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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 27 de octubre de 2015

Somoto y Masaya, (al) fin de ruta

-Tú no eres de aquí-. Me dice el tipo mientras me alarga un Belmont rojo. 
-¡Ahí va la ostia, claro que no! Y tú tampoco. De hecho venimos del mismo lado-. 
De primeras me mira sorprendido, y después ladea la cabeza, extrañado. Le señalo el cartel de la puerta del establecimiento: “Comedor Euskadi”. El garito está agazapado junto a la estación de buses de Somoto, otro secarral donde el humo se mezcla con el polvo reseco. Pero nada más leer el nombre del establecimiento ya sabía dónde encontraría un poco de calor y unas bocanadas de humo. 
-¿De dónde?-. Me pregunta risueño tras una sonora carcajada. 
-Donosti. ¿Y tú?-. Le alargo tres córdobas. 
-De Ermua. Pero he vivido toda mi vida en Donosti-. 
-¿Cómo así por aquí, por Somoto?-. 
-Estoy jubilado. Ella me trajo aquí-. Imanol señala a su señora que me saluda cortésmente. Disfruto más de la conversación que del cigarrillo. 

Imanol resalta no solo por su habla, también lo hace porque no es un tipo caoba de nariz aguileña o barba hirsuta, ni siquiera de bigotillo recortado; ni presenta unos ojos de canela hundidos en unas cuencas demasiado profundas sobre las que aleteen las briznas de una cabellera tan negra como sucia. Cuando alarga la mano las arrugas no son profundas como grietas, ni sus uñas de un enfermizo violáceo que den cuenta de lo jodido del pasar por una miserable vida. Por supuesto que no se le imagina alargando noches en vela, nostálgico, entonando en un murmullo el estribillo de “Ya no necesito silencio, no tengo en quien pensar” toda vez que la nada infinita no le rodea a modo de sortilegio. No se le imaginan tormentas furiosas de preocupación que con su repicar puedan desencadenar la furia. De hecho es otro vasco como yo, otro blanco, otro tipo tranquilo, otro “chele” como denominan aquí de modo coloquial a los de piel clara. Fue agradable charlar un rato con él y su señora. Se les veía alegres y despreocupados, viva imagen de la salud y la felicidad. 

Este lugar de nombre extraño, Somoto, tiene un eco lejano para los que vivimos en tierra vasca por oscuros temas políticos relacionados con una antigua alcaldesa de Lasarte, Ana Urtxuegia, y con unos fondos de cooperación que no estaba claro si iban o venían. Aquí todos la conocen, y no tienen problema en hablar para bien o para mal. El problema es que yo no quiero preguntar porque los políticos me la traen al pairo. Me interesa la historia, la guerrilla sandinista, la gente de valores. De los mandamases actuales de mi país, hasta de cualquier otro, no quiero saber nada porque bastante les padezco en casa como para rebuscar trapos sucios que me abochornen a diez mil kilómetros. No, gracias. Para eso no necesito investigar toda vez que abrir un periódico en sección “nacional”, día tras día, provoca la misma desazón. Me quedo con la paz de Somoto en mi ignorancia, un pozo más cálido que Estelí pero, aun con eso, realmente atractivo por el bello entorno natural que lo rodea. 

Somoto queda tan cerca de Honduras, tan a meros veinte kilómetros, que, en geografía, es catracho más que Nicaragua. Está forrado de colinas como esmeraldas colombianas, brillantes y vivas por frondosas, y los caballos o yeguas pastan con quietud soltando un relincho de enfado cuando te arrimas a acariciarlas, imantado por el lustroso pelaje bajo un sol no tan fiero. Es un vergel todo lo que se presenta en derredor. Multitud de vacas pardas o negras se pierden entre praderas tachonadas de acacias, lozanas y de tajada generosa, a veces estáticas con la vista fija en la Pachamama, a veces tumbadas, sesteando a la sombra mientras regurgitan lo verde. En sociedad, no obstante, todo es nica cien por cien. Sin armas de fuego a la vista, sin ganaderos al galope una vez que el turismo o la cooperación mal entendida prometen rendir más a cambio de menos. Soñoliento con la puesta de sol y relajado durante el día, así es mi Somoto. 

