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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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martes, 25 de agosto de 2015

Intro Khon Kaen

Se levantó y se fue. ¿Esta noche? Me encojo de hombros. Y solitario allí, envuelto por los claroscuros de las primeras luces que se filtraban tenues y cremosas a través de las cortinas de mil pliegues, me miré un segundo las pálidas palmas de las manos, hundí mi rostro en ellas y decidí, como viajero solitario hastiado y sin rumbo, escribir un poco para hablar de este Khon Kaen de mil facetas y una sola mujer en la que poder cincelar mis demonios de madrugada. ¿Qué opción quedaba? 

Se llamaba Wie, y era puro veneno. Era de Nan, y me gustaba porque me recordaba a Fae, la anciana que compartió su tailandés conmigo. Le hablé de ella, del templo Phumin, de la calidez y amabilidad de los de su ciudad; pero ella solo quería mi plata, y yo su cuerpo. Era un acuerdo cerrado desde que entré en el garito donde trabajaba, incluso antes de mirarnos a los ojos por primera vez. No fue una noche, fueron dos, y pudieran haber sido muchas más si mi ánimo y la profundidad de los bolsillos hubieran sido infinitos. Adoré ambas noches, más la segunda. Siempre volver a tropezar en la misma piedra aporta un brote de experiencia, de conocimiento mutuo, y eso es algo que saben tanto viajeros como amantes ocasionales. Como trazar la extremaunción en una frente de cadáver o un mapa en el cerebro en el que cruces luminosas nos indican qué centímetro cuadrado de la piel nos hace gemir más. Eso la primera noche se aprende, se traza con brocha fina sobre espuma de mar con olor a deseo; es en la segunda cuando se disfruta a cada décima de segundo. La primera noche se hunde en la desconfianza, en un si es no es, en un solo quería su cuerpo, perderme en él, que el sexo fuera lo de menos. No me creyó. Pero la segunda noche, después de comprobar la certeza de mi comportamiento, todo siguió un orden más lógico, más relajado y por ello intenso. 

Para lo físico la segunda noche, para lo metafísico la primera. ¿Con cuál quedarse? En realidad Tailandia abarca tanto que la elección es una necedad. Mejor las dos. Solo depende de la motivación a la hora de decidir cómo conocer el país y su sociedad. Para mí, condensado en trazos transversales de ánimo, aquélla era la hora de Wie porque las arcadas de historia quemada ya me empezaban a dejar regusto a angustia y desesperación. De haber podido elegir presumía dianas de recompensa más ancha en otros lares, indudable, era solo que uno nunca llega a aprender cómo el momento de protagonismo que en ciertos momentos reclama el cuerpo libidinoso nunca llega con acuse de recibo, y Khon Kaen, daño colateral con resonancias de mujer parida en Nan, hizo el resto. 

Tras tan abrupta despedida flota en lo etéreo que un idiota de mi calibre solo puede añorar volver al lugar del crimen, pensión de nombre Chonlada, para comprobar que la secuencia de película que es este país avanza a ritmo demasiado acelerado, desacompasado con los latidos de un corazón furioso en y por la distancia. Añorar volver para entender que allí nadie conoció jamás a una chica llamada Wie. Añorar volver para desatarse de unas cadenas que, el día más inoportuno y en la latitud más insospechada, volverán a brotar como fósforo a raspar en el deseo carnal para aferrarse a otra mujer de nombre aún no imaginable. 

                                                                                        Estados físico y anímico bajo cero, en una pensión ardiente de Khon Kaen. Diciembre de 2012

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