mismos caracteres. Otra cerveza gratis. “Joder, pues voy a salir como las avutardas. ¿Tienen todas premio?”. Con la tercera, no obstante, ya no hubo tanta suerte y aparecieron unas letras en rojo. Casi que me alegré y todo. Con la tripa llena de litro y medio de cerveza, le di las gracias al vendedor con una sonrisa que delataba mi notable ebriedad, y me encaminé a deshacer el kilómetro previamente recorrido para tomar, en la carretera principal, el bus de vuelta a la ciudad. A mi espalda, con un crepúsculo que recogía mis sospechosas eses sobre el asfalto, por el rabillo del ojo creí ver durante un segundo los torreones que se difuminaban entre los tonos verdes y canosos de los eucaliptos. Feliz con lo vivido y bebido, pausaba de este modo, hasta el próximo regreso, una tierra de encanto forjada por sueños de grandeza paridos en esta región de Kaiping.

martes, 24 de noviembre de 2015

Diaolou en Kaiping

Ya por Kaiping, visitando los torreones llamados Diaolou. El gran cortafuegos sigue jodiendo al personal y ando buscando alguna alternativa para poder subir fotos al blog. Publicar texto, de momento, no es tan complejo. Probaré en Facebook, de todos modos, a ver si puedo subir allí alguna foto. Tengo una entrada a medio desarrollar de esta zona y mañana, en ruta a Longyan, espero poder acabarla y subirla desde allí. China rural por aquí, deliciosa y única; China de arrozal, amplias sonrisas y sorprendente gastronomía.

sábado, 21 de noviembre de 2015

La desgracia contra la tragedia

La desgracia le dijo a la tragedia,
“Tú yo somos muy parecidos. 
Haces a la gente sufrir y sentirse triste.” 
Respondió la tragedia, 
“Sí. Pero hay una diferencia.” 
“¿Cuál es la diferencia?” 
“Tú puedes visitar a cualquiera y yo no. 
Si la gente se parara (a pensar) una vez te conocen, 
Yo no podría acercarme a ellos. 
Porque la infelicidad continua es una tragedia.” 

Comprender y aceptar tu infelicidad (temporal)
Es una buena manera de evitar que la desgracia 
Se convierta en tragedia.

Traducido de un extracto de cuento para niños que acumulaba polvo en un poste de hormigón de la estación Geumjeong del metro de Seúl. 

Pasé una mañana entretenida en la fortaleza Hwaseong, otro icono turístico en la periférica barriada de Suwon. Mañana toca rehacer el hatillo para dejar atrás una Corea que, resumida en una frase, "pretende aspirar con esfuerzo reconocible a parecerse a Japón, pero a la mínima se asemeja a lo que lleva impreso en esencia: la China más profunda". Es la pura verdad una vez comprobado cómo, en el momento más insospechado, en el lugar más inesperado, ha surgido un verso que ha arañado las entrañas. No olvido que aún quedan muchas cosas que contar de este breve periplo por la Corea meridional. Acaso mañana sea un buen momento para teclear, día propicio porque felizmente me esperan muchas horas en un aeropuerto al que, como a todos, solo los turistazos más recalcitrantes pueden mirar con desdén y reproche tal si fuera una pausa que les roba tiempo a sus comentarios recauchutados y estériles fotos en destino. Acaso mañana, donde me espera un día de (igual) compras por el mercado de Yongsan y horas intensas, muchas horas intensas en el aeropuerto de Incheon antes de coger un vuelo que de madrugada me devuelva a China a eso de la cuatro de la mañana. Acaso entonces se dejen caer por este teclado otras tantas emociones vividas en un país que es febril Asia hasta el tuétano. 

viernes, 20 de noviembre de 2015

Almas, alma de Seúl W.I.P.

Iguazú, desde su lado argentino, suscita la opinión unánime de que genera más emoción que desde su lado brasileño. Eso yo aún no lo sabía, ni podía discrepar porque su certeza asomaba en un futuro próximo. Brasil acababa de ser ayer, Argentina empezaría cuando se acabara el vaivén del humo que, fugado, se me escapaba con latencia rítmica. Echaba un pitillo en la zona de acceso mientras chequeaba que la videocámara estuviera en orden, mientras barruntaba si el pico de pesos argentinos pagados por el ticket de acceso merecería la pena. En ésas, no vi llegar al tipo que se me colocó a un palmo. 

