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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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miércoles, 12 de agosto de 2015

Va de festivales, Ho Chi Minh y un templo especial (extracto "Río Madre")

Respiraba de vuelta tras unos fugaces trámites fronterizos en la orilla del Río Madre, en Nakhon Phanom. La urbe, ciudad de montañas como refleja su nombre en sánscrito, es en realidad poco más que cuatro aplanadas calles flanqueadas por un tan clásico como enano mercado fronterizo y que basa su más o menos aceptación viajera en su relativa cercanía al sagrado That Phanom y sus esplendidas vistas sobre la margen oriental del Mekong, en Laos, donde el paisaje kárstico de montañas que asemejan grumos de mantequilla es francamente bello. En realidad, al cabo de unas horas, pensaba que se me haría tremendamente difícil imaginar un lugar mejor en todo el viejo reino de Siam para abandonarse en un necesario letargo viajero durante varios días. Pero yo estaba allí por un festival, por pretender conocer un poco más esa Tailandia de verdad, para profundizar en uno de esos espectáculos perdidos y olvidados para la mayoría de viajeros ocasionales pero que supone una explosión de color y un acercamiento de raíz a la cultura Thai. Un festival que, en su vertiente Lao, guarda algunas semejanzas con Loy Krathong que se celebraba en plenitud esa misma noche y que me permite dar un repaso aún más completo a los ritos religiosas budistas en esta parte del mundo. Me refiero al celebrado hacía un mes Lai Rua Fai, aunque es justo, antes de centrarme en su descripción y significado, que destaque que este festival tiene lugar en uno de los momentos clave en la cultura religiosa budista que, no en vano, impregna de significado el día a día tanto de la gente Thai como de la gente Lao. Hablo de Boun Ok Phansa o fin de la cuaresma budista. 

En la cultura budista Hinayana (o Theravada) de estos países es conocido como los monjes, ante la cercanía de la estación monzónica lluviosa, se recluyen en sus monasterios durante el tiempo que dure ésta, aproximadamente tres meses. El Boun Ok Phansa comienza cuando acaba dicho retiro con la ceremonia del Paravana, un rito exclusivo para monjes y que asemeja más a una confesión que a otra cosa. El decimoquinto día del undécimo mes del calendario lunar, al amanecer, todos los monjes de los monasterios se reúnen en el sim, la capilla principal del templo. Dentro, cada uno de los monjes solicita a sus compañeros que le recriminen las faltas que pudiera haber cometido dentro de las 227 normas que rigen la Sangha (el monacato budista) durante el periodo de cuaresma y solicita, asimismo, perdón por ello. Este acto se reproduce durante tres veces y, en cada una de ellas, el monje ha de escuchar con atención y humildad las observaciones que otros hagan sobre él prometiendo, a su vez, corregirlas para el futuro. 

La comunidad laica participa en este rito acudiendo a los templos para rezar, aceptar y asumir los cinco preceptos básicos de la religión budista (no matar, no robar, no cometer adulterio, no mentir y no beber alcohol), comprometerse a participar del Takbat o ofrendas diarias a los monjes, escuchar la lectura de las sagradas escrituras por alguno de los abades más venerados en el complejo y ejecutar abluciones como respeto y ofrenda a los fallecidos. Por la noche, tanto la comunidad monástica como la laica participan en unión en una procesión con velas en la que rodean tres veces el sim del templo y es, esta misma noche, el momento en que se iluminan bellamente todos los edificios del templo con velas hecho que es compartido por la comunidad laica que, asimismo, coloca velas alrededor de sus casas para dotarlas de un aura especial. Es entonces cuando tiene lugar el festival Lai Rua Fai. 

