LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

martes, 27 de octubre de 2015

Somoto y Masaya, (al) fin de ruta

-Tú no eres de aquí-. Me dice el tipo mientras me alarga un Belmont rojo. 
-¡Ahí va la ostia, claro que no! Y tú tampoco. De hecho venimos del mismo lado-. 
De primeras me mira sorprendido, y después ladea la cabeza, extrañado. Le señalo el cartel de la puerta del establecimiento: “Comedor Euskadi”. El garito está agazapado junto a la estación de buses de Somoto, otro secarral donde el humo se mezcla con el polvo reseco. Pero nada más leer el nombre del establecimiento ya sabía dónde encontraría un poco de calor y unas bocanadas de humo. 
-¿De dónde?-. Me pregunta risueño tras una sonora carcajada. 
-Donosti. ¿Y tú?-. Le alargo tres córdobas. 
-De Ermua. Pero he vivido toda mi vida en Donosti-. 
-¿Cómo así por aquí, por Somoto?-. 
-Estoy jubilado. Ella me trajo aquí-. Imanol señala a su señora que me saluda cortésmente. Disfruto más de la conversación que del cigarrillo. 

Imanol resalta no solo por su habla, también lo hace porque no es un tipo caoba de nariz aguileña o barba hirsuta, ni siquiera de bigotillo recortado; ni presenta unos ojos de canela hundidos en unas cuencas demasiado profundas sobre las que aleteen las briznas de una cabellera tan negra como sucia. Cuando alarga la mano las arrugas no son profundas como grietas, ni sus uñas de un enfermizo violáceo que den cuenta de lo jodido del pasar por una miserable vida. Por supuesto que no se le imagina alargando noches en vela, nostálgico, entonando en un murmullo el estribillo de “Ya no necesito silencio, no tengo en quien pensar” toda vez que la nada infinita no le rodea a modo de sortilegio. No se le imaginan tormentas furiosas de preocupación que con su repicar puedan desencadenar la furia. De hecho es otro vasco como yo, otro blanco, otro tipo tranquilo, otro “chele” como denominan aquí de modo coloquial a los de piel clara. Fue agradable charlar un rato con él y su señora. Se les veía alegres y despreocupados, viva imagen de la salud y la felicidad. 

Este lugar de nombre extraño, Somoto, tiene un eco lejano para los que vivimos en tierra vasca por oscuros temas políticos relacionados con una antigua alcaldesa de Lasarte, Ana Urtxuegia, y con unos fondos de cooperación que no estaba claro si iban o venían. Aquí todos la conocen, y no tienen problema en hablar para bien o para mal. El problema es que yo no quiero preguntar porque los políticos me la traen al pairo. Me interesa la historia, la guerrilla sandinista, la gente de valores. De los mandamases actuales de mi país, hasta de cualquier otro, no quiero saber nada porque bastante les padezco en casa como para rebuscar trapos sucios que me abochornen a diez mil kilómetros. No, gracias. Para eso no necesito investigar toda vez que abrir un periódico en sección “nacional”, día tras día, provoca la misma desazón. Me quedo con la paz de Somoto en mi ignorancia, un pozo más cálido que Estelí pero, aun con eso, realmente atractivo por el bello entorno natural que lo rodea. 

Somoto queda tan cerca de Honduras, tan a meros veinte kilómetros, que, en geografía, es catracho más que Nicaragua. Está forrado de colinas como esmeraldas colombianas, brillantes y vivas por frondosas, y los caballos o yeguas pastan con quietud soltando un relincho de enfado cuando te arrimas a acariciarlas, imantado por el lustroso pelaje bajo un sol no tan fiero. Es un vergel todo lo que se presenta en derredor. Multitud de vacas pardas o negras se pierden entre praderas tachonadas de acacias, lozanas y de tajada generosa, a veces estáticas con la vista fija en la Pachamama, a veces tumbadas, sesteando a la sombra mientras regurgitan lo verde. En sociedad, no obstante, todo es nica cien por cien. Sin armas de fuego a la vista, sin ganaderos al galope una vez que el turismo o la cooperación mal entendida prometen rendir más a cambio de menos. Soñoliento con la puesta de sol y relajado durante el día, así es mi Somoto. 

Se supone que la mayor atracción del lugar es un cañón que, en realidad, no tiene muchos más pases que media verónica. Uno imagina un lugar así como algo imponente, de escarpadas paredes a las que no alcance la vista. Tampoco la garganta del salto del tigre en el sudoeste de China, solo algo un poco cautivador. Pero el de Somoto es mucho más humilde, angosto en extremo y con un aspecto más de barranco que de desfiladero, más visigodo que gótico. Su visita, pese a ello, es un agradable paseo para romper la quietud de un lugar en el que, a parte de comer y dormir, no hay mucho más que hacer. Allí lo mejor fue, por descontado, el guiño al pasado, a la remembranza Lao una vez más. “Ese árbol es el nacional de Nicaragua, se llama Sacuanjoche, y da una flor muy olorosa entre mayo y junio”, dice el tipo que rema a través del cañón. Aparecen árboles huesudos de este tipo a diestra y siniestra, ramificados en extremo como un cuarto de paleontología, un anatómico forense saturado, tras un puñado de picudas hojas verdosas, prietas y enhebradas en grueso. Somos tres alemanas, un alemán y yo en el bote, aparte del remero. Me pierdo en la melancolía. Claro que conozco ese árbol. “¿Alguien ha viajado por el sudeste de Asia?”, pregunto. Una levanta la mano. “¿Sabes qué es un frangipani?”. “Esa flor blanca o rosa y que tiene tanto olor”, dice temerosa, “la vi en Tailandia”. Asiento satisfecho. “Exactamente la misma flor de ese árbol, la plumería que decimos en España. Junto con el jazmín, los cinco pétalos más hermosos que ha dado la naturaleza”, digo señalándolo. “Ésa misma que dices es la flor nacional de Laos, y como os acaban de indicar, coincidencia, de Nicaragua”, remato. Laos y Nicaragua, una vez más, unidos en nuestro recuerdo, mamá. ¿Recuerdas aquella flor de frangipani que recogimos junto a la Puerta de la Victoria en Bombay? ¿Recuerdas su olor? Era espectacular, pese a estar pisoteada y todo. Laos, Tailandia, Nicaragua, India… el frangipani siempre formará parte de la banda olorosa de nuestros viajes y vida. Se lo ganó por derecho propio. 

Con el pasar de las horas Somoto se resume en un cañón aderezado por una habitación de once dólares donde encontré las mejores sábanas y las peores almohadas de todo el viaje. Otra paradoja más en este país que ya se me escurre de las manos. No hay nada más que me llame la atención, lamentablemente. Ojala pudiera escribir para describir encuentros amorosos a la luz de la luna, paisajes de vértigo o amistades solo quebrantables con la muerte, pero en esta Nicaragua de versión turística ya deben haber pasado muchos lustros desde la última vez de aquello. Todo se reduce a compra-venta, a un telón de acero que separa a locales de turistas y tras el que es imposible discernir quién encierra un pozo de anécdotas o conocimientos para compartir. Librarse de la etiqueta chele va de utópico entre Ometepe, Granada, León, Estelí o Somoto. “La gente aquí no valora al turista. Lo ve como una oportunidad de prosperar rápido y bien. Son bandidos. No entienden que, si le tratas bien, él y los suyos volverán, y eso generara más ingresos. ¿Vas a Masaya? No tienes que ir hasta Managua. Te bajas en Tipitapa y allí coges un bus a Masaya. Si vas a Managua y te ven chele te van a robar los taxistas. Vas a tener que cambiar de estación y el taxista te va a robar. Te pedirá diez, quince, veinte dólares… lo que quiera. No les importas porque solo eres otro turista al que robar. Todos deberíamos advertir de esto, pero muchos lo asumen como normal. Ése es el problema”, me dice un guía de Somoto. Amén, tronco. “En San Juan del Sur una empresa turística tuvo problemas con los taxistas hace no mucho. Protestaban porque las furgonetas llevan a los chavales de todas partes y les dejan directamente en los hostales. Y ellos se quejaban porque decían que les quitaban el trabajo. No tiene sentido. ¡¡¡Si ese turista luego va a coger un taxi, si va a comer en los restaurantes, si va a pagar por dormir!!! Van a dejar un dinero que de un modo u otro va a llegar al taxista, a los familiares que tienen un hostal, un restaurante, una pulpería. Pero ellos solo ven lo suyo propio, no lo de la comunidad. Solo quieren ver enriquecer su bolsillo, no el de sus vecinos que, a largo plazo, va a ser el suyo”. Nuevamente amén, tronco. Menos mal que lo dices tú y no yo, no vaya a ser que cite tu nombre y levante suspicacias. 

Dan las siete, se hace de noche y repican a muerto las campanas de la iglesia. Y ya van dos funerales en dos lunas que avanzan al pleno. Se me van cayendo los párpados, con pausa suave, tal y como te pasaba a ti, mamá. No creo que hubieras disfrutado de este país. “Frangipani al margen, de veras que no”, te digo convencido cuando más tarde me ensobro entre sábanas de pura seda al tacto, cuando ya no sé cómo apelmazar la almohada para no notar las cervicales nuevamente reventadas al levantarme a las seis y media, justo con tiempo de ducharme y tomar el bus para Tipitapa, escala previa a Masaya. Está claro que los países no aburren o agotan por los esfuerzos que hagas en ellos, aburren o agotan porque no generan ninguna emoción. Eso es Nicaragua para mí tras dos semanas de ruta. Casi ninguna emoción natural, absolutamente ninguna social, que es bastante peor. Echaré de menos estos paisajes cuando me vuelva a encerrar entre volcanes en las cercanías de Managua. Mucho. Hago un rato de ronquidos de desilusión, ronquidos que vuelan a Asia. 

Hace minutos de más ronquidos en un par de buses que, a eso del mediodía, me dejan en Masaya, en una pensión de paredes de tabique y techos de bahareque al descubierto bajo las tejas, no tan distinto a la zona de Antioquia colombiana donde hasta las paredes son de este material, pero revocadas de barro o hasta estuco, los más pudientes. Estéril y cálida, abochorna no solo por su clima, también por el acentuado trato de pasotismo a este chele que, al menos igual que un chucho apaleado, ya no espera una décima de empatía o cortesía. El lugar, por lo demás, es horroroso y anodino. No es la primera vez que digo que de las ciudades grandes centroamericanas lo mejor es huir, y si son turísticas ni te cuento. Masaya es solo otro ejemplo más. Alcohólicos durmiendo por la calle, gente en permanente estado de tensión, no vayas aquí, no te menees por allá, quince dólares (y regateando) una habitación que nunca pasaría de diez, “tiernitos” (niños) descalzos solo besados por la polución y el polvo, tours, breakfast, tours, lunch, tours, dinner. Para qué seguir. Voy a comer una hamburguesa, “sin tomate, por favor”. Viene con tomate. Me he quedado con hambre. “¿Hay salchipapas?”. “No me quedan salchichas”, dice mientras yo las veo a su izquierda. “Ponme otra hamburguesa, sin tomate, por favor”. Viene otra hamburguesa con tomate. Se me han inflado los cojones. “¿Cuántas hamburguesas te he pedido?”, pregunto. “Dos, señor”. “Y las he pedido sin tomate, ¿verdad?”. “Claro, señor”. Olé sus huevos. ¿Qué gano montando un circo? Nueva mirada al reloj, humillado por humilde ante su estúpida soberbia. Solo dos días, paciencia. 

