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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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viernes, 16 de octubre de 2015

Ometepe sin Nicaragua

Ometepe respira una Nicaragua un poco distinta en lo natural, con su idílica localización insular, pero idéntica en lo social. Ni siquiera en un escenario perfecto de ensueño como el que forma la volcánica isla sobre un lago turquesa, con los conos perfectos de los volcanes Maderas y Concepción, es posible olvidar la miseria humana que te rodea. O quizás ésa es la mejor metáfora. Quizás sean esas chimeneas latentes el mejor modo de resumir un país cuya tasa de natalidad es un volcán en erupción constante, que nunca dormita porque la presencia de críos acompañados de sus madres, apenas adolescentes, es una triste realidad. “Niñas-solteras” las llaman aquí, marcadas con cargas para toda la vida, preñadas en una noche de desenfreno pero con consecuencias para el resto de sus amaneceres. En Ometepe, viendo a todos esos niños harapientos correteando descalzos por las calles, era imposible no sentir un profundo penar por unas gentes sin un aparente gramo de ganas de luchar por cambiar su destino. 

Tiene un punto intenso de semejanza la idiosincrasia del nicaragüense con la del laosiano. Ambos son ensoñadores y alegres, tipos que viven imbuidos en un universo de dejadez tan constante como permanente sonrisa. Ellos, unos y otros, parecen no esperar nada de la vida, sesteando a todas horas. Si pasas a su lado y haces algo por ayudarles, a duras penas lo agradecen porque lo entienden como si fuera una obligación tuya, nunca una decisión de generosidad. Lo aceptan, alzan el morro para pillar el sentido cardinal de la brisa más fuerte, y se vuelven a refugiar en una hamaca que nunca deja de balancearse. Nicaragua es el segundo país a nivel mundial en número de organizaciones no gubernamentales trabajando dentro de sus fronteras, y uno no deja de pensar si la mayor parte de éstas no estarán destruyendo más que ayudando, en el sentido de hacer del nicaragüense más un indigente que un ser formado con capacidad de generarse un futuro por sí mismo. La promiscuidad y el machismo también son añadidas características comunes a ambas sociedades, y suelen generar escenas como la que cuento de Ometepe. Aquí en Nicaragua, no obstante, ya hace tiempo que el gobierno promulgó una ley por la cual el hombre debía pagar la manutención de sus hijos. En Laos ni eso. El gran problema es que muchas niñas nicaragüenses no conocen esa ley porque ni en el colegio ni en sus hogares se les enseña que tienen derechos, que no son objetos. Y aún así, solicitarlo para quien la conoce es un proceso lento y farragoso que desanima a muchas mujeres, a muchas adolescentes prematuramente envejecidas por el peso de varios partos. Prefieren olvidar y sobrellevar su carga como buenamente puedan. En Ometepe, en toda Nicaragua, la presencia de estas “niñas-solteras” es un doloroso recordatorio de lo mucho que queda por recorrer en estos países a nivel educacional de valores éticos. 

A la isla llegué en un barco que no se meneaba demasiado pese a la amenaza constante de tormenta. No en vano, todo el lago se veía azotado por nubarrones y fuertes chubascos que asemejaban a cortinas de seda gris, pusieras la vista donde la pusieras. Eso no fue lo peor, lo realmente jodido fue que conmigo venía un pareja de suecos que ya me puso sobre aviso de a dónde me acercaba. 

-Una hora llevamos aquí, esperando en el barco. Nos comentó un taxista en Rivas que el jodido ferry salía en diez minutos-. Me dijeron nada más puse un pie en el vetusto cascarón. Fumaban taciturnos, con ceño fruncido y leves vistazos con un deje de asco a una concurrencia nicaragüense cada vez más numerosa en la cubierta superior. 
-Veníais conmigo en el bus de Granada a Rivas. Y luego allí habéis desaparecido en unos segundos. Me habéis visto con la maleta, hablando en español con la gente y, llegando a Rivas, lo normal es que mi destino fuera Ometepe. Me podíais haber dicho que veníais conmigo y podíamos haber cogido un taxi. ¿Qué os ha pasado?-. Les reprocho imaginando la respuesta. Imaginando que en el breve tramo de diez minutos desde Rivas hasta el embarcadero se la han colocado 
-Teníamos pensado hacerlo cuando te vimos con la maleta. Pero nada más llegar a Rivas se ha subido un tipo al bus y nos ha dicho que el barco zarpaba en quince minutos, que él nos llevaba en diez y lo podíamos coger. Un tipo realmente insistente. Quinientos córdobas nos ha cobrado-. 
-Jamás, absolutamente jamás creáis lo que os digan taxistas, buscavidas y vendedores en lugares turísticos de Nicaragua. En Guatemala es similar pero no tan agresivo, Honduras y El Salvador, gracias a Dios, aún están limpios de ese tipo de gente. El tramo son dos dólares por persona cuando vienen cuatro en el taxi, unos sesenta córdobas. Yo he pagado cien porque venía solo. Es correcto. Preguntad siempre a la gente que anda por allí. No al taxista, ni al amigo con el que habla. Mejor aún, preguntad al frutero o al que vende cigarrillos. A ellos ni les va ni les viene, y por eso son honestos. Eso aquí, en el resto del mundo no es distinto-. 

Pego la hebra y comparto un Belmont, al cabo de un rato, con un joven de Moyogalpa, una de las mayores localidades de la isla de Ometepe. A medio mar, los volcanes Concepción y Maderas aparecen emergidos de las aguas como sombras de Poseidón, seguras y desafiantes ante la zozobra de los albores de un lago que palpita con furia por momentos. 

-Están extintos, ¿verdad?-. 
-Extintos…-. Y se queda pensando. 
-Que no dan sustos con fumarolas y nubes de ceniza-. Aclaro en cristiano paladino. 
-El Maderas sí. Pero el Concepción es un poco travieso y de vez en cuando se fuma un cigarrito-. 

Al cabo le pregunto por las chicas de Moyagalpa. Por cómo se cuecen aquí las habas de la noche más granuja, por cómo se gana placer y desolación cuando unas bragas nunca dicen que no, por las “ganadoras” de ocasión noche tras noche. 

-Yo no voy nunca de eso-. Dice presa de una convicción irrefutable. 
-¿Estás casado?-. Le respondo a sabiendas de aquí eso no es certificado de autenticidad. 
-No. Es solo que a mí no me gusta usar capote. Yo lo prefiero pellejiero, y aquí te la juegas-. Son palabras idas con el viento, pero que me arrancan una sonrisa de sorpresa por los términos empleados. 

Una vez en Moyogalpa resulta que aquello está podrido. Motos en alquiler por doquier, carteles en inglés de restaurantes, hostales, propiedades en venta. A lo mío, pierdo el tiempo buscando una pensión de propiedad local para dejar mis dineros en esta sociedad, pero al cabo de seis hostales tiro la toalla porque aquello es imposible. Acabo, desesperado y prometiéndome Moyogalpa nunca más, en la pensión de una canadiense donde me repantigo y tecleo sobre un mullido colchón mientras me alegro porque no necesito ni abrir la maleta. Aquello me va durar un suspiro si solo porque tiene aspecto de Koh Tao tailandés, pero con sello de futuro de Flores guatemalteco. Y sin embargo… sin embargo recuerdas los dos primeros párrafos escritos y todo es Nicaragua, nicaragüita en alma y sombras. Decido, fatigado y somnoliento, que no sé si este país me está gustando o no. El caso es que no lo sé.

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