-¿Me das un cigarro?-. Dijo en un tono brusco y torticero inglés, falto de educación o exquisiteces. 
-Claro-. Dije alargándole la cajetilla, disimulando mi súbito enojo ante su descortesía a quemarropa. Me bastó un vistazo para entender. Rasgos mongólicos, ojos aún más achinados que los un chino convencional. Solo podía ser coreano o japonés. 
-¿De dónde vienes?-. Traté de romper el hielo. 

Prendió y apuró una bocanada intensa, totalmente ajeno a mi pregunta, antes de devolverme el mechero. “Es coreano seguro”, me dije en una décima. “Los japonés son más amables”. Ni el estrangulador de Boston hubiera exhalado un suspiro tan prolongado y descansado tras su último cadáver, solo azulado desde hace un minuto. 

-De Corea-. Dejó caer sin mirarme al rostro, sin mostrar un ápice de gratitud o cortesía. 
-Coño. Yo tengo ganas de visitar tu país. Ha de ser bonito. Haeinsa, Bulguksa, Seúl… Hay varios templos y palacios allí que deben ser interesantes-. 

Se animó de repente. 

-¿Crees que hay cosas interesantes en Corea?-. 
-Claro-. Sentencié. –Ya te digo-. 
-Yo no lo creo-. Me fulminó con la mirada. -En Corea no hay nada que merezca la pena. Créeme, allí no hay nada interesante-. 

Me eché la mochila al hombro y pisé la colilla. -Ya veremos-. Mascullé en un apagado murmullo. Luego me giré y eché a andar, sin ni siquiera despedirme, algo que a buen seguro tampoco le importó o sorprendió en absoluto. 

Siempre se dice que todos los lugares poseen alma, que hasta los objetos la tienen. Y, quién sabe, quizás el reto de cada viajero consista en encontrarla. Desde el rascacielos más impactante a la aldea de tres casas por la que solo suena el rumor de un arroyo. Desde el instintivo gesto de ojear un tablón de horarios a la suave refracción de una sombra en un cristal ahumado. Desde un saludo que el primer desconocido te regala a la suntuosa historia de un árbol que no ha dejado de rochar por centurias. Ahí se puede discernir, intensa o escurridiza, el alma del lugar, apostándose en actitud nada belicosa frente al otro yo que eres tú. Un espejo que nunca deja de mostrar lo afortunado que eres, las miserias que te afligen. Es el turista incorregible el que busca desesperadamente una guía o una referencia de lo que observa, para el viajero, sin embargo, eso suele estar de más cuando esa alma de la que hablo se hace presente y justifica cualquier razón que le haya traído a estos pagos. Siempre he pensado que es así, hasta creo que no he dejado de buscarla con denuedo en todos y cada uno de los lugares que he pisado. Y siempre que la he encontrado estaba dispersa, espolvoreada en rostros más que en monumentos, afilando una sonrisa o un gesto de cortesía. Fugaz pero intensa. 

Sin embargo, cuando Seúl se hace presente, cuando los campos en los que solo quedaban desperdigadas colas de caballo con forma de mieses de arroz, paja que se empezaba a pudrir por la humedad, eran pasado reciente, cuando las torres son un derroche de ingenio humano y los carteles multicolor un espejismo de a cada segundo, yo no tengo tan claro que vaya a descubrir el alma de Corea. De todos modos, es mi plena convicción que si está se halla en algún sitio, lo mejor es procurar buscarla escarbando en su capital. Por eso abordé aquel tren esa marchita y monocromática mañana, otra más en Corea, en la estación de Andong. Por eso me aventuré a abandonarme en los brazos de otro engendro apisonador de almas con aspecto de capital de siglo veintiuno. 