Hablaba con Phom, en Nong Khai, de este mismo festival ya que se reproduce por todo Laos y, consecuentemente, por algunas localidades del Isan adjunto al Mekong aunque, como digo, pueda parecer un poco desconocido para el viajero de ruta clásica por Tailandia. De hecho en Nong Khai también es muy colorido y famoso, aunque no tanto como el de Nakhon Phanom. Era una delicia escuchar a Phom hablando sobre este festival, ver sus gigantes ojos envueltos en chispitas por la hermosura del mismo. Me enseñaba fotos, con manos temblorosas que a duras penas sostenían su móvil, y se le atropellaban las palabras en su boca por las ansias de descubrirme esta fiesta especial. Allí, en Nong Khai, como en la mayor parte de los sitios, la fiesta dura dos noches: la primera, la propia de la noche del Boun Ok Phansa, y también la siguiente. Es una amalgama de gente en la ribera si bien no es menos cierto que sería más multitudinaria si no coincidiera con el Bun Fai Phaya Nark para el que muchos se desplazan a la cercana localidad de Phon Phisai. El barco, porque en Nong Khai solo luce un barco a diferencia de lo que sucede en las localidades Lao o en Nakhon Phanom, envuelto en luces, surca el Rio Madre con quietud ya que, de hecho, Lai Rua Fai significa “barcas de luz que flotan río abajo”. En Laos la celebración es similar, está absolutamente generalizada en el país, y si bien en Vientiane atrae a miles de Lao y extranjeros por la belleza de las barcas iluminadas, es en Luang Prabang donde más intensamente se vive por lo que resulta aún más espectacular. Aquí, en Luang Prabang, las familias suelen fabricar objetos similares a los krathongs y los dejan flotar en un rito clavado al clásico Loy Krathong de Tailandia. También suelen colocar flores, incienso y velas en esos cuencos que suelen ser, asimismo, de tronco de banano. Incluso el propósito de desprenderse de la negatividad entendida como enfermedades o mala suerte y, por otra parte, presentar respetos a los muertos, a Buda y a las divinidades que puedan habitar en el río se calca al festival de Loy Krathong. Pero también presenta varias singularidades como, por ejemplo, la presencia de dos tipos de barcos con luces: el normal Hua Fai que es botado al cauce del río y otro conocido como Hua Fai Khowk que es guardado en el recinto monástico. Ambos están hechos de bambú y papeles de colores y pueden llegar a medir decenas de metros. En Luang Prabang, de hecho, cada templo y cada barriada de las que conforman la ciudad crea su propio Hua Fai para pasearlos en conjunción a través de la calle Sisavanbong hasta llegar al mítico Wat Xieng Thong. Una vez allí, son todos expuestos y un jurado selecciona los más destacados. Después, uno a uno, los barcos son descendidos a través de la escalinata que une el templo con el Mekong y allí son posados sobre el agua con suavidad, acompañados por miles de krathongs individuales, generando un sobrecogedor espectáculo de luz y color, un mar de luces sobre el Río Madre. 

Pero es aquí, en Nakhon Phanom, donde este festival tiene una bien ganada fama a nivel nacional por lo magnífico de sus barcos y su ornamentación. Los lugareños se tendían, amistosos, a comentarme detalles del mismo y a duras penas nos entendíamos entre mi escaso Thai y su lenguaje mezclado y revirado hacia el Lao. Me revelaban datos acerca de los orígenes del mismo, el hecho de que aquí solo dura una noche, hablaban orgullosos de la multitud de turistas que se dejan caer por aquí con la excusa del festival, de la artesanal confección de los barcos en base a bambú y latas rellenas de combustible que son unidas y sumadas para conformar los hermosos y luminosos barcos, de las figuras de Nagas, castillos, personas, etc. que resaltan sobre la forma esquelética de las naves, de la pugna entre los distintos barrios de la ciudad por conseguir que su bote sea el más hermoso,.... Yo, encandilado, les escuchaba mientras apuraba unas cervezas y, al mismo tiempo, ojeaba fugazmente el río para ver como éste se llenaba de familias con distintos krathongs que dejaban caer sobre un agua que se los llevaba raudo hasta conseguir fundirlos con la espesura del horizonte mientras decenas de khom loys y fuegos artificiales surcaban la luminosa noche de luna llena. 

De noche tomaba unos tragos en la zona aledaña a la torre del reloj, un regalo de la comunidad vietnamita a la Thai, donde disfrutaba de su más que comedido ambiente nocturno compuesto por apenas media docena de bares. De día solía pasear por el malecón de Nakhon Phanom a la deriva, descuidado, sin rumbo fijo, solo por el placer de percibir la brisa cálida sobre mi rostro mientras escudriñaba la ribera del recién abandonado Laos. Observaba con interés desmedido la mezcla racial de que hace gala este lugar: chinos, laosianos, thais y, curiosamente, un buen puñado de vietnamitas que pareciera hubieran hallado aquí una segunda patria alejada del gran dragón. Todo converge en una sucesión de ritos y costumbres atávicas de distinta procedencia, todo suena a mezcla aquí, desde las ropas a los gestos de viandantes, camareros y comerciantes por igual. Cada uno asomaba un deje de identidad que hacía de estos paseos algo arrebatador. Aquí, sin extranjeros occidentales cirenaicos, todavía se percibe esa sensación de sorpresa que mana del fondo de la cuenca de los ojos de muchos habitantes al percibir tu presencia. Y, movido por el deseo de profundizar un poco más en la razón de dicha comunidad vietnamita en la ciudad, un día me acerqué a visitar la que fue casa de Ho Chi Minh quien vivió en esta localidad durante un par de años mientras preparaba su ofensiva anti-colonialista que desembocaría con su figura al frente del Vietminh. 