Se supone que la mayor atracción del lugar es un cañón que, en realidad, no tiene muchos más pases que media verónica. Uno imagina un lugar así como algo imponente, de escarpadas paredes a las que no alcance la vista. Tampoco la garganta del salto del tigre en el sudoeste de China, solo algo un poco cautivador. Pero el de Somoto es mucho más humilde, angosto en extremo y con un aspecto más de barranco que de desfiladero, más visigodo que gótico. Su visita, pese a ello, es un agradable paseo para romper la quietud de un lugar en el que, a parte de comer y dormir, no hay mucho más que hacer. Allí lo mejor fue, por descontado, el guiño al pasado, a la remembranza Lao una vez más. “Ese árbol es el nacional de Nicaragua, se llama Sacuanjoche, y da una flor muy olorosa entre mayo y junio”, dice el tipo que rema a través del cañón. Aparecen árboles huesudos de este tipo a diestra y siniestra, ramificados en extremo como un cuarto de paleontología, un anatómico forense saturado, tras un puñado de picudas hojas verdosas, prietas y enhebradas en grueso. Somos tres alemanas, un alemán y yo en el bote, aparte del remero. Me pierdo en la melancolía. Claro que conozco ese árbol. “¿Alguien ha viajado por el sudeste de Asia?”, pregunto. Una levanta la mano. “¿Sabes qué es un frangipani?”. “Esa flor blanca o rosa y que tiene tanto olor”, dice temerosa, “la vi en Tailandia”. Asiento satisfecho. “Exactamente la misma flor de ese árbol, la plumería que decimos en España. Junto con el jazmín, los cinco pétalos más hermosos que ha dado la naturaleza”, digo señalándolo. “Ésa misma que dices es la flor nacional de Laos, y como os acaban de indicar, coincidencia, de Nicaragua”, remato. Laos y Nicaragua, una vez más, unidos en nuestro recuerdo, mamá. ¿Recuerdas aquella flor de frangipani que recogimos junto a la Puerta de la Victoria en Bombay? ¿Recuerdas su olor? Era espectacular, pese a estar pisoteada y todo. Laos, Tailandia, Nicaragua, India… el frangipani siempre formará parte de la banda olorosa de nuestros viajes y vida. Se lo ganó por derecho propio. 

Con el pasar de las horas Somoto se resume en un cañón aderezado por una habitación de once dólares donde encontré las mejores sábanas y las peores almohadas de todo el viaje. Otra paradoja más en este país que ya se me escurre de las manos. No hay nada más que me llame la atención, lamentablemente. Ojala pudiera escribir para describir encuentros amorosos a la luz de la luna, paisajes de vértigo o amistades solo quebrantables con la muerte, pero en esta Nicaragua de versión turística ya deben haber pasado muchos lustros desde la última vez de aquello. Todo se reduce a compra-venta, a un telón de acero que separa a locales de turistas y tras el que es imposible discernir quién encierra un pozo de anécdotas o conocimientos para compartir. Librarse de la etiqueta chele va de utópico entre Ometepe, Granada, León, Estelí o Somoto. “La gente aquí no valora al turista. Lo ve como una oportunidad de prosperar rápido y bien. Son bandidos. No entienden que, si le tratas bien, él y los suyos volverán, y eso generara más ingresos. ¿Vas a Masaya? No tienes que ir hasta Managua. Te bajas en Tipitapa y allí coges un bus a Masaya. Si vas a Managua y te ven chele te van a robar los taxistas. Vas a tener que cambiar de estación y el taxista te va a robar. Te pedirá diez, quince, veinte dólares… lo que quiera. No les importas porque solo eres otro turista al que robar. Todos deberíamos advertir de esto, pero muchos lo asumen como normal. Ése es el problema”, me dice un guía de Somoto. Amén, tronco. “En San Juan del Sur una empresa turística tuvo problemas con los taxistas hace no mucho. Protestaban porque las furgonetas llevan a los chavales de todas partes y les dejan directamente en los hostales. Y ellos se quejaban porque decían que les quitaban el trabajo. No tiene sentido. ¡¡¡Si ese turista luego va a coger un taxi, si va a comer en los restaurantes, si va a pagar por dormir!!! Van a dejar un dinero que de un modo u otro va a llegar al taxista, a los familiares que tienen un hostal, un restaurante, una pulpería. Pero ellos solo ven lo suyo propio, no lo de la comunidad. Solo quieren ver enriquecer su bolsillo, no el de sus vecinos que, a largo plazo, va a ser el suyo”. Nuevamente amén, tronco. Menos mal que lo dices tú y no yo, no vaya a ser que cite tu nombre y levante suspicacias. 

