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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 29 de septiembre de 2015

Entre Honduras y El Salvador

A Gracias la dejé envuelta en sempiternas nubes que no dejaban de descargar agua. Todo se había forrado de bruma y apenas cuatro gracianos se atrevían a pasearse bajo el aguacero. La ciudad aparecía gris y deforme por momentos, desprovista de la simpatía para con el foráneo y el colorido que tan espectaculares me habían parecido en la víspera. 

Marchaba hacia la frontera salvadoreña con una terrible sensación de desolación porque Honduras se había mostrado como un país excepcional, virgen, forrado de junglas y praderas en los que terneras y caballos pastan felices, en la abundancia. Las estampas arrebatadoras se suceden al otro lado de la ventanilla porque Honduras es un país que no avanza, sino que cabalga. Por doquier asoman los catrachos montando hermosos caballos tostados o blancas yeguas perladas de gris, con una mano en las cinchas y un machete envainado en la otra, preparados para desbrozar una maleza que aquí es sujeto principal de cualquier paseo por enfangados senderos que se abren en explosión pirotécnica. Son tipos salvajes, de otro tiempo, con sus pistolas al cincho y forrados de cartucheras donde relucen doradas las balas. Incluso un par de noches me habían despertado los disparos, tristes por asesinos de reyerta buscando la carne, o felices por borrachera animada buscando las estrellas. Honduras es un vergel monumental, donde se pelean por florecer los mangos y las magnolias, los pinos y las acacias. Y más tarde siempre aparecen eucaliptos clásicos de tronco albino, pelado y pulido, que recuerdan aquella visita a la cascada Peguche de Otavalo, donde recogías las semillas de estos árboles porque querías hacer no sé qué con ellas, alguna otra invención de las tuyas, mamá. Honduras es el país que más profundo me ha hecho suspirar en su adiós desde hace unos años, porque atesora lugares como Gracias que es una apuesta segura para el ingobernable turismo del veintiuno. Ese lugar, doble contra nada, no va a tardar en resplandecer de lugares de tatuajes, pizza y clases de un español que, por cierto, repito que es más claro aquí que en Guatemala. Aunque el timbre femenino de las hondureñas llegue, en expresiones de sorpresa o mucho énfasis, a hacer girar la cabeza para comprobar que no ha sido una tía de idéntica voz a la colombiana Shakira, pero completamente borracha, la que habla. 

Era el país de las pulperías, eufemismo de tiendas donde se vende de todos menos pulpo, el que se me quedaba atrás justo en el momento en que caminaba por tierra de nadie hacia El Salvador, el país de las pupuserías. Éstas son clásicas masas de harina de maíz o arroz sazonadas con chicharrón de cerdo y quesillo, lo típico, más loroco, una plantita aromática que se echa picada, y ayote, lo que nosotros conocemos como calabaza. Pero, en muchos momentos, agazapado en la cola de inmigración de una garita desconchada, no podía evitar el tormento emocional que era salir de una Honduras que tan bien me había tratado, tal y como lo hizo la Guatemala de 2010. Y probablemente, aunque me costara admitirlo, mi desdicha se debía a que era consciente en mi fuero interno de que, el día que regrese, esta Honduras será completamente distinta, tanto o más que yo. 

La frontera de El Poy, por el contrario, fue un amigable cambio a mejor. Sin extorsiones y hasta sin sellos en el pasaporte. “Le quedan setenta y dos días”, me dijo el oficial de inmigración al tiempo que me daba la bienvenida a El Salvador. “¿Y el sello?”, pregunté extrañado. “No es necesario”, respondió cortante. Posteriormente alguien me explicó que debe haber tres o cuatro países centroamericanos fusionados en un espacio común, un “Espacio Schengen” en versión local. Tampoco le presté mucha atención porque justo en ese momento me quedaban treinta días de viaje, y hasta setenta y dos no iban a alcanzar ni mi moral, por un lado, ni mi exiguo presupuesto, por otro. 

Me apeé en La Palma, rascándome el cogote tras un primer vistazo, en la confianza de que aquello tenía poco de “centro artístico del país”. De primeras es un lugar sucio y preñado de humos tóxicos dado el constante ir y venir de camiones de tamaño industrial. Incluso un par de veces se me pasó por la cabeza tirar a Suchitoto, con tiempo de sobra para llegar con luz de día al ser las doce clavadas del mediodía. No obstante, al final me dejé caer por una pensión de diez dólares, apañada, donde la dueña daba la sensación de tener un serio problema de ludopatía, enganchada moneda tras moneda a una extraña tragaperras que, desubicada, hacía de decoración junto a una barra de recepción tosca y poco desbastada. 

Maté media tarde ojeando el mercado de artesanías, que sí existía, pero que aglutinaba un puñado de puestos que, sin remisión, vendían todos lo mismo: una explosión de colores pintados sobre madera, telas, chapas, telas de yuca, la clásica de los sacos, y cualquier superficie imaginable. Los abstractos motivos mezclan líneas, animales y rostros desencajados, todo ello en unos trazos gruesos y composiciones que, sin embargo, aparentan ser todas del mismo autor. Idénticas. Pero al menos en las calles es otra historia, y los postes y muros lucen murales de similar factura pero bastante más elaborados en muchos casos. Y, La Palma, entonces, sí que justifica una parada si solo por poder comprobar decorados postes de luz, escaleras, marcos de puerta y, lo más obvio, fachadas donde un puñado de autores, trabajando sobre el mismo concepto artístico, han tratado de expresar, con resultados dispares, la visión que se cuece en sus cerebros de animalitos o motivos florales que podrían ser de Dalí o Miró. A última hora de la tarde, tecleando estas líneas, aún no tengo claro si La Palma es un lugar bonito o no, pero de extraño e inusual sí tiene un trago bien largo.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Hoy Gracias, siempre India

Gracias, o Lempira como también se conoce, es bastante más atractivo que Santa Rosa. Más humilde y más pueblo en sentido estricto, con todo lo que ello supone de mejora para los que gustamos de zafarnos en distancias cortas, aprendiendo el nombre y circunstancias de ésos con quienes invertimos saliva. Pese a sus más de treinta mil habitantes, la sensación de vivir en una aldea es una constante desde que te apeas en la estación o mientras buceas buscando un lugar para echar un par de noches. Es la norma, entonces, que la gente no dude en mirarte a los ojos y te dé los buenos días tras un imaginario abrazo de hospitalidad. De la ruta hasta aquí, por cierto, no puedo contar mucho ya que la ventanilla que me tocó en suerte estaba hecha trizas, mal pegada con tiras por doquier de deshilachada cinta aislante que asemejaban a profundas cicatrices en la piel y no dejaban ver qué quedaba atrás. La opuesta y hasta otra media docena, tres cuartos de lo mismo. Llevan los cristales, en su decadencia, resonancia de quienes decidimos quemar el corazón en este transitar por el mundo. 

