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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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jueves, 17 de septiembre de 2015

Diazepam 5mg.

Créeme si te digo que, de modo imperceptible, le estaba cogiendo un cariño en exceso a Cobán pese a la basura que se acumulaba en los arcenes o rebosaba de las papeleras. Comprobar al salir a la calle cómo las hojas de acelga, las colillas humeantes o los vasos de plástico pisoteados aparecían arracimados por la plaza central y calles anejas suponía el más revelador ejemplo de que los distintos mercaditos matinales habían tenido mucho meneo. Entonces daba gusto percibir que, más o menos hermosa en lo estático, en lo dinámico tenía bastante en qué invertir. Y las horas, frenéticas, se consumían con callejeo, iglesias coloniales, tragos y charlas en compañía; con un poco de visitas aquí, otro de copitas allá y un mucho de escritura que, presente a cada chispazo, en el fondo recorría más que la suma de los anteriores. Lo justo y necesario. 

El punto, tras un par de lunas en que no me aburrí, era que para llegar desde aquel reducto, con su cuota de viajeros necesaria por casi nula, hasta el otro futuro determinado en mi mapa mental y llamado Flores, distante casi trescientos kilómetros, la combinación era jodida. Festivo, además. 15 de Septiembre, Día de la Independencia, además. Cuerpo fatigado, además. Solo así pude cometer la presumible torpeza de tirar de shuttle turístico, la clásica mini-van que te coge en la puerta de éste y te deja en la puerta de aquel otro hostal. “Quién sabe si no dará juego esto para ver una realidad un poco diferente de este país”, trataba de animarme mientras recogía el recibo de la agencia de viajes. El shuttle partía desde Lanquín, también con notable cuota viajera, a eso de las ocho, y un par de horas después arribaba para recoger más carga en Cobán. “Al fin voy a poder dormir a pierna suelta hasta casi las diez”. 

No obstante, como de viaje no suelo ser tan goloso, a eso de las nueve ya me veía caminando en silencio por el interior de la catedral de Cobán. Es un edificio tan sobrio en su interior que difícilmente entusiasmaría a nadie, sin embargo, por alguna extraña razón que se me escapaba, a mí me parecía la mar de acogedor. Recé un padrenuestro por mi madre y supliqué, ante una virgen descolorida y tan feucha que parecía hecha de retales, la pobre, que no me regalara seis horas de suplicio en el traslado que me esperaba hasta Flores, que tuviera compasión de este pobre turista, que ya le regalaría unas calas, las más níveas que encontrara, en mi futuro regreso para ver Semuc Champey. A tenor de lo sucedido, o la virgen estaba sorda, o quizá de juerga independentista y no atendía a almas ya condenadas hasta el próximo laborable. El premonitorio portazo que me dio el cura al salir primero retumbó, y luego golpeó en mi cara a modo de vuelta usted en otro momento... y primero traiga las flores, después encargue. “Pues que sepas que no voy a dejar de contar que en la urna de donaciones tenéis puesto un lamentable “solo se acepta a partir de un quetzal”. Espléndidos, que sois unos espléndidos los de la sotana”, farfullé incómodo. 

Las once. Llega la furgoneta. Tarde. Voy a x. ¿No vas a y? Pues no, me quedo en x. Me dijeron que ibas a y. Se equivocaron. Primer puntal en la frente porque el conductor no sabía a dónde me dirigía. “Pero al menos ha venido a recogerme desde Lanquín con solo una hora de retraso”, murmullo mientras me dejo caer en un mullido asiento de negro escay. La misma escena repetida en tres ocasiones más. Dos montan acá, cinco acullá. La cosa coge color, no hay billetes, y, de repente, aquello que bufaba a alcohol resudado que uno casi podía colocarse sin necesidad de echarse nada al gaznate. Composición de lugar: una furgoneta machacada ya que, de lo contrario, no hubiera sido un shuttle sino un bus convencional, maletas y mochilas que amenazan con salir volando a poco que la curva o pendiente supere los tres grados y, descripción al margen, una jauría humana que telita marinera. Descripción al margen: cuatro judíos con aspecto huraño que, como bien se sabe, solo hablan entre sí, absortos en un ensimismamiento celestial que solo les alumbra a ellos; cuatro alemanes de los que dos pasarían por normales y otros dos con aspecto de hippies caducos cada uno de los cuales triplicaba la edad de la mayoría de los integrantes de esta furgoneta; un grupo mixto de británicos hooligans veinteañeros, ojerosos de clavo o aun alguno en el clímax del subidón y a los que agradecer el perfume matinal; un par de chavalas holandesas que sufren el infortunio de sentarse junto a los judíos y, tras contagiarse de su “soloexistoyosolo”, pasan a mostrarse ceñudas hasta el infinito y, finalmente, este pobre discípulo de la escritura, cariacontecido y afanado en su quehacer, con más aspecto de Ignatius Reilly en “La conjura de los necios” que de presunto viajero. Mi rostro, imagina, era de plena felicidad. “¿Será tarde para escaparme a la estación de buses local? Paciencia, coño, paciencia. Vamos a darles una oportunidad. Acaso sea que la virgen llega con un poco de retraso”. 