El alma de un tren, lo sabe cualquiera, es siempre cariñosa con el viajero. Le acomoda en sus entrañas y lo mece con suavidad mientras pone a sus pies paisajes de ensueño que discurren con calma, personas y conversaciones de lo más variopinto. La complicidad que se establece entre un extraño y un tren ocasional es algo que se escapa a la exigente dictadura de las palabras escritas. Sea un poco la paz que provoca, el infinito deseo de libertad o la implacable y maravillosa sensación de saberte olvidado de todo y todos antes incluso de que montes en él. Solo con verlo aproximarse en un húmedo andén número tres de esa poco romántica estación de Andong, bruñida en hormigón y esquirlas de acero siempre gris, hasta se torna acogedor el inmisericorde por magnético gris desprendido del cielo, el que aquí se convierte en tu indeseada coraza hasta que llega el momento de roncar. No obstante, en el caballo de hierro, como en todos los buses que cogí en la Corea meridional, no había más de un puñado de personas. No sé bien quién decide rutas y frecuencias en este país, pero una de dos, o regalan la gasolina y las locomotoras, o las empresas de transporte viven en déficit permanente, con números rojos que se hinchan a cada día. Lo digo porque siempre viajé solo por estas tierras. En ocasiones en sentido literal: solo iba yo en el bus aparte del conductor. Con frío y días de perros, dudo que en verano esto se halle más concurrido. Jamás vi una zurria tumultuosa en ninguna estación, una de ésas que obligan a rascarse el cogote y plantearse cómo se las puede ingeniar uno para zafarse de la manada. De hecho hasta se podría asegurar, equivocadamente, que esta zona del mundo se halla muy despoblada en base a comprobar el número de personas que hacen uso del transporte público. Sortilegio de cultura incomprendida una vez arriba, asientos impolutos para elegir y charlar amistosamente, en mudo, con esa alma reconfortante que se hace vagón en tren semi-expreso. 

Todo el paisaje se vuelve parduzco por los arrozales anegados que descansan a la espera de que llegue un tiempo de nueva siembra, y se suman a esa acrimonia sombría las hojas marchitas de más robles que castaños, desnudos y lastimosos. Entonces las laderas se han teñido de muerte marrón y brazos huesudos que claman al cielo una nueva primavera. Ni el turquesa de líquenes sobre la roca caliza consigue imprimir un rayo que rompa la monotonía dictatorial del color otoñal. Ocasionales pinos de perenne verdor, al menos con grupúsculos de hayas ya amarillentas, conforman el único toque de color. Simulan toscos trazos de brocha borracha, sin patrón o motivo geométrico comparable. También dispersos caquis de ramas desnudas y frutos como puntos anaranjados, radiantes. Asimismo, sin necesidad de desviar la mirada, el tono alba de miles de balas de paja envueltas por sábanas de plástico para que no se pudran, y efímeros troncos de eucalipto de un blanco celestial una vez se desprendieron de su corteza. Eucaliptos que, ya para siempre, quedarán grabados a la cascada de Peguche en Otavalo. Allí donde te entretenías recogiendo semillas de este majestuoso y oloroso árbol para hacer solo tú sabrías qué, mamá. En el bolsillo de tu chaqueta quedaron, y en el bolsillo de tu chaqueta llegaron a casa cuando de ti ya solo nos quedaba el espíritu. 

A la altura de Yeongju, en la deshebrada trama metálica que las vías y cambios de agujas forman en los prolegómenos o epitafio de cualquier estación de tren, asoma una pila de convoyes de mercancía cargados con contenedores de barco, multicolor, pausados en vías muertas. O bien convoyes de vagones huecos, grisáceos, destinados al transporte de carbón o escoria de acero. Decenas de ellos, en suma, dan fe de que la vía principal de exportación o importación de Corea del Sur es marítima. Una vez asumido que el paso terrestre se ciñe a travesar una Corea del Norte con la que las relaciones son turbulentas desde la división de toda la península coreana en dos naciones allá por 1945, el mar se ha convertido en el mejor aliado del progreso surcoreano. Hay montones de trenes, inmensos e inacabables. Vuelve el trajín por el rechinar de orlas metálicas sobre filamentos de acero y uno percibe cómo, sobre tendidas colinas anónimas, asoman pequeños montículos inevitablemente franqueados por escuetas y cerúleas losas identificativas de los que ya se fueron. Aquí y allá, son probablemente estos cenotafios el rasgo más identificativo de la rural Corea. Ahí se faceta el alma del destino con mucha mayor intensidad, sin necesidad de rebuscar. Silencio y oración al vuelo. La paleta de la madre naturaleza aún da para más al abrir los ojos, pero llega un momento dado en que la bestia se para, apaga las baterías y resulta que el vacío del resto de pasajeros me recuerda que ya estoy en el final de trayecto, que ya he llegado a la capital surcoreana. 

