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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Bagan: apuntes perdidos de lo que ya no existe

Bagan, en ocasiones, asemeja a leer un libro viejo... o sin leerlo, bastando solo con tenerlo entre las manos. Allí es la polvorienta estepa cuajada de templos milenarios, aquí es un mar de letras tenues sobre manchones de color azufre que lucen intensidades de más o menos, en grados de antigüedad. Allí santuarios que revelan historias de gobernantes divinos, de nombres condenados a la incomprensión, de un Dios de múltiples rasgos pero el mismo rostro, de pinturas murales que, de puro desconchado, azotan la imaginación en su sucesión infinita. Aquí, en tu memoria, es el polvo, las formas caprichosas cinceladas por el tiempo y la humedad, el crujir del arrastrar las páginas, y el olor, sobro todo el olor a centurias. ¿Quién no ha soñado olisqueando páginas?, ¿cuál es la diferencia entre leer un libro y leer su historia?, ¿cuál encierra más magia?... Igual que Bagan, la misma dualidad, ¿embriaga su razón de ser o acaso su deslome arrastrado por mil vicisitudes? Pero en ambos casos, aunque parecidos, los templos de Bagan, las manchas gualdas de los libros incunables, son todos distintos, únicos y por ello estimables. Así, Bagan es como ese libro viejo que, en todo caso, nunca dejará de oler a fe. 

Si es o no una guesthouse donde me alojo es lo de menos. Si es o no acogedor o cálido tampoco importa demasiado. Recordar si tiene nombre evoca una sonrisa, en Nyaung U o en Nuevo Bagan. Porque es un tramo más allá lo que genera la empatía, la necesidad de volar. Pasear por Schweguyi, por Thatbinyu, por Dhamayangyi… o mejor por otros centenares que incluso los lugareños se encogen de hombros, luciendo inocente sonrisa, si tratas de averiguar su nombre o su creador. Bagan se parte el pecho en la historia birmana. Sus creadores, los actores relegados al olvido, por otros lares reventaban vidas y, de regreso en Bagan, construían de modo efervescente en una pura necesidad de limpiar su historial, de limpiar su karma, de hacer del Samsara, el ciclo de reencarnaciones budista, un acto de honor. Los templos se asoman a borbotones, como la sangre que brota de un certero tajo a la yugular. Más acá, más allá, todo adquiere formas que ni la imaginación más creativa puede llegar a concebir. Y todo el mar se agosta bajo un sol que resquebraja el terreno, yermo, estéril. Igual que el libro, ¿qué más da qué cuenta?, es solo su observación, el saltar de la mirada de una cuarteada cuartilla a otra… eso es lo que atrapa. Hipnótico, desde la cima de cualquier templo, oteando un grupo tras otro, como si pasaras páginas. 

Con el sol que muere es pura ingravidez y melancolía. El viajero, ése al que uno puede aspirar, sueña con encontrar un lugar sin ritmo, sin prisas ni vaivenes. Todos los ingredientes que llamen a observar el interior y escribir decenas de líneas en su pura contemplación, sin un más allá de ruta que difumine y enerve el momento. Eso también es Bagan. Eso también emana de la cima de cualquier templo enlazado con el ocaso solar. Aquí puedes tirar horas sabiéndote perdido, sin ruidos ni distracciones, en un cuadro al que incluso los lugareños suman con su proverbial quietud porque la gente de Bagan, por encima de todo, sabe observar sin interrumpir. Así, cuando las horas pasan y ya solo queda penumbra, dos ojos curiosos, pero siempre mudos, velarán por llevarte de regreso a esa pensión anónima o, al menos y unas vez montes en tu bicicleta, señalarán la ruta correcta. El largo rato que queda detrás nunca muere. Se queda por siempre anclado a la torre que osó darte sombra por momentos. La prosa, lo que lees, igual que su recuerdo, siempre alumbrarán una luz a los crean en el mensaje susurrado para emprender un camino que muera en Bagan, en aquel o cualquier otro templo de los miles que lo hacen uno de los lugares más poderosos de Asia.


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