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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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viernes, 9 de octubre de 2015

Adiós a Suchi

Entrada dedicada a Amy Murray, por si llega a leerla algún día. Con cariño.

-A mí no me gustan. Yo antes los mataba con la escoba-. Juan se refiere a los geckos, las simpáticas lagartijas que se comen a los mosquitos. Le digo que es un error, que son un regalo de la naturaleza, y que yo duermo a gusto sabiendo que las tengo correteando por el techo, toda vez que sé que los mosquitos tienen las horas contadas. ¿En serio? Como te lo cuento, Juan. Apalancado en un sofá de tiempo de entreguerras, tecleo mis desdichas, tecleo mis ilusiones, tecleo lo que se me pase por la mente y me erice el vello. Un pasajero instante de emoción. Escucho a Sabina o Silvio, me dejo arrastrar en esa suave espiral de aire templado que, de tanto en tanto, atraviesa con recato el portón de entrada a la pensión. Y, solo a veces, tomo un traguito de ron que desvele dando un codazo a la inspiración. 

Son más de las diez y Amy vuelve a sentarse a mi lado. Aparenta que ya no quiere estar sola. Nuevo runrún estomacal. Es tan nocturna como yo, mitológica alma gemela con la que acuchillarme o echar un polvo con furia. No me sorprende en absoluto cuando me dice que ella también es Escorpio, del veintiocho de octubre. Yo del treinta. Como Maitane, también Escorpio, del treinta y uno. Creo que lo intuí ya desde el comienzo. Siempre son relaciones muy intensas y agotadoras las que se establecen entre nosotros, y por eso me levanté absolutamente exhausto tras la primera noche que hablé con ella. No miento si digo que lo pensé nada más abrir los ojos, legañoso y derrumbado, sintiendo una capa de alquitrán que se filtraba por los recovecos del cerebro. “Ha de ser Escorpio seguro, va a acabar conmigo. Me piro, mejor me piro”. Como si me consumiera el alma a dentelladas. Eso fue entonces, pero esta vez, tras la manzanilla de víspera, soy yo quien invita a unos tragos de ron, le explico más cositas de este idioma a veces tan olvidadizo y dejo que se me escurra despidiéndose con un besito en la mejilla. Mejor así. ¿Seguro? “¡Qué fatiga, joder! Esto lleva visos de delirio”. 

Eché el día de lectura de “Caminarás con el sol”, recomendación de Willy, e introspección. De música Thai y japonesa para no olvidar de dónde vengo, a dónde voy. De colada a tres dólares y siestas al sombrío, acompañado por el rumor inagotable de las aspas de un ventilador de eje partido y corregido por cinta aislante. A ratos dormía, a ratos no. Valoro un montón estos días, pero viajar, el que yo concibo, suele observarme con desprecio cuando actúo así. Y me reprocha, como hacías tú, mamá, a qué demonios hemos venido aquí. Soñar, golfear y holgazanear se pueden hacer en España, ¿verdad? Claro que sí, mamá, pero ¿qué coño voy a comprar ahora que no estás y ya tengo sacos por arrobas de recuerdos materiales? Que cuente lo de uno, lo del otro. Que el alma de un viaje está en los rostros de caminar asfalto abajo y arriba. Sí, ya sé, ya sé. Es solo que por momentos se hace tan, tan difícil. 

En un rato que salí a por tabaco coincidí con Samuel, un profesor de escuela rural a diez kilómetros de Suchi. Le había dicho una noche, echando una cerveza Pilsener, que quería ir a visitar su escuela y por poco me pone un taxi a la puerta. Era la viva imagen de la ilusión por la docencia, por las ciencias sociales, geografía e historia. Y le gustaba beber mucho, me dijo Alcides. A él y a sus nueve hermanos, todos varones. Algunos ya murieron, pero el sueldo de Samuel daba para el resto de bocas toda vez que en este Suchitoto nunca queda a desmano un espíritu amigo que te regale una cora, veinticinco centavos de fruta o fríjoles. 