Ciudad actualmente nombrada como la moneda nacional, en honor a un destacado líder indígena de etnia Lenca que cerca de aquí luchó contra el yugo español, Lempira fue fundada bajo el nombre de Gracias a Dios en 1536. Se derramó también sangre inocente por parte de los hispanos en este horizonte, otra muesca más en nuestra vergüenza colectiva. Fue justo dos años después de la fundación cuando el prócer Lempira dirigió una revolución contra los colonialistas que acabó en el momento en que Alonso de Cáceres obligó al insigne personaje a refugiarse en su fortaleza de Cerro Cerquín. Aislado y rodeado, el jefe indígena llegó a un acuerdo de paz con los españoles. Pero después de salir de su guarida, la historia de lo sucedido es tan despiadada como repetida: fue torturado, posiblemente, y asesinado, a ciencia cierta. Así se las gastaban nuestros antepasados, y así se diezmaron unas poblaciones indígenas a quienes, cuando no les fulminaban las balas, les fulminaban las enfermedades llegadas de España con los imperialistas hispanos. Ésta, como tantas otras, es una vergüenza nacional no reparada por nuestros mediocres políticos, los que la siguen barriendo debajo de la alfombra generación tras generación. Posteriormente Lempira tuvo sus años de prestigio, incluso en 1544 fue nombrada por un breve lapso de tiempo la capital administrativa de la región centroamericana, pero finalmente la irrupción de otros poderosos centros como Antigua y Comayagua sellaron su declive. Ahora es una población que vive de la ganadería y la agricultura, de milpas en esencia, pequeñas extensiones de cultivo múltiple de las que sus vecinos obtienen productos básicos que comer y trucar como yuca, frijoles o el omnipresente maíz. Sin embargo, cada vez con mayor interés pugna por ganarse un sitio en la escena turística centroamericana. Y, de primeras, parece que recursos para ello no le deben faltar tanto a nivel natural como histórico. O al menos de eso trato de convencerme toda vez que la falta de paisajes corridos a través de la ventanilla me han tenido apuntando estos breves datos del lugar al que me dirigía. De pronto, sin aviso previo, fin a algo menos de una hora de traslado y diversión paisajística que ha pasado a ser de invernadero y texto. 

Una vez en Gracias-Lempira, tras el citado acceso gris, la primera sensación es de repetición porque las casas son también de una altura, dos a lo máximo debido al peligro sísmico que envuelve la región, y las calles no han dejado de ser un conglomerado de lajas o voluminosos cantos de río que revientan suspensiones y suponen un desafío a la verticalidad. No son el principal problema estas piedras, sino el cemento que las une y que, con el paso de las lluvias y los vehículos de gran tonelaje, se ha partido y desaparecido dejando muchos huecos y zanjas en las que un esguince de tobillo puede suceder con facilidad. Lo peor es que no hay más opciones por las que caminar debido a que las aceras centroamericanas, como las asiáticas, son un ejercicio de imaginación en la mayor parte de las calles. Por fortuna, poco podía imaginar entonces que hasta ahí llegaban las semejanzas con el Honduras visto anteriormente. 

Sorprenden y mucho, por el contrario, las iglesias que aquí lucen tal que encaladas de ayer mismo, tal si estuvieran inmunizadas al paso del tiempo, recortadas sobre un decorado esmeralda de crestas y vegetación pura, luciendo teja de verdad que torna del vívido rojo de recién estrenado al ocre total por la invasión de líquenes. Además, por algún indescifrable motivo, no son tan espartanas en lo material como las que dejé atrás en Copán Ruinas o Santa Rosa. Eso sí, en lo espiritual, por desgracia, se dan la mano tranquilamente. Lo dejo caer porque, pese a lo pomposo de sus interiores, estas iglesias tampoco huelen a religión o Biblia, ni colas de novia al vuelo se imaginan a sus puertas, ni cirios titilantes alumbran sus esquinas. Más bien pareciera que el céfiro del abandonado y próximo fuerte militar se hubiera vaporizado y adueñado de estos santuarios. Despobladas de feligreses, arrebatadas de fe, presentes exclusivamente en el clamor mañanero de unos gallos cuyos cantos deben resonar con suave eco entre sus paredes. Únicamente una señora desgarbada, de piel y cabello tiznados, asoma en la consagrada a La Merced, arrastrando un escobón sobre las pulidas losas con notable parsimonia. Su chamaco llora al fondo, y el berreo rebota hiriente contra las paredes. En justicia a los hechos no barre nada más que cuatro pétalos no marchitos, podridos directamente, y tú, mamá, de seguro te hubieras entristecido tanto como yo al ver cómo estos países de alma sacudida y malherida por la violencia poseen templos tan sobresalientes como huérfanos. En India esto, me guiño un ojo cómplice en el espejo de tu alma, es puramente inconcebible por la sencilla razón de que jamás, absolutamente jamás, conocimos un templo que no cimentará su belleza y esencia en la fe irradiada de los tipos que lo veneraban tan enfermizamente a nuestro lado. Con sus tres rayas horizontales marcadas sobre la frente, shivaítas, si verticales, vishnuítas. 

Es justamente esa iglesia, La Merced, la más espléndida de todas. La fachada es de tosco estuco en la que aparecen motivos pastorales y florales o vitícolas, hornacinas con santones idénticos y parras de uva, aquellos con poblados pelo y barba cuyo pardo color es el único contrapunto a lo níveo. Son idénticos, simétricos e infantiles, y la primera sensación ante ella es la de ver una composición de arquitecto de diez años. Deliciosa y absolutamente única por ello. En el interior la madera nutre cada recoveco, barrocos altares laterales se muestran en panorámica y un altar engalanado por la recientemente vivida efemérides (La Merced es el veinticuatro de septiembre, hoy es veintiséis) propone una invitación a aceptar que, al menos en días señalados, los catrachos sí que cumplen con este Dios que tan escurridizo se muestra a veces. 

Después asoman la céntrica San Marcos, notable con un llamativo retablo, San Sebastián con una planta cruciforme y tan desolada que no tiene ni campanario, y Santa Lucía, otro ejemplo de austeridad. Pero, como digo, no hay nada que remotamente se aproxime a La Merced, con ese blanco cegador que debe ser el color oficial de Lempira. 