Dan las siete, se hace de noche y repican a muerto las campanas de la iglesia. Y ya van dos funerales en dos lunas que avanzan al pleno. Se me van cayendo los párpados, con pausa suave, tal y como te pasaba a ti, mamá. No creo que hubieras disfrutado de este país. “Frangipani al margen, de veras que no”, te digo convencido cuando más tarde me ensobro entre sábanas de pura seda al tacto, cuando ya no sé cómo apelmazar la almohada para no notar las cervicales nuevamente reventadas al levantarme a las seis y media, justo con tiempo de ducharme y tomar el bus para Tipitapa, escala previa a Masaya. Está claro que los países no aburren o agotan por los esfuerzos que hagas en ellos, aburren o agotan porque no generan ninguna emoción. Eso es Nicaragua para mí tras dos semanas de ruta. Casi ninguna emoción natural, absolutamente ninguna social, que es bastante peor. Echaré de menos estos paisajes cuando me vuelva a encerrar entre volcanes en las cercanías de Managua. Mucho. Hago un rato de ronquidos de desilusión, ronquidos que vuelan a Asia. 

Hace minutos de más ronquidos en un par de buses que, a eso del mediodía, me dejan en Masaya, en una pensión de paredes de tabique y techos de bahareque al descubierto bajo las tejas, no tan distinto a la zona de Antioquia colombiana donde hasta las paredes son de este material, pero revocadas de barro o hasta estuco, los más pudientes. Estéril y cálida, abochorna no solo por su clima, también por el acentuado trato de pasotismo a este chele que, al menos igual que un chucho apaleado, ya no espera una décima de empatía o cortesía. El lugar, por lo demás, es horroroso y anodino. No es la primera vez que digo que de las ciudades grandes centroamericanas lo mejor es huir, y si son turísticas ni te cuento. Masaya es solo otro ejemplo más. Alcohólicos durmiendo por la calle, gente en permanente estado de tensión, no vayas aquí, no te menees por allá, quince dólares (y regateando) una habitación que nunca pasaría de diez, “tiernitos” (niños) descalzos solo besados por la polución y el polvo, tours, breakfast, tours, lunch, tours, dinner. Para qué seguir. Voy a comer una hamburguesa, “sin tomate, por favor”. Viene con tomate. Me he quedado con hambre. “¿Hay salchipapas?”. “No me quedan salchichas”, dice mientras yo las veo a su izquierda. “Ponme otra hamburguesa, sin tomate, por favor”. Viene otra hamburguesa con tomate. Se me han inflado los cojones. “¿Cuántas hamburguesas te he pedido?”, pregunto. “Dos, señor”. “Y las he pedido sin tomate, ¿verdad?”. “Claro, señor”. Olé sus huevos. ¿Qué gano montando un circo? Nueva mirada al reloj, humillado por humilde ante su estúpida soberbia. Solo dos días, paciencia. 

Las cuatro pensiones clásicas de pijochileros se apiñan en una calle, dos cuadras una frente a otra. Salí de allí escopetado… para tener que regresar, dos horas después, como un perro con el rabo entre las piernas. Chele, chele, ¿a dónde crees que vas? Ciento veinte minutos husmeando en locales de veinte pavos que a gusto pagaría por un mínimo de autenticidad pero que para mí, de pronto, eran treinta o cuarenta. “Impuesto chele” de un lugar, otro más, con coto de caza abierto hacia todo lo que se parezca a un gringo. En un momento dado, cenando un choumein de pollo que en realidad era una mezcla de tallarines de trigo con migajas desmenuzadas de gallina vieja, volví a mirar la fecha en el reloj para ver cuántos días me quedaban por Nicaragua. Lo jodido y sintomático es que llevaba una semana repitiendo el mismo ritual, descontando días que nunca hubiera deseado o imaginado que pasarían tan lentos. 