Las cuatro pensiones clásicas de pijochileros se apiñan en una calle, dos cuadras una frente a otra. Salí de allí escopetado… para tener que regresar, dos horas después, como un perro con el rabo entre las piernas. Chele, chele, ¿a dónde crees que vas? Ciento veinte minutos husmeando en locales de veinte pavos que a gusto pagaría por un mínimo de autenticidad pero que para mí, de pronto, eran treinta o cuarenta. “Impuesto chele” de un lugar, otro más, con coto de caza abierto hacia todo lo que se parezca a un gringo. En un momento dado, cenando un choumein de pollo que en realidad era una mezcla de tallarines de trigo con migajas desmenuzadas de gallina vieja, volví a mirar la fecha en el reloj para ver cuántos días me quedaban por Nicaragua. Lo jodido y sintomático es que llevaba una semana repitiendo el mismo ritual, descontando días que nunca hubiera deseado o imaginado que pasarían tan lentos. 

-¿Y a qué te dedicas?-. Pregunto a un chaval español del hostal. Veinticinco tacos, no más. 
-A la hostelería, seis meses en Barcelona y seis por el mundo-. 
-Sin visado de trabajo, claro. Te lo explico con calma y te pido disculpas de antemano. A mí, a los que viajamos regularmente, nos están empezando a joder porque muchos curráis con visado de turismo. Te lo explico si quieres o te interesa-. 
Ya sabe de qué va el tema porque, obvio, no soy el único que pía. 
-Nosotros no. Los gobiernos que os ponen restricciones-. 
-Vosotros y vuestra actitud que, en el fondo, es lo que provoca esas restricciones-. 
-¿Y los sub-saharianos que venden discos?-. 
-Ellos no tienen empleador. Vosotros sí. Yo haría como ellos si no tuviera curro, vosotros os pasáis la normativa por el forro. Tenéis un contrato, ilegal pero contrato-. 
-Me busco la vida. Lo vuestro no me importa. Yo paso de pagar impuestos. ¿Quién lo hace en España?-. 
-Por ejemplo hay centenas de miles de inmigrantes con situación regular en España, empleados con contratos y cotizando sus impuestos. Ya sabes, carreteras, hospitales, sus hijos acuden a colegios públicos-. 
-Yo es que soy un aprovechado social. Así de claro. Me aprovecho de lo que vosotros cotizáis. Voy al hospital y me muevo por carreteras españolas. Y todo sin cotizar un euro. Lo prefiero así y no me importa qué te parezca-. Cuando no hay argumentos, suele acabar uno enervado. 
Le miro con lástima y, disculpándome, me piro a fumar. Fin de la charla. 

Lo de Nicaragua, el día que me ponga a recopilar todo lo padecido, va a sorprender a más de uno que tenga idealizado este país. Y estoy absolutamente convencido de que la lamentable deriva del nica de zonas turísticas con relación al turista, al extranjero, tiene mucho que ver con la acción de tantas Organizaciones No Gubernamentales que han hecho de ésta una sociedad pasiva y absolutamente receptiva de la caridad exterior, una sociedad de indigentes a los que nadie enseñó a pescar, solo a recibir pescado a cambio de nada. Como todo el mundo sabe, estas organizaciones luchan por la solidaridad, la cooperación y tal. Eso dicen, punto y seguido. Pero para ello se ubican en los principales núcleos turísticos, con todo tipo de comodidades, como León, Granada o Siem Reap. Ésos sus hechos, no sus palabras, punto y seguido. Se trata de ayudar, claro, pero desde un sofá de terciopelo y a un palmo de un montón de servicios a los que no podrá acceder un necesitado nica ni en diez reencarnaciones. Ésa, en todo caso, es otra historia. Punto final. Lo paradójico, el mea culpa, es que con el culo ya pelado de viajar por el mundo y ver cómo funcionan muchas, no todas, de estas organizaciones, lo raro es que haya sido tan estúpido de imaginar que aquí en Nicaragua, segundo país a nivel mundial en número de Organizaciones No Gubernamentales “trabajando” intramuros, sería distinto a Asia. 

El volcán Masaya, mi razón allí, al menos me regaló un poco de azufre y hermosas vistas nebulosas, un bonito recuerdo final de un entorno árido de solemnidad a nivel social. El acceso a la caldera se hace por carretera de modo que te ahorras una hora y media de ascensión, con coladas de lava tostadas al sol y dispersas en lontananza a ambos lados del asfalto. Allí arriba se abren las puertas del infierno, otro ombligo del planeta, y todo se cubre de una neblina tóxica que irrita ojos y garganta a partes iguales. Ver un volcán y sacar una foto es una cosa, percibir su magnificencia y poder es otra muy distinta. En eso este volcán y las calderas circundantes son un icono indiscutible, y el paseo por sus perímetros una experiencia que reconcilia con un país, al menos en lo natural. Hay grupos de turistas, y también grupos de escolares uno de os cuales se ofrece a llevarme en su autobús hasta la cumbre. El guía del parque les trata de explicar conceptos básicos, pero sus espíritus infantiles no entienden de piroclásticos, erupciones o magma solidificado. Solo desean sacar unas fotos y hacerse autorretratos con sus amigos mientras el humo de fondo les envuelve cuando el viento sopla en el sentido justo. Lo normal. 

Y después hay un mercado de artesanías en Masaya Ciudad, caro, y tres cuadras más allá otro de nicaragüenses, barato. Venden lo mismo, en mayor o menor medida, pero tiene un decepcionante deje de cortado por el mismo patrón toda la artesanía centroamericana. Facturada en la misma fábrica o en otra cercana, el tufillo de “Made in China” llena los alvéolos de un modo que ni las vaharadas de azufre del volcán. Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua no solo comparten banderas más o menos idénticas, sus chucherías para turistas son tan iguales que uno no sabe muy bien qué pensar, aún menos qué comprar que pueda llamar la atención. Ya ves, mamá, ni aquí hubieras abanderado un tramo de ilusión y negocio. Ni siquiera aquí porque te hubieras descojonado tanto como yo con esta barra libre de extranjeros sedientos. Entonces claro que hubieras alzado el hocico a la brisa de poniente como hice yo y hubieras encontrado la senda de ese otro mercado. Cómo no si yo aprendí de ti a bucear y separar polvo de paja, genuino de artificial. 

Nicaragua se me va del debe al haber y no tengo la sensación de haber hecho una buena compra en sentido figurativo. Esperaba lino tejido a mano de las riberas de río Nilo y me encontré acrílico de a peso, vomitado en factorías tétricas de Zhejiang a Guangdong. Como una especie de “coitus interruptus” que emborrona una ruta fabulosa por tierras de Honduras y El Salvador. Resuenan en mi conciencia, sin embargo, las palabras pasionales de Juan, el de “Bomberos en Acción”, su inquebrantable fe en el nicaragüense anónimo y desprovisto de más armas que sus manos y sus valores, su imagen de unos ciudadanos que no se alejan un ápice de mi tailandés alebrado a la tierra. Nadie miente y todos tenemos razón cuando él encontró una recompensa a su esfuerzo y yo una bofetada a mi desidia y cerrazón en la senda gringa. A veces creo que realmente lo busqué con ahínco, el contacto con la gente local impoluta, quiero decir, el problema es que no supe dónde escarbar. O igual es que me acomodé y no quise ni buscar, mucho peor. Es amargo el sabor de la despedida de esta tierra, y es mucho más amarga la certeza de no haber sabido dónde encontrar un diamante entre tanto carbón etiquetado como hermoso o imprescindible. A cuenta de esto me viene la imagen de aquel chico alemán que se me arrimó en la estación de buses de Ubon Ratchathani, en el nordeste tailandés. “¿Qué buscas aquí?”, le pregunté. “Busco Tailandia”. “¿Por qué?”. “Porque he pasado dos días en la zona de mochileros de Bangkok y no la he encontrado. Abrí mi guía y busqué un lugar recóndito, alejado. Por eso estoy aquí. Tú hablas tailandés, te he escuchado charlando con la gente. Yo quiero aprender tailandés. Yo quiero acompañarte”. Y le enseñé, claro que le enseñé mucho de lo que yo no he sabido o querido buscar aquí. Y aprendió, claro que aprendió a base de ostias como una borrachera descomunal en el karaoke más sórdido de todo Chong Mek la primera noche. Aprendió cultura, palabras y expresiones, costumbres y ritos de una gente mísera de solemnidad para los que el alcohol es solo una fuga y no un complemento a la diversión. Primera y más valiosa lección. Aprendió a superar sus miedos, aprendió a confiar en mí y en ellos cuando ya no se tenía en pie tras tanto ron Samsong. Ahora la historia me ve a mí en su papel, primerizo en Nicaragua, enclaustrado en esta birria de mochileros yanquis o europeos a los que Costa Rica se les queda pequeña o, bastardamente, prefieren el “provecho social”. Mea culpa, por supuesto, mea culpa. ¿Dónde coño se me ha perdido Chong Mek?, ¿en qué lugar de Nicaragua me sigue aguardando?

viernes, 23 de octubre de 2015

Sudeste asiático en ruta a Estelí

Esa mañana me desperté sudoroso, también pesaroso y entristecido. Había dormido fatal a intervalos de tres horas. Garantizo que hube de buscar una buena motivación para apearme de la cama y no invertir allí el resto del día. Ya con el rostro reflejado en el espejo del baño, horrorosa resaca de Flor de Caña que dos días después aún me sobrevolaba, procuré repasar mentalmente todos los iconos que me faltaban por ver de León y no salió nada que me esbozara una mueca de interés. El síntoma estaba claro: desilusión, y el remedio tenía una sola dirección: hacer camino. Abrir brecha parecía, de repente, la mejor solución a un clavazo, “goma” que dicen aquí, que me tenía mustio. 