Ahondando en ello, esto del color se hace patente una vez comprobado que no solo las fachadas de templos y decenas de casas lucen así, sino que también al cercano y reconstruido fuerte lo han teñido albino. Y es hermoso el lugar pese a los dos vetustos cañones que quedan por decoración, mortecinos como un espantapájaros en tres hectáreas de cebada. Españoles de raíz con su onubense sello de “Cobre de Río Tinto”. Paseando por allí vuelve el recuerdo de esa India que, por un motivo no comprendido, hoy se niega a abandonarme. Allí el blanco es un color asociado a la muerte, al luto. Es color de viudas y de Vrindavan, en un estado de Uttar Pradesh que parece de hace unos minutos, tan próximo como tu imagen bailando ante el Taj Mahal al otro lado del río Yamuna, ésa que tanto le gusta a Iñaki. Y es su visión alba, desde aquella mortaja ecuatoriana, madre, la que suele desprender un punto más tétrico que purificador para mí. Pero, de repente, aquí y a estas alturas, madre, todo recuerdo de India lleva marchamo de felicidad, de naturalidad en su percepción, de pócima reparadora llamada Lempira cuando es la ciudad la que se pierde a los pies como gran resumen de ese continente asiático por el que nos dejamos tantos alientos. Mejor de ese modo. 

De tarde, refrescando el gaznate, son unos locales quienes me comentan, me recuerdan más bien, que se abre algo así como un rizado mar de vegetación en el cercano Parque Nacional Celaque, creado a raíz de poseer el pico más alto del país, el homónimo Celaque, con sus 2849 metros de altitud. Lo hacen en una tasca en la que paro a tomar un agua de coco toda vez que mis tripas siguen emitiendo extraños gruñidos de vez en cuando. Entre eso, y que la lluvia amenaza con reventar su momentánea tregua, lo desecho de inmediato y me acodo en la mesa, querencioso de tranquilidad. Con un lacónico “quizá mañana” zanjo la conversación. Sonaba de lo menos apetecible ponerme a recorrer senderos resbaladizos, empapado hasta las pulpas de las encías, confiando en la mera posibilidad de que algún animalillo asustado se equivocara de escapatoria para presentarse ante mis ojos. Encima los rickshaws, los moto-taxis que aceleran por aquí o por allá, suponen un entretenimiento notable con sus leyendas impresas: “Dios te ama”, “En la fe está el perdón”, “Solo Dios es pastor”, “Jehová es la luz”,... “Espacio para su publicidad”, el mejor de todos con diferencia. Lucen igual de destartalados, pero no son tan especiales como en India, de donde son originarios. Aquellos sí que son capaces de sintetizar una nación con su porquería por doquier, sus frenos que chirrían insistentemente, una loneta rasgada por asiento y, viva metáfora de los habitantes del país, imposible capacidad de detenerse cuando enganchan alguna pronunciada cuesta abajo, eterno renquear cuando es cuesta arriba, sin término medio entre pasión y desdicha. Verlos pasar, enmarcados por la ventana, era puro candor evocado para los que ya hace tiempo aprendimos que es imposible desterrar India del corazón y del sueño perenne llamado regreso. 

Al cabo de unas horas y ya en la pensión, justo en India ando pensando cuando se va la luz y toda la ciudad se queda en penumbra. En menos de un minuto toca suavemente a la puerta el tipo de recepción, me ofrece un candil dentro del cual baila la llama anaranjada de una vela diminuta. Ni tan lejos de India, ¿verdad, mamá? Pero aquí la gente debe tener más moral o menos recursos, porque no se oye ni un solo generador eléctrico ponerse a funcionar. Y entonces todo lo que se escucha en esta tierra son petardeos de tubos de escape y berrinches de un crío acompañados de los improperios de una madre que debe estar sacudiéndole la badana. Creo, por un instante, que ha de ser un Luis tan nuestro por travieso como el de Silvia, y todo porque el jodido chiquillo incrementa sus berridos en proporción directa a los gritos de su madre. Tan alejado del silencio sepulcral de tierras indias. Mientras aquí todo sigue su curso, allí la falta de luz debe ser una invitación a la meditación más profunda, a seguir plegando las palmas sobre la cabeza ante un Dios del que apenas se perciben sus rasgos, escurridizo en lo profundo del sanctasanctórum. 

Y decido salir a escudriñar el cielo porque ayer leí en el periódico local que el eclipse de luna sería hoy bien visible desde Honduras. Sin electricidad, mejor aún. Pero el cielo se ha puesto de gasa y basalto, olvidé que amenazaba lluvia y casi frío al descubierto. Lánguidas luces de candelas fuerzan al corazón a palpitar con fuerza, a asumir que, gracias a tu recuerdo, el camino vivido siempre será nuestro y no lo podrá borrar ni la lluvia que azota en este preciso momento, a rebato de zafarrancho, parapetada en el oscuro abismo que se abre ante mis pasos de chancletas. Ése ha de ser el mejor homenaje, nuestro más preciado aprendizaje: caminar y caminar, buscar y buscar la luna. 

Cuando desisto vencido, cuando sé que tengo bastante de Lempira, regreso a recogerme en la pensión con una botellita de ron y otra de Coca-Cola. Esta noche, por alguna extraña razón, sentía que mi penar por solo poder encontrarte en tierras del Decán debía enjuagarse a base de tragos. El día anterior llamé a casa y todo parecía en orden, pero, de pronto, eso es prehistoria. Y después solo tecleo y tecleo contando lo que acabas de leer, y después vuelvo a teclear hasta que me pesan los párpados como monedas de peso equivalente al doblón, y después no acierto a prender el fósforo sobre la lija humedecida por el sudor del paquete de cerillas, y después sigo sin descifrar unas nubes que esconden un deseado eclipse, y después tampoco acierto con el estribillo de una canción que ha de ser el tema central que A.R. Rahman compuso para una película que comenzaba en los míseros barrios de Bombay. India, siempre India. Tu foto inmortal con el regalo de fondo, opulento cenotafio, de Shah Jahan para Mumtaz Mahal; tu recuerdo y enseñanzas en Kerala, Bengala, Tamil Nadu u Orissa. Y después nada más que quedarme dormido, derretido sobre el teclado, soñando con un amanecer que me transporte a El Salvador. Solo eso.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Tierras de Copán