-¿Y a qué te dedicas?-. Pregunto a un chaval español del hostal. Veinticinco tacos, no más. 
-A la hostelería, seis meses en Barcelona y seis por el mundo-. 
-Sin visado de trabajo, claro. Te lo explico con calma y te pido disculpas de antemano. A mí, a los que viajamos regularmente, nos están empezando a joder porque muchos curráis con visado de turismo. Te lo explico si quieres o te interesa-. 
Ya sabe de qué va el tema porque, obvio, no soy el único que pía. 
-Nosotros no. Los gobiernos que os ponen restricciones-. 
-Vosotros y vuestra actitud que, en el fondo, es lo que provoca esas restricciones-. 
-¿Y los sub-saharianos que venden discos?-. 
-Ellos no tienen empleador. Vosotros sí. Yo haría como ellos si no tuviera curro, vosotros os pasáis la normativa por el forro. Tenéis un contrato, ilegal pero contrato-. 
-Me busco la vida. Lo vuestro no me importa. Yo paso de pagar impuestos. ¿Quién lo hace en España?-. 
-Por ejemplo hay centenas de miles de inmigrantes con situación regular en España, empleados con contratos y cotizando sus impuestos. Ya sabes, carreteras, hospitales, sus hijos acuden a colegios públicos-. 
-Yo es que soy un aprovechado social. Así de claro. Me aprovecho de lo que vosotros cotizáis. Voy al hospital y me muevo por carreteras españolas. Y todo sin cotizar un euro. Lo prefiero así y no me importa qué te parezca-. Cuando no hay argumentos, suele acabar uno enervado. 
Le miro con lástima y, disculpándome, me piro a fumar. Fin de la charla. 

Lo de Nicaragua, el día que me ponga a recopilar todo lo padecido, va a sorprender a más de uno que tenga idealizado este país. Y estoy absolutamente convencido de que la lamentable deriva del nica de zonas turísticas con relación al turista, al extranjero, tiene mucho que ver con la acción de tantas Organizaciones No Gubernamentales que han hecho de ésta una sociedad pasiva y absolutamente receptiva de la caridad exterior, una sociedad de indigentes a los que nadie enseñó a pescar, solo a recibir pescado a cambio de nada. Como todo el mundo sabe, estas organizaciones luchan por la solidaridad, la cooperación y tal. Eso dicen, punto y seguido. Pero para ello se ubican en los principales núcleos turísticos, con todo tipo de comodidades, como León, Granada o Siem Reap. Ésos sus hechos, no sus palabras, punto y seguido. Se trata de ayudar, claro, pero desde un sofá de terciopelo y a un palmo de un montón de servicios a los que no podrá acceder un necesitado nica ni en diez reencarnaciones. Ésa, en todo caso, es otra historia. Punto final. Lo paradójico, el mea culpa, es que con el culo ya pelado de viajar por el mundo y ver cómo funcionan muchas, no todas, de estas organizaciones, lo raro es que haya sido tan estúpido de imaginar que aquí en Nicaragua, segundo país a nivel mundial en número de Organizaciones No Gubernamentales “trabajando” intramuros, sería distinto a Asia. 

El volcán Masaya, mi razón allí, al menos me regaló un poco de azufre y hermosas vistas nebulosas, un bonito recuerdo final de un entorno árido de solemnidad a nivel social. El acceso a la caldera se hace por carretera de modo que te ahorras una hora y media de ascensión, con coladas de lava tostadas al sol y dispersas en lontananza a ambos lados del asfalto. Allí arriba se abren las puertas del infierno, otro ombligo del planeta, y todo se cubre de una neblina tóxica que irrita ojos y garganta a partes iguales. Ver un volcán y sacar una foto es una cosa, percibir su magnificencia y poder es otra muy distinta. En eso este volcán y las calderas circundantes son un icono indiscutible, y el paseo por sus perímetros una experiencia que reconcilia con un país, al menos en lo natural. Hay grupos de turistas, y también grupos de escolares uno de os cuales se ofrece a llevarme en su autobús hasta la cumbre. El guía del parque les trata de explicar conceptos básicos, pero sus espíritus infantiles no entienden de piroclásticos, erupciones o magma solidificado. Solo desean sacar unas fotos y hacerse autorretratos con sus amigos mientras el humo de fondo les envuelve cuando el viento sopla en el sentido justo. Lo normal. 