Se pierden en la ruta a Estelí un montón de volcanes que recuerdan a otros lares. El Telica, el Cerro Negro, otros cuyo nombre desconozco. Son gigantes de aspecto carbónico y arrugas en vertical, bellos y temibles porque aportan la vida, pero también la muerte. En Indonesia, en la isla de Java, recuerdo a algunos tipos que de pronto se han venido a pasear por mi mente pastosa de ron. Asoman con pértiga de bambú al hombro y en busca de un azufre tóxico que, trocado, les haga miembros de derecho en este absurdo mundo de moneda que hemos creado. Tipos de algodón con rostro de hormigón ajado y sudor purulento. Les veo rasgando la noche en el volcán Ijen, subiendo y cargando sus fardos pesados, enjutos, doblados por el esfuerzo. Ninguno pasa de cincuenta kilos que, como consecuencia de la carga, se han doblado para hacer mucho más profunda su pisada en una ceniza enfangada que, de resultas, les hace titubear la silueta a cada nuevo paso. Bajar al fondo del cono volcánico en busca de su tesoro fueron diez minutos, subir diez millones de gotas de sudor. La muerte te espera dentro de la caldera, pero también fuera cuando ésta vomite destrucción. Vidas que se deshojan bajo un tic-tac humeante. Se sabe que un volcán que comienza de súbito a escupir llamas y bocanadas de humo es afrontado por estas gentes de modo similar a un ligero sirimiri primaveral en Euskadi. Si hay que morir, se muere, y si hay que ayudar, se ayuda. Para nosotros una mirada al pasado siempre da una idea de los nudos que nos ataron a la vida por mil rincones y risas. Los mismos nudos con que mide velocidades el viejo capitán de mercante y que aquí son amarras a un único volcán, a una mísera existencia que mañana engullirá la lava. 

En Nicaragua, aquí y ahora, no es distinto ni, por descontado, alentador. ¿Quién demonios desearía vivir al borde de un volcán? Probablemente ni los mineros. Solo aquellos indonesios y estos centroamericanos hechizados. Existen tres tipos de seres humanos a los que envidiar: a los de buen corazón, clara minoría, a los valientes y a los inconscientes, especialmente a los inconscientes que hacen del dictado del corazón el pendón que alumbre el futuro. Es indudable que los que viven alebrados a un volcán guardan en su interior, como mejor tesoro, un pedazo de cada uno de los anteriores. 

Avanza la ruta y entonces hemos debido de atravesar un túnel espacial porque amplios campos de arroz cubren llanuras, forman tapices que tiñen de oro y esmeralda todo el campo de visión. “Arroz”, murmullo feliz. “Arroz”, de mirada dulce y ojos canela, me lo confirma el nica a mi izquierda como quien se lo explica por primera vez a un niño. Pero es que él no sabe qué significan para mi alma los arrozales, él no sabe cuánto he vivido y soñado con esta misma estampa. Se mecen los tiernos brotes de arroz recortados ante suaves colinas de sucesión ondulada, pobladas. Se mecen y reconfortan mi alma, me hacen de ibuprofeno para el dolor de cabeza que se disipa ante el peso del maravilloso paisaje. Es el noroeste tailandés en esencia, y cuando empiezan las curvas esto no deja de ser la ruta a Mae Sariang, a Mae Hong Son o a Mae Salong. Tras los virajes empiezan a surgir decenas de casas bajas, chozas destartaladas en las que los perros sestean y las lugareñas se cubren del sol bajo paraguas de colores vivos. No hay templos, y tampoco importa, es solo que las omnipresentes cruces en cada intersección peligrosa o directamente abarrotando un camposanto consiguen emborronar una esquina del hechizo. Asia cristiana de Filipinas, probablemente. La brisa ya no es templada, viene con escalofríos de regalo, y los vecinos de furgoneta se apresuran a ponerse una chaqueta de algodón o un jersey de basta lana. “En Estelí encontrarás el frío”, me decían todos a los que les mencioné este lugar. Y eso era, básicamente, lo que venía a buscar. Creo que jamás estornudé con mayor felicidad como cuando el cartel de entrada a Estelí se hizo realidad. Ni dos horas habían pasado desde que dejé el circo que es la estación de buses de León, desde que mandé al diablo a todos los buscavidas que por allí pululaban, pero era feliz porque un universo completamente distinto, y sin embargo no tan desconocido, se abría ante mis ojos. 

Luego Estelí es como imagino a cualquier otra capital de departamento nicaragüense. Es bulliciosa y por momentos frenética. La calle central no dista mucho de mi añorado Nong Khai. Pasa por ser un mercado pleno de luz en el que todos los rincones son comercios repletos de productos traídos de China, pero no hay río, tampoco candidez intrínseca Thai o Lao, solo muecas altivas y miradas que nunca buscan la amistad en otros ojos. Hay ferreterías, unos restaurantes, talabarterías y, especialmente, decenas de zapaterías. Pero es un lugar turístico también, en un grado mucho mayor al por mí deseado. La gente acude a Estelí como las abejas al panal en busca de frescor y los gringos o europeos no somos menos. “¿Cuánto valen estos zapatos?”, pregunto a la joven que atiende un negocio. Es una chica preadolescente que se atusa la falda con parsimonia mientras muestra una sonrisa pícara. “Ciento cincuenta córdobas”. En la tienda siguiente hago la misma pregunta, señalo a un zapato exactamente idéntico, pero cometo el error de empezar mi interrogación por “qué me cobras” en vez de “cuánto cuesta”. “Setecientos cincuenta”, responde una señora cincuentona de gesto hosco que me examina de arriba abajo. Me falló la manera de preguntar, y estaba automáticamente vendido porque solo un extranjero usa esa expresión. “Clin, clin”, onomatopeya de la campanilla que debió saltar en la mente de la tipa, “un tipo que habla castellano raro y seguro lleva plata. A por él”. Me voy aburriendo del escarnio que se da en tantos lugares nicaragüenses pretendiendo cobrar más al turista. Cogí un taxi nada más llegar a la estación de Estelí. ¿A dónde vas? ¿Qué me cobras por llevarme a esta pensión? Monta, ya te llevo. Pregunto el precio por segunda vez. Como el tipo lleva a un cliente local no quiere darme aún la cantidad. Pregunto por tercera vez. Se baja el otro cliente y nos quedamos solos. Pregunto por cuarta vez. Cincuenta córdobas. ¿Estás de broma? Bueno, dame treinta. Estoy hasta el gorro de que nos cobréis el doble a los extranjeros. Silencio. Una vez en la pensión, pregunto al dueño por curiosidad aunque imagine la respuesta. No me ha cobrado el doble, ha sido el triple porque la carrera desde la estación de buses al hostal cuesta diez córdobas. Salí a comer algo y pedí una tortilla y una cerveza. La primera cuesta setenta y cinco, la segunda cuarenta. ¿Cuánto es? Ciento veinticinco. Alucino. La tortilla son setenta y cinco, y la cerveza cuarenta, ¿no? Asiente la chica. Eso son ciento quince. Ya, pero diez son de impuesto. Por supuesto no me dio un ticket, y yo ya estaba tan hasta el gorro de esta gente que pasé de declarar la guerra. ¿Qué cojones pasa en Nicaragua? 

La última noche en León conocí a Juan y Ana, dos murcianos de Cartagena que han viajado mucho por Nicaragua. Él es bombero y ha estado en ocasiones instruyendo a los semejantes nicaragüenses dentro de la ONG “Bomberos en acción”. Se les ve buena gente a la legua, gente de conciencia social e ideales de un mundo más justo y solidario. Gente que te hace sentir orgulloso de un estilo de viaje que no todos comprenden. Tras más de una quincena de regresos, Juan solo puede hablar con cariño del nica. Me cuenta anécdotas que contrastan con lo que está siendo mi experiencia, y yo le aseguro que aún estoy por encontrar un lugar donde todos me traten como a un semejante y no como a un fulano a quien esquilmar. Él adora este país, y probablemente lo haga por el mismo motivo por el que yo adoro el Asia: la magia del regreso constante, la magia de la convivencia, de compartir el mismo plato. Eso es algo que ya tengo la suerte de conocer, y asentimos con alegría y nostalgia ante las historias del otro. Contamos anécdotas de Centroamérica y de Asia, pasamos una noche agradable. Glosamos la magia del regreso, de recorrer lugares ajenos y apenas reseñados en mapas cartográficos, de sociedades que hacen de la hospitalidad su ley de vida. Regresar para poder conocer las virtudes de una sociedad y su cultura, su alma. Ésa es la auténtica razón de viajar. Y acabo, de madrugada, convencido de que este viaje por Nicaragua lo he planeado mal. Que es solo salir de la senda turística que ni en Estelí me abandona lo que me puede mostrar el camino del nicaragüense que Juan con tanto cariño describe. Es acaso regresar a un Chinandega donde sí que encontré una sociedad receptiva y, sobre todo, honesta conmigo y consigo misma. 

Sesteo por Estelí mientras mato el tiempo, echo una cerveza a ratos, veo el partido del Athletic y termino soñando con que un regreso a Nicaragua me dé, por supuesto, una concepción más justa y próxima a la realidad. Algo de lo que narraba Juan con felicidad plena. Una chispa que lleve a olvidar ésta artificialidad plena de sobreambición que me desangra en la ruta turística. No obstante, ya debo pensar en términos de futuro a medio plazo porque Somoto, mi próxima y quizás última estación nicaragüense antes de volver a casa, se ha tornado en un manantial del que no dejan de brotar más dudas que ilusiones.

jueves, 22 de octubre de 2015

León de poetas

Hay un dulzón olor que todo lo invade en León, a primera hora de la tarde. Inconscientemente perceptible incluso a partir del último suspiro antes de dormir, a partir del primero de un nuevo despertar. Tan intenso es. Y no mucho más. Su nombre es humedad recocida, y no necesita acuse de recibo, viso de multa de tráfico o fe testamentaria para hacerse omnipresente. Tras dos días, perdido por unas calles hervidas donde hasta las colillas humeantes se pegan por esquivar al sol echándose a un lado, es imposible clarear la mente hacia algo que no sea esto como mejor o único resumen posible. El verdugo de Suchitoto, el que viste de naranja, parece tener pase pernocta y hasta aquí se ha acercado a veranear. De día se muere, de noche se ve uno agonizar lentamente en este horno crematorio que, al menos, le tiene a uno a salvo de microbios o mosquitos: ninguno de esos pequeños cabrones podría sobrevivir a este castigo de lugar al que el propio sol exigiría sus discrecionales quince días de vacaciones para perderse en la serranía más próxima, allá por Estelí. 

Luego es hermoso, paradójicamente. Níveo, por descontado toda vez que el blanco de incontables iglesias repele el calor; efervescente al estilo del viejo sueño colonial, tal que coloridos muros resquebrajados que se muestran por toda Latinoamérica desde Zacatecas hasta Salta. Cocido bajo el fuego vivo y constante, León obliga a jurar en hebreo una vez se pone un pie en cualquier calle y se pierde el gélido aire acondicionado o templado soplo del ventilador de la pensión. Es entonces cuando decenas de casonas señoriales y santuarios se pierden por una atribulada sucesión de levantados adoquines y lenguas de brea que borbotean dificultando, si cabe aún más, el caminar.