Recuerdo que nada más llegar había tirado del principal recurso del viajero presuroso que consiste en localizar, geográficamente, un banco, un cajero, un supermercado, una frutería,... todos los lugares que significan algo y que van siendo punteados en un mapa mental de la zona. “El banco en la calle transversal a la de la frutería, dos cuadras hacia arriba; el supermercado dos calles paralelas por detrás, hacia el monte; y que no se me pase este barbero junto al mismo cruce que lleva a la ruinas, pegado al campo de fútbol, que llevo diez días sin afeitarme”. Todos son lugares que permiten ir a tiro fijo y economizar un tiempo que nunca es tan amplio como sería deseable. Pero, en realidad, todo aquello fue bastante estéril porque, tras cuatro días callejeando por Copán Ruinas, tuve tiempo de comparar y hasta certificar dónde se comía bien y barato, dónde encontrar la mejor fruta y hasta qué banco daba mejor cambio para el euro. También, de hecho, topar con un barbero económico y de buen pulso. Esto último fue fácil de deducir, a priori, nada más ver la cantidad de gente que esperaba su turno a la puerta de aquella otra barbería, recostada en unas ajadas sillas de plástico. Aquél, en definitiva, resultó ser un lugar tan agradable que los días del calendario se descontaron con pasmosa facilidad. 

Siendo honesto, lo que más le he de agradecer a Copán Ruinas es el hecho de que me ofertara unas jornadas de necesario respiro para mis maltrechas tripas. Eché unas cuantas horas en su plaza central, adornada con una fuente de motivos Maya en sus caños, un teatral templete rocoso, forrado de lajas de rajuela, y una pérgola semicircular bajo la que los lugareños retozaban en unos muretes que hacían de bancos. Solo la iglesia principal, de estucada fachada, rompía una panorámica de ocres colores, árboles frondosos y calles adoquinadas de tortuoso caminar. Por dentro, sin embargo, ésta se hacía extrañamente austera dado el fervor religioso cristiano que suele impregnar cada segundo en la vida de centroamericanos, siempre con un rosario en la mano y una oración casi al punto de deglución. Por norma general, en América Latina suelen ser los interiores de las iglesias el mejor indicador de la capacidad económica de una población. Tras comprobar en el santuario principal del lugar que de capillas laterales nada de nada, que la pila bautismal debía ser prestada para la ocasión por ausente, y que una docena de bancadas de pino hacían frente a un Cristo marchito que lucía por todo altar mayor, en su cruz mal barnizada y con apenas un taparrabo, era mayúscula la sensación desoladora de que el nivel de vida del copaneco medio, del hondureño por extensión, había de ser francamente austero. 

Igual por esa sensación de honestidad racial y a raudales propia de clases bajas se hacía un lugar entrañable Copán. Y con seguridad existían, asimismo, otras muchas razones para sentirse a gusto allí, pero por encima de todas era el clima templado, el hecho de poder dormir sin ventilador y hasta sentir un ligero escalofrío de destemplanza cuando las nubes hundían al sol a última hora de cada tarde, prometiendo lluvia, lo que más ayudaba a ello. Tampoco es que el lugar tenga de sobra para ofertar, mas el vestigio Maya de Copán ya es de por sí lo suficientemente atractivo para dotar a esta población de un extraño aire de atractivo turístico que no se debe encontrar en ninguna otra parte del país excepto en sus islas caribeñas. A veces puede dar la sensación de que lleva marchamo de nueva Antigua, Flores o Suchitoto con su par de calles pobladas de bares y restaurantes para gringos donde la música no se aleja de Rod Stewart, Pink Floyd o Phil Collins, pero luego basta cruzar dos cuadras en diagonal para que Honduras se haga comercios y gentes, para que se escuchen temas de Ricardo Arjona o rancheras y corridos de un tipo que ha de ser el Sabina local por su voz rasgada, noctámbula. Desde las alturas, además, estas impresiones se realzan toda vez que una alfombra de fachadas estériles de hormigón, negros bidones que son termos de agua para la ducha y tejas trenzadas con planchas metálicas oxidadas consiguen hundir en lo invisible las cuatro banderas británicas y los gigantes menús en inglés que anuncian hamburguesas o cócteles de irrisorios precios, desorbitados para una gente cuya renta media se coloca del orden de ciento cincuenta dólares mensuales. Como comento, le cogí cariño a Copán Ruinas tras invertir horas callejeando, en la certeza de que se da aquí una de esas extrañas mezclas perfectas de lo natural y lo importado que, mucho me temo, en un par de años se va a descompensar. 

Tienen aquí un extraño acento los catrachos, más musical y claro para el oído, con ese permanente don o doña que precede a los nombres de personas. Probablemente sea consecuencia de que su aspecto es mucho más homogéneo que el del mezclado guatemalteco, no en vano aquel país es el que mayor herencia indígena aglutina de toda Mesoamérica. Estos hondureños copanecos, sin ir más lejos, son más hispanos que indígenas de etnia Chortí, tan pocos de los cuales asoman por aquí como por el resto del país, y el predominante uso del castellano entre sus gentes, ajenas a herencias lingüísticas Maya, ha debido saldarse con un idioma claramente comprensible para los españoles. Resulta paradójico que de esta excepcionalmente bien preservada urbe Maya no quede apenas nada de sus gentes más allá de llaveros o baratos recuerdos que se venden en el par de tiendas de “souvenirs” del pueblo. 

Una noche, mientras cenaba donde una anciana que regentaba un rústico comedor de tres mesas dentro de la pensión en que me alojaba, se empezaron a oír mariachis tocando, con sus trompetas y guitarrones sobre los que se alzaba un poderoso coro de voces masculinas . Estaba intrigado. 
-¿Por qué tocan los mariachis?-. Le pregunté a la anciana al tiempo que alzaba la vista del ordenador. El sonido provenía, claramente, de la casa que quedaba justo al otro lado de la calle. 
-Ha de ser por el aniversario-. 
-Ya. Aniversario, ¿de?-. 
Salió detrás de la barra, soltó un paño y pasó a mirarme fijamente. 
-Hoy hace dos meses que falleció el padre de los chicos que viven en esa casa. Vinieron los mariachis y con música se llevaron el féretro hacia al cementerio. Esta noche lo recuerdan-. Me responde mientras hace ademán de volverse detrás de la barra. 

Sin embargo, la razón de ser de un tipo que se dedica a escribir mientras viaja es la curiosidad, preguntar el por qué de cualquier cosa. Aprender, aprender y no dejar de aprender. Así que no le dejo que regrese a secar los platos. 