Seúl, como toda ciudad de millones, acojona desde un principio y te amenaza sin discreción, haciéndote ver que jamás podrás recorrerla en profundidad, mucho menos comprenderla ni en levedad. No lo hace con ese delicado tacto propio de contorsionistas rusas en el tartán, prefiere escupírtelo a la cara y no dejar de restregártelo en tu primer bostezo y veinte consiguientes rápidos parpadeos de estupor tras la sorpresa. Es una bestia iracunda huida del panteón mitológico griego, una que te obsequia con gruñidos y ladridos que costará domesticar. Aquí no hay alma de primeras, y si la hay ésta se esconde, bien camuflada, en rostros aún más meditabundos, cuerpos sombríos que bailan al acorde de la prisa, pitidos, voces, humos y destellos de símbolos que no se dejan traducir y tampoco inspiran confianza. “Otra batalla a punto de comenzar”, me digo desde el andén recién inaugurado. 

Todo se acentúa una vez respiras entre la puerta de la estación de tren y la boca de metro subterráneo. Se dibujan enormes enjambres humanos con forma de pincel estilizado. Inabarcables moles con aspecto de gelatina y altura de Poseidón, colmenas donde la gente no se conoce y vive, come, respira y procrea en soledad. ¿Es ésta el alma de Seúl? Acabo convencido de que así ha de ser cuando yo mismo acabo en el sexto piso de una de ellas, confinado a una habitación de cinco metros cuadrados a lo sumo donde, adivina cómo, se las han arreglado para estirar un colchón y empotrar un baño. Debajo, tras el cristal, filas de seres hurgan en comercios de potente luz y se arraciman en hileras a la espera de un bus urbano. Y la noche, en esas me pilla, se cierne con la celeridad de un rayo hasta cubrir el brillo de las hojas de ginkgo en el más negro espesor. Pero hay algo que no entiendo, algo que no cuadra, y, más por curiosidad que por necesidad (hambre), me pongo con rapidez la sudadera y me calzo las zapatillas. Mochila a la espalda, en un pestañeo me veo sumado a la corriente. 

De día, en cualquier lugar del mundo, uno puede llegar a creerse en Asia. No es difícil si hay comida callejera y amarillos rostros acartonados. Pero es justo cuando el manto de cieno lo cubre todo, justo entonces, cuando se da el momento exacto en que uno termina por convencerse de estar pisando tierras orientales. Llueven los efluvios de aromas que oscilan del edén al hedor vomitivo, asoman las ratas, se resquebrajan las aceras, parpadean los neones de barrios rojos que nunca dejaron de estar ahí, tipos olvidados por sus congéneres se hacen ovillos en metros con destino al olvido y uno, borracho de todo, sorbe fideos que bailan en la sopa de un cuenco donde las tiras de ternera nunca fueron algo medible. Ahora sí que estoy en Asia. Envuelve el monóxido de carbono y se pega con tesón a los pulmones. Los ruidos son más infernales que nunca. Arrecia, casi de madrugada, el frío de un noviembre que se consume con fragor de batalla. Las calles se van vaciando gradualmente, un perro ladra su último rasguño y Seúl, la muy canalla, demuestra que, como todas las grandes urbes en este lado del planeta, necesita de tus horas intempestivas para sangrar un alma que se empieza a diluir, gota a gota, en tu flujo sanguíneo. Te necesita en su penumbra, ya lo sabes, para hacer que te empieces a sentir como el Mefistófeles que eres en esencia. Cuándo te va a envenenar es lo de menos, lo mismo que cuándo podrás admitir que solo su mención te provoca una alteración del ritmo cardiaco. Como antes Bangkok, como antes Delhi o Kuala Lumpur, llegará un momento en que eches en falta y odies a Seúl. Será el próximo regreso o quién sabe si el posterior, pero sucederá. La capital surcoreana, de esta sucinta manera y asumida como metrópolis a flor de piel, siempre lleva mimbres de un patrón no tan distinto de país a país. Su alma, en puridad, ya la llevas impresa de antemano porque siempre la llevaste mamada. Aunque ni siquiera fueras consciente de ello. 