Octubre es época de lluvias, Issaya se denomina en una tierra tailandesa en la que también debe llover sin remisión en estas semanas, pero León no parece entender de humedades que caigan del cielo y, también como sucede en tierra Thai, es solo la puesta de sol a eso de las seis lo único que refresca mínimamente. Aquí su ilustre vecino Rubén Darío no tendría porque haber fallecido borracho y olvidado a altas horas de la madrugada como se da por supuesto, es solo que un ligero paseo al mediodía podría haberlo evaporado, robado de la existencia. Desubicada y con ese inevitable aspecto de derrota, macerada por atemporal, que envuelve a todos los nicas, León es un resumen ajado de sueños agujereados. No es, no obstante, una ciudad común a las demás de este país. Me niego a aparentarlo tras dos párrafos y medio. Distinta. Eso es, distinta. Tan equidistante de Granada como de Managua, Matagalpa o Chinandega. Y todo porque sus tipos, ellos, son realmente distintos.

Son, los leoneses de Nica, seres acentuados de esa avidez mestiza imposible de saciar que musicaba Chico Buarque. Felices y hasta inabarcables en su despreocupación. Aletargados bajo los aleros de balcones de madera apenas desbastada o torreones de iglesias decimonónicas, tan puras como la piel imberbe de un recién nacido, como lo oscuro por dormido que se esconde entre sus sombras. León por el día, de este modo, tiene un punto extraño de club de fútbol con camiseta a rayas corridas entre el blanco y el negro, de Botafogo carioca. Lo jodido es que el blanco se disimula entre andamios de obra, pero el negro, ¡ay, el negro!, el negro lo esparcen aún más los cuatro jetas que pretenden vivir en la veda libre que significan los bolsillos de turistas despistados. En León ni mejor ni peor, solo la misma avaricia insaciable de Granada u Ometepe. Esta minoría destroza la historia de unos antepasados leoneses que siempre serán pioneros de la revolución y la lucha por los derechos humanos. Ellos pervierten la memoria de sus padres y abuelos. En mi opinión, si hay un país centroamericano donde no se respeta al turista, ése es el despiadado Nicaragua turístico. Si encimas vienes del placer intenso y la modestia que representan los salvadoreños, lo más probable es que, desolado, te refugies bajo una tejavana de la estación de autobuses, fumando con calma, mirando con un deje de condescendencia a esos tipos que, codiciosos, vigilan tus movimientos de soslayo sabedores de aquí pedirte tres por lo de uno es la norma. Y por supuesto que recuerdas, consternado, todos los pedazos del crisol de esa Nicaragua revolucionaria del ayer que en León sella, desde el próximo minuto, que ya no existe ética con valor superior al de un dólar. Y después recoges lo que queda del alma barriendo con la mirada cada rincón putrefacto de polvo acumulado y latas de aluminio. Y, por último, eres tan necio que te convences de que acaso la fatiga te está ganando, que ir dando tumbos de frontera a frontera, de emoción a emoción, suele generar una factura tan hinchada como repentina. 

Al cabo da lo mismo porque debo ser de los pocos estúpidos que deciden viajar sabiendo poco o nada de lo que esté por llegar. Imbuido en esa romántica visión de que lo susurrado por otros alcanzara a romper el sortilegio, me dejo caer por una barra sin saber qué cerveza beber; por un puesto callejero preguntando de modo inocente qué es un gallo pinto, provocando sonrisas condescendientes de locales y tenderos por igual. Nada más atractivo para romper el hielo que demostrar mi ingenuidad bruñida de curiosidad hacia la cultura local. León, así, se hace más de andar por casa, de sorpresa cumpleañera a cada dos minutos hasta que, sin querer, uno llega a la casa-museo de Rubén Darío. Y entonces sí que Nicaragua, de pronto, se hace el mejor destino del mundo. Ni calor ni buscavidas sin escrúpulos, ni país maldito ni desazón por lo que nunca dejaré de soñar de este mitificado país. Un viajero de interiores siempre sabe hacer borrón y cuenta nueva con un simple verso que erice el vello. Tan sencillo como una línea que borre todo lo feo. 

Rubén Darío fue uno de los mayores poetas en lengua hispana. Un raro colibrí de sensibilidad y palabras certeras como dardos. Un genio precoz cuya lectura es una oda a la emoción y la sorpresa. Se sabe que la cirrosis acabó con él, pero se cuenta de una forma más prosaica que acabo tirado en un callejón oscuro, de madrugada, borracho como una barrica de ron. Que allí exhaló su último suspiro. Ya lo ves, mamá, será cosa de poetas caer persiguiendo viejos vicios que son ilusiones de cada despertar. Y de León a Cuenca nunca hubo menos distancia que mientras releo estrofas de la obra de Darío, que mientras recuerdo todas tus poesías que algún día pasaré a blanco. De una libreta o de una servilleta escrita al vuelo, como lo hacías tú cuando las emociones se desbordaban sin saber cómo ni por qué. Incluso después de enterrada han seguido apareciendo poesías por aquí y por allá, estelas de permanente recuerdo de algo que quizás nunca supimos valorar. Para un pueblo juerguista como el nica, ésta es una de las mejores formas de morir. Para un hijo que te quiso llevar al extremo oculto de la luna, ¡qué decir! ¡Quién coño supiera vivir al filo! Dice el viejo que tú nunca pensaste en morirte de viaje. Es tan cierto como que tú nunca pensaste en morirte. Ni aquí ni allí porque siempre había una nueva estrofa que desvelar. Y es tan cierto como que ya no sufro por ti, sino por él y los demás. Siempre quedaba un verso más, un lugar más, un rostro más. A nosotros siempre nos quedará eso. 

En León la figura de Rubén Darío está completamente mitificada. Su casa natal es viva muestra de ello ya que se conserva como si el pueblo aún esperara el regreso de su hijo predilecto. Con su biblioteca, su dormitorio y su sala de estar, rincones todos anclados a la pausa desde hace más de una centuria. Es emocionante recorrer el lugar, conocer la historia de esa alma gemela llamada Alfonso Cortés, otro poeta maldito que vivió en esta misma casa solo por la pasión que sentía por Rubén. Se volvió loco una noche de 1927 y su familia se vio obligada a recluirle desde entonces, encadenado a una viga, como a un animal herido. Incluso los barrotes de una reja que dobló en un brote de esquizofrenia permanecen allí, doblados. Lacerante recordatorio de que a un poeta no se le puede cegar, Alfonso escribió muchas de sus mejores obras entre estas paredes. Encarcelarán su cuerpo, le privarán de luz, le condenarán al infierno, mas nunca le robarán sus sentimientos. “Un trozo de azul tiene mayor intensidad que todo el cielo, yo siento que allí vive, a flor del éxtasis feliz, mi anhelo”. “En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría. En busca de quietud, bajé al fresco y callado jardín. En el oscuro cielo, Venus bella temblando lucía, como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín”. Los pasos vienen y van, las personas vienen y van, las emociones de la lectura se graban con tino en lo profundo del corazón. 

Me hago un ovillo sobre cuatro losetas sombreadas a la puerta de la casa-museo, y al cabo expiro un humo que se mezcla con el sopor tórrido y dulzón de León. Se contagia en su densidad y se adhiere a mi cabello, se niega a abandonarme. Allí solo pienso que, del mismo modo a como sucede con la mayoría de grandes genios, a uno y a otro, a Alfonso y a Rubén, se los llevaron por delante la locura y el alcohol. Era su destino. Y además es que, siendo honesto, es imposible imaginar un lugar donde la demencia y las resacas casen mejor, un lugar donde ambas puedan ser tan poderosas y jodidas como en este lugar donde cada alborada se paga a cuarenta grados. 

“Cortaba el poeta con sus manos racimos de estrellas”, reza la placa conmemorativa del lugar de nacimiento de Rubén Darío. En ello pienso cuando entro en la catedral y me sitúo ante la tumba del poeta. Es un león inmaculado el que guarda el sepulcro, con expresión partida de dolor, al borde del llanto. El silencio solo se rompe con murmullos acelerados aquí o allá, y el león, ajeno, nunca deja de gemir su lamento desolado. Aquí yace un genio, y justo a su lado, como en vida, lo hace Alfonso Cortés. La tumba de otra poeta, más modesta pero no menos intensa, quedó en un pueblo de Burgos. Pero de repente se me aparece aquí con su lápida jaspeada, y se ilumina una “casa de espíritus” de madera de teca que la honra. Ni la muerte los ha podido separar. Estos caminan juntos por el sendero amargo de las emociones inmortales, uno borracho, otro pirado, y paran, de tanto en tanto, para agacharse sobre algo que no distingo. Un poco por detrás, siguiendo su estela, no he de esforzarme mucho para ver una figura que eres tú, mamá. ¿Qué andáis buscando ahí, mamá? Me miras con dulzura y abres las manos. Sí, ya sé, cortáis flores con vuestras manos, cortáis desgarros y ensoñaciones, cortáis racimos de estrellas. Versos que son racimos de estrellas, solo con vuestras manos.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Revolucionarios de ayer, emociones de hoy

Todo el mundo sabe qué es un AK-47, coloquialmente un Kalashnikov. O al menos debería saberlo porque es el fusil de asalto más ligero y fiable que se ha concebido jamás. De fabricación rusa, aquí y en la década de los ochenta fue una de las madres de todas las refriegas frente a la guerrilla contra-revolucionaria, financiada por Washington y armada en Honduras y Costa Rica, países desde donde se introducía ilegalmente en suelo nica. En tiempos de triunfo guerrillero sandinista, en un contexto de Guerra Fría, Nicaragua se había convertido en un molesto vecino para los Estados Unidos. Tiempos turbulentos en los que el ruso Kalashnikov llegaba para sustituir a los obsoletos M16, de fabricación norteamericana, robados a una Guardia Nacional que, por imperativo del vecino norteño, protegió al títere presidente Somoza durante la década anterior hasta que el triunfo revolucionario obligó al exilio al dictador en 1979. Por echar al dictador primero, y por injerencia yanqui después, se sucedieron dos décadas en las que a cada segundo se descosían ráfagas de disparos por todo lo ancho del territorio nacional. A mí, que crecí con el “Nicaragua Sandinista” de Kortatu e idealizaba un país que luchaba por su futuro, esto me lo detallaron tres antiguos guerrilleros. Son apenas tres de los muchos que hoy mascan su desazón y casi desengaño con el gobierno sandinista de Daniel Ortega o un Edén Pastora que ya olvidó el Frente Sur y la bolsa de suero a la que caía su sangre nica, la que prometió que por sus cojones perdía hasta morir desangrado porque sus camaradas no aceptaban su doctrina. Años de zozobra y de plomo, de Fruit Company y de un Gran Hermano septentrional que decidía quién iba a bailar a sus acordes so pena de ver caer su piñata bajo unas botas con punta de acero. 