Puestos en escena, el caso es que de primeras casi no salimos porque una guiri, de la que hablaré luego, se había dejado tanto su pasaporte como el de las amigas olvidado en la pensión. ¡Qué felicidad! “Y habría que comprobar si se ha puesto las bragas del derecho o del revés”, que diría, irónica, una que yo conozco. Un viajero solo debe preocuparse del pasaporte y del dinero, el resto es perdible, olvidable, robable o hasta regalable. Estos retoños del crepúsculo del veinte no lo deben entender igual, y la verdad es que a menudo me suelo sorprender observándoles condescendientemente debido a esta parafernalia almidonada preparada a su medida de cógeme aquí y déjame allá, ésa que tanto ha desvirtuado el concepto de viajar. Dicen que el running está de moda. ¡¡¡Ni para Dios!!! Lo que está de moda es hacerte presumir de viajero sin enseñarte ni una mísera palabra, ni un mísero dato de la cultura, idioma y tradiciones de un país más allá del nombre de su cerveza y el color de la arena de sus playas. Eso sí que está de moda. Te traen, te llevan, te menean, te dicen dónde bailar, dónde dormir, dónde mear... Te hacen sentir un viajero maravilloso, inclusive hacen que algunos estúpidos hasta se denominen errantes eternos a sí mismos, y todo sin dejarte apenas una décima de segundo para rascarte el cogote y pensar: ¿por qué está tan triste toda la población que habita en mi sueño viajero? Las agencias aún no han conseguido borrar a los locales, pero visto el éxito de su negocio, el escaso alcance de la neurona de estos chavales, es cuestión de tiempo que eso suceda. Lo de que haya que perdonarles sus necedades en forma de que se olviden el pasaporte y se deba que regresar a por él es, visto lo visto, “pecata minuta” en comparación con lo sencillo que es sablearles. 

¿Y quién demonios está ladrando ahí atrás? No llevamos ni cinco minutos de ruta y ya padecemos a una guiri que no deja de vocear y chocar palmas, una a la que le viene al pelo lo de guirigay. Adivina quién. No contenta del todo con montar un lío con los pasaportes, ahora se lo pasa pipa berreando a cuarenta decibelios chorradas de su paso por Utila, en Honduras. Las demás hooligans ríen a mandíbula batiente, los demás hooligans vociferan, extrañamente, de fútbol, los judíos y las holandesas en su quinta dimensión, los alemanes que dormitan ajenos al concierto ya que ellos suelen hablar en este tono de normal, y yo solo deseo regresar a mis gallinas y esos fardos que se caen sobre mi cabeza y, aparte de joderme las gafas o la rodilla, me recuerdan lo hermoso de viajar en bus local de tercera. 

En ésas estamos cuando un hooligan saca un paquete de pastillas y lo pasa a la concurrencia de su nacionalidad. Ellos y ellas por igual, pastilla y trago de agua. Alucino. Cuando lo coge el que va a mi lado echo un vistazo de soslayo: Diazepam 5mg. ¡La madre del amor hermoso, estos jóvenes de hoy en día no saben superar una resaca sin drogarse! De la virgen ni rastro, la tía me abandonó como a una colilla. Es algo que ya tengo asumido a estas alturas. Por momentos creo que me va a dar algo. Ya lo ves, viejo, los abuelos lo hacíais sin nada, con pico y pala de vuelta a la obra. No solo tenías la virtud de emborracharos con coñac que era coñac sino que, dos cojones al frente, la resaca la combatíais tirando de pico y pala. Los hijos ya salimos mas flojetes, ya descubrimos la esencia del Ibuprofeno en el clavo y en la enfermedad. Pero lo de los nietos a base de Diazepam, versión cinco miligramos, te aseguro que clama al cielo. Antidepresivos al poder. Ni veinte tacos y ya tirando de ansiolíticos. Tiene cojones el asunto. Al menos no se han hecho una rondita con Prozac. Te lo juro, viejo, nosotros no podremos compararnos jamás en resistencia con vosotros, pero al menos podemos redimirnos sabiendo que los afeminados que nos preceden son todavía más endebles. No sé qué clase de juventud tenemos, la verdad. Dentro de lo tragicómico de la situación me consuelo confiando en que, con un poco de suerte, a la rubia histérica le toque ración triple de pastillas. “Deja que tu fe sea más grande que tu miedo”, reza un cartel, que se disipa en medio segundo, al otro lado de la ventanilla. Amén. 

Como ya se es consciente de que en Centroamérica las rectas planas son producto exclusivo de capitales, la ruta pasa entonces a transcurrir por todo un paisaje de crestas pobladas en un tobogán sin retorno que en ocasiones rasga el algodón cerúleo, por millas blancuzcas de nubes. Se abren amplios valles segmentados, se abren tímidos en direcciones dispares hasta que un nuevo terraplén los interrumpe. Son escarpaduras forradas de maíz en posiciones inverosímiles, como funámbulos del alambre. Por momentos se presentan zonas inundadas por chaparrones esporádicos y olores a ozono y húmedas briznas de hierba, por momentos el sol muerde y obliga a esconderse tras las lunas. El Diazepam se muestra milagroso con los británicos y solo un alemán, el cano que rondando los sesenta se debía sentir como una reliquia medieval allí dentro, me prestaba atención mientras escribía unas líneas en la libreta. Eso fue justo minutos antes de que el Ibuprofeno, el de mi generación, hiciera su trabajo y notara cómo se me empezaban a caer los párpados en la misma proporción a la intensidad los baches en el asfalto. “¡¡¡Qué dolor de cabeza, la virgen. Jodida cerveza Gallo, jodida guiri, jodido shuttle, jodido Diazepam!!!”. Después, roncar.

P.D. Y del puticlub en que se ha convetido Flores mañana os hablo. Ahora los cubalibres cuestan un quintal, son Coca-Cola a secas porque el ron local debe ser tan volátil que se evapora antes de verter la cola y, por si fuera poco, se sirven en tarros de potitos... En fin, siempre quedará Tikal.

1 comentario:

Anónimo dijo...

tikalgas de bonito...pero me gusta más camboya..segi aurrera mutil..ondo joan|||
B.M.