Al asomar el alba no queda nada de la ciudad de vísperas. Todo se ha desmoronado y reconvertido en nuevas torres ciclópeas que no son tan distintas de las de ayer. La prisa y la confusión reinan a sus anchas en diminutos tipos de abrigos acartonados y calcetines invernales de grueso algodón. Todos van y vienen, unos juegan con sus móviles y el resto, al igual que en Japón, tratan de dormir a bordo del metro lo que la traviesa noche les robó. Huele intensamente a castaña asada cada vez que las puertas se abren en cada estación. Es un olor penetrante y dulzón, un olor que, acaso solo por eso, me obliga asumir que Seúl no te desagradaría tanto, mamá. Adorabas las castañas asadas, te recordaban a una infancia en un pueblo burgalés tan distante del aquí y ahora. Os servían para entrar en calor en aquellos tiempos de infancia donde todo el calor se reducía a la leña o lo humano. Y rememoro, sin quererlo, muchos de esos lugares en los que las castañas se presentaron en nuestra ruta: en una estación japonesa de nombre olvidado, caras pero sabrosas, en el barrio chino de Kuala Lumpur donde te perdiste tras escaparte a comprarlas, baratas pero indigestas por el susto que te llevaste, tantas veces en la Europa del este… En un buen puñado de otros lugares que ya ni recuerdo. Hasta que me aficionaste a ellas. Y pronto me apeo en una estación anónima para arrimarme, como un perrillo en celo, a comprar un cucurucho de papel de estraza repleto de ellas. Que se pire el tren, ya vendrá otro. Ahora ya no descascarillas una para ti mientras me alargas otra ya limpia, ahora me entretengo yo en el proceso con calma, aún quedan muchas estaciones hasta mi destino. Y Seúl, ya lo ves, también tiende lazos a tu memoria, reconforta con tu recuerdo y presencia etérea. Castaña tras castaña hasta que toca frenazo seco y vistazo rápido al nombre de la estación que se vislumbra en grafía romana y coreana sobre un ostentoso letrero en la pared de la estación. Gyeongbokgung, mi destino. “Abrígate que aquí hace frío”, recuerdo tu tantas veces repetida orden mientras subo el tirador de la cremallera de la chaqueta hasta la altura del hocico. Salgo rápido, intentando coger calor con celeridad, por una bocana donde la corriente es tan intensa y gélida que provoca un mínimo bramido de incomodidad y destemplanza. Entre tu recuerdo, castañas y la calefacción del animal de hierro, olvidé por un momento dónde me hallaba. 

Son unos pocos los que se apean conmigo y se arriman a visitar los antiguos palacios de dinastías olvidadas. Cuando el cuerpo se ha hecho al ambiente, ya no es tan temible el cierzo, y hasta una poderosa puerta policromada de doble altura que luce una centena de metros más allá se hace apetecible. A todos los palacetes de Seúl los consumió el fuego hasta molerlos en cenizas de no más de una pulgada de espesor. Sin excepción. Lo que hoy se admira son réplicas porque, una vez más, el inagotable defecto humano de no saber olvidar los devolvió a la vida hace pocas centurias. Y así lucen su marchita fe en estos días en que se mueve tanta plata en Seúl que algo hay que ofertar a insaciables bocas turísticas o expatriadas. No sé si merecen pena los dos que visito, pero el efecto otoñal conjuga sus virtudes para hacer que, entre tanto colorido de hojas parduzcas de roble, amarillas de ginkgo o multicolor de arce, uno olvide rápidamente el escandaloso tufillo de parque temático que rodea a los palacios de Gyeongbokgung y Changdeokgung. Por olvidar, entre plano y plano, uno es incapaz de acertar a recordar cómo se deletrean uno y otro, y sacar la libreta donde se apuntaron con esmero los caracteres coreanos del nombre para enseñar a un alma caritativa local que pueda indicar cómo llegar de uno a otro, se hace un ejercicio tan natural como respirar. De procurar pronunciarlos, mejor correr un telón. 

Quizás el tipo de Iguazú llevaba razón, quizás Corea no tiene mucho para ver, nada que merezca la pena. Pero pronto se descubre que sí aporta algo mucho más valioso para viajeros de vuelta en muchos aspectos: un alma asiática no tan ajena y desconocida, un alma añorada, un alma que recuerda a la tuya, mamá. Una vez en la habitación, echo el pestillo, aspiro un olor a curry que se filtra de Dios sabe dónde, enciendo una luz que no pasa de bombilla renqueante necesitada de ocho destellos para coger intensidad, y empiezo a teclear con furia este mismo texto hasta justo este punto y final, hasta que la noche ha vuelto a caer y todo el decorado se ha cubierto de luces mortecinas bajo las que vuelven a pulular espectros de lo más variopinto.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Hahoe

Ya en Andong, aproveché la tarde para visitar la tradicional aldea de Hahoe. Muy bonita. Desde mañana y hasta la madrugada del día 22 al 23 estaré por Seúl, escribiendo un poco y visitando alguna cosilla.