M. B. perdió una pierna en una emboscada. Iban quince y solo quedó él, mutilado y retirado del servicio. Hoy es un notario que viste de añil y, orgulloso de su herencia, no tiene necesidad de hablar con pena de su pasado, aunque sí marca un acento resignado por el porvenir político heredado de aquellos años. Se le encharcan los ojos como pantanos cuando recuerda al hermano de dieciocho años que perdió en el frente, allá por Puerto Cabezas. Uno de aquéllos a los que una triste placa, permanentemente huérfana de flores, recuerda en Moyogalpa. Inevitablemente, también la isla de Ometepe tiene a quien recordar. 

-Hacíamos quince días de instrucción, nos daban un arma y directos al frente. “Soldados, ¿qué tienen ustedes en sus manos?”, nos decía allí el superior-. Susurra M. dejando caer la mirada en la penumbra. -“Un arma”, decíamos nosotros. “No. Ustedes tienen a su madre, tienen a su padre, tienen a su patria, tienen a su Dios entre sus manos”. Respondía enérgico. “Ustedes van a hacer historia”-. Hace una pausa que es un puñetazo al mentón. -Como mi hermano-. Acaba en un mínimo hilo de voz, compungido. 
-¿Dónde yace tu hermano?-. 
-En la parroquia de Moyogalpa-. Y se viene abajo. Le dejo un tiempo para su llanto silencioso, manantial regado por una colección de cervezas “Toña”. 
-En el movimiento socialista internacionalista, guerrillero, había gente extranjera con convicciones, ¿verdad?-. Le digo con calma unos minutos después, tratando de amainar la borrasca emocional. 
-Tú eres español. ¿Alguna vez se oyó hablar allí de Gaspar García Laviana?-. 
Niego con la cabeza. 
-Gaspar era un jesuita que vino a predicar, pero pronto dejó los hábitos y se unió al movimiento sandinista. Agarró su fusil y defendió nuestros ideales cerca de Tola. Era un español, pero era un auténtico patriota nicaragüense en tiempos del Frente. Y cayó en combate porque era uno de los nuestros. Siempre lo será-. Dice febril, emocionado. 
-¿Tú crees que han traicionado su memoria? La de tu hermano, la tuya propia-. 
Se queda pensativo unos instantes. 
-En el movimiento siempre hubo dos frentes: los que cayeron en combate y los de ahora. No tiene nada que ver uno con el otro. Entonces era la idea, ahora son millones de córdobas. Plata y plata-. 

No han pasado ni veinticuatro horas cuando, refugiado en Altagracia, hablo y comparto un trago con L. R. Tampoco es que esto sea mucho mejor que Moyogalpa, pero al menos la presión turística no es tan asfixiante al otro lado del volcán Concepción. Resulta que mi interlocutor es primo carnal, primo-hermano que dicen aquí, de Francisco Rivera “El Zorro”, un héroe de la revolución sandinista. L. es un tipo huesudo y fibroso, plano en cuerpo y un rostro donde solo sobresalen unas gafas de pasta. Tiene mirada de lince, inquisidora, y un clásico hablar pausado de Centroamérica, masticando las palabras como si cada frase fuera una reflexión en clave de confidencia a su otro yo. Él omite cómo acabó “El Zorro” por pudor o desvergüenza, que nunca se sabe, pero es algo que yo ya conozco. No cayó en combate porque era realmente bueno con las balas, a Francisco, como a Rubén Darío, se lo llevó la peor de las batallas, la que nunca se gana: se lo llevó el alcohol como cirrosis hepática. Un tipo al que entre todos dejaron morir aunque hoy día se cuadren con su mera mención. Paradoja nicaragüense. 

-Yo mismo soy oficial de aviación en la reserva. Y tengo nacionalidad norteamericana porque hace años emigré a Miami-. Me enseña su carné de identidad yanqui. -Pero soy nicaragüense por encima de todo. Orgulloso de mi gente, de la lucha de mi primo en Estelí-. 
-Es sorprendente el respeto que muestra aquí la gente cuando mencionas a tu primo. Debió ser alguien especial-. Le animo para que me cuente un poco más. 
-Era un soñador. Nuestra familia es de León, y ya sabes que allí siempre hemos sido muy luchadores. Decir que eres leonés es un orgullo inmenso, aunque Francisco nació en Estelí. Él se inició muy joven en la lucha guerrillera, pero con el tiempo llegó a dirigir todo el frente norte hasta el punto de llevar a cabo tres insurrecciones contra la Guardia Nacional de Somoza en Estelí entre el 78 y el 79. Aquello fue brillante. Si no hubiera fallecido Germán Pomares en Jinotega probablemente Francisco nunca hubiera llegado tan alto, pero se dio así, y siempre demostró una astucia monumental en el campo de batalla-. 
-Hablando ayer con un tipo en Moyogalpa, hablando hoy contigo… tengo la impresión de que Nicaragua vive todavía inmersa en una revolución, que nadie desea olvidar a sus mártires, ¿verdad?-.
-Nunca. Ellos son nuestra patria-. Zanja con marcada soberbia. 
-¿No echas de menos esto desde la distancia?-. Le pregunto mientras vierto un par de dedos de ron en cada vaso. 
-A veces sí, claro. Pero diseño piscinas y me va bien en Miami. De vez en cuando me sale algún proyecto aquí y entonces aprovecho para visitar a la familia. Estados Unidos es un buen lugar para vivir, con una sociedad que está mucho más desarrollada-. 
Le observo unos instantes. Pensativo. 
-Mira, L.-. Arranco de repente. -Yo creo que, al menos en un aspecto, Nicaragua demuestra más sentido común que la sociedad yanqui. Me refiero a que se está demostrando como algo problemático la libre distribución de armas de fuego, la política armamentística…-. 
-Pero la gente tiene derecho a defenderse y portar armas-. Se altera por primera y única vez interrumpiendo mis palabras. Ahí le sale la vena militar. 
-¿De quién?-.
-De otro tipo armado, de cualquiera-. Dice abriendo los brazos hacia el cielo mientras me mira condescendientemente. 
-Eso es absurdo en el sentido de que tú no deberías defenderte de nadie porque nadie iría armado. Estaría prohibido. Si vives en una sociedad desarrollada, ¿no podría la policía defender una ley de prohibición de uso y posesión ilícita de armas de fuego?, ¿acaso no garantiza la justicia estadounidense que se cumplan las leyes con los cuerpos policiales? Aquí la ex-presidenta Violeta Barrios Chamorro lo hizo muy bien. Luego con sus defectos, claro, pero limpió la sociedad nica de armas de fuego. Y la gente se concienció hasta el punto de que esto es un edén comparado con Honduras o El Salvador. Aun con los defectos del sistema policial en Nicaragua, tú sabes que la policía mantiene esta ley a rajatabla. Con franqueza, en este aspecto me parece paradójico que Nicaragua se muestre mucho más evolucionado que Estados Unidos-. 

A. R. trabaja en el Museo de la Revolución de León como guía improvisado. Ya roza los setenta, es un sandinista furibundo y no duda en hacer apología de sus posiciones ideológicas a poco que salga el tema político en nuestra conversación. Habla con pasión de su ciudad porque realmente León fue embrionaria del levantamiento contra el régimen pro-americano de los Somoza, padre e hijo. De hecho fue la primera ciudad levantada en armas y la primera en ser plenamente controlada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Eso, obvio, le costó ser bombardeada. Ahora lo lamentable es que el museo se halla en un palacete absolutamente machacado, sin ventanas ni puertas, acribillado y con muros resquebrajados, en estado de ruina absoluta. El antiguo palacio departamental de la región de León provoca una lástima infinita, y A. y sus tres camaradas son solo espectros que aún vibran con la épica de sus acciones de cóctel molotov y guerrilla urbana. Incluso él mismo aparece en una instantánea, agazapado, empuñando un M16 usurpado a la Guardia Nacional que protegía a Somoza. “Eran tiempos de liberación de la ciudad de León de la opresión yanqui”, resume nostálgico mientras se ve de regreso al pasado en esa foto de tonos sepia. 

Me resume en media mañana la historia revolucionaria de Nicaragua, desde los orígenes hasta la actualidad. Habla con cariño apasionado de Augusto César Sandino y de su paso por la Fruit Company estadounidense, de lo que vio a nivel humano y de trato a la tierra con pesticidas tóxicos. De lo mucho que eso significó para que él se alzara en armas contra el influjo de Estados Unidos, el verdadero regidor del país en aquellas décadas de principios de siglo XX. Del posterior Frente Sandinista de Liberación Nacional que lideró Carlos Fonseca junto a Santos López, antiguo compañero de Sandino. De todo y el universo, en definitiva. Se cruje la historia de Nicaragua entre paredes blasonadas con pintadas que representan a jóvenes revolucionarios caídos en combate como Arlen Siu o los Mártires de Veracruz. Historia de honor y lealtad que el pueblo nicaragüense se niega a olvidar, aunque el entorno amenace derribo, aunque ya no se crea tan firmemente en el Frente Sandinista ahora reconvertido en animal político. Para la historia quedará, emocionante, el recuerdo de un pueblo que decidió tomar las riendas de su destino. Para mis apuntes de viaje, desde el tejado del palacio departamental, con León a mis pies y las fumarolas de los volcanes Momotombo y Cerro Negro en el horizonte, tres nombres propios trenzados en una historia revolucionaria que me regalaron un pedazo de su tiempo y emoción en llanto, orgullo y pasión.

viernes, 16 de octubre de 2015

Ometepe sin Nicaragua

Ometepe respira una Nicaragua un poco distinta en lo natural, con su idílica localización insular, pero idéntica en lo social. Ni siquiera en un escenario perfecto de ensueño como el que forma la volcánica isla sobre un lago turquesa, con los conos perfectos de los volcanes Maderas y Concepción, es posible olvidar la miseria humana que te rodea. O quizás ésa es la mejor metáfora. Quizás sean esas chimeneas latentes el mejor modo de resumir un país cuya tasa de natalidad es un volcán en erupción constante, que nunca dormita porque la presencia de críos acompañados de sus madres, apenas adolescentes, es una triste realidad. “Niñas-solteras” las llaman aquí, marcadas con cargas para toda la vida, preñadas en una noche de desenfreno pero con consecuencias para el resto de sus amaneceres. En Ometepe, viendo a todos esos niños harapientos correteando descalzos por las calles, era imposible no sentir un profundo penar por unas gentes sin un aparente gramo de ganas de luchar por cambiar su destino. 