Así supe de sus vicisitudes, de su media vida en el éxodo cuando, proscrito, abandonó su añorado país para peregrinar por varias regiones entre las cuales residía esta zona tailandesa. Aquí habitó en Ban Na Chok, una barriada anexa a Nakhon Phanom y conformada por una población eminentemente de origen vietnamita en la que le resultó muy sencillo encontrar acomodo. Al llegar topo con una preciosa casa de madera y apenas un par de referencias en inglés, en forma de recortes de periódicos amplificados y plastificados, de lo que fue el día a día de Ho Chi Minh en su periplo Thai. No hay más información que yo pueda entender. Pero no me importa ni lo más mínimo porque todo el vergel que rodea la casa hace que por sí solo ya hubiera merecido la pena venirse aquí: flores de mimosa, gigantes hibiscos que lucen sus rosas de China del tamaño de dos puños en un universo multicolor, calas que puntean en blanco todo el entorno y, lo mejor, unas espectaculares flores de jengibre en las que los pétalos rojizos de sus bulbos parecieran pugnar entre ellos por ostentar el título de belleza más arrebatadora. Flores estas últimas conocidas aquí como daalaa y consideradas entre las más preciadas del rico mundo botánico Thai. Genial, en una palabra. 

Esta gente Viet de la región, conocida tradicionalmente como “Yuan” por los Thais, halló tradicionalmente un gran acomodo en esta zona agreste de la provincia de Nakhon Phanom por su facilidad de inmersión a la cultura que les acogía. Emigrantes de guerras intestinas, en su mayoría son divididos en “Yuan Old” (aquellos que ingresaron en Tailandia antes de 1945) y “Yuan New” (emigrantes posteriores a 1945). La casa del tío Ho sin ir más lejos es un sencillo ejemplo de vivienda Thai, bañada en humildad tal y como era la preferencia de vida del insigne inquilino, en la que apenas destaca un escritorio y un par de camastros desvencijados, todo ello rodeado de fotos en las que se observa a un joven Ho Chi Minh en poses varias. Ho, quien falleció en 1969 sin llegar a ver su sueño de un Vietnam unificado, vivió por un periodo de dos años, de 1928 a 1929, en Tailandia. En principio se cree que envió a un grupo de 5 camaradas a chequear esta zona, por aquel entonces rural y olvidada, para que prepararan su llegada. Uno de ellos fue, de hecho, el padre del actual propietario de la vivienda ya que aquí se casó con una emigrante Viet y fruto del matrimonio nació este hijo actual titular de la hacienda. Ho Chi Minh llegó en 1928 y, tal y como era su ascético estilo de vida, se dedicó a cultivar hortalizas y árboles frutales, un par de los cuales aún hoy pueden ser vistos en los alrededores de su casa. Ésta era la fachada porque, en la sombra, Ho se dedicaba a perfeccionar su conocimiento de tácticas de guerra al abrigo de su profunda convicción comunista con el cada vez más creciente deseo de conseguir la expulsión del colonialista francés de suelo Viet. Cuando partió dirección China antes de ingresar de nuevo en Vietnam su casa quedó relegada a un olvido que duró decenas de años. La gente del lugar, por respeto al tío Ho, dejó tal cual estaba la casa de éste y, en un contexto de frías relaciones entre un Vietnam comunista y un Thai capitalista, la casa finalmente sucumbió ante un enemigo que no entiende de disquisiciones políticas: las termitas. Cuando, muchos años después, los gobiernos Thai y Viet restablecieron las negociaciones y acuerdos, se decidió como medida excepcional para recuperar la memoria del padre de la patria Viet la reconstrucción de la casa que éste ocupó en Ban Na Chok y ése es, exactamente, el ejemplo que se nos muestra hoy. 

Empleé un par de horas paseando por un jardín que me tenía hechizado, envuelto entre flores de las que no podía ni quería despegar mi mirada, respirando un olor a teca revenida, que impregnaba todos los huecos de la diminuta casa, cada vez que entraba en ella y observando por doquier evocadoras fotos de un Ho Chi Minh sonriente y hosco por momentos. Rememoraba de esta feliz forma la figura clave, la más emblemática en lo que iba a ser mi paso de futuro por el dragón vietnamita, murmurando en voz baja que algo intenso debió quedar en el alma de este personaje de su paso por Tailandia al igual que me iba a suceder a mí con el jardín de su casa. Y me fui, haciendo memoria, convencido de que sí, de que algo quedó prendado en él de la tierra Thai que le acogió, aunque solo sea el hecho de que, sin ir más lejos, la casa que se puede admirar actualmente cercana a su mausoleo en Hanoi y en la que pasó sus últimos años es de un purísimo estilo Thai, similar a ésa que entonces dejaba a mi espalda recorriendo un tramo de polvo cobrizo flanqueado de bananos y gigantes cocoteros. 