-¿Es normal contratar músicos en los funerales?-. Le suelto a bocajarro. 
-Pues sí, si a la familia le gusta la música, sí. Y a éstos les gusta porque ya ve, dos meses después y así siguen-.
-Ya-. Respondo, dejándole unos puntos suspensivos que la anciana, habiéndose animado con mi curiosidad, no tarda en rellenar. 
-Hace unos meses falleció un ganadero de aquí, del pueblo de Copán Ruinas. Tenía muchos caballos en una hacienda inmensa que queda hacia la entrada del pueblo. Adoraba los caballos y los solía domar. El día que falleció... tu sabes que la gente suele acompañar por detrás al féretro, ¿verdad?-. Asiento enérgico mientras rememoro al abuelo que no conocí pero de quien tú, mamá, no te aburrías de contar lo mucho que le gustaban los caballos, algunas veces que en el pueblo le requerían los vecinos para que se los amansara y metiera en cintura. -Pues a ese señor le gustaba la música del narco-. “Los narcocorridos”, le apunto. -Exacto, narcocorridos. Se presentó una banda a tocar y detrás del féretro iba la yegua preferida de ese señor. La gente tuvo que hacerse a los lados para dejar pasar a la yegua que caminaba cabizbaja, presa de una pena infinita, con unos lagrimones que le caían de los ojos. Primero el féretro, después la yegua sin despegarse un metro, más tarde los músicos y por último las personas. Aquello fue...-. Risueña, se quedó unos segundos mirando a lo alto, buscando la palabra. “¿Conmovedor?”. -Exacto, conmovedor. Fue un entierro muy bonito-. 

Posteriormente, como ya ha cogido carrerilla, me habla del mal de ojo que travestido de espíritu pulula libremente por Copán. Hasta a su hermana pequeña enganchó. 

-Le salieron unas llagas enormes. Cinco en cada pierna. Se moría, la pobre, y el médico no sabía a qué se debía aquello. Mal de ojo, seguro. Una maldición. Mi hermana es evangélica y en Copán Ruinas la mayoría somos católicos-. Decía con un rictus plano. Daba miedo escucharla en una penumbra bajo la que solo brillaban su lengua húmeda y sus ojos hundidos en el abismo que formaban las cavidades orbitarias. 
-Pero no falleció-. 
-Tuvimos suerte, y mucha fe. Fui a la iglesia a rezar y pedir agua bendita al cura. Estando yo arrodillada, delante de mí la bendijo. Con ella le ungí las heridas. Era de madrugada y agonizaba. La fiebre le hacia delirar. Mis cuatro hermanos, casados, no viven aquí, pero mis cinco hermanas y yo allí estábamos. A su lado, llorando. Salía pus de las heridas, y trozos de carne que no era suya. Puedes creerme. Aquella carne no era de ella. También como una tela se formaba en las heridas-. 
-Sería costra-. 
-No. No tenía nada que ver con eso. Era una telita muy extraña y, créeme, no era natural. Se quedó dormida, y ya. Pensamos que había muerto pero todavía respiraba. Al cabo de tres horas despertó. Dijo que tenía hambre. El agua bendita la había librado de la maldición. Seguro. Era muy bueno el cura aquel, era muy buena persona. Lástima que por él falleciera su sustituto-. 
 -Y cómo es eso-. Esto ya adquiere tintes de película. 
-Lo iban a trasladar a La Libertad. Pero la gente se organizó y recogió firmas para mandar a...-. “Al obispado, imagino”, le completo raudo la sentencia para que no pierda el hilo. -Sí. A los que mandan. El pueblo estaba dividido. Yo no firmé porque voy a la iglesia a escuchar a Dios, no al cura. Pero sí, el pueblo estaba muy dividido. Al final lo trasladaron y llegó el nuevo cura. Llego sano, al cabo de un año tenía cáncer, antes de cumplir dos lo habían enterrado. Mal de ojo, seguro-. 

Allí me quedé unos segundos en silencio, mirando a la abuela con esa indescifrable sensación de cariño que brota de modo natural ante la humildad y sencillez de estas gentes. Estaba absolutamente convencida de que tanto lo de su hermana como lo del desdichado párroco fue mal de ojo, más, si cabe, de que el agua bendita la sanó. 

 -¿Y el nuevo cura?-. Digo de repente. 
-No tiene buen sermón. Mucha gente ha dejado de ir a la iglesia-. 
-Quizás eso le ha salvado, ¿no?-. 
Sin decir nada, se río disimuladamente mientras regresaba detrás de la barra. 

Al cabo de un tiempo amanece de lustre, me siento con moral y cuerpo recuperado sintiendo la hora de partir. Monto entonces en un bus que me lleva a Santa Rosa y que va haciendo paradas aquí y allí, en rincones que son la nada de carreteras que surcan bosques nebulosos, donde uno baja sus gallinas y otra sube sus enseres de hogar. La nubosidad va descendiendo progresivamente por las laderas como viscosa bruma que se adhiere a los árboles, y apenas cuatro picos plenos de vegetación descollan en lontananza, por encima de todo un paisaje teñido de alba y humedad que se cuela hasta entumecer los tímpanos. Están vivas, aceleradas las nubes, y por momentos engullen al vehículo para luego vomitarlo en otro paraje que, no obstante, recuerda al anterior. “Quinto mandamiento: no matarás”, asoma en un cartel medio caído en la cuneta. Junto al mismo hay un chico en bicicleta que agita un trapo rojo porque algo debe haber sucedido adelante. Es solo una manada de vacas que ha invadido la carretera. “Octavo mandamiento: no darás falso testimonio”. “Noveno mandamiento: no codiciarás la mujer del prójimo”. “Si viajara conmigo la anciana del restaurante no pararía de persignarse”, me garantizo en un momento dado, una vez ha quedado atrás el décimo. 

Cuando me bajo en Santa Rosa de Copán es una lluvia fina de sirimiri la que me golpea el rostro, y lo hace sin estridencias ni resplandores, de ese modo en que las nubes anuncian que han venido para quedarse. Lo primero que se me presenta es una señora que palmea tortitas de maíz, dándoles forma ante un rústico horno en el que se consumen cuatro palos, y un perro de ralo pelaje canela que apura unos tragos de agua de un charco sobre el asfalto. Por un instante ambos me examinan de soslayo, con desconfianza, y mi vista no alcanza más porque las constantes hileras de gotas que caen de las tejavanas sumergen en penumbra el interior de lo que guardan. Debajo de una de ellas, a resguardo mientras escampa un poco, estas chapas se muestran desnudas, sin clavos ni bridas que las sujeten a las traviesas, y solo así es posible entender el terrible destrozo que provocó el huracán Mitch hace unos años, entre finales de octubre y primeros de noviembre de 1998. Levantó las planchas metálicas que hacen de tejado como si fueran papel de fumar, dónde se empotraron fue lo que también determinó la magnitud de la tragedia. Anegó millares de haciendas y núcleos urbanos. Provocó inmensas avalanchas de lodo que barrieron todo a su paso. Los mapas, de repente, ya no servían. Que tantos como cincuenta años de progreso habían sido destruidos en un santiamén, llegó a declarar el entonces presidente, Carlos Flores. Y si no golpeó más duro a nivel humano fue porque Honduras, gracias a su gran tamaño, está muy poco densamente poblado con apenas ocho millones de habitantes. En todo caso, aquí todavía lloran y recuerdan a varios miles de familiares, amigos o compatriotas que la naturaleza por un lado, su miseria alarmante que se tradujo en incapacidad de prevención por otro, se llevaron. 