Tiene un punto intenso de semejanza la idiosincrasia del nicaragüense con la del laosiano. Ambos son ensoñadores y alegres, tipos que viven imbuidos en un universo de dejadez tan constante como permanente sonrisa. Ellos, unos y otros, parecen no esperar nada de la vida, sesteando a todas horas. Si pasas a su lado y haces algo por ayudarles, a duras penas lo agradecen porque lo entienden como si fuera una obligación tuya, nunca una decisión de generosidad. Lo aceptan, alzan el morro para pillar el sentido cardinal de la brisa más fuerte, y se vuelven a refugiar en una hamaca que nunca deja de balancearse. Nicaragua es el segundo país a nivel mundial en número de organizaciones no gubernamentales trabajando dentro de sus fronteras, y uno no deja de pensar si la mayor parte de éstas no estarán destruyendo más que ayudando, en el sentido de hacer del nicaragüense más un indigente que un ser formado con capacidad de generarse un futuro por sí mismo. La promiscuidad y el machismo también son añadidas características comunes a ambas sociedades, y suelen generar escenas como la que cuento de Ometepe. Aquí en Nicaragua, no obstante, ya hace tiempo que el gobierno promulgó una ley por la cual el hombre debía pagar la manutención de sus hijos. En Laos ni eso. El gran problema es que muchas niñas nicaragüenses no conocen esa ley porque ni en el colegio ni en sus hogares se les enseña que tienen derechos, que no son objetos. Y aún así, solicitarlo para quien la conoce es un proceso lento y farragoso que desanima a muchas mujeres, a muchas adolescentes prematuramente envejecidas por el peso de varios partos. Prefieren olvidar y sobrellevar su carga como buenamente puedan. En Ometepe, en toda Nicaragua, la presencia de estas “niñas-solteras” es un doloroso recordatorio de lo mucho que queda por recorrer en estos países a nivel educacional de valores éticos. 

A la isla llegué en un barco que no se meneaba demasiado pese a la amenaza constante de tormenta. No en vano, todo el lago se veía azotado por nubarrones y fuertes chubascos que asemejaban a cortinas de seda gris, pusieras la vista donde la pusieras. Eso no fue lo peor, lo realmente jodido fue que conmigo venía un pareja de suecos que ya me puso sobre aviso de a dónde me acercaba. 

-Una hora llevamos aquí, esperando en el barco. Nos comentó un taxista en Rivas que el jodido ferry salía en diez minutos-. Me dijeron nada más puse un pie en el vetusto cascarón. Fumaban taciturnos, con ceño fruncido y leves vistazos con un deje de asco a una concurrencia nicaragüense cada vez más numerosa en la cubierta superior. 
-Veníais conmigo en el bus de Granada a Rivas. Y luego allí habéis desaparecido en unos segundos. Me habéis visto con la maleta, hablando en español con la gente y, llegando a Rivas, lo normal es que mi destino fuera Ometepe. Me podíais haber dicho que veníais conmigo y podíamos haber cogido un taxi. ¿Qué os ha pasado?-. Les reprocho imaginando la respuesta. Imaginando que en el breve tramo de diez minutos desde Rivas hasta el embarcadero se la han colocado 
-Teníamos pensado hacerlo cuando te vimos con la maleta. Pero nada más llegar a Rivas se ha subido un tipo al bus y nos ha dicho que el barco zarpaba en quince minutos, que él nos llevaba en diez y lo podíamos coger. Un tipo realmente insistente. Quinientos córdobas nos ha cobrado-. 
-Jamás, absolutamente jamás creáis lo que os digan taxistas, buscavidas y vendedores en lugares turísticos de Nicaragua. En Guatemala es similar pero no tan agresivo, Honduras y El Salvador, gracias a Dios, aún están limpios de ese tipo de gente. El tramo son dos dólares por persona cuando vienen cuatro en el taxi, unos sesenta córdobas. Yo he pagado cien porque venía solo. Es correcto. Preguntad siempre a la gente que anda por allí. No al taxista, ni al amigo con el que habla. Mejor aún, preguntad al frutero o al que vende cigarrillos. A ellos ni les va ni les viene, y por eso son honestos. Eso aquí, en el resto del mundo no es distinto-. 

Pego la hebra y comparto un Belmont, al cabo de un rato, con un joven de Moyogalpa, una de las mayores localidades de la isla de Ometepe. A medio mar, los volcanes Concepción y Maderas aparecen emergidos de las aguas como sombras de Poseidón, seguras y desafiantes ante la zozobra de los albores de un lago que palpita con furia por momentos. 

-Están extintos, ¿verdad?-. 
-Extintos…-. Y se queda pensando. 
-Que no dan sustos con fumarolas y nubes de ceniza-. Aclaro en cristiano paladino. 
-El Maderas sí. Pero el Concepción es un poco travieso y de vez en cuando se fuma un cigarrito-. 

Al cabo le pregunto por las chicas de Moyagalpa. Por cómo se cuecen aquí las habas de la noche más granuja, por cómo se gana placer y desolación cuando unas bragas nunca dicen que no, por las “ganadoras” de ocasión noche tras noche. 

-Yo no voy nunca de eso-. Dice presa de una convicción irrefutable. 
-¿Estás casado?-. Le respondo a sabiendas de aquí eso no es certificado de autenticidad. 
-No. Es solo que a mí no me gusta usar capote. Yo lo prefiero pellejiero, y aquí te la juegas-. Son palabras idas con el viento, pero que me arrancan una sonrisa de sorpresa por los términos empleados. 

Una vez en Moyogalpa resulta que aquello está podrido. Motos en alquiler por doquier, carteles en inglés de restaurantes, hostales, propiedades en venta. A lo mío, pierdo el tiempo buscando una pensión de propiedad local para dejar mis dineros en esta sociedad, pero al cabo de seis hostales tiro la toalla porque aquello es imposible. Acabo, desesperado y prometiéndome Moyogalpa nunca más, en la pensión de una canadiense donde me repantigo y tecleo sobre un mullido colchón mientras me alegro porque no necesito ni abrir la maleta. Aquello me va durar un suspiro si solo porque tiene aspecto de Koh Tao tailandés, pero con sello de futuro de Flores guatemalteco. Y sin embargo… sin embargo recuerdas los dos primeros párrafos escritos y todo es Nicaragua, nicaragüita en alma y sombras. Decido, fatigado y somnoliento, que no sé si este país me está gustando o no. El caso es que no lo sé.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Granada de Nica

Centroamérica en su ruta turística, se mire por donde se mire, siempre tiene un deje de producto inacabado, o quizá de mal rematado. Sean las calles medio mal empedradas, las fachadas peor revocadas o esa inquietante sensación de peligro que convive hasta en el hálito mientras se sueña. Supón que aquí también es así, y que además es una sensación que se sucede por todas partes. Suponlo porque Granada, centro histórico a lo Disneylandia aparte, no deja de ser así. 

Y también supón que, sin excepción, Granada, ésta de Nicaragua, es imposible por ambigua. Porque a ratos provoca la misma perenne sensación de no haber salido de Antigua, Copán o León. Porque el ambiente de aquellos antros da la sensación de haberse transportado hasta esta orilla en espacio y tiempo. Otro corral de la pacheca. Artificial, banal, polisaturado: de turistas, de restaurantes ubicuos, de tiendas de capricho, de buscavidas tan ridículos que ofertan la misma excursión a quince o cincuenta en función de tu aspecto. Solo aquí es posible observar el sagrado símbolo Thai de la comunidad budista, la espiral sagrada que luce sobre la frente en imágenes de Buda, tatuado en el canalillo del escote bien abierto de una turista gringa. Hube de mirar tres veces para convencerme: la primera porque las tenía bien puestas, la segunda por incredulidad, la tercera porque cualquiera de las otras dos obligaba a ello. Entre eso y los rayos que comenzaban a relampaguear en el horizonte, Granada no podía pintar peor. 

A veces no se sabe dónde acaba Centroamérica y donde empieza el mundo, y al revés tampoco asoma más claro. Soy honesto si admito que eso es lo primero que transmite Granada, de nombre tan hermoso, de porvenir tan turbio. Luego los grupos de turistas occidentales se multiplican, se enumeran mayúsculos por iglesias y alrededores de una catedral tan ocre y alba como primorosa. Las casualidades no existen, y esta ciudad engloba historia y monumentos para abrumar al viajero más desgastado. Baste decir, solo un ejemplo, que ésta es la ciudad permanentemente habitada más vieja de no solo Centroamérica, sino de toda Latinoamérica. Lo que dicen las páginas del tiempo, paradójicamente, es tan atractivo como frustrante al comprobar cómo las iglesias parecen de antes de ayer. Apenas un cartel gigante de “Recién Pintado” es lo que parece faltar en fachadas o campanarios de un buen puñado de iglesias, magníficas por lo demás. Es un intento de suicidio con bala de fogueo, un ladrido a una luna que se esconde ruborizada, un patíbulo sin pelotón de ejecución, una falda tan corta que cuando descubre algo es un cinturón de castidad como reproche al mirón pervertido. Granada no redondea porque es de ayer mismo, lisa y llanamente, porque basta moverte cien metros a un arrabal para entender que tras el decorado del centro solo quedan píxeles del veintiuno, nada del Polaroid que aquí, donde me refugio, ni se ha velado. Y no lo ha hecho porque una gata cobriza medita junto a una mecedora tan recién vacía que aún se balancea, silencio, porque una explosión de natalidad llena todo de gritos descarados por infantiles, ruido, y porque una canción se pierde en el barro, hundida por el peso de la humedad como vaharadas que ha dejado la última tormenta que convirtió Granada en un pañuelo de funeral. Rumor a media voz. Fue un alivio buscar detrás de la fortaleza, bien lejos, algo para dormir, algo donde encontrarme. 

Tras la confusa acogida resulta que, un mes de viaje después, me hallo exhausto de texto e ilusión tras quince textos. Una chica se me fue en Suchi, otra me espera en Chinandega tras una noche de la que preferí callar y Granada, la muy canalla, es de paja cuando sus más de cien mil habitantes son rostros grises, cuando se cobijan tras tablones de silencio una vez repican las siete desde María Auxiliadora.

domingo, 11 de octubre de 2015

Chinandega u oscuridad W.I.P.

Cruzar Honduras debía ser bastante más sencillo de lo imaginado porque existían buses que cruzaban de lado a lado, de frontera salvadoreña en El Amatillo, a veinte minutos de Santa Rosa, hasta Guasaule, frontera nicaragüense, a dos horitas de León. Lo imaginaba así, ufano, roncando a pierna suelta hasta bien alto el sol de Santa Rosa de Lima. Pero con el polvo del camino y la burocracia de república bananera se acabó la teoría, olvidé dónde me encontraba y lo pagué como factura despachada en Chinandega, sin llegar a León. 