-¿Qué has tratado hoy, Samuel?-.
-Hoy tocó la Guerra Fría. ¿Cuándo vienes a hablarnos de todo el mundo que has recorrido y a conocer a mis alumnos? Pensaba que vendrías la semana pasada, pero dijo Alcides que partiste para Santa Ana. Guardo todavía el billete de Malasia que me diste. Se lo enseñé a mis alumnos el día después de dármelo tú. “Pero si es muy pequeño”, decían todos-. Risueño, exuda cada palabra. 
-Tuve que marcharme para coger un poco de oxígeno. El calor de Suchi me estaba fundiendo-. Mentí por no hablar de Amy. -Y mañana ya salgo para Nica. Primero Santa Rosa de Lima y luego Nica. ¿Qué tal los chavales?-. 
-Cada vez menos. Los padres no son muy responsables. No les molesta si los cipotes no vienen a estudiar-. Dijo afligido. Era un borrachín, pero se le veía un tipo muy implicado con su trabajo y responsabilidad. Le deseé la mejor de las suertes, de corazón. “Volverás a Suchitoto”, dijo en confianza. “Este pueblo está embrujado, Samuel. ¿Cómo podría no regresar?”. Le guiñé un ojo y le vi partir con su caminar cansino y su barata mochila de colegial a la espalda. Una noche de alcohol a medias suele regalar este tipo de amistades, volátiles pero imperecederas. Era obvio que nos teníamos respeto y cariño mutuo. Éste era mi Suchitoto, el que me abrazaba y soplaba el sudor cada noche. Samuel, simplemente, era solo un habitante más de una aldea, en esencia una aldea, a la que aprendí a amar con locura. 

¿Y la cena con Amy? Joder, vaya cagada. Yo escribiendo estas chorradas en mi habitación y la tía esperando en la suya. A eso de las nueve bajo, cuando todo ya lleva una hora cerrado, y pregunto a Juan, convencido. “Amy no ha venido, ¿verdad?”. “¿Amy? Lleva en su habitación desde hace dos horas”. No me lo puedo creer. Vaya cagada. ¿Por qué coño no pregunté antes? Cuando bajo con el ordenador, ella no tarda ni un minuto en salir. Es como un gato que sabe que el ratón espera en la talega. “Me va a cruzar la cara, seguro”, pienso alicaído. “¿Y las pupusas?”. Estaba cantado, zasca en toda la boca. “Pufff. Lo siento. Estaba escribiendo arriba. Pensé que igual no estabas. Se me pasó. ¿Y mañana?”. “¿No te ibas a Nicaragua?”. “Errrr, puedo estar un día más”, digo mientras pienso que Pilar, la amiga que me espera en Granada, me va a matar por estúpido. El descojono de quien lea esto va a ser mayúsculo. ¡Pendejo, más que pendejo! Y con razón. “Al menos te puedo invitar a un trago de ron”, digo travieso, como tahúr veterano. “Voy a cenar y me doy una ducha. Puede que luego”, me responde con una mueca de sonrisa azucarada. “Te he dicho que lo siento”. “Por favor, ya basta. No importa”. “Ayer estuve muy a gusto charlando contigo. Estaría encantado si me acompañaras hoy”. “Y yo también estuve a gusto”. Química de Escorpio, química de animales nocturnos para los que el tránsito del sol es solo una pérdida de tiempo que resta magia a la luna. Hasta que asoma la carita por la puerta y me dice que se va a dormir. Escorpio, Escorpio, ¡toma otro zasca!, ahora con la izquierda. Tan simple como eso. Fin de la partida, comienzo de Nicaragua. Con la palabra en la boca me quedé. ¡Cómo adoramos hacer sentirse culpable al de enfrente! Me acabé la botella de ron entre suspiros alternos con reproches a mi dejadez y, sorpresivamente, dormí como un lirón. Será que esta clase de mujeres me agotan hasta con su ausencia. Eso será. 