Luce espléndida la fachada de la catedral de Santa Rosa, aún más su estucado interior porque ofrece cobijo cuando la lluvia se ha convertido en perpetua y hasta los adoquines de las calles refulgen lustrosos, recién pulidos. Y resbaladizos, los muy jodidos, hasta el punto de parecer cada paseo como un desfile por una pista de hielo. Todo el baptisterio está hecho de madera, pareciendo más una taberna que un lugar sagrado, pequeños seres angelicales lucen en arcos y columnas, con rostro de querubín pero sin delantal de camarero, y una virgen floreada luce en el retablo principal. 

Una vez fuera todos buscamos lo rugoso y rayado del hormigón bajo los aleros en aquellos puntos donde existe algo similar a una acera. Debe ser por eso que casi me doy de morros con una sorprendente talabartería donde se venden preciosas sillas de montar en cuero repujado. Talabarteros, especie ya casi extinguida en España y que aquí, ganaderos y haciendas por doquier, demuestra toda su pujanza. Se hace extraño y bonito al mismo tiempo el centro histórico. Asoman fachadas descoloridas que esconden tiendas de nombre “El Bombazo”, ”Canaan”, “Ficohsa”, “Tato´s”, “El Compadre”,... y en todas ellas, rasgo común a este entorno, has de meter el hocico para husmear qué venden toda vez que ningún indicativo en la parte de fuera lo indica. Por el contrario, en otras como “El Taco” o “Súper Pollo” es fácil deducir qué venden. 

Vamos de aquí para allá cuando el sol se oscurece en Santa Rosa, la inmensa mayoría en sus quehaceres y lo restante en la convicción de que luce tan interesante el centro histórico como resplandeciente la terrible sensación de que Honduras, tan cerca de la frontera de El Salvador, se me empieza a escapar de las manos. Por mucho que pese, por lo mucho que posee de esa resonancia a una autenticidad ya olvidada en ciertas partes de Guatemala. “Falta Lempira, última estación”, me voy repitiendo buscando el ánimo camino de la pensión, “aún me falta Lempira”. Cuando llego, la casera, una anciana marchita con aspecto de alcahueta zalamera, me está esperando inquieta. Es de sonrojo que a sus muchas décadas aún no sea consciente de la lástima que provoca en su pretensión de mostrar pechuga tras un escote pronunciado. Debía ser la última oveja que le faltaba a su redil, porque de inmediato trancó la puerta con tres sonoros giros de llavín y dos cerrojos.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Fronteras

La historia de Quiriguá, intrincada como sus megalitos de arenisca, es razonablemente conocida ya que de tallarla en piedra se encargaron sus principales gobernantes, hasta ocho de los cuales se han identificado. Achicado al norte por Tikal, al oeste por Copán, hoy se ve un reducto olvidado en una tierra dejada de la mano de los que manejan las rentas, si cabe un poco más en un país donde casi todo luce tal que así. Pero tuvo también su soberano ilustre, un tipo belicoso y, lo que es mejor, triunfador, empeñado en dar lo mejor a esos suyos hundidos en esta dichosa humedad atemporal, ésos a los que mandaba a partirse el alma contra vecinos. Se imagina uno a los Maya de septiembre con los ojos cerrados y la mirada perdida, en silencio, durantes esos cinco minutos en que la cercana tormenta arrastra brisas de aire templado, al fin templado, precediendo al mar de lluvia. Disfrutando de lo efímero del fenómeno como lo hacía yo a última hora de la tarde. 

El acceso al recinto arqueológico surca una recta indefinida, de buen firme y a cuyos lados se abren plantaciones de bananos, con sus troncos marrones y marchitos como fermentadas hojas de tabaco puro, con sus frutos envueltos en lonas de nylon azulado para que el sol no los madure demasiado temprano. Ya el camino deja margen a la ensoñación ante lo que se aproxima con este océano de tonos verdosos y marrones punteados de azul celeste. La empresa propietaria de todos los frutales se llama Del Monte, y es justo donde muere la carretera, donde se presenta la verja que impide el paso a la fábrica donde se empaquetan y exportan las bananas, el lugar donde se abren los restos Maya hacia la diestra, por un empedrado sendero. Los monolitos que de lejos aparentan menhires, esculpidos a intervalos de cinco años, describen la creación del universo, eclipses, rituales, acontecimientos militares y un extraordinario compendio, en conjunto, de la cosmovisión y arte de esta civilización. Lugar de tránsito y comercio de jade y obsidiana en origen, fueron la tenacidad y aires de grandeza de sus más destacados dirigentes los que hicieron de esta urbe un referente de tal calibre que, inclusive, la mayor estela de todo el mundo Maya conocido fue facturada aquí y se expone, magnífica por encima de los diez metros de altura, bajo el epígrafe “Estela E”. 