Y después hay un mercado de artesanías en Masaya Ciudad, caro, y tres cuadras más allá otro de nicaragüenses, barato. Venden lo mismo, en mayor o menor medida, pero tiene un decepcionante deje de cortado por el mismo patrón toda la artesanía centroamericana. Facturada en la misma fábrica o en otra cercana, el tufillo de “Made in China” llena los alvéolos de un modo que ni las vaharadas de azufre del volcán. Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua no solo comparten banderas más o menos idénticas, sus chucherías para turistas son tan iguales que uno no sabe muy bien qué pensar, aún menos qué comprar que pueda llamar la atención. Ya ves, mamá, ni aquí hubieras abanderado un tramo de ilusión y negocio. Ni siquiera aquí porque te hubieras descojonado tanto como yo con esta barra libre de extranjeros sedientos. Entonces claro que hubieras alzado el hocico a la brisa de poniente como hice yo y hubieras encontrado la senda de ese otro mercado. Cómo no si yo aprendí de ti a bucear y separar polvo de paja, genuino de artificial. 

Nicaragua se me va del debe al haber y no tengo la sensación de haber hecho una buena compra en sentido figurativo. Esperaba lino tejido a mano de las riberas de río Nilo y me encontré acrílico de a peso, vomitado en factorías tétricas de Zhejiang a Guangdong. Como una especie de “coitus interruptus” que emborrona una ruta fabulosa por tierras de Honduras y El Salvador. Resuenan en mi conciencia, sin embargo, las palabras pasionales de Juan, el de “Bomberos en Acción”, su inquebrantable fe en el nicaragüense anónimo y desprovisto de más armas que sus manos y sus valores, su imagen de unos ciudadanos que no se alejan un ápice de mi tailandés alebrado a la tierra. Nadie miente y todos tenemos razón cuando él encontró una recompensa a su esfuerzo y yo una bofetada a mi desidia y cerrazón en la senda gringa. A veces creo que realmente lo busqué con ahínco, el contacto con la gente local impoluta, quiero decir, el problema es que no supe dónde escarbar. O igual es que me acomodé y no quise ni buscar, mucho peor. Es amargo el sabor de la despedida de esta tierra, y es mucho más amarga la certeza de no haber sabido dónde encontrar un diamante entre tanto carbón etiquetado como hermoso o imprescindible. A cuenta de esto me viene la imagen de aquel chico alemán que se me arrimó en la estación de buses de Ubon Ratchathani, en el nordeste tailandés. “¿Qué buscas aquí?”, le pregunté. “Busco Tailandia”. “¿Por qué?”. “Porque he pasado dos días en la zona de mochileros de Bangkok y no la he encontrado. Abrí mi guía y busqué un lugar recóndito, alejado. Por eso estoy aquí. Tú hablas tailandés, te he escuchado charlando con la gente. Yo quiero aprender tailandés. Yo quiero acompañarte”. Y le enseñé, claro que le enseñé mucho de lo que yo no he sabido o querido buscar aquí. Y aprendió, claro que aprendió a base de ostias como una borrachera descomunal en el karaoke más sórdido de todo Chong Mek la primera noche. Aprendió cultura, palabras y expresiones, costumbres y ritos de una gente mísera de solemnidad para los que el alcohol es solo una fuga y no un complemento a la diversión. Primera y más valiosa lección. Aprendió a superar sus miedos, aprendió a confiar en mí y en ellos cuando ya no se tenía en pie tras tanto ron Samsong. Ahora la historia me ve a mí en su papel, primerizo en Nicaragua, enclaustrado en esta birria de mochileros yanquis o europeos a los que Costa Rica se les queda pequeña o, bastardamente, prefieren el “provecho social”. Mea culpa, por supuesto, mea culpa. ¿Dónde coño se me ha perdido Chong Mek?, ¿en qué lugar de Nicaragua me sigue aguardando?

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