Hay días que me levanto como lo hice al día siguiente, desnortado pero nostálgico, y entonces aprovecho para recomponer un poco mi alma, escribir a ráfagas y trazar una ruta imaginaria por un país nicaragüense que a cada minuto me atraía más, justo en la misma proporción a como Suchitoto se desinflaba por cotidiano. Repito la leve rutina de ponerme las chancletas y comprar fruta en el mercado, charlo un poco allí, un poco allá, sin preocupaciones ni imperios por conquistar. El problema es que el viajero de las entrañas pide una ración de lo suyo, de kilómetros y despedidas. Y acabo rehaciendo el petate, vocacional y feliz. Ni un vistazo atrás eché cuando cogí el bus para San Salvador, rumbo a Santa Rosa de Lima. No lo necesitaba porque las huellas de este lugar ya se habían agarrado con firmeza en mi corazón. Al pueblo lo extrañaré, a la chica, otra vez, solo un empañado y no tan translúcido velo de indiferencia, recuerdo ocasional de su rostro. Jugamos con nuestros aguijones y nos llevamos cada uno, a nuestra manera, una bonita cicatriz como desprecio, en la cena o en el posterior trago de ron. Cruel o maravilloso destino para mí, ya que ésta no era la primera y más dolorosa herida. Aquélla ya cauterizó, y ahora apenas rasguños. 

La estación oriental de buses en San Salvador es otro amargo caos inenarrable. Los vendedores son lo más reconocible y relajado de aquel circo donde buscavidas, taxistas y marginados sociales conviven en pelea constante por un pedazo de lo tuyo. La de occidente, por donde pasé para ir y volver de las zonas de Santa Ana y Sonsonate, es un poco menos terrible. Hay un mínimo de orden y tal. Pero aquí es la jungla urbana más descarnada. La mierda se filtra por las costuras, el monóxido de carbono se pega a la piel como el pegamento extra-fuerte, se hace uno y se fusiona con la piel y el algodón hasta formar una película de escoria viscosa y ardiente. Montar en el bus con aire acondicionado, a salvo de codazos y pisotones, fue como escalar un ocho mil, y ver desde la ventanilla al gentío que allí seguía a lo suyo, la misma sensación que se debe tener desde el punto más alto, con el planeta rendido a los pies. 

Amenaza llover con insistencia cuando arribo a esa extraña población, Santa Rosa de Lima, dentro de un departamento de La Unión que podría ser el de los diluvios a poco que lo de arriba quisiera. Por el color del cielo da la sensación de poder tirar agua por un lustro, y que todo se resuma en callejas anegadas a modo de regueros infinitos. Las iglesias se han ido sucediendo por doquier en esta región oriental que suma un buen puñado de las más notables de El Salvador. Se perdían, quebradas frente a conos volcánicos, tras tormentas y chorretones de agua que resbalaban por la parte exterior del cristal.
 
El señor de la pensión de Santa Rosa es un tipo de nariz aguileña y barba hirsuta, con unos ojos de canela hundidos en unas cuencas demasiado profundas sobre las que revolotean las briznas de una cabellera tan negra como sucia. Cuando alarga la mano las arrugas son hondas como grietas, las uñas de un enfermizo violáceo dan cuenta de lo jodido del pasar por una miserable vida. Se le imagina con sencillez alargando noches en vela, nostálgico, entonando en un murmullo el estribillo de “Ya no necesito silencio, no tengo en quien pensar”. Toda vez que la nada infinita le rodea a modo de sortilegio, son desencadenadas tormentas furiosas las que se imaginan en su interior, repicando sin cesar. No me da tiempo a llegar del tirón hasta Nicaragua y prefiero parar allí a hacer noche. Al día siguiente ya cruzaré a Honduras, dejaré atrás Choluteca y alcanzaré León, con un poco de suerte para el medio día. 

Pese a la amenaza líquida y al aspecto de ciudad sucia, no me arredro y salgo a dar una vuelta porque alguien en Suchitoto me dijo que aquí se suele comerciar con oro, que es bastante “cómodo” en su precio, barato porque se suele extraer en minas de los alrededores. No hace falta decir que ya me imaginaba que lo trabajarían de catorce quilates. Me quedo sin saberlo, en realidad, porque tras cruzar cuatro cuadras es El Salvador, su próxima falta, el que me derrota y me devuelve a una habitación de perra chica y sábanas blancas con lamparones de desteñido a azul. Me escondo de la ciudad y solo deseo masticar mi adiós salvadoreño y dormir. Sobre todo dormir en un hostal de diez dólares en el que, como los demás, sus paredes parecen recoger tantos gritos de placer como de violación.

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