Vivían hundidos en la tierra las gentes Maya, la amaban y la cuidaban porque la conocían. Sus miedos y sus esperanzas venían del cielo, allí donde también encontraban dioses poderosos que imaginar y adorar. Si el viento que arrastraba la lluvia era norteño, bailaban agradecidos; si el viento era sureño, muecas de decepción: nunca llegó una buena cosecha tras lluvias meridionales. Su conocimiento de los elementos, de la Madre Tierra, era fabuloso. De matemáticas, de ingeniería, de medicina, de botánica o fitoterapia porque conocían qué y para qué sirve cada planta o árbol. Si era dolor de oídos, hojas de lo que llaman pimienta gorda, hechas un ovillo y a presión en el orificio auditivo. Si dolor menstrual, la misma hoja en infusión. Sorprende todo ello con esas innatas características supersticiosas que hasta nuestros días han llegado con sus herederos. Por ejemplo, si cacarea el gallo a su hora, a punto de despuntar el alba, todo correcto; si lo hace a destiempo, terribles males presagia. Y su maíz... su maíz no era el que nosotros conocemos. Hoy día se sabe que su sustento principal era la semilla del árbol que llaman Ramón u Ox los chapines actuales, sagrado por los Maya que lo citaban como Iximché, considerado fuente de vida y salud. En realidad, este árbol viene a ser como el cerdo para los antiguos castellanos ya que ambos comparten una virtud: se aprovecha todo. Las hojas y la pulpa de los frutos son comestibles, altamente digestivas e inusualmente ricas en proteínas, pero es la semilla el verdadero oro ya que molida genera una harina, repleta de proteínas, carbohidratos y vitaminas, con la que cocinar tortitas o pupusas. Ése, por sorprendente que parezca, era el “maíz” de los Maya, y todos estos breves párrafos a modo de compendio de cultura Maya, por su parte, la concisa explicación de un aparentemente bien estudiado guía en Quiriguá. Echo un último vistazo a la gran plaza de la que solo estelas inmensas, verdadera oda a la belleza escultórica, quedan como recordatorio de una gloria perdida, y decido que le toca el turno a Honduras, que ya me lo pide el cuerpo como nuevo avanzar de página en este recorrido por los vestigios Maya. Rumbo a El Florido. 

La ruta hasta el Florido se pasa adelantando camiones de espléndidas vacas malolientes, rumbo al matadero, y negros camiones-cisterna putrefactos donde aparece rotulado “melaza” en gruesos trazos de pintura blanca. Bastarían cuatro fotos de ellos para que la gente se pasara a la Stevia y olvidara el ron o la cachaça de por vida. También amplios ríos cargados de limo cuyo cauce asemeja a un muro de adobe derribado o amontonado al azar, denso chocolate puro, decenas de túmulos que en núcleos urbanos permiten ver la vida en instantáneas memorables, o hasta esporádicos carteles de mantenimiento vial donde se lee un sorpresivo “Actividad: Bacheo de Carretera Pavimentada”. No salgo de mi estupor, tan cuidados en muchos aspectos lingüísticos y tan ambiguos en otros. 

A eso del mediodía, cuando leo la prensa repantigado en la butaca del bus, me asalta un repentino dolor de tripas y he de bajar en Chiquimula, temeroso de si llegaría a la frontera ese día o habría de recogerme en cualquier pensión por unas horas. Cierta vez en Tailandia, subiendo de Ayutthaya a Sukhothai, me sucedió lo mismo. Hasta tres veces tuve que suplicar al conductor que parara porque me lo hacía encima. La primera y la última pille baño, pero la segunda me tuve que refugiar en la parte trasera de una comisaría de policía a hacer mis necesidades. Apoyé la espalda sobre una puerta trancada, encogido por unos calambres acompañados de unos escalofríos helados que me tenían doblado, descendiendo desde las tripas hasta los tobillos. Sudaba lo no escrito y me animaba en la certeza, tratando de quitar hierro al asunto, de que cagar a la puerta de un puesto policial tiene mucho más de dulce venganza que de escatología. En Chiqimula, de resultas, me hago con un té de manzanilla que me devuelve la vida. Entré a un restaurante y lo pedí, añadiendo que sentía el estómago como una centrifugadora. Me sirvieron un vaso de agua caliente con un sobre en cuya etiqueta ponía “hierbas”. A manzanilla sabía algo, también a dulce similar al de la miel o el anís, y destacaba un punto ligeramente picante como de clavo. Hierbas, al fin y al cabo, que milagrosamente me pusieron nuevamente en ruta al cabo de una hora, admirando cómo, a la altura de Jocotan y Camotan (o Jocotán y Camotán, porque lo pronuncian agudo pero en ningún letrero aparece la tilde), los paisajes se hacían más ondulados, más de Euskadi con suaves colinas alfombradas de pasto y punteadas con magnolios, palmeras y pinares dispersos. No obstante, no hay lugar a cimas pétreas y desnudas como el Adarra o el Txindoki toda vez que esto es el Trópico, y la conjunción de humedad, calor y lluvias hace brotar la vida incluso de cunetas o muros resquebrajados, de cada una de las cumbres a que alcanza la vista antes de difuminarse en un cielo ya casi crepuscular. 

Todas las fronteras huelen a humo de tubos de escape, a prisa, a tabaco de viene y va, a sudor permanente. Lugares donde mañana parece antes de ayer pero que, como en la vida misma, son de sorpresa inimaginable que brota con naturalidad cada vez que observas en derredor. Pareciendo lo mismo, en ocasiones uno se desvive por ensoñarlos de otra dimensión, de otro continente, de otras formas y colores. Uno quiere creer que las fronteras son de padre y madre diversa, un nuevo traspasar el umbral a lo desconocido. Es solo que los tubos de escape, la prisa, el tabaco y el sudor siguen ahí. Eso es lo que confunde, porque nada es lo mismo aunque todo sea igual. Ayer, hoy y mañana no es muy distinto en la frontera de El Florido, un lugar donde el regreso de catrachos entristecidos con esos clásicos sobres de placas de rayos X, ésos en los que asoman sus nombres y apellidos en rotulador de grueso trazo negro, indica que acabas de llegar a un país todavía más subdesarrollado que la Guatemala que dejas. Inclusive la mordida solicitada por los oficiales a cargo de la garita de inmigración hondureña resuena a idiomas asiáticos toda vez que el aspecto soberbio por castrense de los uniformados, meloso cuando se pide el favor económico, es tan idéntico aquí como allá. Y yo, que me las prometía felices porque hace tiempo aprendí a llevar dólares sueltos, tuve que padecer cómo me la iban a encordelar otra vez. Dólares, otro detalle que lamentablemente nunca cambia, aunque en El Florido hubieran rizado el rizo para mi sorpresa y cabreo. 

-Son setenta lempiras o treinta quetzales de tasa de entrada-. Dice un tipo orondo, de bigote cano y aspecto de malas pulgas. 
-En el cartel pone tres dólares-. Digo mientras saco unos billetes yanquis de unidad que poso en el mostrador. Le señalo un letrero que luce en un lateral de la sala, bien grande y visible. 
-Si cambio tres dólares en el banco solo obtengo sesenta y seis lempiras. Y son setenta. Le repito que son setenta lempiras o treinta quetzales-. 
-El cartel pone tres dólares. Yo le doy justo-. Insisto. Vengo fatigado y con el cuerpo maltrecho, es obvio que pocas ganas tengo de vacile. 
-Si quieres el sello, son treinta quetzales o setenta lempiras-. Encorajinado, el tipo no cede y hace el gesto amenazador de devolverme mi pasaporte porque sabe que es él quien lleva la sartén por el mango. Y yo también. Recojo los dólares, suelto los quetzales a sabiendas que palmo algo menos de un euro de sobrecoste, y me piro sin despedirme, recogiendo el pasaporte ya sellado con gesto hosco. 