En la mañana son un zumo de naranja callejero y un suspiro de media hora quienes me acompañan hasta El Amatillo, hasta ahí todo correcto. Entonces la cosa se complica porque hay una cola del demonio para entrar en el país catracho. Lo peor, sin embargo, no es eso; lo peor es que, una vez sellado, las furgonetas que cruzan hasta la otra frontera funcionan en base a buscavidas. Ya cuando estás en la cola te van preguntando a dónde vas. Si pasas de ellos, como hago yo por sistema, la has liado porque estás sin transporte. Quiero decir que, cuando salí y me dirigí a las furgonetas, alguien me preguntó quién me mandaba. Nadie. Entonces no hay sitio, tendrás que esperar a la siguiente. Hora y media allí colgado junto a una perra recién parida, que salivaba con cada bollito que yo desempapelaba. No sé quién miraba con mayor amargura a quién. 

A eso del mediodía puedo, al fin, meter el hocico en otro vehículo y suspirar porque Honduras vuelve de lo etéreo. Las praderas inmensas, las vacas y los jinetes aparecen de reojo. Todo es de un verde más tenue, y el ser humano una leve mancha que suma encanto a una tierra de hace centurias. Colinas dispersas se amontonan, los mangos han perdido protagonismo contra millones de acacias cuyas palmeadas hojas se arraciman en capas superpuestas y yo, de mientras, voy pensando que no me han cobrado los tres dólares de ingresar a Honduras. ¿Por qué? Ni idea, pero aún mejor. Será el karma que se reajusta. Suele ser así. Y ahora es de tal modo, extraño, que el dólar que me birló aquel otro oficial con los treinta quetzales cuando crucé de Guatemala a Honduras rumbo a Copán viene de vuelta a mi bolsillo, pero amplificado por tres. 

Ana, llamémosla así, es una chica española que se dirige a Nica con su novio. Van a mi lado, en un asiento de tres, pero casi no me ven. Ella trabaja en El Salvador, organizando proyectos con una ONG, dice que algo similar a lo que hace él, y desde ya se pierden en arrumacos cachondos en estos diez días de vacaciones que hoy comienzan para ambos. Dentro del furgón todos sudamos y sudamos, pero lo suyo se eleva unos grados. Es a la altura de Choluteca cuando nos para un control policial. Todo en orden. Ana lleva un pasaporte impoluto, recién inaugurado. 

-Ha estado ojeando las hojas de tu pasaporte más de lo normal. ¿Tienes visado de trabajo?-. Le digo pese a que me imagine la respuesta. 
-Claro que no. ¿Por qué?-. Dice con seriedad. 
-Porque están empezando a controlar a los trabajadores ilegales. Algunos empiezan a tener problemas para regresar después de los noventa días. Eso me dijo alguien en Suchitoto-. Incluso más serio le respondo. Muchísima gente se dedica a trabajar en el extranjero con el pase de turista que habilita a estar noventa días viajando entre Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. El CA-4, que se llama. Es completamente ilegal, pero a casi nadie parece importarle. Excepto a los que nos dedicamos a viajar. 
-Nunca he tenido problemas. Salgo cada noventa días y vuelvo a entrar. Mi novio vive en Guatemala, trabaja allí y hace lo mismo. Así lleva años-. Dice despreocupada antes de volver a perderse en el abrazo de su idilio. 

Prefiero obviar el comentario de qué pienso acerca de eso. Mejor no declarar la guerra. Pero es un hecho palpable que los currantes expatriados ilegales nos están jodiendo a todos los viajeros de raíz por la sencilla razón de que cada vez más y más países nos restringen la entrada en la idea de que podemos ser trabajadores ilegales. En Brasil no es raro que te paren en inmigración y te hagan un interrogatorio que hace unos años era impensable. Como no les convenzan tus respuestas, deportado. Para China era una brisa conseguir un visado de turista en 2008. Ahora piden ruta, hoteles, billetes de avión de entrada y salida. En Tailandia lo de salir y volver a entrar lo limitaron hace tiempo. Es algo global. Sencillamente los países están hasta los cojones de esta gente que trabaja ilegal sin pagar un duro en impuestos, y a los viajeros legítimos nos llega de refilón una presión injustificada que nosotros jamás fomentamos. Es una situación delicada, un equilibrio que en mi caso se empieza a romper porque alguna vez que he intentado razonarlo ha sido imposible. Yo y yo mismo, eso piensan la mayoría de “viajeros” que se buscan la vida. Muchos de ellos no solo privan de un trabajo a locales que podrían desempeñarlo, sino que encima tienen la santa desvergüenza de argumentar que les hacen un favor. Perfecto, no lo comparto pero lo puedo entender, ¿y tus papeles?, ¿por qué no regularizas tu situación? Porque mi jefe, el dueño de la escuela, el dueño de la agencia me echa a la puta calle porque ni él ni yo quiere burocracia. ¿Y por qué coño tengo que sufrir yo las consecuencias de lo que vosotros incumplís?, ¿por qué me joden a mí cuando a quien buscan es a ti y a los miles que os pasáis por el arco del triunfo la normativa? Yo entro como turista y es lo que hago, viajar y procurar dejar un dinero en el país, ¿y vosotros? Entonces silencio y malas caras. Ya lo viví antes, mejor callar. 

Volver a surcar las praderas catrachas fue un impulso renovado a la alegría, aunque solo por tres horas porque aquí la angostura del país es mayor. Ni siquiera atravesar la ciudad de Choluteca, un enjambre humano, rompió el hechizo. Ni una Lempira, moneda hondureña, me quedaba, pero preferí pagar un pico de mal cambio en dólares porque las ganas de Nica me podían demasiado. 

En El Amatillo crucé un puente, aquí otro que salvaba un río de menor caudal y un inmenso letrero asomó ante mí. “Nicaragua les da la bienvenida”. La bandera, como en Guatemala, Honduras o El Salvador, es casi idéntica con bandas blancas y azules. Los cuatro países son, curiosamente, casi hermanos en bandera, e incluso en el trato entre sus ciudadanos se da esta empatía y extraño cariño. Lo normal es que los países colindantes no se lleven muy bien, pero en Centroamérica parece que todos se sienten compatriotas. Un birmano siempre habla mal de un Thai, y éste de aquél o de un Jemer del mismo modo que en España no hablamos bien de franceses o marroquíes, pero aquí todos hablan de los hermanos chapines, de los guanacos o de los catrachos. Hay una unitaria psique colectiva que se percibe desde el primer día en esta región, y lo de la similitud de banderas, de resultas, es solo la confirmación. “Caminar de país en país sin necesidad de odiar a quien vive allí”, que cantaban los celtas. Nada tan hermoso. 

El nuevo problema se dio con el desbarajuste de inmigración en Nica. Un absoluto desastre donde dos funcionarias sellaban la entrada a no más de una decena de personas cada hora. Irónicamente, era pura eficiencia lo suyo. Y la cola iba a más y más. Se iba a echar la noche y León se alejaba en la misma medida en que mi desesperación se incrementaba. Una y otra vez se pasaban los vendedores por entre el gentío. “Marañón, le doy el marañón”, gritaban vendiendo anacardo. La cola se descomponía a ratos, se colaban unos y salían otros. Desesperación es un término demasiado ligero para resumir lo que se vivía allí. En puridad uno acaba garabateando en la libreta para no sucumbir al tedio, convencido de que aquello del ritmo caribeño es una farsa, porque estés donde estés siempre se te acerca uno a ofrecerte lo que deseas. Es una certeza absoluta el hecho de que aquí todo viene a ti, sin necesidad de buscar. En la estación te vienen a buscar, que si vas para aquí, para allí, preguntan insistentemente. Y cuando acabas de decir el destino ya te han llevado en volandas hasta el asiento del bus. ¿Olvidaste el agua, la comida? No hay problema porque en treinta segundos tienes las gominotas, la fruta, la coca-cola o lo que sea a un palmo del morro. Te bajas en destino y antes de echar un primer resoplido ya tienes a tres taxistas o caponeros, conductores de un triciclo con carro incorporado (caponera), prestos para llevarte. ¿Tienes calor? Tampoco hay problema porque un ventilador surge de la nada y te eriza el vello con su potencia. Sea donde sea. ¿Un peluquero? Te cogen de la mano y ya estás sentado en una silla con media cabeza rapada. El centroamericano no es parado o indolente, para nada; es solo que está acostumbrado a que todo venga a él con naturalidad. Quizás nosotros deberíamos aprender de ellos, y que los cabrones de Iberdrola o Hacienda se pongan a funcionar y nos llamen a la puerta si quieren cobrar. Así debería ser, ganándose la vida a restregón. 

“Nicaragua les da la bienvenida”, otra vez tras salir de la garita de inmigración. Genial. La fatiga me puede y en cuanto monto en el primer bus rumbo a Chinandega, escala de un León del que dista menos de una hora, me quedo adormilado. No se ha puesto el sol y apenas diviso, de duermevela a duermevela, la belleza imponente del volcán San Cristóbal, estriado en marrón y con un poderoso cono del que se desprende una nube que asemeja una fumarola, y un cielo azul marino sobre las recogidas colinas que, con el contraste, lucen de un verde tan esmeralda como el color de tus ojos, mamá. Exactamente igual.

viernes, 9 de octubre de 2015

Adiós a Suchi

Entrada dedicada a Amy Murray, por si llega a leerla algún día. Con cariño.

-A mí no me gustan. Yo antes los mataba con la escoba-. Juan se refiere a los geckos, las simpáticas lagartijas que se comen a los mosquitos. Le digo que es un error, que son un regalo de la naturaleza, y que yo duermo a gusto sabiendo que las tengo correteando por el techo, toda vez que sé que los mosquitos tienen las horas contadas. ¿En serio? Como te lo cuento, Juan. Apalancado en un sofá de tiempo de entreguerras, tecleo mis desdichas, tecleo mis ilusiones, tecleo lo que se me pase por la mente y me erice el vello. Un pasajero instante de emoción. Escucho a Sabina o Silvio, me dejo arrastrar en esa suave espiral de aire templado que, de tanto en tanto, atraviesa con recato el portón de entrada a la pensión. Y, solo a veces, tomo un traguito de ron que desvele dando un codazo a la inspiración. 