En otro momento volví a visitar That Phanom. Es otro de esos reductos de paz inmanente en esta tierra. Luce un espléndido That de estilo Lao bellamente encalado sobre el cual adornan decenas de kilos de puro oro que representan el árbol de la vida. Es especial llegar a su recinto y observar como el That sobresale entre un breve mar de tecas, palmeras y cocoteros. Una vez dentro, justo debajo, uno abre la boca como un tonto mientras alza progresivamente la vista hasta llegar el momento en que el poderoso reflejo del permanente sol sobre el oro te obliga a humillar de nuevo la mirada. En ese momento ya sabes que te ha atrapado sin remisión. Decenas de fieles oran en sepulcral silencio, otros admiran una piedra tosca y erguida, algo similar al símbolo fálico de Shiva, conocido aquí como Lak Muang (en realidad es una marca de un lugar de interés geomántico o místico) y otros pocos adquieren unos pajaritos encarcelados en cajas toscas de fino bambú para, posteriormente, rezar y regalarles a estos su libertad. Todo funciona en armonía, bajo la sombra imantada de un lugar aún, afortunadamente aún, muy lejos del mundanal ruido y los grupos de turistas. La procesión constante de monjes, Thais y Laos por igual, no para de fotografiarse y alabar en voz baja este hermoso elemento que recoge, aquí más intensamente que en ningún otro lugar, el infinito fervor religioso a ambos márgenes del Mekong. 

De origen incierto por lo profundo de su raíz histórica hay quienes otorgan su creación a Setthathirat o algún otro rey regente Lao entre los siglos XV o XVI. Pero el acervo popular, siempre deseoso de una fantasía que los reyes de carne y hueso no pueden ofertar, funda su convicción en la presencia del mismo Buda histórico, quien habría hecho un viaje por todo el sudeste asiático para expandir su mensaje y, llegando a este concreto enclave, en la cima de una pequeña colina llamada Phu Kamphra, habría ordenado a un discípulo la creación de un templo en el que honrar y venerar su propio esternón una vez él hubiera fallecido. Obviamente de este viaje de Buda no hay ningún registro o dato histórico que lo sustente por lo que, una vez más, uno ha de dudar de si la leyenda parió el lugar o, acaso y tal y como suele ser, fue al revés. El hecho indiscutible, la potente magnitud que emana, se debe a que actualmente está considerado uno de los pilares básicos de la religión budista tanto en Laos como en Tailandia, país en el que es venerado como uno de los 4 lugares más sagrados por los fieles junto con otros 3 enclaves en Chiang Mai, Nakhon Si Thammarat y cerca de Lopburi. 

-Hermoso, ¿verdad?-. Me susurra un monje emocionado del efecto turbador que causa un lugar tan simbólico para él en mi ánimo. Asiento mirándole con firmeza sus vivarachos ojillos marrones y prosigue su deambular circular alrededor de la estupa mientras acaricia con cariño, al igual que otros novicios, la jaula con el pajarito que porta entre las manos. Sigo sus pasos, con vista fija en el suelo, medito, hago cábalas, calculo mi presupuesto, mis posibilidades de futuro, observo otros pajaritos liberados, portando raudos las plegarias hacia un cielo de un azul abrumador, pienso que con seguridad mis pensamientos son más banales y vacíos que los de la gente de túnica azafrán… divago. Y acabo perdiendo la noción de un tiempo que parece haber sucumbido ante la estampa sagrada del, probablemente, lugar más evocador de todo Isan. Ni siquiera el rumor, el olor tenue casi apagado del cercano gran río, consiguen despertarme de mi momento de intimidad. 

Me refugio luego en un puesto callejero mientras degusto con íntima conmoción una escasa ración de Som Tam, la ensalada picante de papaya que junto con el arroz glutinoso (Khao Niaw) son parte protagonista indiscutible de la cocina Isan. Observo ahora el templo desde la distancia y, sin poder evitarlo, regreso a meses atrás, regreso a Pa, a la ribera del Rio Madre en Viantiane, regreso a la vez que Pa me enseñó a disfrutar de esta delicia, a captar la indescriptible explosión que provoca en las papilas gustativas, a soportar con humildad su chile envenenado mezclándolo con diminutos pedazos de tomate o pepino. Así, por el estómago, también aprendí a enamorarme de esta tierra y sus gentes. Una profunda sensación de entre agotamiento físico y abatimiento moral se cernió sobre mí al acabarlo. Era hora de volver a Nakhon Phanom en un breve tramo que apenas demoró una hora. Allí tomé un descanso, recompuse el equipaje y partí a primera hora del día siguiente. La ruta, pese a mi corazón arañado y mi espíritu fatigado, no podía esperar.

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