Es un negocio redondo porque treinta quetzales son casi cuatro dólares, ellos ponen tres en la caja y para el bolsillo el resto. Todo ello sin un mal grito, sudar o necesidad de mancharse las manos. 

Y sí, mamá, ya sé que tu le hubieras dado cuatro voces. Te hubieras girado preguntándome qué coño le pasaba a ese chalado que rehusaba tus dólares. Montando un circo en el que, una vez más, te asistía toda la razón. Más grandes que el caballo del patrón Santiago los tenías. ¡Con buena iban a topar! Pero en ocasiones toca hacer de tripas corazón, mamá, y algunos, a fuerza de perseverar y mal que nos pese, aprendimos a llamar a esto hogar, a pasar por el aro y sentir que en las fronteras no somos tan extraños como de ficción pese a la extorsión del impuesto revolucionario. Así que, por lo pronto, se ha de tragar la amarga bilis del enojo mientras se desprecia ese absurdo matiz de justicia que aquí cotiza a la baja; se olvida momentáneamente lo que una frontera representa de dimensiones, continentes o colores, nuevas experiencias inmaculadas; se respira profundo, con nacarada mueca, buscando impregnarse de ese humo, esa prisa, ese tabaco y ese sudor que, gracias al cielo, siempre evocan lo mismo y te devuelven al viajero impenitente que eres. Uno paga peaje con valor de pase pernocta pero costo ínfimo para poder dejarse llevar, desgarbado, al río de la vida que aúlla un poco más allá ofreciendo transporte para tal o cual destino. No volver la vista atrás, soslayar lo ínfimo de la extorsión cuando el viaje se considera una segunda piel, es tan natural como esa necesaria última reafirmación al subir la escalerilla del avión que te saca de tu hogar, radiante de felicidad, siendo consciente de cuántas deliciosas fronteras de humo, prisa, tabaco y sudor quedarán por descubrir, frente a tus pies, una vez desembarques. 

Copán era justo lo que necesitaba tras, en un vaivén, ver desfilar por mi mirada fatigada anónimos campos reverdecidos por las lluvias permanentes, preñados de tipos también arrancados de esos bulevares de sueños rotos cuyos añicos nunca llegaré a recoger si rememoro Ecuador. El dolor nunca pasa de largo cuando tu eco tiende a corroer entrañas, haciendo caso omiso a nuevos sellos de pasaportes que no son antídotos o metálicos blindajes de más pulgadas de grosor para corazones entristecidos. Entonces se aprende que los latigazos de tantos viajes, la profundidad de la llaga, no tienen tanto de divertido; y solo aspirar a un lugar cuyas gentes y rincones de postal consigan difuminar tu recuerdo por unas horas, frenar la sangría, ya es todo un triunfo. En esencia son momentos en los que uno solo puede concebir cobijarse en una cerveza helada y charlar un poco, como el pendenciero Lolo retratado en mil peripecias por el colega Ángel Rodríguez.

Luego, al fondo del camino, Copán Ruinas en realidad solo tiene de macabro el nombre, porque allí todo era de factura exquisita y, de primeras, hospitalidad desbordada en busca de una pensión. Es lo de menos. Nada consigue aplacar el deseo de una cerveza o un poco de este texto deshilachado que llamaba con insolencia una vez encontré un cubículo a mi medida. A la maleta la pateé hasta lo más profundo de un armario de melamina cuyas puertas descuadradas eran una viva metáfora de mi moral y mi cuerpo. 

El tugurio donde aterrizo es regentado por un tipo de lo más maleducado, que alguno también habita aquí. Quizás porque el futuro nunca retendrá sus credenciales, o acaso porque el pasado no tuvo reparo en vomitarlo cual si fuera una pésima penúltima copa, el tipo se ha visto condenado a ver correr sus días, amargado, desde detrás de una barra de caoba. Es alopécico y simplón, de modales grisáceos aunque lo pretenda disimular con sus absurdas letanías corrosivas. Aburrido, insolente y qué sé yo qué más se pueda sumar restando. Ojala su parienta pueda hablar con emoción de sus madrugadas, porque los minutos que padecí allí fueron un compendio de desprecios y odios malamente disimulados. Tocaba todos los palos: las mujeres, los guatemaltecos, los salvadoreños, la policía o los políticos. Para todos tenía un hosco gesto acompañado de una lapidaria sentencia de mal gusto. Sin embargo, bien pensado, tampoco era un bicho raro en sentido estricto. Hacía su trabajo, engañar a turistas de nueva centuria, y en eso era un fenómeno si no pasabas más allá de un trato cordial de dos frases con él. El hablar castellano, el poder darle al palique con diestro y siniestro, lleva a veces a estos encontronazos. Cavilando, a poco que los dueños de las tascas del por otra parte atractivo pueblo fueran la mitad de huraños que éste, convencido estaba de que resumiría mi estancia allí en un fugaz hola y adiós. 

Por supuesto que, a la mañana siguiente, la cama me ha recuperado para Copán, y un solo minuto en su recinto arqueológico hace que olvide la descomposición, al espabilado de inmigración e, inclusive, hasta por dónde caía la tasca de ese sujeto que me amargó el trago en la tarde de víspera. Entonces, como te veo cansada, me siento a tu lado a la sombra de una ceiba, y paso a prender un pito que disfruto suavemente ya que aquí y ahora solo me quedas tú, mamá. Y regreso al inicio de este escrito para volverte a contar, como en Quiriguá, cosas de los Maya: qué es lo que vamos viendo, las bóvedas en saledizo, las estelas de porosa piedra toba, el famoso templo Rosalila o hasta qué significan algunos glifos tallados o quiénes y por qué los construyeron. Todo sin esas prisas que ya nos son extrañas, con todo el tiempo del mundo por delante para que puedas anotarlo, con calma, en tu vieja libreta de tapas rojas mientras me vuelves a preguntar cómo se escribe ésta o aquella palabra. Y yo, qué remedio, te lo repito por quinta o sexta vez, porque ya perdí la cuenta. Al final, casi sin apenas darnos cuenta, hasta nos hemos acabado riendo de lo padecido el día de ayer, de los avatares de estos viajes que nos siguen llevando en volandas, todo el día de aquí para allá, ¿verdad?. “Sí, hijo, claro que sí. Tenemos más meneo que las patatas de siembra”, me vuelves a susurrar detrás de una pícara sonrisa.