Son más de las diez y Amy vuelve a sentarse a mi lado. Aparenta que ya no quiere estar sola. Nuevo runrún estomacal. Es tan nocturna como yo, mitológica alma gemela con la que acuchillarme o echar un polvo con furia. No me sorprende en absoluto cuando me dice que ella también es Escorpio, del veintiocho de octubre. Yo del treinta. Como Maitane, también Escorpio, del treinta y uno. Creo que lo intuí ya desde el comienzo. Siempre son relaciones muy intensas y agotadoras las que se establecen entre nosotros, y por eso me levanté absolutamente exhausto tras la primera noche que hablé con ella. No miento si digo que lo pensé nada más abrir los ojos, legañoso y derrumbado, sintiendo una capa de alquitrán que se filtraba por los recovecos del cerebro. “Ha de ser Escorpio seguro, va a acabar conmigo. Me piro, mejor me piro”. Como si me consumiera el alma a dentelladas. Eso fue entonces, pero esta vez, tras la manzanilla de víspera, soy yo quien invita a unos tragos de ron, le explico más cositas de este idioma a veces tan olvidadizo y dejo que se me escurra despidiéndose con un besito en la mejilla. Mejor así. ¿Seguro? “¡Qué fatiga, joder! Esto lleva visos de delirio”. 

Eché el día de lectura de “Caminarás con el sol”, recomendación de Willy, e introspección. De música Thai y japonesa para no olvidar de dónde vengo, a dónde voy. De colada a tres dólares y siestas al sombrío, acompañado por el rumor inagotable de las aspas de un ventilador de eje partido y corregido por cinta aislante. A ratos dormía, a ratos no. Valoro un montón estos días, pero viajar, el que yo concibo, suele observarme con desprecio cuando actúo así. Y me reprocha, como hacías tú, mamá, a qué demonios hemos venido aquí. Soñar, golfear y holgazanear se pueden hacer en España, ¿verdad? Claro que sí, mamá, pero ¿qué coño voy a comprar ahora que no estás y ya tengo sacos por arrobas de recuerdos materiales? Que cuente lo de uno, lo del otro. Que el alma de un viaje está en los rostros de caminar asfalto abajo y arriba. Sí, ya sé, ya sé. Es solo que por momentos se hace tan, tan difícil. 

En un rato que salí a por tabaco coincidí con Samuel, un profesor de escuela rural a diez kilómetros de Suchi. Le había dicho una noche, echando una cerveza Pilsener, que quería ir a visitar su escuela y por poco me pone un taxi a la puerta. Era la viva imagen de la ilusión por la docencia, por las ciencias sociales, geografía e historia. Y le gustaba beber mucho, me dijo Alcides. A él y a sus nueve hermanos, todos varones. Algunos ya murieron, pero el sueldo de Samuel daba para el resto de bocas toda vez que en este Suchitoto nunca queda a desmano un espíritu amigo que te regale una cora, veinticinco centavos de fruta o fríjoles. 

-¿Qué has tratado hoy, Samuel?-.
-Hoy tocó la Guerra Fría. ¿Cuándo vienes a hablarnos de todo el mundo que has recorrido y a conocer a mis alumnos? Pensaba que vendrías la semana pasada, pero dijo Alcides que partiste para Santa Ana. Guardo todavía el billete de Malasia que me diste. Se lo enseñé a mis alumnos el día después de dármelo tú. “Pero si es muy pequeño”, decían todos-. Risueño, exuda cada palabra. 
-Tuve que marcharme para coger un poco de oxígeno. El calor de Suchi me estaba fundiendo-. Mentí por no hablar de Amy. -Y mañana ya salgo para Nica. Primero Santa Rosa de Lima y luego Nica. ¿Qué tal los chavales?-. 
-Cada vez menos. Los padres no son muy responsables. No les molesta si los cipotes no vienen a estudiar-. Dijo afligido. Era un borrachín, pero se le veía un tipo muy implicado con su trabajo y responsabilidad. Le deseé la mejor de las suertes, de corazón. “Volverás a Suchitoto”, dijo en confianza. “Este pueblo está embrujado, Samuel. ¿Cómo podría no regresar?”. Le guiñé un ojo y le vi partir con su caminar cansino y su barata mochila de colegial a la espalda. Una noche de alcohol a medias suele regalar este tipo de amistades, volátiles pero imperecederas. Era obvio que nos teníamos respeto y cariño mutuo. Éste era mi Suchitoto, el que me abrazaba y soplaba el sudor cada noche. Samuel, simplemente, era solo un habitante más de una aldea, en esencia una aldea, a la que aprendí a amar con locura. 

¿Y la cena con Amy? Joder, vaya cagada. Yo escribiendo estas chorradas en mi habitación y la tía esperando en la suya. A eso de las nueve bajo, cuando todo ya lleva una hora cerrado, y pregunto a Juan, convencido. “Amy no ha venido, ¿verdad?”. “¿Amy? Lleva en su habitación desde hace dos horas”. No me lo puedo creer. Vaya cagada. ¿Por qué coño no pregunté antes? Cuando bajo con el ordenador, ella no tarda ni un minuto en salir. Es como un gato que sabe que el ratón espera en la talega. “Me va a cruzar la cara, seguro”, pienso alicaído. “¿Y las pupusas?”. Estaba cantado, zasca en toda la boca. “Pufff. Lo siento. Estaba escribiendo arriba. Pensé que igual no estabas. Se me pasó. ¿Y mañana?”. “¿No te ibas a Nicaragua?”. “Errrr, puedo estar un día más”, digo mientras pienso que Pilar, la amiga que me espera en Granada, me va a matar por estúpido. El descojono de quien lea esto va a ser mayúsculo. ¡Pendejo, más que pendejo! Y con razón. “Al menos te puedo invitar a un trago de ron”, digo travieso, como tahúr veterano. “Voy a cenar y me doy una ducha. Puede que luego”, me responde con una mueca de sonrisa azucarada. “Te he dicho que lo siento”. “Por favor, ya basta. No importa”. “Ayer estuve muy a gusto charlando contigo. Estaría encantado si me acompañaras hoy”. “Y yo también estuve a gusto”. Química de Escorpio, química de animales nocturnos para los que el tránsito del sol es solo una pérdida de tiempo que resta magia a la luna. Hasta que asoma la carita por la puerta y me dice que se va a dormir. Escorpio, Escorpio, ¡toma otro zasca!, ahora con la izquierda. Tan simple como eso. Fin de la partida, comienzo de Nicaragua. Con la palabra en la boca me quedé. ¡Cómo adoramos hacer sentirse culpable al de enfrente! Me acabé la botella de ron entre suspiros alternos con reproches a mi dejadez y, sorpresivamente, dormí como un lirón. Será que esta clase de mujeres me agotan hasta con su ausencia. Eso será. 

Hay días que me levanto como lo hice al día siguiente, desnortado pero nostálgico, y entonces aprovecho para recomponer un poco mi alma, escribir a ráfagas y trazar una ruta imaginaria por un país nicaragüense que a cada minuto me atraía más, justo en la misma proporción a como Suchitoto se desinflaba por cotidiano. Repito la leve rutina de ponerme las chancletas y comprar fruta en el mercado, charlo un poco allí, un poco allá, sin preocupaciones ni imperios por conquistar. El problema es que el viajero de las entrañas pide una ración de lo suyo, de kilómetros y despedidas. Y acabo rehaciendo el petate, vocacional y feliz. Ni un vistazo atrás eché cuando cogí el bus para San Salvador, rumbo a Santa Rosa de Lima. No lo necesitaba porque las huellas de este lugar ya se habían agarrado con firmeza en mi corazón. Al pueblo lo extrañaré, a la chica, otra vez, solo un empañado y no tan translúcido velo de indiferencia, recuerdo ocasional de su rostro. Jugamos con nuestros aguijones y nos llevamos cada uno, a nuestra manera, una bonita cicatriz como desprecio, en la cena o en el posterior trago de ron. Cruel o maravilloso destino para mí, ya que ésta no era la primera y más dolorosa herida. Aquélla ya cauterizó, y ahora apenas rasguños. 

La estación oriental de buses en San Salvador es otro amargo caos inenarrable. Los vendedores son lo más reconocible y relajado de aquel circo donde buscavidas, taxistas y marginados sociales conviven en pelea constante por un pedazo de lo tuyo. La de occidente, por donde pasé para ir y volver de las zonas de Santa Ana y Sonsonate, es un poco menos terrible. Hay un mínimo de orden y tal. Pero aquí es la jungla urbana más descarnada. La mierda se filtra por las costuras, el monóxido de carbono se pega a la piel como el pegamento extra-fuerte, se hace uno y se fusiona con la piel y el algodón hasta formar una película de escoria viscosa y ardiente. Montar en el bus con aire acondicionado, a salvo de codazos y pisotones, fue como escalar un ocho mil, y ver desde la ventanilla al gentío que allí seguía a lo suyo, la misma sensación que se debe tener desde el punto más alto, con el planeta rendido a los pies. 

Amenaza llover con insistencia cuando arribo a esa extraña población, Santa Rosa de Lima, dentro de un departamento de La Unión que podría ser el de los diluvios a poco que lo de arriba quisiera. Por el color del cielo da la sensación de poder tirar agua por un lustro, y que todo se resuma en callejas anegadas a modo de regueros infinitos. Las iglesias se han ido sucediendo por doquier en esta región oriental que suma un buen puñado de las más notables de El Salvador. Se perdían, quebradas frente a conos volcánicos, tras tormentas y chorretones de agua que resbalaban por la parte exterior del cristal.
 
El señor de la pensión de Santa Rosa es un tipo de nariz aguileña y barba hirsuta, con unos ojos de canela hundidos en unas cuencas demasiado profundas sobre las que revolotean las briznas de una cabellera tan negra como sucia. Cuando alarga la mano las arrugas son hondas como grietas, las uñas de un enfermizo violáceo dan cuenta de lo jodido del pasar por una miserable vida. Se le imagina con sencillez alargando noches en vela, nostálgico, entonando en un murmullo el estribillo de “Ya no necesito silencio, no tengo en quien pensar”. Toda vez que la nada infinita le rodea a modo de sortilegio, son desencadenadas tormentas furiosas las que se imaginan en su interior, repicando sin cesar. No me da tiempo a llegar del tirón hasta Nicaragua y prefiero parar allí a hacer noche. Al día siguiente ya cruzaré a Honduras, dejaré atrás Choluteca y alcanzaré León, con un poco de suerte para el medio día. 

Pese a la amenaza líquida y al aspecto de ciudad sucia, no me arredro y salgo a dar una vuelta porque alguien en Suchitoto me dijo que aquí se suele comerciar con oro, que es bastante “cómodo” en su precio, barato porque se suele extraer en minas de los alrededores. No hace falta decir que ya me imaginaba que lo trabajarían de catorce quilates. Me quedo sin saberlo, en realidad, porque tras cruzar cuatro cuadras es El Salvador, su próxima falta, el que me derrota y me devuelve a una habitación de perra chica y sábanas blancas con lamparones de desteñido a azul. Me escondo de la ciudad y solo deseo masticar mi adiós salvadoreño y dormir. Sobre todo dormir en un hostal de diez dólares en el que, como los demás, sus paredes parecen recoger tantos gritos de placer como de violación.